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Malta: su medieval Medina

martes 4 de febrero de 2025
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Juan Franco Crespo
El autor de esta nota recorriendo el centro histórico de Medina.

Gracias a la radio y las diferentes estaciones que utilizaron las instalaciones de la alemana DW en la isla de Malta, había un puñado de topónimos que me eran familiares. Lamentablemente, durante mi corta estancia maltesa no pude desplazarme a todos esos lugares, conocidos gracias a las ondas hertzianas. Ante la falta material de tiempo, tuve que orientar los pasos a un lugar que varias veces había visionado en el cine: Mdina.

Se trata de un lugar encantador que, a pesar de los miles de visitantes que llegan a ella, no ve perturbada su cotidiana tranquilidad. Una vez que abandonas la calle mayor descubrirás rincones realmente encantadores. Haciendo un poco de historia conviene recordar que fue fortificada un milenio antes de Cristo, los fenicios le dieron el topónimo de Malet (lugar de refugio) y los romanos la rebautizaron como Melita para acabar con el árabe de Mdina o ciudad amurallada.

La época medieval trajo mas denominaciones, entre ellas la de Cittá Notable (Ciudad Noble) por cuanto fue el lugar de la aristocracia local y sede del Consejo de Gobierno; hoy, cuando les preguntas a los lugareños sobre Medina te hablan de la Ciudad del Silencio, ante la quietud que esos milenarios edificios contemplan. Ni la llegada de los grandes cruceros perturba ese lugar que parece sacado de los tebeos y contrasta con los hechos del domingo 2 de septiembre de 1798, cuando las tropas napoleónicas trataron de subastar los tesoros de los carmelitas de Medina, un hecho histórico que colmó el vaso de la paciencia de los lugareños, que se levantaron en masa y masacraron la guarnición: su jefe, el capitán Masson, fue eliminado mediante el expeditivo método de arrojarlo por el balcón.

 

Aunque parezca pequeña, es un lugar que rezuma historia y tiene varios edificios que merecen la pena recorrerse. Comenzaríamos con la Catedral de San Pedro que, dicen, se levantó sobre la villa de Publio, que dio la bienvenida a san Pablo en el año 60; aunque el edificio que el visitante tiene ante sus ojos fue levantado por Lorenzo Gafa, tras el terremoto que prácticamente la destruyó, entre 1697 y 1702. Impactante el cuadro La conversión de san Pablo que está sobre el altar y, a pesar de los destrozos del movimiento telúrico, quedó prácticamente sin un rasguño; en uno de los ábsides está también el fresco El naufragio de san Pablo.

Si le quedó tiempo, no olvide el museo de la misma catedral y deléitese con los grabados del genial Alberto Durero o las colecciones numismáticas. Aquí tenemos piezas cartaginesas y romano-maltesas que son custodiadas en lo que antaño fuera el seminario.

El Palacio Falson y el Palacio de Vilhena (cobija el Museo Nacional de Historia Natural) bien merecen la pena; especialmente es digno de mención el apartado de la sección geológica, donde podemos encontrar los impresionantes colmillos de casi veinte centímetros del monstruo del Mioceno (30 millones de años), un tiburón extinto de los mares de aquellos tiempos, el Carcharodon megalodon, que no era un bicho cualquiera. Tampoco te deja indiferente el cocodrilo momificado de tiempos de los faraones (cuatro mil años) que hace que uno se pregunte cómo llegó hasta aquí.

Y poco más salvo que disfrute de la visita. Es un lugar único, abarcable y luminoso, así que hay que ir a enseñorearse con todo lo que uno encuentra a su paso y, si quiere documentarse, hágase con una audioguía que le explicará con lujo de detalles la milenaria historia de esta ciudad estratégicamente situada en medio de la isla y en donde los lugareños se refugiaban cuando tocaba huir de los piratas. Antaño fungió como capital insular, lo que contrasta con la tranquilidad actual, donde apenas doscientas personas viven en su muralla y tienen el privilegio de una visión de 360 grados sobre Malta.

Juan Franco Crespo
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