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Ludwig Wittgenstein, casi una biografía
El lenguaje como límite del mundo

lunes 29 de enero de 2024
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Ludwig Wittgenstein
Wittgenstein (1889-1951) escribió la monumentalidad de sus textos durante toda la vida y en las circunstancias más diversas.

Ese hombre se llamaba Ludwig Wittgenstein y nació en Viena en 1889. Hijo de un industrial del acero, estudió ingeniería en Berlín y en Manchester y durante unos años se especializó en aeronáutica. Hacia 1912 estudió Lógica en Cambridge con Bertrand Russell, el brillante matemático y escritor pacifista que ganó el Nobel de Literatura en 1950. Durante la primera guerra mundial, Wittgenstein combatió para el ejército austríaco, fue prisionero de los italianos durante dos años y aun en esas condiciones redactó los borradores de lo que luego sería su obra más influyente, el Tractatus logico-philosophicus. Años más tarde, abandonó la filosofía y se apartó para pensar en soledad; durante un tiempo fue maestro de escuela y luego jardinero de un monasterio, tras donar la fortuna heredada de su padre a dos de sus hermanas. En 1929 regresó a Cambridge para presentar el Tractatus como tesis ante Russell y G. A. Moore, a quien sucedió en la cátedra de Filosofía. Durante la segunda guerra mundial trabajó como voluntario en hospitales y comenzó a escribir las que serían sus nuevas ideas sobre el lenguaje y el mundo, que revisan y refutan el Tractatus. En 1947, cuando el prestigio y el reconocimiento a su obra eran unánimes, se apartó nuevamente de su cátedra, para volver a pensar en soledad. Murió enfermo y solitario, alojado en la casa de su médico, en Cambridge, el 29 de abril de 1951. En 1953 se publicaron sus Investigaciones filosóficas.

 

“Llegar a conocer a Wittgenstein fue una de las aventuras intelectuales más excitantes de mi vida”.
Bertrand Russell, 1952.

El brillante escritor austríaco Thomas Bernard escribió en 1982 un monólogo de singular espesor narrativo, El sobrino de Wittgenstein, un bloque de escritura monolítica que deja escuchar la voz de un internado que, desde un manicomio, habla de su amigo Paul, el sobrino de Wittgenstein:

En su arrogancia, los Wittgenstein rechazaron sencillamente a sus filósofos y no les tuvieron el menor respeto, sino que los castigaron, hasta hoy, con su desprecio. A uno, Ludwig, lo hizo famoso su filosofía. Al otro, Paul, su locura. Uno representa sin dudas una cumbre de la filosofía y de la historia del espíritu, el otro, de la historia de la locura.

No hay un Wittgenstein, hay dos. El primero está representado por el Tractatus logico-philosophicus (1921), conjunto de aforismos escritos con un lenguaje bastante críptico que investiga las relaciones entre el lenguaje y el mundo; el lenguaje “figura” el mundo en la medida en que comparte con él la misma estructura lógica. Por otro lado, también es su límite, en la medida en que el lenguaje no puede sino figurar el mundo y, por tanto, nada se puede decir sobre cuestiones éticas o estéticas, que, según considera el filósofo, son las verdaderamente importantes.

Ese hombre diseñó un sistema lógico-filosófico para comprender el mundo y al hombre en el mundo, al que consideró perfecto y definitivo.

El segundo Wittgenstein sometió a crítica el supuesto básico del Tractatus de que la lógica posee una relación privilegiada con la estructura del mundo. Consideró que ésta correspondía tan sólo a uno de los posibles usos del lenguaje (el modo descriptivo), pero que no tenía en cuenta la lista abierta de “juegos de lenguaje”, entre los que se podría contar el preguntar, el exclamar, la ironía, la metáfora. El significado de un término, además, no puede depender de una proyección mental, sino de su uso social, su contexto, sus reglas, sus sistemas.

Ese hombre diseñó un sistema lógico-filosófico para comprender el mundo y al hombre en el mundo, al que consideró perfecto y definitivo; años después, fue el único lector de su obra que encontró fisuras, y creó otro, distinto e inacabado, como un guante al revés del anterior, al que estimó más verdadero.

Cuando se indaga en los tiempos de construcción de una obra, la experiencia de Wittgenstein enseña que nunca se corresponden con un período o segmento vivencial: ese hombre escribió la monumentalidad de sus textos durante toda la vida y en las circunstancias más diversas: en su casa, hasta los catorce años, recibiendo institutrices, en la escuela y en la universidad, pero también en las trincheras, en la prisión, en hospitales, en el jardín de un monasterio, en soledad, en la conversación con las mentes más brillantes de su tiempo, entre alumnos, de nuevo solo y enfermo, sin pausas en el pensar, empujado siempre por el viento terco de la duda y la revelación.

El pensamiento de las Investigaciones supone una clara ruptura con las tesis del Tractatus. Wittgenstein rectifica su afirmación de que el mundo puede ser comprendido por proposiciones lógicas y señala que el lenguaje es una construcción social. Abre la puerta para el llamado “giro lingüístico”, clave intelectual del fin de siglo, en el que el lenguaje ocupa el centro de la consideración filosófica y de los estudios culturales. El lenguaje, ahora, se piensa a sí mismo para entender el mundo. Las miradas de Barthes sobre el texto inacabado, las redes intertextuales y la idea de lo “escribible”, la noción de “diseminación” en la deconstrucción de Derrida, la refutación de Borges a la originalidad, la unicidad y la completud de un texto, no podrían entenderse cabalmente sin la idea de los “juegos de lenguaje” y la concepción wittgensteiniana de una gramática profunda latiendo debajo de la gramática superficial.

No hay esencias, hay construcciones. Nada hay en el afuera del lenguaje.

Ese hombre comprendió, antes que nadie, que el lenguaje es el límite del mundo. Y sentenció: “De lo que no se puede hablar es mejor callar”.

Cuando Wittgenstein habla de disolver supersticiones se refiere al lenguaje filosófico, con sus ambiciones de ciencia. La poesía, por ejemplo, pertenece al ámbito “de lo que se muestra”, “es una manifestación del callar”.

Pedro B. Rey, 2021.

En Respiración artificial, novela fundamental de Ricardo Piglia, publicada en el final de la dictadura argentina, un personaje cita y refiere a Wittgenstein y su sentencia: “De lo que no se puede hablar es mejor callar”, cuando el texto recorre el horror de Auschwitz; cuando la filosofía o el pensar no tienen palabras, callan. Y desde el silencio, desde el callar, la literatura dice, y aparece Kafka para hacer entender las formas del horror. Y la novela traza entonces la relación con la tragedia argentina y el terrorismo de Estado es dicho ahora por el lenguaje literario. Y el personaje relata su conmoción recordando a Wittgenstein, su maestro vienés.

No hay esencia del lenguaje sino “parecidos”, juegos. No hay “lo común” o “esencial” sino superposición y entrecruzamiento.

En 1902 Wittgenstein cursó en la Realschule de Viena. Kimberley Cornish asegura que Adolf Hitler, cursante de otro grado, compartió momentos con él y hasta se peleó con el joven Ludwig por su judaísmo. Ray Monk, el biógrafo de Wittgenstein, admite la coincidencia temporal pero no halla pruebas del encuentro. La leyenda reúne, en todo caso, a estos dos hombres tan distantes, tan contrapuestos, en una escuela vienesa del incipiente siglo XX.

Ese hombre pensaba:

¿Hay una idea unitaria del mundo, una mundanidad? La idea de mundanidad estalla por obra de una experiencia singular: el asombro de maravillarse ante el hecho de que el mundo sea, por eso no puede imaginar el no ser del mundo; no hay lenguaje capaz de dar cuenta de él, todo es sin sentido. Para el mundo como tal hay un lenguaje particular, cargado de alusiones y resonancias, que no es el lenguaje del mundo fáctico.

En Freud, la noción de “idea latente” o “contenido manifiesto” es clave para entender el psicoanálisis, revela el sentido del sueño y el acceso al inconsciente. En Wittgenstein, la gramática superficial y la gramática profunda guardan relación con la noción freudiana. Sólo horadando la capa de la gramática superficial se accede a la significación de palabras de la gramática profunda, concepción que reaparecerá en las tesis del lingüista Noam Chomsky.

No hay esencia del lenguaje sino “parecidos”, juegos. No hay “lo común” o “esencial” sino superposición y entrecruzamiento: toda filosofía es un pensar sobre esos lenguajes que se sobreimprimen, una “gramática filosófica”.

Ese hombre pensaba que más allá del lenguaje no existe nada a lo que podamos tener acceso. Y escribió: “Mi lenguaje es el límite del mundo”.

Ese hombre, quizás, comprendió el universo.

Sergio G. Colautti
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