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César Vallejo: la aventura verbal y existencial de Trilce

• Domingo 18 de marzo de 2018
César Vallejo
En muchos de los poemas de Trilce se hallan claves cifradas no sólo de la personalidad de Vallejo, sino también del tiempo histórico y de los avatares que le tocó experimentar.

Sería pretencioso examinar todos y cada uno de los textos de Trilce (1922) e intentar racionalizarlos. En ellos Vallejo se propuso inventar un lenguaje propio para adecuarlo a un mundo propio. Llevó esto hasta un extremo tal, que hizo del libro una obra hermética; en algunos casos expresamente hermética, y ello indica, a veces, una debilidad. Pese al trabajo de invención verbal que Vallejo lleva a cabo en este libro, no siempre consigue un resultado eficaz; muchos poemas resultan, más que oscuros, inextricables o ininteligibles, por más que el lector se esfuerce en comprenderlos, o habrá momentos en que desistirá de su lectura. Sin embargo, en muchos de estos poemas se hallan claves cifradas no sólo de la personalidad de Vallejo, sino también del tiempo histórico y de los avatares que le tocó experimentar, y acaso también de lo que pudiera venir. Sea como fuere, Vallejo detuvo la publicación de sus libros de poemas luego de la edición de Trilce hasta su muerte, pues como sabemos, Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, fueron publicados póstumamente. Vallejo —aunque no detuvo la escritura de poemas— se dedicó también a escribir cuentos, novelas y artículos y realizó traducciones, enseñó literatura y sobre todo se dedicó a viajar y a hacer actividad política; viajó a Rusia e hizo reportajes sociales, impartió conferencias y se ocupó de temas políticos que le venían siguiendo desde su juventud, cuando fue testigo de la grave realidad social en que vivían los indígenas, campesinos y proletarios de su país, y de las consecuencias económicas y políticas que ello conllevaba, bajo el gobierno del presidente Augusto Leguía, lo cual originó protestas estudiantiles y de campesinos en las calles, y a la postre obligaron a Leguía a endurecerse, hasta cimentar un gobierno autoritario.

Vallejo nos induce a pensar que el ser humano está imbuido en la temporalidad, y esa temporalidad finita de lo humano lo conduce al dolor, al sufrimiento, mucho más palpable cuando se experimenta en una cárcel.  

Desde el mismo título, Trilce, palabra sin sentido cuyo título puede ser un híbrido entre las palabras triste y dulce y también puede hacer alusión al número tres, a la Trinidad, al tríptico o a cualquier otra significación que se desprenda del número 3. Ninguno de los poemas lleva título, sino números romanos, y alcanzan la cifra de 77. Van en orden sucesivo sin partes ni separaciones, de modo que para poder indexarlos hubo de acudirse al método del sumario de primeras líneas. Así, su lectura se hace cada vez más ardua, puesto que no hay claves exógenas para éstos. Se prestan a demasiadas especulaciones; pueden adjudicársele innumerables significados, lo cual forma parte de la propia naturaleza de la poesía.

Intentemos ahora un repaso muy general de este libro, guiados más por la intuición y la sensibilidad que por una racionalidad critica. Haré puntualizaciones muy breves en determinados textos, sin ninguna exhaustividad.

El poema I es lo suficientemente hermético como para que se pueda obtener algo claro de éste. A mi modo de ver se trata del tema del origen; aquí Vallejo inicia la construcción de su idiolecto. Veamos:

Un poco más de consideración
en cuanto se va tarde, temprano
y se aquilatará mejor
el guano, la simple calabrina tesórea
que brinda sin querer
en el insular corazón,
salobre alcatraz, a cada hialóidea
grupada.

El poema II es el tiempo:

Tiempo tiempo
Mediodía estancado entre relentes
Bomba aburrida del cuartel achica
Tiempo tiempo tiempo tiempo
Era era

Vallejo nos induce a pensar que el ser humano está imbuido en la temporalidad, y esa temporalidad finita de lo humano lo conduce al dolor, al sufrimiento, mucho más palpable cuando se experimenta en una cárcel, donde se relativiza hasta puntos álgidos y dramáticos. El tiempo cronológico del calendario y de los relojes puede volverse un infierno, una tortura. En el poema anterior no es difícil reconocer el tema, pero la forma de tratarlo es diferente de cuanto se había leído antes, aun cuando se desliza en versos como:

Qué se llama cuando se heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
Nombre nombre nombre nombre

En cambio el poema III es la infancia; su tema es desarrollado de modo más diáfano, muy comprensible y sereno. El poema IV es el matrimonio, el llanto del origen, o mejor el origen con llanto; así como el V es una invocación del matrimonio, del corazón doble: “los novios sean novios en la eternidad (…) Ah grupo bicardíaco”); el VI es la purificación, con la referencia a su novia Otilia: “El traje que vestí esta mañana / no lo ha lavado mi lavandera; / lo lavaba en sus venas etilinas / en el chorro de su corazón, y hoy no he de preguntarme si yo dejaba / el traje turbio de injusticia”. También se trata aquí de domesticar un poco el tiempo (“planchar el caos”) o domesticar el desorden.

El poema VI muestra el problema del tiempo contra el espacio (“Ahora hormigas minuteras, se adentran dulcoradas, dormiladas…”). El poema VIII es la alteridad, la doblez; el IX es la obra, el alma hembra; el X el nacimiento (“Prístina y última piedra de infundada / ventura, acaba de morir”); el XI es la infancia con la prima, el candor (“He encontrado a una niña en la calle, y me ha abrazado. Equis, disertada, quien la halló y la halle / no la va a recordar”); el XII el viaje hacia la vida; el XIII el misterio del erotismo, el enigma sexual (“estruendo mudo”), que incluye el uso del palíndromo Odumod neurtse; el poema XIV es el viaje, el regreso al trabajo cotidiano. El XV es uno de mis preferidos. Posee uno de los ritmos más logrados y bellos, expresa la intimidad con la mujer y las lecturas, abordando el tema del modo más delicado:

En el rincón donde dormimos juntos
Tantas noches, ahora me he sentado
A caminar. La cuja de los novios difuntos
Fue sacada, o tal vez qué habrá pasado.
(…)

El poema XVI implica la fortaleza interior, el diamante implacable interior que debe haber en cada existencia auténtica (“Tengo fe en ser fuerte”). El poema XVIII implica el hecho de estar en la cárcel, el aislamiento impuesto, la soledad, en clara alusión a los días de prisión injusta que sufrió (“algo de madres que ya muertas / llevan por bromurados declives / a un niño de la mano cada una”). El poema XIX implica en sí mismo el desciframiento hermético, la iniciación por la palabra hacia la verdad, un texto clave del libro y de toda la estética vallejiana:

El establo está divinamente meado
Y excrementado por la vaca inocente
Y el inocente asno y el gallo inocente.

El XX es la caída, el natural sufrir en la ruta hacia el conocimiento:

Mas sufro. Allende sufro. Aquende sufro.
Y he aquí se me cae la baba, soy
Una bella persona, cuando
El hombre guillermosecundario
Puja y suda felicidad
A chorros (…)

El poema XXI es el fin de año, los meses que pasan. El poema XXII es uno de los más herméticos, el asunto del poema se diluye, se hace inextricable; se diría que trata del intento de conocer, del saber frustrado, del conocimiento que no se halla, que se resiste a ser descifrado, con lo cual el contenido y el continente del poema estarían en armonía: un texto hermético que habla sobre el hermetismo, un texto de iniciación hacia el conocer:

Si pues siempre salimos al encuentro
De cuanto entra por otro lado
Ahora, chirapado eterno y todo
Heme, de quien yo penda
Estoy de filo todavía. Heme!

El poema XXIII constituye uno de los grandes textos que se han escrito sobre la madre. Es hermoso desde el primero hasta el último de sus versos. Nos conformaremos en citar sus dos primeros:

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
Pura yema infantil innumerable, madre.

O bien, estos:

Tierna dulcera de amor
Hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar
Cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
(…)

El poema XXIV alude al paso (triste) de los días visto desde una Semana Santa (“transcurren dos marías llorando, llorando a mares”). En cambio en el poema XXV el tema se oculta nuevamente, pero sin duda allí respira el aliento del trabajo en la industria del guano, tan indispensable para la existencia del Perú. El poema XXVI alude a los veranos, a las estaciones. El XXVII a una casa sin lugar, a las mudanzas, a la figura del origen, en correspondencia con los permanentes viajes que hizo Vallejo a su casa de Santiago, cuando regresó tantas veces de París o Moscú, ida y vuelta en lapsos cortos de tiempo.

El poema XXXVI implica el encuentro con la belleza, con la armonía y la simetría, esta vez encarnada en la diosa Venus, en una idealización clásica del amor, mientras que la novia, la muchacha humilde de pueblo, es el tema del poema XXXVII. En el poema XXXVIII podemos observar nuevamente la voluntad hermética de Vallejo.

La pobreza o la carestía, el no tener casi nada, nos empuja a descubrir lo otro: “Nos cubriremos con el oro de no tener nada”, dice Vallejo.  

No sé si he aclarado antes cómo ha de interpretarse el concepto de hermetismo en este contexto. El arte hermético no consiste en ocultar cosas o significados, sino en descifrarlos haciendo uso de un lenguaje otro o una técnica otra, basado en un procedimiento de conocer alquímico que comprendía la conversión de los metales en oro, el metal más preciado, identificado con un símbolo de perfección en el tiempo. Proviene de Hermes, el dios griego mensajero de los dioses, pero en este caso no en la acepción de dios de los viajes, sino en la acepción de quien es portador de mensajes superiores. Estos mensajes no están decodificados ni se entregan de modo directo para que sus destinatarios los usen desde un punto de vista práctico, sino para que se reflexione sobre éstos antes de dar pasos importantes en la existencia; son mensajes trascendentes que deben ser entendidos mediante el sacrificio, el rito o la reflexión, de acuerdo a un orden superior, inscrito en planes inexorables de un panteón de dioses que han sido creados por los hombres, pero los hombres han creado ese panteón con la mediación del orden de la naturaleza terrena, pensando en un orden cósmico que a su vez gobierna esa naturaleza, indescifrable a primera vista. Sólo con una mediación de la estructura hermética de los mitos y los símbolos y a través de los lenguajes de esos mitos —que implican en este caso al lenguaje hablado y al lenguaje escrito— hay la posibilidad de descifrarlos. En el caso de la poesía se trata de un lenguaje que aspira a ese desciframiento a través de una lengua universal, organizada por la historia literaria en el arduo proceso de la escritura, de los idiomas, de las lenguas y las especificidades de cada lenguaje, que vendrían a constituir la cultura. La hermenéutica, en este caso, sería la disciplina del conocer derivada de la primera metafísica, que sigue siendo hoy la disciplina más completa para abordar el conocimiento.

Se trata, lo sé, de una síntesis bastante limitada para ser aplicada ahora al caso de César Vallejo, pero nos ahorra una larga disquisición teórica acerca del hermetismo, la cual rebasaría las intenciones del presente ensayo.

Continúo el vuelo rasante sobre Trilce.

El poema XXXVIII es un claro ejemplo de ese hermetismo, abordado a través de la imagen de un cristal. En este caso, como pudiera ocurrir en la alquimia de Vallejo, los sustantivos y verbos se adjetivizan, y los sustantivos se verbalizan. Dice Vallejo:

(…) tomaría la horma de los sustantivos
Que se adjetivan de brindarse.

El poema XXXIX habla del disfrute de los manjares, de los alimentos terrenales, de los licores y cigarros, el pan, el café, la salud de vivir, del goce; mientras que el tema de la felicidad aparece en el poema XL y el de la muerte es el del XLI, pero el de una muerte como resurrección (tema central del cristianismo) se halla presente en el XLII, mientras el pulso de la vida campea en el texto del XLIV. La pobreza o la carestía, el no tener casi nada, nos empuja a descubrir lo otro: “Nos cubriremos con el oro de no tener nada”, dice Vallejo, otorgándose la licencia de hacer juegos con la forma tradicional del soneto, como lo observamos en el poema XLVI: tercetos y cuartetos endecasílabos, rimados todos, consiguiendo efectos mezclados de una sonoridad muy peculiar y muy hermosa:

La tarde cocinera se detiene
ante la mesa donde tú comiste
y muerta de hambre tu memoria viene
sin probar ni agua, de lo puro triste.

Luego da un salto a lo que pudiera considerarse un barroco, en el poema XLVII:

ciliado arrecife donde nací
según refieren cronicones y pliegos
de labios familiares historiados
En segunda gracia

Ese “ciliado arrecife” o archipiélago de su tierra natal, donde no falta el sentir religioso-cristiano:

Se va el altar, el cirio para
que no le pasase nada a mi madre
y por mí qué sería con los años, si Dios
quería, Obispo, Papa, santo, o tal vez
sólo un columnario dolor de cabeza.

La búsqueda del ser en el tiempo se halla plasmada en el poema XLIX y en el L es el poder político, el cancerbero que simboliza el acto de la dominación, especialmente cuando alguien se encuentra tras las rejas, usando una ironía impresionante:

El cancerbero cuatro veces
al día maneja su candado, abriéndonos
cerrándonos los esternones, en guiños
que entendemos perfectamente.

La riña con la amante, la pelea conyugal, el llanto y la discusión son el núcleo del poema LI, mientras que en el LII se trata otra vez de la familia y de la casa de la infancia, en un tono casi conversacional:

Y nos levantaremos cuando se nos dé
la gana, aunque mamá toda claror
nos despierte con cantora
y linda cólera materna.

El tiempo en el reloj (poema LIII), la cercanía del dolor y del tormento (LIV), el hospital, la clínica, el trato con enfermos y moribundos (LV), el hambre y la miseria (LVI) son las médulas temáticas en estos casos, sobre todo en este último, constituye una pieza admirable:

Flecos de invisible trama
dientes que huronean desde la neutra emoción, pilares
libres de base y coronación
en la gran boca que ha perdido el habla.

Y luego la superación de ese dolor al reconocer un error o una equivocación en el poema LVII; otra vez la prisión, la celda, la fuga de la cárcel en el poema LVII, de donde se infiere que afuera de ésta también se hallan numerosos presos, debido a una realidad social injusta. En efecto, los textos de Trilce se fraguaron mientras Vallejo pagaba aquella injusta prisión con un estoicismo ejemplar.

En la celda, el gas ilimitado
Hasta redondearse en la condensación,
¿Quién tropieza afuera?

El poema LIX parece decirnos que amar implica a su vez el sufrir, que hay un fatum aturdido en el enamoramiento. Mientras, la paciente espera de la muerte se emplaza en el poema LX y la despedida y llegada a la casa de la infancia se hace el núcleo del texto LXI. Este último pudiera ser considerado un poema del cumplimiento humano en el recuerdo, en tanto el siguiente (LXII) aborda la vuelta al origen, el regreso a la naturaleza, o como bien dice el poeta, “la confluencia del soplo y del hueso”. Se podría especular aquí acerca de “las siete caídas en la cuesta infinita” donde los peldaños en este proceso son las palabras cumplidas en su función de versos como alfombra, corteza o almohada.

La sensación de que el tiempo convencional desaparece, mientras se saluda al nuevo día en pleno amanecer, se encuentra en el poema LXIII:

Cuando salgo y busco las once,
y no son más que las doce deshoras.

El asunto del tiempo reaparece en el LXIV bajo la forma de la espera, cuando el hoy, el mañana y el ayer se cubren de nuevos ropajes, esta vez no en verso, sino en prosa:

Hitos vagorosos enamoran, desde el minuto monstruoso que obstetriza y fecha los amotinados nichos de la atmósfera. Verde está el corazón de tanto esperar.

Hemos dicho antes que Trilce no posee secciones ni apartes; los títulos están ausentes de éste, lo cual no ha permitido que hagamos una pausa en el examen de esta relación de textos, que se entremezclan de manera casi aleatoria en el volumen, lo cual apenas permite realizar subrayados. Por ejemplo, el tema tan omnipresente de la madre o del hogar materno-paterno se retoma en el poema LXV:

Madre, me voy mañana a Santiago,
a mojarme en tu bendición y en tu llanto.
acomodando estoy mis desengaños y el rosado
de llaga de mis falsos trajines.

Este poema a la madre es de una belleza sublime, nos exalta el espíritu hasta conmovernos.

El más radical de los narradores del absurdo, el irlandés Samuel Beckett, fue traductor de los poemas de César Vallejo al inglés.  

Los queridos difuntos emergen en el poema LXVI y la llegada del verano se posiciona en el LXVII a la par de hacer una celebración de la naturaleza al modo interiorizado de Vallejo (“lloriquea, gusanea la arácnida acuarela de la melancolía”) mientras que el mes de julio acoge al tiempo en el texto del LXVIII. La presencia del mar se emplaza en el poema LXIX:

Qué más buscas, oh mar, con tus volúmenes
Docentes! Qué insondable, qué atroz
Estás en la febril solana.

Por otra parte está la esencial orfandad humana, que posibilita la propia confrontación óntica, el reclamo a sí mismo como hombre finito, lo cual genera el visible sesgo filosófico permanente de Vallejo, tal lo prueba el texto del poema LXXII, en tanto que el asunto central del poema no termina de aparecer en el LXXII, como no sea en forma de subjetividad: la dulzura, que da pie a la aparición de pabellones y habitaciones de un templo simbólico. En otro caso, el absurdo de vivir se posiciona en el poema LXXIII:

Absurdo, sólo tú eres puro
absurdo, este exceso sólo en ti se
suda de dorado placer.

Recordemos que el absurdo se erigió en uno de los temas fundamentales de la literatura de vanguardias, que lo tuvo como herramienta esencial para abrir las esclusas del humor y de la crítica de la sociedad en la segunda mitad del siglo XX, al incorporar elementos del sinsentido experimentados por el ser humano en la sociedad industrial avanzada, caracterizada por el maquinismo, la masificación y serialización que, a la postre, producen la escisión de los individuos convertidos en cosas, y da lugar a que escritores como Franz Kafka, Eugene Ionesco o Samuel Beckett expusieran muchos de sus puntos de vista a través del absurdo, así como buena parte de los surrealistas, dadaístas o patafísicos como Alfred Jarry. En el checo Kafka el absurdo se halla presente en sus novelas La metamorfosis (1915), El proceso (1925) y El castillo (1926). Recordemos aquí que el más radical de los narradores del absurdo, el irlandés Samuel Beckett, fue traductor de los poemas de César Vallejo al inglés, que bien sirvieron para un tratamiento del lenguaje a la manera de James Joyce en su novela Finnegans Wake (1939). En el caso de Beckett recordemos Molloy (1951) y El innombrable (1953); en Ionesco La cantante calva (1950) y El rinoceronte (1960), todos ellos precedidos de Alfred Jarry con su Ubú Rey (1896) y Los hechos y dichos del doctor Faustroll (1911), que preludiaron al absurdo surreal.

Dicho esto, continuemos con el vuelo rasante sobre los poemas de Trilce.

Un tema poco usual es abordado por Vallejo en el poema LXXIV, es el divertirse en una fiesta, el derroche de alegría espontánea, la catarsis del celebrar con alcohol que da origen a la reprimenda social, o al complejo de culpa por haberse portado mal siendo adolescente. O niño.

Qué día el del año pasado
que ya ni sé qué hacer con él,
rota la sien y todo.

En el poema en prosa LXXV se ignora concretamente a quién o qué se alude (habría que investigarlo en otra interpretación crítica), pero aparentemente se trata de personajes asociados al poder político o al poder bélico, a los hacedores de muerte.

Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quienquiera diría que, no siendo ahora, en otro tiempo fuisteis. Pero en verdad, vosotros sois cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino. (…)

Para luego realizar el contraste:

Y, sin embargo, los muertos no son, no pueden ser cadáveres de una vida que todavía no han vivido. Ellos murieron siempre de vida.

En todo caso, estos últimos son las víctimas de los primeros, quienes han sido asesinados. Pues los primeros serían los desalmados destructores de pueblos, me atrevo a inferir en este caso.

Cuando Vallejo usa la numerología en sus textos, las cosas se complican. Esto ocurre en el poema LXXVI, donde el poeta “va sacando la lengua a las más mudas equis”. ¿Qué dice en verdad este poema supremamente cerrado en su significación interna? Sería osado intentar aquí cualquier interpretación.

Finalmente, en el poema setenta y siete (LXXVII), el frío, el granizo, la lluvia y el invierno toman posesión del poema para crear un clima de lluvia pertinaz que habla por sí solo:

Graniza tanto, como para que yo recuerde
y acreciente las perlas
que he recogido del hocico mismo
da cada tempestad
(…)
Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!

Exclama el poeta en el verso final de Trilce, y con ello abre nuestras posibilidades interpretativas.

Dispensarán los lectores este resumen argumentativo y temático sobre un fenómeno que, como la poesía, no se ampara en argumentaciones. No se puede refutar una novela, un cuento o un poema; se puede refutar un discurso histórico, filosófico o ideológico, pero no un poema, pues un poema no argumenta. Quedan expuestos, en cambio, buena parte de los elementos utilizados por Vallejo para llevar a cabo la implosión interna de su habla, creando así un lenguaje literario personal, su habla prístina acerca de su experiencia en el mundo diverso. Pero este modo prístino no busca una pureza ni aspira a un estado de primitivismo edénico, sino que más bien confronta, polemiza, pone en entredicho, aun en su estado de mayor elevación verbal.

 

El poema “Trilce”

Existe una situación literaria excepcional respecto del poema “Trilce”, texto que no aparece publicado en el libro que lleva ese título. En la edición de Biblioteca Ayacucho que consulto (1985), éste figura al final en el aparte intitulado “Primeras versiones”, y en la bibliografía de esta misma edición aparece como publicado por primera vez en una revista de La Coruña, España, llamada Alfar (Nº 23), editada en octubre de 1923, es decir, posterior a la edición del libro con el mismo título publicado en las ediciones de la Penitenciaría de Lima, lo cual constata una vez más que el volumen fue escrito en prisión.

Vallejo parece entonces estar realizando una parodia de su propio trabajo, un “juego” literario para buscar nuevos sentidos y significados para esta obra, cuyo título, según sus propias palabras, no significa nada, cuestión de la que hay que desconfiar, pues se trata a mi entender de un ocultamiento expreso de algunas claves de su propia vida y de su personalidad literaria, que Vallejo se negó sistemáticamente a simplificar en el trato y las conversaciones corrientes.

El texto del poema es el siguiente:

Trilce

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.

Mas el lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
hombreando va con los reversos.

—Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Esta? —No; su hermana.

—No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
—do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

El poema está escrito en tercetos que aluden claramente al ya citado número 3 (referido en la partícula “tri”), tan importante en la poética de Vallejo. Luego, advertimos desde el primer verso que se trata de un lugar a donde nunca llegaremos, aun cuando ese lugar el mismo poeta lo sabe.

En el segundo terceto el poeta nos dice que el pie que llegue a hollar ese lugar también es ilusorio, “como no estarse”. En el tercer terceto el sitio “se ve a cada rato esta vida / andando de uno en fila”; esto es: el lugar está en cada uno de los seres humanos.

En el cuarto de los tercetos el lugar está ubicado “más acá de mí mismo y de mi par de yemas”, es decir, antes de su ser actual y de su identidad; “siempre lejos de los destinos”, esto es, sin posibilidad de llegar a él.

A mi entender Vallejo escribe este poema para resarcirse a sí mismo a través de la infancia, para purificarse, para deshacerse de la sordidez que ha vivido en la cárcel donde ha concebido el poemario.  

En el terceto quinto se nos dice que se puede ir “a pie o a puro sentimiento en pelo”, esto es, andando como si se tratara de “ir en un caballo sin silla de montar”

El sexto es el más hermético de los tercetos, donde el horizonte, es decir, la lejanía, compite con este lugar para apropiarse de su utopía: su Cualquieraparte.

En el séptimo vuelve a aparecer el elemento del reverso, el ya clásico revés de Vallejo, tantas veces referido en este trabajo; revés siempre complementario y nunca disociativo.

Los dos últimos tercetos están escritos en un tono dialogal: “—Cerrad aquella puerta que / está entreabierta en las entrañas de ese espejo”.

Aquí el espejo que sirve para reconocerse no está allí realmente, sino su hermana. Pero tampoco la puerta de aquel sitio se puede cerrar, pues si se cierra dejaríamos de comprender la naturaleza de ese lugar.

Dispensará el lector, una vez más, esta esquemática interpretación en aras de un desciframiento de algo, de ponerlo en términos conceptuales. Después de mucho pensarlo y de barajar posibilidades, concluí que ese lugar no es un lugar, pues no está situado en el espacio sino en el tiempo, en la memoria. Ese lugar es la infancia.

El proceso de búsqueda de esa infancia es dulce y es triste al mismo tiempo, es angustioso pero reconfortante, arduo pero de un gran valor espiritual.

A mi entender Vallejo escribe este poema para resarcirse a sí mismo a través de la infancia, para purificarse, para deshacerse de la sordidez que ha vivido en la cárcel donde ha concebido el poemario con el mismo nombre, donde realiza el despliegue hermenéutico que hemos glosado más arriba y enfrentarse a una nueva etapa de su ejercicio poético y humanístico, que irá reflejándose en sus Poemas humanos y en España, aparta de mí este cáliz. Ya he dicho que Poemas humanos es para mí su libro central, la obra donde alcanza su plenitud expresiva. Después, como ya veremos, estarían sus cuentos, sus novelas testimoniales, sus artículos y crónicas, donde da cuenta de sus posiciones artísticas, intelectuales y políticas.

(Fragmento del libro Ser, dolor y utopía en César Vallejo, de Gabriel Jiménez Emán; Fábula Ediciones, Coro, Estado Falcón, Venezuela, 2017)

Gabriel Jiménez Emán

Gabriel Jiménez Emán

Escritor venezolano (Caracas, 1950). Su obra narrativa y poética ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. Vivió cinco años en España y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Buenos Aires, Santo Domingo, Ginebra y Quito. Ha publicado los libros de cuentos Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973), Saltos sobre la soga (Monte Ávila, 1975), Los 1.001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988), Tramas imaginarias (Monte Ávila, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule Ediciones, España, 2005), La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005) y Había una vez... 101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009), entre otros, así como las novelas La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Comala, 2001; Ediciones B, Bruguera, 2007), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, Yaracuy, 2004) y Averno (El Perro y la Rana, 2007); los libros de ensayo literario Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2008), Una luz en el camino: fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Caracas, 2004), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998) y El contraescritor (El Perro y la Rana, Caracas, 2008); los poemarios Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, 1978), Baladas profanas (La Oruga Luminosa, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, Anzoátegui, 2007), y las antologías y trabajos de investigación Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares: el mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión-Ateneo de Caracas, Premio Anda, 1990) y Ficción mínima: muestra del cuento breve en América (Fundarte, Caracas, 1996), entre otros, así como antologías literarias con estudios sobre Víctor Valera Mora, Luis Fernando Álvarez, John Lennon y Bob Dylan, Brian Patten, Baica Dávalos, José Lezama Lima, Vicente Huidobro, Ludovico Silva, Salvador Garmendia y Adriano González León. Ha recibido diversos reconocimientos, como el Premio Municipal de Narrativa del Distrito Federal, el Premio Romero García de Narrativa del Consejo Nacional de la Cultura, el Premio Nacional de Narrativa Orlando Araujo y el Premio Solar de Ensayo de la Fundación de Cultura del Estado Mérida (Mérida, 2007) por el libro El espejo lúcido. Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirige la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico, y es coordinador general de la Fundación “Elisio Jiménez Sierra”. Ha sido coordinador de la Plataforma del Libro y la Lectura (Ministerio del Poder Popular para la Cultura), director general del Gabinete Ministerial de Cultura en el estado Yaracuy y miembro de la Junta Directiva Nacional de la Red de Escritores de Venezuela.

Sus textos publicados antes de 2015
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Editorial Letralia: El extraño caso de los escritos criminales. 17 años de Letralia (coautor)
Editorial Letralia: Doble en las rocas. 18 años de Letralia (coautor)
Gabriel Jiménez Emán

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