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de Editorial Letralia
Cagua, Venezuela
Jorge Gómez Jiménez
Editor

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Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 103
3 de noviembre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Sala de ensayo
La "legendaria" novela hispanoamericana:
Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas

Alfredo Canedo

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Miguel Ángel Asturias.
El lugar de la moderna novela "exitista", no rigurosamente exacto pero sí comprensivo, son los personajes, la ciudad, la megalópoli industrial, las heterogéneas muchedumbres humanas, los individuos solitarios, la fragmentación social y el peso agobiador de las relaciones mercantiles; cuanto más el de la estética, por todas esas dolorosas novedades de la vida urbana, alimentada directamente de la prosa callejera, de elementos racionalistas, de desarraigos, frustraciones, resentimientos, falta de perspectivas personales e historias de anodinas gentes, y, tan luego como recursos, los diálogos insustanciales, prosaicos, el monólogo interior, la dislocación de planos temporales, la simultaneidad de espacios, la tenaz presencia del "paternalista" autor-narrador con lo alusivo a conductas enajenadas y psicópatas. Si algo también incontrastable en esa novela de "glorias editoriales y periodísticas", salvo en muy contados casos, las aproximaciones a la fantasía, aunque no rigurosamente exactas, en "copias", "recuerdos", "realidades psicológicas", "facciones" y "gestos" de criaturas, pero ni rastros de impresiones en el cielo, los horizontes, mares, valles, ríos, árboles, las montañas y mieses, ni siquiera escenas del sol y suelo patrio. Novela, por tanto, de "escritores de acción", sin profundidad en el sueño y en la vaga idealidad sino en diálogos, discursos y temas codificados por la vida social.

Pues entonces, que esa novela, por sí misma, ha de servir para interpretar o revelar historias e idiosincrasias hispanoamericanas es, donde se la mire, completamente falso. A cambio, merece atención, sobre todo del lector familiarizado con el género, la novela de pasión fabuladora donde acontecimientos y presentimientos narrados como si fueran un mito, sin retóricas sentimentales ni el simple muestrario "geográfico socioeconómico", pese a reparos de la simple cháchara de académicos en una esquina y de críticos en una acera.


A pesar de ingentes esfuerzos de docentes e investigadores aún hoy se duda del origen sociocultural y la fecha de nacimiento de la novela hispanoamericana. Algunos, en mayor o menor certeza, lo atribuyen a 1923 con la novela Fabla salvaje del peruano César Vallejo; otros a 1949 con El reino de este mundo del cubano Alejo Carpentier. Por lo que fuere, una u otra fecha en los comienzos de la novela hispanoamericana no han llegado a convencer, aunque no por eso desestimarlas de plano, menos aun considerarlas en simples ocurrencias de la crítica universitaria. Lo cierto es que el principio de esa novelística habrá de buscarse en escritores centroamericanos de la generación del 40 o, a lo sumo, de mediados de la década posterior. No más.

Vaya uno de los casos, si no contundente, al menos digno de tomárselo muy en cuenta para estudios posteriores sobre los orígenes de la novela hispanoamericana.

Al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (premio Nobel de Literatura en 1967), con justicia y sentido casi riguroso, se le atribuye el laurel de novelista más mitológico en América, después de la cesación de las llamadas literaturas precolombinas. En Hombres de maíz, novela sin estética de denotación directa tampoco de abstracciones conceptuales, Asturias sometió imágenes, metáforas, pasiones tropicales y valores colectivos no individuales a significaciones mitológicas, a la oralidad de las colectividades arcaicas de los pueblos tradicionalmente anónimos, al telurismo y a las vivencias mágicas de sus antepasados mayas. Emprendimiento que más tarde aclaró en el prólogo a su novela:

...el problema para mí no es escribir, el problema mío era transmitir con lengua que no era propiamente mía imágenes, conjeturas y sentimientos americanos de las cosas americanas.

Logró así la presencia del indio con sueños e imaginaciones; pero también prodigiosas leyendas de este hombre de su tierra en trágica víctima de la siembra, cosecha y comercialización del maíz:

El maíz sembrado para comer es sagrado sustento del hombre hecho de maíz. Sembrado por negocio es hambre del hombre que fue hecho de maíz.

Es de verse en la novela al indio desgarrado, perdido, vilipendiado y hasta vagabundo por obra de quienes trafican con su mayor sustento: el pan de maíz.

Varios desafíos al lector. Primeramente debe de absorber que el maíz es para el indio de secreta vertebración de lo mitológico y ritual. Luego, la materia narrativa, sin trayectoria lógica y coherente, ni entre los distintos episodios ni en cada uno de éstos en particular, más bien ambigua y fluctuante, con realismo directo, a veces fantástico. En adelante, la obsesiva metáfora y los juegos retóricos.

A lo largo de las seis secciones de la novela, carne y huesos de mayas con olor a maíz humedecido por la tierra y la lucha de la comunidad indígena tradicional con ladinos pretendientes a transformar ese cultivo sagrado en empresa comercial. Mayormente escritas con carga de lirismo, sensaciones primitivas, figuras míticas y de confrontaciones de lo invisible con el presente, de magia con la realidad; derroche de ornatos y contenidos, algo nuevo en la literatura auténticamente indianista hispanoamericana. Desde ese hervor literario más la plena conciencia en las formas antiguas mejores a las del mundo moderno (ya en sus obras habían dado tenues muestras de iguales asuntos el mejicano José Vasconcelos y el peruano Ciro Alegría y el colombiano Gabriel García Márquez), escribió el 28 de febrero de 1928 en la revista Ercilia, de Santiago de Chile:

Me vi en el dificilísimo trance cuando comprendí que los modelos de la literatura castellana no me servían para interpretar el mundo que anhelaba revelar. Luché tenaz y angustiosamente por encontrar un estilo en que ese universo humano, tan original y complejísimo, pudiera ser constreñido y transmitido. Creo que lo conseguí.

Ya en el comienzo, las nítidas voces con inflexiones y particularidades gramaticales o léxicas del linaje indio mayense, además de registros lingüísticos diversos. Voces hieráticas, sin rasgos sociolectales significativos y como traducidas de un milenario idioma amerindio, pero tampoco escasas, aunque no todas ellas, de cierto tufo hispano; así, por ejemplo, la voz del "héroe mítico" Gaspar Illón dirigiéndose a su esposa en "español-gutemalteco":

Ve, Piojosa, diacún un rato va a empezar la bulla.

Indios hablantes en español aunque con vocablos del dialecto ancestral, a fin de que no dejasen de ser radicalmente "otros". Asturias, quien ha leído sin cesar a Góngora, Lope de Vega y Quevedo, "americaniza" hasta la extravagancia la lengua española; razón de que se le llamara formidable mensajero de las colectividades indígenas centroamericanas y del no menos humanismo de la España barroca del Siglo de Oro. De ahí, "Reflexiones peruanas sobre un narrador mejicano", donde Asturias da rienda suelta a su compromiso con la lengua de sus ancestros:

...en cuanto elevar mediante ella con carga española, más arrolladora expresión de mitos y símbolos, el lenguaje del alma nacional y del primitivo pueblo guatemalteco a la más alta categoría artística.

Ciertamente, le ha venido de auxilio todo el instrumental literario durante sus años de aprendizaje en bibliotecas, museos y universidades de España como de Francia. Ya de regreso a su patria, 1929, hubo de mezclar ese instrumental con el sentimiento maya, o, de otra manera, con el mundo que poseyó e hizo propio. Se sumergió de lleno, no con ojos de etnohistoriador ni de antropólogo, menos aun de sociólogo, en los anónimos textos Popol Vuh (según la tradición ha sido escrito por un indio maya durante el dominio de la Corona hispana sobre América Central) de prosodia y conceptos imaginarios o surrealistas, Chilam Balam con cantos sagrados de los indios nahuas del sur guatemalteco, o Chumayel y en demás antiguos documentos precolombinos. Lecturas donde hubo de empaparse de mitos y simbologías indígenas en correspondencia con códigos naturales y sobrenaturales, tan válidos como el pensamiento mecánico y racional.


José María Arguedas.
Necesario recordar que un segmento importante de la novelística hispanoamericana es ideológico-artístico con particularidades, más o menos agudas, en la milenaria cultura indígena. Dentro de ese contexto, la obra del peruano José María Arguedas, adelantado a sus jóvenes colegas de la década del 50 con narrativa de signo cosmopolita y social, más convincente en la evocación de los reductos europeizantes que en los barrios periféricos limeños (J. Ribeyro, M. Vargas Llosa, E. Congráins, O. Reynoso, entre otros). Pocos como él han sabido acercarse con ensimismada añoranza a la comunidad indígena y al paisaje andino; por caso, Todas las sangres, publicada en 1964, dos años después A nuestro padre creador Tupac-Amarú, con registros quichuas en el arcaísmo, lo "antiurbano" y "andinismo" como en drástica oposición a los desencuentros étnicos entre peruanos:

...el peruano es un individuo quechua moderno; peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio. Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo con nuestros himnos antiguos y nuevos lo estamos envolviendo. Hemos de lavar algo las culpas por siglos sedimentados en esta cabeza corrompida de los falsos huiracochas, con lágrimas, amor o fuego. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro de nuestro mundo, en ciudad feliz, donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio.

Aun así, ningún texto narrativo sobre la situación pluricultural en el altiplano como El zorro de arriba y el zorro de abajo (1969), donde la vida en zonas absolutamente indígenas como económicas y políticas en la costa peruana es relatada en el mismo sentimiento de las voces de quechuas. Novela con palabras poéticas, eufóricas; discurso vasto, voces bíblicas, populares y proféticas, exaltaciones y celebraciones. El zorro de arriba (alturas andinas o Andes en general) es la connotación de la pobreza; el de abajo (los valles interandinos o la costa al Pacífico), la abundancia o riqueza. El de arriba, bastante contagiado de las creencias cristianas pero sumergido de manera muy encarnizada en la religión pagana; el de abajo, ateo y materialista, sin nada a favor en sentimientos trascendentes. En cuanto la lengua, oral, cautivante; propia de un mundo de hombres guerreros, mitos, dioses, animales, abismos, caminos y acontecimientos como únicamente sentida en cuentos quechuas por famosos narradores indígenas. No desmesurados los adjetivos y adverbios; frecuentes los párrafos en suspenso, y constante la presencia de dos niveles referenciales: la cultura andina de cosmogonías, magias, mitologías y utopías, más la de costeros o "blancos" nutrida del racionalismo europeo. Otro eje vertical, el clamor de la raza india a un Perú socialmente unido en las costumbres y la lengua quechua de los ancestros. En el final, la voz del indio leyendo, ante el pequeño retrato del "Che" Guevara y un crucifijo, la epístola de San Pablo sobre la imagen revolucionaria del Hijo de Dios.


No es aventurado decir que tanto Asturias como Arguedas han sido los primeros sacerdotes en describir plenamente la sojuzgada vida de indígenas hispanoamericanos al imperio del racionalismo económico y del "pensamiento único" en tiempos modernos. Es como si ellos debieron de sentirse aludidos en que la esperanza ha de irrumpir desde el mundo de los pobres.


       


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