Una producción
de Editorial Letralia
Cagua, Venezuela
Jorge Gómez Jiménez
Editor

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Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 103
3 de noviembre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Vicente y el oso
Massimiliano Simoncini

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Pirineos: en algún lugar entre España y Francia, otoño de 1920

En las pendientes cercanas a la cumbre el pasto era todavía abundante, y había que aprovecharlo antes de la llegada de los primeros fríos ya inminentes. El día había transcurrido sin problema alguno y el rebaño, de vuelta para su establo, bajaba lentamente por la ladera oeste de la montaña. En la orilla derecha del riachuelo que mucho más abajo, ya en el valle, se transformaba en un ruidoso torrente, los perros descubrieron las huellas. Todos ellos pertenecían a una raza que desde siglos cuidaba ovejas en los Pirineos. Blancos, para confundirse con el rebaño; grandes, fuertes y agresivos para enfrentar con alguna posibilidad de éxito el ataque de los lobos. El primero en olfatearlas fue el viejo perro que siempre iba al frente indicando el camino; sus nerviosos movimientos, el hocico pegado al suelo y los amenazadores gruñidos llamaron la atención de los demás perros, que de inmediato agruparon las ovejas.

—Aquí, Bravo —ordenó Vicente, y se arrodilló en el suelo húmedo al lado del viejo líder, examinando con atención las huellas. Su semblante palideció, su corazón aceleró vertiginosamente y un sudor frió recorrió su cuerpo. No había duda alguna: era la bestia, la Némesis de su familia, el demonio que siempre lo había acechado. La evidencia tangible de la presencia, en los alrededores, de lo único entre cielo y tierra que el recio montañés temía y aborrecía: era la huella de un oso, y de un oso muy grande. Visiblemente nervioso, el pastor llamó a los perros.

—¡Vamos, Bravo! ¡Aquí, Rayo! ¡Rápido, Estrella, rápido! Vamos todos... ¡deprisa, deprisa!

Quería llegar al establo y asegurar las puertas dejando afuera la amenaza que incumbía sobre él y sobre su rebaño.

No era cosa fácil asustar a Vicente. Hombre alto y fuerte, más alto y más fuerte que la mayoría de los habitantes de su región, desde temprana edad había tenido que luchar, y duro, para aprender las faenas del pastoreo. No era nada extraño ya que así lo habían hecho su padre, su abuelo, su bisabuelo y hasta donde se sabía todos sus ancestros. Vicente se había esmerado mucho y, si bien no podía leer ni escribir ya que jamás había frecuentado escuela alguna, conocía su trabajo muy pero muy bien. Cada pendiente, pradera, risco, precipicio, riachuelo, árbol y matorral en un radio de sesenta kilómetros alrededor de su establo le eran perfectamente familiares. Tenía grabado en su mente cada centímetro del largo camino que, antes de cada duro y frío invierno, recorría para llegar a los pastizales siempre verdes cercanos al mar. ¡Pero un oso! Un oso era algo más allá de lo que podía soportar. Pero, ¿por qué? ¿Por qué alguien que no temía lobos, ni hombres, ni dios alguno, reaccionaba así por unas huellas de oso? Bueno, Vicente tenía sobradas razones para ello...

 

Pirineos: mismo lugar, verano de 1860

Todo empezó cuando su abuelo, que también se llamaba Vicente, trató un día de llegar al establo más temprano que de costumbre, y en el intento de recortar camino tomó una senda apartada y poco utilizada que recorría el borde de un acantilado. Por un capricho del destino una osa había escogido una cueva cercana a la amplia cornisa para criar sus oseznos. Al pasar frente a la guarida, los perros olfatearon la familia de plantígrados y enseguida se abalanzaron hacia la entrada de la cueva ladrando y gruñendo furiosamente. La madre osa, sintiendo amenazados sus cachorros, atacó con furia ciega la jauría. La lucha a muerte que se produjo aterrorizó a las ovejas a tal punto que salieron en estampida sin importar hacia dónde. El abuelo de Vicente, al ver su rebaño dirigirse hacia el precipicio, quiso interponerse para evitar que se despeñara y el resultado fue que encontró la muerte al ser arrojado al vacío por sus propios animales. Nadie sobrevivió al desafortunado encuentro. La osa, una vez destrozado el último perro, quedó tan mal herida que no pudo hacer otra cosa sino echarse a esperar el inevitable final, el mismo inevitable final que encontrarían los oseznos privados de su protección. El trágico acontecimiento dio lugar a interminables habladurías que perduraron en la región durante muchísimo tiempo. Por muchos años, en la taberna del pueblo, no hubo velada que no sacara a relucir la historia que, claro está, se vio adornada y magnificada a medida que el vino iba fluyendo, con un sinnúmero de fantasiosas añadiduras. Pero la conclusión siempre era la misma: un oso había aniquilado los perros, el rebaño y el pastor, dejando desamparados su familia y su único hijo.

 

Pirineos: mismo lugar, primavera de 1890

El padre de nuestro Vicente, que por supuesto, como dictaba la tradición, también se llamaba Vicente, creció escuchando los disparatados relatos de pueblo sobre el accidente sin prestarle demasiada atención, dedicándose según la costumbre de su familia al cuidado de las ovejas. Con tesón y tiempo, el rebaño fue reconstruido y Vicente, hijo del difunto Vicente, logró una situación económica florida que le permitió adquirir, por muy poco dinero a decir la verdad, una antigua y abandonada abadía bien situada muy arriba en la montaña, y con un esfuerzo mínimo la transformó en el mejor establo de la comarca. Todo parecía ir en la mejor de las maneras: buenas ovejas, buenos perros para cuidarlas, una casa-establo sólida como no había otra, y hasta una esposa que le iba a dar un hijo, seguramente varón y que sin lugar a duda se llamaría Vicente. El próspero pastor nunca hubiese imaginado lo que le esperaba aquel fatídico día, cuando pasando a un lado de un pequeño bosque que bordeaba una pradera repleta de tiernos brotes de pasto, vio salir de la espesura un enorme oso que se abalanzó sobre sus ovejas. Los primeros en recuperarse de la sorpresa fueron los perros que reaccionaron atacando fieramente e inútilmente el gran animal. Unos cuantos zarpazos y fueron eliminados con una facilidad pasmosa. Ya sin obstáculo alguno el gran macho solitario empezó a devorar un carnero que había matado, rompiéndole el espinazo, en su primera acometida. Fue en ese momento que el pastor descargó con la fuerza de la desesperación su vara contra la maciza cabeza del oso. Sorprendido más que lastimado, éste se paró sobre sus patas traseras erigiéndose en toda su descomunal estatura, buscando a su oponente. Sólo pudo verlo cuando miró hacia abajo, justo en el momento de recibir un segundo golpe de la pesada vara en las costillas. Con un solo mordisco en la cabeza despachó el fastidioso y endeble humano que lo estaba atacando con tanto coraje. Si el primer accidente había dado pie a interminables comentarios, el segundo causó un vendaval de murmuraciones en toda la región. "¡Es obra del demonio!", decían algunos. "¡Es un castigo divino!", afirmaban otros. "¡Es una maldición que pesa sobre la familia!", aseguraba la mayoría. Pero todos concordaban en algo: el hecho de que padre e hijo encontraran la muerte de una manera tan similar era extraordinario, más aun considerando que los osos eran animales más bien raros por aquellos lados. Durante algún tiempo se organizaron partidas de caza que recorrieron toda la zona, pero de osos no encontraron ni la sombra. Esto reforzó las habladurías. Se trataba sin duda de una maldición que pesaba sobre la familia, no había otra explicación. Cuando nació el último de los Vicente, pocos días después de la muerte de su padre, en el pueblo se comentó que había nacido para que un oso lo matara. Esas murmuraciones acompañaron a Vicente mientras crecía, y poco a poco se abrieron paso en el alma del pastor, y cuando una gitana de paso por el pueblo, al leerle la mano le vaticinó una muerte violenta en plena juventud, terminó creyendo con firmeza que su final se hallaría entre las zarpas de un oso.

 

Pirineos: mismo lugar, otoño de 1920

El pastor apuró al máximo el paso del rebaño, su vara caía una y otra vez sobre el suelo pedregoso produciendo fuertes chasquidos que mantenían las ovejas al trote. Los perros, conscientes de la tensa situación, doblegaron los esfuerzos para mantener en un grupo compacto los obtusos animales que constantemente trataban de desviarse del camino. Una vez llegados al establo, Vicente metió las ovejas y en vez de dejar los perros afuera, como siempre hacía, los obligó a entrar también. Cerró las pesadas puertas de madera y las aseguró con doble tranca. Ya estaban a salvo, ningún oso hubiera podido franquear esa sólida barrera. El gran establo ocupaba toda la planta baja de lo que había sido el edificio principal de una antigua abadía. Subiendo un tramo de escaleras se accedía a un solo y amplio espacio que fungía de comedor, cocina, salón y único cuarto. Lo que había sido la capilla era ahora el depósito para el heno, y otra pequeña construcción, que en otros tiempos había albergado las herramientas, servía de almacén para los quesos que se elaboraban a partir de la leche de oveja. Vicente se acercó a la gran chimenea que ocupaba buena parte de una de las paredes y reavivó el fuego añadiendo leña bien seca y soplando sobre los rescoldos todavía humeantes.

Se quedó un buen rato frente a las llamas, como hipnotizado, mientras su mente recorría una y otra vez las historias sobre la maldición que pesaba sobre su familia. Recordó como si hubiese sido el día anterior la gitana que, mirándolo fijamente a los ojos, le había pronosticado una muerte prematura y violenta. Por supuesto que un oso seria la causa de su fin; la maldición no admitía escapatoria, y además la gitana era una adivina muy conocida y seguramente no se equivocaba. Pero no sería esta noche. Dentro de su establo estaba a salvo, tenía los perros adentro, montando guardia entre las puertas infranqueables y su rebaño, y la escopeta estaba cargada... porsiacaso. Sacó de la despensa unos cuantos pedazos de carne seca y bajó para alimentar los perros, revisó con sumo cuidado las trancas de las puertas y una vez seguro de que todo estaba en orden volvió arriba para sentarse nuevamente frente a la chimenea. Su cena consistió en pan, queso y vino tinto, más vino en realidad que pan y queso. A pesar de su firme propósito de permanecer despierto, el cansancio, las emociones y el vino poco a poco lo fueron venciendo, y se quedó profundamente dormido. El furioso ladrar de los perros interrumpió su sueño. Vicente no se movió de la silla donde se hallaba, sólo estiró su mano hasta alcanzar la escopeta y se concentró en los ruidos que provenían desde abajo. Por encima de los ladridos se escuchaba un pavoroso estruendo, como si algo muy pesado se estuviera estrellando contra las puertas. Era el oso que había dejado sus huellas en la orilla del riachuelo. Seguramente había seguido el rastro del rebaño hasta el establo y ahora... Con el corazón en la garganta y paralizado por el pánico, Vicente comprendió que el oso intentaba derribar la barrera que lo separaba de su presa, fuera ésta el rebaño o él mismo. Por un momento el pastor recobró la calma: el salvaje animal jamás iba a poder abatir puertas tan resistentes. Pero el oso redobló sus embates, soplando y gruñendo se abalanzaba con cada vez más fuerza contra la madera que empezó inexorablemente a ceder. Vicente no lo podía creer, ¿qué clase de animal tenía el poder de romper unas puertas de más de diez centímetros de espesor? Con un espantoso ruido de madera quebrada las puertas cedieron de un todo.

Los sonidos que entonces se escucharon desde el establo fueron realmente aterradores: los quejidos de los perros que valientemente se defendían eran inequívocos, estaban sucumbiendo rápidamente frente a un adversario cien veces más fuerte y pesado. El último en morir fue el viejo Bravo, a pesar de no ser tan ágil había logrado evitar las fauces y las garras de su enemigo hasta quedarse solo. Finalmente, ya sin posibilidad de eludir su adversario, le hizo frente saltando directamente hacia su garganta. Para el oso fue muy fácil interceptarlo con sus poderosas patas delanteras y literalmente pulverizar sus huesos. Ahora ya nada se interponía entre él y las ovejas, y empezó la carnicería. Vicente seguía arriba, con la escopeta en la mano, pero sin decidirse a bajar para enfrentar su destino. Fueron los balidos desesperados de sus ovejas que lograron sacarlo del abismo de miedo donde se hallaba y a pesar de que las piernas le pesaban toneladas, escalón tras escalón bajó hacia el establo. La escena era dantesca: parado sobre un mar de cadáveres blancos destacaba un oso gigantesco. Su espeso pelaje pardo estaba cubierto de sangre alrededor de su horrendo hocico y de las enormes garras. No estaba devorando sus víctimas, parecía esperar a Vicente, había matado una por una hasta la última oveja sólo para obligarlo a bajar.

"Todavía no me ha vencido", pensó Vicente, y cuidadosamente apuntó directo a la cabeza del oso y disparó. Por un momento el grisáceo humo de la pólvora cubrió el blanco, pero al disiparse Vicente vio estupefacto cómo el oso sin ni siquiera un rasguño se precipitaba sobre él. "¡No puedo haber fallado, no de tan corta distancia! Es cierto, es un demonio! Y vino para cumplir con la maldición". Tuvo el tiempo de pensar Vicente, antes de que el oso de un zarpazo le partiera el corazón.

—Tengo días que no veo a Vicente —comentó el cantinero a unos clientes habituales del pueblo, reunidos para tomar un poco de vino, como era de costumbre, después de la misa del domingo.

—¡Oye, es cierto! —contestó uno de ellos—. El viernes ni siquiera trajo los quesos para enviarlos al mercado, los tipos de la ciudad que siempre le compran deben estar enojados, Vicente es su mayor proveedor.

—¿Estará enfermo? —preguntó otro.

—¿Quién, Vicente? No lo creo. Si todos fueran tan saludables como él desde hace tiempo hubiese tenido que irme del pueblo —contestó el medico que también era de la partida.

—¿Ustedes no creerán que..? —dijo el cantinero sin atreverse a completar la pregunta. Pero todo el mundo entendió a qué se refería. Como pueblo chico que se respete, en pocos minutos la noticia de la desaparición de Vicente se propagó con la velocidad del rayo. La gente comenzó a reunirse en la plaza, y por supuesto los comentarios iban y venían:

—¿Vieron? La gitana estaba en lo cierto, la maldición lo alcanzó.

—A ese seguro se lo comió un oso.

—¡Pero si desde hace muchísimos años que por aquí no se ven osos!

—¡Claro, eso cuéntaselo al padre y al abuelo de Vicente!

Hacia el mediodía el alcalde decidió acabar con la intriga, y ordenó a dos guardias civiles que fueran a la antigua abadía para averiguar qué había sucedido y, de no hallar allí el pastor, que buscaran por las laderas donde acostumbraba pastar su rebaño. El cura y el médico del pueblo, no obstante esto implicara una caminata de más de una hora montaña arriba, también se unieron al grupo. Cuando divisaron el establo a lo lejos, pensaron que Vicente y sus ovejas estaban en los pastizales ya que no había señal de problema alguno. Pero a medida que se iban acercando, comenzaron a oír ladrar los perros.

—No entiendo, ¿dónde están esos perros?

—Parece que los ladridos vienen de adentro.

—¡Esto es raro, a esta hora del día y los animales adentro!

Al llegar frente a las macizas puertas el balar de las ovejas y los ladridos de los perros confirmaron las sospechas: los animales estaban encerrados y de Vicente no había rastro. Era evidente que algo andaba mal.

—¿Y ahora que hacemos?

—Hay que entrar y la única manera es tumbando la puerta.

—El almacén de los quesos está por allá y al lado hay un cobertizo para la leña, vamos a buscar un hacha.

Les llevó casi una hora, a los dos guardias civiles, derribar la puerta, y casi fueron atropellados por las ovejas y los perros que se precipitaron afuera, hacia los abrevaderos.

—Los animales están sedientos, tienen días encerrados.

—Así es. Y yo sé por qué —dijo el medico que ya había percibido el inequívoco hedor de un cuerpo muerto hace algún día. Vicente estaba reclinado hacia atrás en la silla frente a la chimenea, las dos manos contraídas contra su pecho, la cara contorsionada en una mueca de intenso dolor. En el suelo al lado de la silla, una escopeta.

Después de examinarlo brevemente el médico indicó con un gesto a los demás que se acercaran:

—Ahora se van a acabar las habladurías sobre maldiciones, demonios, osos y otras supersticiones como esas. Vicente murió de un infarto mientras dormía.


       


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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 24 de noviembre de 2003 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes