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Una escapada intrascendente

jueves 10 de octubre de 2024
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Una escapada intranscendente, por Vicente Adelantado Soriano
Me apetecía recorrer aquellos parajes una vez más, como cuando lo hacía sin dar cuentas a nadie. Sentí algo así como una fuerte necesidad. Me reprimí. Pero un día, al cabo de mucho tiempo, y sería la última vez que sufriera la tal tentación, me levanté, y sin más, me puse en marcha.
El buscar en todo la utilidad conviene muy poco a las personas magnánimas y libres.1
Aristóteles, Política.

Hay un camino en mi pueblo, alejado del centro del mismo, que he recorrido en diversas ocasiones. Según me dijeron conecta con una pretendida senda de los contrabandistas. Un día lejano me metí por ella. Que aquello fuera la ruta de los contrabandistas me pareció un chiste: no llevaba a ninguna parte. Moría a escasos kilómetros de donde nacía. En el pueblo de al lado, además, hay otra pretendida senda de idénticas características. Quien cargara con algo prohibido por aquellos parajes debería entregarlo a los corzos, a los conejos o a las liebres.

Es un camino de fácil andadura. Una suave pendiente al inicio y poco más. Tampoco tiene nada de especial. Típico paisaje mediterráneo con pinos a ambos lados, carrascas, algún bancal con almendros y, lejos de la civilización, un tanto escondida, una mínima casa, de color ocre, abandonada en medio de altos hierbajos y un par de árboles. Me llamó la atención la diminuta casa: cerrada, tomada por la maleza y el abandono. Frente a ella, una especie de mínimo parque infantil. Abrigado por dos cipreses, un pesado y breve muro de hierba y cuatro macetas abandonadas. Ocultaba un columpio y un tobogán de colores desvaídos por la lluvia y la intemperie, y un par de juguetes de plástico ya descoloridos: un camión junto a una pobre muñeca deshilachada y triste, cubierta de hojas muertas.

Las escasas veces que fui por allí, siempre visité la casa, edificada sobre una pequeña hondonada. Y siempre estaba todo tal y como lo había visto la vez anterior. Tampoco cambiaba el paisaje de un viaje para otro.

Me apetecía recorrer aquellos parajes una vez más, como cuando lo hacía sin dar cuentas a nadie. Sentí algo así como una fuerte necesidad. Me reprimí. Pero un día, al cabo de mucho tiempo, y sería la última vez que sufriera la tal tentación, me levanté, y sin más, me puse en marcha. El problema, ya resuelto, era cómo llegar a él: no había tren ni autobús que pasaran por algún punto cercano. Y hacía tiempo que, por mi falta de interés entre otras cosas, ni tenía coche ni carnet de conducir.

En alguna libreta copié, un lejano día, la famosa frase: “La fortuna ayuda a los audaces”. Quise comprobarlo. Mi hijo había aparcado su coche, el mío antiguo, en el garaje de la finca. Se fue de viaje a Suiza y Alemania. Tardaría unos quince días en regresar. Las llaves del coche estaban en el cajón del mueble de la entrada. Una mañana, pues, sin más, las cogí y bajé al garaje. Por supuesto llevaba la mochila, mi inseparable compañera, con botellas de agua, bocadillos varios y frutos secos. Me dejé el móvil y el caducado carnet de conducir sobre la mesa del comedor. Sólo una vez me lo pidió la guardia civil en una rotonda que conducía a una gasolinera. Era cuestión de evitarla, y de no excederme con la velocidad. No lo hice. Nadie me molestó ni me ordenó detenerme.

Comenzaba a amanecer cuando aparqué el coche al inicio del camino. E inmediatamente me puse en marcha. A los pocos pasos, tras la leve subida, empezó a molestarme la ropa. Me aligeré. Recordé entonces cuánto me regañaron, deudos y parientes, por meterme por tales andurriales sin dar cuenta a nadie de por dónde me movía: podía sucederme cualquier cosa y no sabrían por dónde buscarme. Yo pensaba, y pienso, que sería una delicia morir por allí, oculto por los pinos y los matorrales. Y pasar junto a ellos la vida eterna.

Por eso mismo me llamaba la atención, en algunas películas americanas, que padres o hijos enterraran a sus parientes a pocos metros de las puertas de sus casas. Me hubiera gustado que se hiciera otro tanto conmigo. No entendía, pues, a la madre de la novela de John Steinbeck, Las uvas de la ira, empeñada en enterrar al abuelo en un cementerio, en tierra sagrada. Se gastan los ahorros en el empeño. La mujer se quedó tranquila. Por si no moría caminando, había dispuesto que me incineraran y esparcieran mis cenizas por un antiguo corral que perteneció a mi abuelo. Quedaba un poco lejos de mi actual ruta. Pero harán lo que les dé la gana. Y yo no podré quejarme.

El problema, sin embargo, me dijeron, no era la muerte. Era, por el contrario, una caída, la imposibilidad de moverme, la rotura de una pierna... Ese fue el inicio del fin de mi madre: yendo por el centro de la ciudad se cayó. No sé si se le rompió la cadera y se cayó o se cayó y se rompió la cadera. Fuera como fuese no duró ni quince días. Quince días muriendo en la orilla del camino podía ser una muerte un tanto dolorosa y exasperante. Como cuando la esperaba a ella y nunca llegaba. Eso me ponía frenético. Durante unos minutos, muy concienciado, me fijé muy bien en dónde ponía los pies. No tenía mucho sentido hacerlo. Era un camino de tierra sin piedras ni impedimentos. Seguí caminando sin más preocupaciones. Recordándome, eso sí, que, al regreso, debía llenar el depósito del coche: no quería que nada delatara mi escapada. Ni que nadie me viniera con discursos llenos de sensatez y sentido común sobre la utilidad o inutilidad de algunas acciones.

Rara vez, durante los otros viajes, me tropecé con alguna persona por semejantes parajes. Había huellas de coches todo terreno. No parecían recientes. Por allí se movían los cazadores en busca de liebres, conejos y perdices. Tal vez fueran huellas de la semana anterior. No se oía ningún disparo. Por aquí y por allá, entre los hierbajos, se veían cartuchos de escopeta, descoloridos y vacíos.

No pude evitar acordarme de otra recomendación. Esta la seguí. Me dijo un familiar que, caminando por el monte, debería llevar una chaqueta llamativa, roja o amarilla fluorescente, a fin de que ningún ávido cazador me confundiera con un jabalí y me pegara un tiro. Me compré la tal prenda capaz de alumbrarme en plena noche.

Sin cesar de caminar recordé igualmente los últimos quince días. Habían sido agotadores. Se me ocurrió escribir una especie de homenaje a un amigo fallecido. Y a fin de llevarlo a cabo, no tuve mejor idea que releer dos obritas de Cicerón. Las juzgaba muy pertinentes: Sobre la vejez y Sobre la amistad. Ambas obras, además, las recordaba con cariño por ser de las primeras que me dediqué a traducir con ahínco. De los resultados, mejor olvidarse. Lo mismo debe decirse sobre los intentos del homenaje.

Ni mi vejez ni mis amistades tenían nada que ver con lo proclamado por Cicerón. Éste tiene una visión totalmente idealizada de las personas mayores de épocas anteriores y de sus virtudes. Y tanto ese tratado, De senectute, como el De amicitia, no es sino una justificación, muy bien escrita, eso sí, sobre su política y su ideología: la república y los intereses de los senadores por encima de todo. Cicerón fue senador y, como tal, defendió sus privilegios a capa y espada. Por otra parte, escribe la historia como a él le interesa. Todo el mundo lo hace, lo ha hecho y lo seguirá haciendo. A toro pasado se cuentan las historias que se cuentan y de la forma que se cuentan. Nada nuevo bajo el sol. O tal vez, Cicerón, obnubilado por su insoportable egocentrismo, fue incapaz de ver más allá de sus romanas narices. De hacerlo, quizás hubiera descubierto que la virtud de los ancianos o antepasados, la consabida mos maiorum, examinada por él, no era tal. Numancia y Cartago son la piedra de toque. Las bestialidades romanas quedaron muy lejos de cualquier virtud, como sucede en todas las guerras. También es cierto que entonces estaba bien visto masacrar a quien se opusiera a la poderosa Roma. Los esclavos y las riquezas que afluían a la urbe adormecían las conciencias, si es que había alguna rebelde o contestataria.

Al cabo de unas dos horas, soy lento caminando, llegué al final de la senda. Acababa en un semicírculo cubierto de hierbajos bajo los cuales discurría un hilillo de agua. Encharcaba el terreno. Un tronco caído y desbastado ofrecía el lugar ideal para descansar y dar cuenta de algún bocadillo. Evitando los charcos, llegué a él. Tras un breve descanso me puse en marcha de nuevo. No pisé la fraudulenta senda de los contrabandistas, pese a que nadie me esperaba. Pasaba ésta por el viejo corral de mi abuelo. Pero estaba muy lejos, y me exigiría demasiado tiempo llegar hasta él. Emprendí el regreso. Si llegaba demasiado pronto al lugar donde estaba el coche, buscaría otro camino y seguiría la andadura. Tenía que aprovechar al máximo mi osadía de aquella mañana.

Para mi sorpresa no estaba cansado. No obstante, el recuerdo de los tratados de Cicerón me puso de mal humor. No por su postura, de sobras conocida por mí, sino por mi fracaso a la hora de componer una elegía por los viejos amigos. Pensé, sin embargo, que el mejor homenaje era hacer cuanto estaba haciendo: caminar como lo había hecho con algunos de ellos.

Nos propusimos una vez, un sábado de lluvia, riendo de buena gana, sabiendo que era una utopía, ir a Delfos caminando. En la Vía Verde vimos una indicación de por dónde comenzar a hacerlo, y la distancia a recorrer: siete mil y pico kilómetros si la memoria no me falla. Además, de vez en cuando nos detendríamos en algún lugar y trataríamos de hallar restos de las antiguas civilizaciones. Tal vez diéramos con algún fragmento de cerámica de la época de Temístocles, por ejemplo. ¿Y una vez llegados a Delfos? El Peloponeso, Ítaca, y, por supuesto, Macedonia y Asia Menor. Sin dejar de excavar por donde nos pareciera bien. Y siempre caminando.

Me encantaría excavar en algún lugar con algo de historia. Por donde iba no la había. Ni griegos, ni fenicios ni romanos pasaron por mi pueblo. Sólo moriscos desarrapados y derrotados anduvieron por allí. Caso de empezar a excavar, debería estar preparado para tropezarme con otro desengaño como el sufrido con Cicerón. Seguramente lo que yacía bajo mi actual camino no era ni importante ni relevante. Debía, pues, olvidarme y centrarme en el presente. Debía acordarme de llenar el depósito del coche, y dejarlo en el garaje tal y como estaba. Lo hice. Lo clavé. Eso sí, en mi pueblo, y en los de los alrededores, había machos, burros y gallinas. El caldo de gallina fue el pan nuestro de cada día en mi infancia. Compañero ineludible en toses, fiebres y estornudos. Y las gallinas, como los burros, las trajeron los fenicios a la península. Seguro que si excavaba daba con huesos de ambas criaturas. No está todo perdido, aunque maldito el interés que tiene dar con semejantes restos.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristóteles, Política, VIII, 3, 40.
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