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Aginecia V: Civilización

lunes 11 de julio de 2022

Dilo.
……….Cortaste amarras inmediatamente,
infligiendo sin querer un bien gratuito.
Y es que,
sólo una semana antes de saciarte en aquel trópico,
impelido por la abstinencia sexual de la bestia,
habías marrado el tiro audaz,
pero acertado maquinalmente,
a entrar en la Ogigia1 más estable
que ha producido el contracaos
burgués,
a comprender en tus huesos la rutina
desenfadada a menudo y suculenta,
a desaprender el amargo diapasón
de periódicos reventones emotivos,
que habías mascado demasiado en relaciones pasadas.
Asimismo, resultaste
la víctima más educada y obediente,
la pareja más augustamente embalsamada,
el lector más lento,
el intelecto más burdo y mal formado
entre las manos inteligentes y omnímodas
del amor y una especie exquisita de animal:2
ella, que era una pieza cultural selecta,
prisma luciente y graduado,
elástico topacio adicto a los espacios abiertos.
Corría Ilenia el adoquinado de la digna subsistencia,
daba aspavientos hercúleos de calle a calle
por la teratológica madeja
desparramada entre el Llobregat y el Besós,
a veces, muchas veces, más allá,
para entregar semillas académicas
de su lengua extranjera
y embolsar algún salario,
despedazada y contumaz.
Pero entendía cuerdamente qué es quererse
y en tus entretelas se arremansaba un poco
tu acelerado cronómetro sentimental.

 


 

Aun así,
tú, adocenado trabajador público, terroso,
murceguillo de epiciclos socialmente hipofrénicos,
pendías de ti mismo sin avanzar
un milímetro por el resol
que se colaba mansamente hasta tu cobija.
Allí ingerías las antiguas resonancias
de tus vacíos
y regurgitabas tu telaraña,
campo electromagnético inflexible
donde no cambia lo que fue ni lo que es.
Ensalivabas nuevamente tus carencias,
no olvidabas por no recordar,
pisabas cada palmo de la jaula,
tenías atravesado el exterior. El trazo
delgado y sutil que te deslumbrara en las esquinas,
dibujando rápido la médula de la otra especie hormonal,
seguía repicando en ti de reojo,
con más furia si cabe.
Neurastenias psicosomáticas, hipotensiones
intermitentes e inasequibles, despertares
cardíacos, clamorosos y desaforados,
sofocos enigmáticos y deprimentes,
la prieta culebra de la invencible impotencia,
un dédalo envolvente, de dientes largos,
fue excavando en ti concavidades brumosas
que no pudiste digerir
sino con químicas especias pildoradas.
Al final,
tras mucha mancuerna de gimnasio,
aconsejada sin palabras
por la inercia de un desinteresado mercado del deseo,
puritano, disimulado y traicionero,
que sólo discute el que no disfruta,
mataste dentro el morbo robusto,
ensortijado y sinuoso,
como un envarado y serio san jorge de salón,
de entornados párpados decadentes.
Lord Henry,3 banalizado en su propia malignidad,
no lo hubiera programado mejor.
Así que, truncado por el bajo vientre,
comprensivo, buen conversador desapegado, algo flotante,
de veras insensible,
medio rozado por un vago atisbo de interés a veces,
no más que la reminiscencia de pasados goces
o el hábito abundante mal orientado,
salpimentado por el trapicheo inofensivo,
de alterne cotidiano y laboral,
así pues, digo,
te has zampuzado con un aire nonchalant y huero
en el pabellón ametista y resbaladizo
de tu propia posteridad agotada.
Y has penetrado un principio inmarcesible
denominado LOGOS.
Civilización.
¿No sigo?
………………Sigo:
sea hecho verbo todo acompasadamente,
como se hunde una verdad en el pariente incómodo
durante la vela del ancestral cadáver marfileño
o se desengaña al mal poeta
o se acalla la música alegre del vecino,
que tú también necesitas para no carcomerte
en depresivas arenas,
o se fuerza al adoptado inconsciente a la anagnórisis
o se disuade al suicida con más muerte.
Huyendo de la estrella engañosa de un Papasseit4
que ensalzaba con histriónica inocencia
el simple encuentro erótico
de un modo moderno y futurista,
preconizador de tiempos nuevos que te habían triturado,
aprendiste sin embargo a hablar,
como un redivivo capellanus,5
en medio de un siglo desenmascarado por el vate de Friuli.6
Y la razón fue abriendo su camino.

 


 

Faz redonda cordobesa, menuda Alba egarense
en la arista de un castillo derruido
sobre risco breñoso tierra adentro,
te miraba deseosa, callada y compañera,
en los pasillos estirados y hormigueantes
de vuestra fuente de sustento. Instruía
sobre el sueño humanístico del amador de gentileza,
sobre lirios entre cardos y carmesinas.7
Pero prefería a la literatura
la árida geometría del lingüista,
claveteada de tardígrados cerebrales, zancudos
diagramas esqueléticos, insustanciales,
amianto aparente.
Algo de ello se respiraba en sus acercamientos,
impecables, milimétricos y controlados,
auténtica profesional del ligue y la etiqueta,
so pena de apabullante vergüenza pública.
Alba.
Como fuese, el Logos penetró tranquilo y muelle,
como acoge un brazo de tierra portentoso
una ensenada levemente agitada por la misma
brisa de siempre.
Casual conversación os guiaba
por las ramblas, los parques y los bancos,
donde al final cazaste
el brocal dorado, meloso y sostenido de sus labios
y abrazaste el cincelado contorno.
Pero el secreto de tu poliginia la alejó.

 


 

Endemoniado aprendiz de enormidades,
surcaste durante tus intervalos solitarios
nuevamente los meetups y los arrabales
del Magno Expatriado Universal,8
donde cruzaste otra vez con dos mediorientales,
sueltas de hiyab,
la curiosa comunidad de identidades
que al parecer os convocan.
Como una lánguida ladera de Siah Khvani9
propulsa la lluvia silenciosa hasta la puerta
de un refugio seguro y distante,
igual te deslizó ella con tímidos mensajes
el mutuo gravitar hacia sus sábanas.
Clavabas la pupila en el techo con un cuerpo reposado
sobre ti e impregnado en la piel el otro,
que esperaba, ignorando, en casa.
En una ciudad reflejada, postiza y desvivida,
Barcelona,
te has desentrañado pues definitivamente,
cometiendo un crimen antieuropeo y transmediterráneo
(la poligamia masculina),
gracias a un hiperbóreo soleamiento de pulsiones,
que, sin que puedas evitarlo, te provoca,
a través de la penumbra filtrada, lejanamente,
una inversa nostalgia de la contundente esclavitud,
ruginosa, azucarada y adictiva,
del dios Morbo, ahora desvanecido
y acaso irrecuperable.

 

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Notas

  1. Isla mítica donde vivía Calipso, que retuvo a Ulises.
  2. Aproximada cita de Edmundo de Ory.
  3. El personaje de Dorian Gray.
  4. Gran poeta catalán que, como escribió Josep Pla, interpretaba, en su obra lírica (escrita a inicios del siglo XX), el papel de conquistador infalible.
  5. Andreas Capellanus, que escribió De amore, especie de guía de conversación en dicha materia, modulada según la destinataria.
  6. Otra vez, Pasolini (cuya madre era de Casarsa; no él), esta vez en relación con los motivos de su abjuración.
  7. Referencia a Juan I de Aragón, a Ausiàs March y a Tirante el Blanco.
  8. Fiestas de Expats en Barcelona.
  9. Montaña cercana a Mashhad, Irán.