
Podemos ser responsables de aquello que amamos, nuestra familia y nuestro país, las causas que consideramos justas, pero en donde no ponemos amor no hay forma de prestar la atención necesaria.1
Rebecca West, Cordero negro y halcón gris.
—Ya sé que usted no sale de su mundo, de la Grecia clásica, sobre todo; ahora bien, yo le conminaría a que leyera obras actuales.
—Le agradezco su interés —dije poniendo la botella de vino en el cubo con hielo—, pero no es cierto: sí que leo obras actuales.
—Sí, estudios sobre el mismo tema. Me refería a que debería leer novelas.
—No me interesan mucho las novelas, la verdad; la mayoría de ellas, al menos las leídas hasta ahora, no cuentan más que tonterías sin ningún interés. Prefiero los libros de historia o de filología.
—Se equivoca.
—Es posible. Pero no crea que me trago esos libros de historia a pies juntillas. Como hemos dicho en más de una ocasión, todo es opinión. Ahora bien, hay opiniones y opiniones.
—No hablaba de la posible rigurosidad de esos libros contrapuestos a las novelas. Hablaba de conocer otros aspectos de la realidad.
—¿Dados por quién? El otro día, querido amigo, oí una discusión entre un profesor de ciencias y un escritor de estos actuales de tres al cuarto. Muy de moda. Pese al tiempo transcurrido con la dichosa pandemia, la discusión rondó en torno a las vacunas. El profesor defendió la necesidad de recurrir a ellas en tanto que el novelista no lo hacía basándose en que las vacunas no son sino el negocio de las grandes farmacéuticas.
—¿Acaso —preguntó el profesor— las editoriales no son un negocio tan grande y nefasto como las farmacéuticas? Las vacunas, al fin y al cabo, salvan vidas. Y la inmensa mayoría de los libros publicados, como las películas de la televisión, no sirven sino para aborregar a la gente.
—La flecha fue directa a la diana —dije sirviendo la primera copa de vino—. El novelista comenzó a destilar espuma y mala baba.
—En todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas. Eso no quiere decir, por supuesto, que todos los novelistas sean así, ni que sus libros no sean importantes y valiosos. Algunos lo son. Y mucho.
—Es absurdo lo que voy a plantear, pero dígame si alguna novela llega a tener la importancia de, por ejemplo, Paideia, el famoso libro de Werner Jaeger.
—No lo conozco. ¿Tal vez Don Quijote, Emma Bovary, las obras de Goethe, Guerra y paz, Pedro Páramo?
—Tal vez. No se lo voy a discutir entre otras cosas porque sólo conozco la primera de las obras citadas por usted. Y sí, ya sé que tengo muchas limitaciones, y que me voy a morir sin haberlo leído no todo sino cuanto debería haber leído con respecto a mis estudios. La vida es demasiado corta, señor mío. Y nos dispersamos en demasía.
—Tiene razón —asintió llenando las copas de nuevo—. A cada uno hay que dejarlo con lo que le hace feliz. Si alguna vez tiene necesidad de recurrir a alguna novela, no me cabe duda de que lo hará. Además, y como sabrá, estamos hablando de cosas diferentes. No se puede comparar una novela con un ensayo.
—Sí. Soy consciente de ello. Nos hemos comportado como verdaderos idiotas. No se ofenda. En la Grecia clásica todos los ciudadanos debían participar del gobierno de la ciudad. Es el famoso mito contado por Platón en el Protágoras.2 Los hombres no poseían todavía el sentido de la política, así que cuando se reunían se atacaban y se mataban. Entonces Zeus ordenó a Hermes que les diera a éstos el sentido de la justicia. A todos sin excepción. Y todos deberían colaborar en el gobierno de la ciudad. Quien no lo hacía era un ἰδιώτης, un idiota; es decir, un particular, un individualista.
—Ya —me dijo sonriendo—, Zeus no indicó que todos deberían leer novelas. O tragedias griegas.
—No, no lo dijo. Sin embargo todos los griegos se educaron con la Ilíada y la Odisea y, sobre todo, con las tragedias. Se sabían extensos fragmentos de Homero de memoria, y algunos, la obra entera.
al castellano actual el Quijote.
—Eso se lo podían haber aplicado los tradicionalistas de este país: ni han leído el Poema de mio Cid, ni se lee en las escuelas. Y ahora, para más inri, ha vuelto a salir la noticia de que alguien ha “traducido” al castellano actual el Quijote.
—Sí. Lo he oído. Fue comentado en su momento por los pasillos de las clases.
—¿Y qué le parece a sus compañeros?
—Muchos de esos profesores de lengua y literatura no han leído ni esa obra ni las anteriores o las que vienen a continuación. Están encantados, por lo tanto, con la dichosa traducción: así, si don Quijote y Sancho van montados en motos, no tienen que molestarse en buscar y explicar qué es un pollino o un rebuzno, cosas totalmente olvidadas, como se puede imaginar. En un país que se las da de tradicionalista.
—Bueno, como usted sabe somos tradicionalistas y conservadores en lo que nos interesa. Y católicos en aquello que nos ayuda a conservar el coche y el chalet. No en amar al prójimo... Eso parece como si estuviera prohibido... Hace tiempo leí una noticia que me hizo mucha gracia: el dirigente francés de extrema derecha, un tal Le Pen, se había dado de baja de su equipo de fútbol porque la mayoría de jugadores son negros. Hace falta ser imbécil.
—El otro día vi un partido de fútbol. Y sí, me llamó la atención la cantidad de jugadores negros que hay en todos los equipos.
—Y lo ágiles que son: corren como gamos y caen y se levantan como quien respira. Y yo tengo que hacer verdaderos esfuerzos para ponerme los calcetines. Bueno, eso también lo hacen los jugadores blancos. Lo de correr y levantarse. Pero les falta la gracia de los negros bailando cuando meten un gol.
—Pues más les valdría a todos esos aprender natación, convertirse en una especie de Tarzán negro: la derecha derechona ha propuesto que salga la armada a alta mar para impedir la llegada de emigrantes. ¿Van a lanzar misiles sobre barquichuelas que se hunden por sí solas? ¿O las van a acosar hasta hundirlas? Al fin y al cabo eso ya se hizo con la expulsión de los moriscos, ¿no? Los metieron en barcos que se hundían nada más salir de puerto. Como puede ver yo también conozco algo de la historia de este país.
—Creo —dijo llenando las copas de nuevo— que sería mejor que esos dirigentes y sus acólitos salieran, montados a caballo, y espada en mano, hacia el sur de la Península. Y llegados a las playas descabezaran a los emigrantes al grito de Santiago y cierra España, e invocando a don Rodrigo, quien se lamentaba en su agujero, mientras tanto, de que la serpiente le mordiera por do más había pecado. Muerte dolorosa donde las haya, oiga.
—Ya me imagino.
—Violó a La Cava, a la Mala Mujer que no se dejó violar, y su padre, el conde don Julián, permitió la entrada de los emigrantes de la época en la Península como castigo.
—Y no había jugadores de fútbol entre ellos, imagino.
—Imagina bien. Pero volviendo al principio de la discusión —dijo en tanto apurábamos la botella de vino—, estoy pensando que hay un par de novelas que le pueden interesar. No me haga gestos. Déjeme terminar.
—Termine.
—Están ambientadas en Grecia. En la Grecia de los años 30, pero no deja de ser Grecia. Y, además, están muy bien escritas. Son de una autora inglesa, un tanto más joven que yo, de nombre Victoria Hislop. Le recomiendo este par de novelas —dijo en tanto se levantaba y me las ponía delante—: Los hilos de la memoria y La isla.
—Por la rapidez en sacarlas del estante, imagino que esto estaba más que preparado —dije sonriendo— y que su invitación de hoy ha sido una perfecta encerrona.
—Tiene razón. Lo confieso. Espero no haberlo ofendido.
—En absoluto. ¿Cómo me va a ofender ofreciéndome libros? Deme tiempo y los leeré. Cuando me termine lo que me llevo entre manos y antes de meterme en otros proyectos. Estoy muy a gusto en ellos y me cuesta salir.
—Nadie emigra por vocación —volvió a la carga—. Y, además, a poco que rasquemos todos tenemos un abuelo que nació en otro lugar. O, dicho de otro modo, todos venimos de África o del Mar Negro —me hizo esa concesión—. Seamos futbolistas o filólogos. ¿Usted de dónde proviene?
—De un país que no he visitado nunca. O de los libros si usted quiere. Por eso los nazis intentaron quemarlos todos: para hacernos apátridas.
—Tengo también un muy inteligente libro, escrito por una mujer, sobre la II Guerra Mundial y los nazis. Se lo pasaré.
—¡Dios mío! Hablar con usted es un tormento. Lléneme la copa y déjeme ya de libros. Tengo la mesa a rebosar de lecturas pendientes. No me atosigue. Me he vacunado muchas veces y no soy racista.
—Pues bebamos. Ya leerá novelas más hacia delante.
—Eso. Bebamos.
—Y que la serpiente les muerda por do más han pecado.
—Igual les gusta. Todo es posible.
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Notas
- Rebecca West, Cordero negro y halcón gris, I, p. 85. Reino de Redonda, Barcelona, 2023. Traducción de Luis Murillo Fort.
- Platón, Protágoras, 322a, b, c, d.


