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de Editorial Letralia
Cagua, Venezuela
Jorge Gómez Jiménez
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Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 103
3 de noviembre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Artículos y reportajes
Las fronteras:
amplitud de horizontes

Eduardo B. Hernández

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Fronteras¿Son las fronteras principio o fin? La pregunta pudiera evocar un pasaje del Pedro Páramo de Juan Rulfo: "El camino subía y bajaba; ‘sube o baja según se va o viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja’ ". Lo mismo pudiera decirse de las fronteras: son principio para el que comienza, y final para el que termina.

El ser humano odia o ama las fronteras. Las odia cuando se le presentan como obstáculos, barreras, o límites; las ama cuando las descubre como horizontes, ensanches y principios. Lo mismo las impone que las traspasa, las bendice que las maldice. Una frontera puede ser brecha o puente, salida o entrada, vida o muerte, pero nunca tierra sumisa a la indiferencia, siempre desafiando y provocando a todo al que se le acerca. Así, una frontera es puerta del cielo o del infierno, pero difícilmente es ambiguo purgatorio.

Las fronteras son plataformas donde los sueños se transfieren a otra realidad, tribunas sobre las cuales se pueden redimir suspiros y lamentos, foros de expatriados y génesis para quienes eluden epílogos y atardeceres. O son sepulcros sin lápidas ni distinciones, tumbas calladas donde el caminante caído queda sin réquiem ni oración, cónclaves de almas errantes, crepúsculos que se alargan como las sombras de los que emigraron.

Las fronteras son cicatrices del planeta que hieren o sanan, unen o rasgan, gritan o callan. Se extienden como fisuras terrestres sobre la superficie, y por ellas naciones y pueblos hacen la guerra o acuerdan armisticios, en una lucha interminable por poseerlas o defenderlas. En el afán de conquistarlas, miles de vidas son sacrificadas, porque es imposible borrar una frontera antigua o trazar un nuevo lindero sin usar como tinta la sangre.

De las fronteras se dice que son tierras de paso, identidades geográficas pobres y feas, como la cara de una muñeca sucia y rota. Pero quizás pudiéramos hoy, en una convención fronteriza, invocar a los pinceles poéticos de Sor Juana, y parafrasear: "Hombres necios que acusáis, a la frontera sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis". ¿No han sido la erosión y la marea humana las que han mancillado su virginidad colindante y marchitado su rostro limítrofe, adjudicándole una reputación prostituida a su abandono aledaño?

Son estas zonas adyacentes ventanas con vidrios rotos. Por ellas nos asomamos a lo incógnito y profano para palpar con nuestros ojos la cercanía de lo lejano y curiosear con la imposibilidad de lo deseado. O son trincheras de resentimiento y enemistad donde se parapeta nuestro agravio en contra de "el de al lado", a quien siempre consideraremos peor que nosotros, aunque codiciemos sus dominios.

A lo largo de estas orillas, en donde la patria se arrincona y el nacionalismo se estrecha, el ser humano existe y subsiste entre muros, alambradas, cercas y puentes. Las fronteras son escenarios de su tragicomedia, en la que se escabulle por túneles clandestinos, pavimentados de expectaciones y desalientos, haciendo malabares en atrevidas ferias de contrabandos, nadando en la marea del bullicio lingüístico, o integrándose al desfile de rostros inéditos como un ilustre desconocido, marchando a la cadencia del hormigueo incesante y multitudinario de almas en tránsito.

Vilipendiadas como son, empero, las fronteras siempre reservan un nuevo amanecer para el lugareño y le ofrecen, por el precio de unos cuantos pasos, la promesa de convertirlo en extranjero y transferirlo a otro mundo en un abrir y cerrar de ojos, como el obturador de una polaroid, que congela la sonrisa apurada bajo el sombrero artificial, perpetuando así el momento de la fuga hacia el micro-universo vecino.

Las fronteras deletrean la dualidad de espacios contiguos, y expresan territorialmente la geografía de la imaginación humana, siempre en búsqueda de nuevos y más amplios horizontes. Son un espejo de tierra que refleja las delineaciones que el ser humano concibe y traza en su propio pensamiento, el cual transita secretamente desde el frontal de su deseo hasta el occipital de su ambición. Las fronteras enuncian, por tanto, la amplitud y la estrechez yuxtapuestas del raciocinio humano, que extiende o limita, edifica o traspasa, y prohíbe o permite.

Al final, la esencia opuesta de las zonas fronterizas se torna en una penitencia: entre más profunda la división, mayor la atracción. La demarcada faz de la tierra, en consecuencia, continuará emancipando o acordonando al corazón humano. Y según del lado donde haya nacido, el ser humano seguirá preguntándose si son las fronteras principio o fin.


       


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