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Una absurda quimera

jueves 9 de octubre de 2025
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Una absurda quimera, por Vicente Adelantado Soriano
Cuando leí el relato de Jorge Luis Borges, el de aquel soldado romano en busca de la fuente de la eterna juventud, ya me pregunté si este hombre no buscaba esa dichosa fuente para tener todo el tiempo del mundo y llegar a una respuesta clara y sensata. O lo más cercana posible a la verdad. 📷 “La fuente de la juventud” (1546) • Lucas Cranach el Viejo
Todo aquello que es producido por nuestro propio raciocinio y capacidad, tanto lo verdadero como lo falso, está expuesto a incertidumbre y debate.1
Michel de Montaigne, Apología de Ramón Sibiuda.

—No me sorprende —le dije tras haber bebido el primer sorbo de aquel excelente vino—, no me sorprende —repetí— nada de cuanto me está diciendo. Pero como bien sabe un hombre inteligente como usted, cuanto plantea es, como dice muy a menudo en nuestras conversaciones, pedir cotufas en el golfo.

—Soy consciente. No crea que me engaño o me hago falsas ilusiones. Y más a estas alturas. Pero de verdad, si tuviera genio para ello, ya que es imposible llevarlo a la práctica, plasmaría en alguna novela estas quimeras, no de ahora, sino de toda mi vida. Siempre las he tenido.

—Creo, y no me haga mucho caso, que eso ya se ha intentado en más de una ocasión. No en la literatura clásica, al menos hasta donde llegan mis parcos conocimientos. En otras, más recientes, desde luego.

—Tal vez porque ellos, los clásicos, estaban convencidos de conocerlo todo y saberlo todo. Y no les hacía falta indagar más.

—No es una respuesta muy acertada: de haber sido así, no hubieran estudiado nada, ni hubiesen calculado el diámetro de la tierra, ni indagado sobre las enfermedades. Es posible que alguien, en aquellas remotas épocas, se hubiera planteado cuanto se plantea usted ahora mismo. Pero sus escritos no han llegado hasta nosotros. Yo, al menos, no los conozco.

—Es probable que tenga razón. Pues cuando leí el relato de Jorge Luis Borges, el de aquel soldado romano en busca de la fuente de la eterna juventud, ya me pregunté si este hombre no buscaba esa dichosa fuente para tener todo el tiempo del mundo y llegar a una respuesta clara y sensata. O lo más cercana posible a la verdad.

—¿Y usted cree que lo hubiera conseguido? Dígame: ¿el alcanzar esas aguas, y beberlas, suponía que él no iba a evolucionar? Tanto si la respuesta es negativa como afirmativa, tenga en cuenta que el universo, en torno a él, no iba a quedarse quieto. Además, ¿le hubiera sido suficiente su intelecto? ¿Con qué instrumentos contaba para estudiar y analizar el cosmos?

—Sí. Es cierto. No sé si con su intelecto solamente hubiera llegado a alguna conclusión medianamente satisfactoria. Ahora bien, si no estaba condenado a morir, todo era cuestión de esperar. Llegaría un momento en el cual contaría con todos los instrumentos necesarios.

—¿Usted cree?

—No lo sé. No lo sé —repitió llenando las copas de nuevo—. Pensando en estos imposibles, me he acordado de unas palabras de san Agustín. No recuerdo si en La ciudad de Dios, o en Las confesiones, cuenta que, un día, iba caminando por la playa pensando en el misterio de la Santísima Trinidad. Entonces, según dice, se le apareció un ángel y le dijo que lo que pretendía desentrañar era un imposible, tanto como contar las arenas de la mar.

—Es una forma muy elegante —repuse— de reconocer las limitaciones del ser humano.

—Sí, pero no por ello se ha dejado de estudiar e investigar.

—Eso ya se lo he dicho yo a usted antes.

—Tiene razón —asintió sonriendo con cierta tristeza—, pero no me diga que no sería maravilloso volver a tener ahora dieciocho años, sin olvidar lo aprendido, y poderse matricular en una universidad de Maguncia, o de donde fuera, y estudiar física, química, medicina... y luego volver a tener dieciocho años, no olvidar nada, y estudiar astrofísica y analizar el cosmos, los restos de las estrellas, y yo qué sé cuántas cosas más. Y volver a tener dieciocho años. Y seguir investigando.

—¡Dios mío! ¿Y hasta cuándo se volvería a tener dieciocho años? Yo no soy tan ambicioso como usted. Pero eso que plantea me suena más a castigo divino que a otra cosa. ¿Estar estudiando toda la eternidad? No. Gracias. Prefiero descansar, quedarme con la advertencia angelical: nunca podremos contar las arenas del mar. Y suponiendo que las contemos, ¿de qué nos va a servir? ¿Le quita a usted el sueño que haya mil o dos mil cien granos de arena?

—Se está aferrando usted a la metáfora.

—Tiene razón. Pero de una forma u otra, a mí no me resulta nada atractivo cuanto está planteando. Por otra parte, las ciencias siguen evolucionando, y cuando usted está estudiando filosofía, por ejemplo, las matemáticas han evolucionado y son más complejas que las estudiadas por usted, que se está quedando atrás, y debe volver sobre ellas... ¿Me comprende? Por eso, precisamente, no creo que el hombre llegue nunca a tener un conocimiento pleno y cabal de eso que le intriga a usted: el cosmos, las estrellas, el origen del universo y demás.

—Porque la vida es muy breve. Demasiado. Y en tan poco tiempo no se pueden abrazar todos los conocimientos, ni estudiar todos los misterios.

—Pues razón de más —dije llenando las copas— para darles la razón a algunos filósofos de la antigüedad: no importan los años que vivas o dejes de vivir; importa el jugo que les has sacado a ellos. Hayan sido pocos o muchos.

—¿No le parece que eso suena a una especie de consuelo barato? ¿De resignación?

—Es posible. Pero ¿qué otra cosa podían hacer? Sabían, por propia experiencia, que todo cuanto nace se desarrolla y perece o muere. Y el hombre no está exento de tamaña regla. En la mitología se castigaba a aquel, Sísifo, Asclepio, Empédocles, y alguno más que habrá por ahí, por secuestrar a la muerte y resucitar a los muertos: no se puede romper el orden establecido.

—Si a eso vamos —dijo sonriendo tras apurar su copa— jamás el hombre hubiera navegado por el ponto, ni surcado los aires. Se han roto muchas limitaciones, ¿por qué no la que planteo yo? ¿Escogería usted la muerte, la desaparición total, antes de volver a tener dieciocho años y seguir siendo un estudiante?

—Francamente, creo que escogería la muerte. Y dígame, y le planteo ahora una pregunta imitando a Platón: esa supuesta virtud, la de volver a empezar la vida tras haber terminado unos determinados estudios, ¿alcanzaría a todos los hombres, o a unos pocos?

—A quienes quisieran. Aunque lo ideal sería que alcanzara a todo el mundo.

—¿Y quién trabajaría los campos o nos arreglaría las cañerías de la finca cuando éstas se obstruyen? No creo que todo el mundo estuviera dispuesto a ir a la universidad a estudiar, y empaparse del saber que busca usted.

—No había pensado en eso —me dijo con pena—. Pero no me diga usted que no sería maravilloso un mundo en que todos nos dedicáramos al estudio...

—Si las patatas y demás alimentos crecen espontáneamente, y espontáneamente saltan a la sartén y se fríen como es debido, adelante con la burra.

—No deja de ser ciencia ficción —reconoció—. Pero es que hoy me ha dado mucha rabia ver un programa, en la televisión, sobre el sol y los agujeros negros, y no entender nada, salvo que todo esto se acabará dentro de no sé cuántos billones de años.

—Bien. Yo tampoco sé qué es un agujero negro. Para mí un agujero es un parcial roto en un jersey o camisa. Y ese agujero ni es negro ni blanco. No me llega para más. Ni lo pretendo. Bastante tengo con lo mío.

—¿Y no le gustaría conocer los orígenes del universo, su desarrollo y su fin?

—Hay muchas cosas que me gustaría saber. Pero me doy cuenta de que en nada iban a influir en mi vida: no me iban a hacer más feliz. Eso por una parte. Y por otra, no creo que el cosmos tarde billones de años en ser destruido, y no porque el sol se apague o se deje de apagar. Mire usted los políticos que están al mando de las bombas atómicas. Y han sido votados por el sabio pueblo. Éste no tiene más que ganas de morir y desaparecer: no en vano lleva toda la vida trabajando y sufriendo. Por eso vota a esos inútiles.

—¡Vaya por Dios! —exclamó sirviendo las últimas gotas de aquel excelente vino—, sus palabras —dijo como si hubiera tenido una revelación— me han recordado la Danza de la muerte. En este poema la muerte va invitando a todo el mundo al bailar: papas, emperadores, arzobispos, reyes... todos rehúsan participar en su danza. Todos excepto el pobre labrador: está harto y cansado de destripar terrones. Su deseo es acabar de una vez por todas. Morir.

—Evidentemente, la muerte es un descanso.

—No obstante, a mí me gustaría... Bueno, no digo más, ¿le parece?

—Me parece. Otro día y con otra botella de vino.

—Así se hará.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Michel de Montaigne, Apología de Ramón Sibuida, libro II, capítulo XII, en Los ensayos, Ed. Acantilado, Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau.
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