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Hamsters

martes 10 de noviembre de 2015
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Hamsters, por Antonio Otero García-Tornel

Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda.
De la película Tú y yo, de Leo Mc Carey

Muñoz Molina, un autor notable, lleva años sermoneando sobre los peligros de ciertos vicios y los beneficios de la bicicleta. No es el único. En todas partes nos asedian apologías de la vitamina, se ofrecen tratamientos termales, cremas milagrosas. La gente (sobre todo la más antipática y desagradable) no se quiere morir. Siempre se ha buscado la fuente de la juventud. Los pensadores han perdido el tiempo con este asunto durante siglos. Ya Heródoto hace referencia a ella. San Agustín se toma la vejez con clarividente estoicismo. Existe hasta un premio Matusalén para alentar las investigaciones que lleven a retrasar o revertir el envejecimiento. ¿Seremos capaces de volver a la infancia como le pasa al Benjamín Button de Scott Fitzgerald? Los científicos hablan con entusiasmo de trasplantes a la carta gracias a las impresoras 3D que pueden reproducir un hígado perfecto. ¿Se llenarán algún día las discotecas de faunos de 110 años buscando plan con órganos controlados por un servicio de mantenimiento bendecido por la OMS? ¿Acabaremos dando la tabarra infinitamente con 120 años y torso de Miguel Ángel a todo aquel que se cruce en nuestro camino?

Vivimos en un mundo medicalizado en el que nos dicen lo que es preciso comer y beber, los placeres de los que debemos privarnos y aquellos que son obligatorios. Se prohíbe fumar desde hace tiempo, para alegría del converso escritor andaluz. Ahora el parlamento europeo quiere que las bebidas alcohólicas incluyan en su etiqueta su aporte calórico para que las masas ya persuadidas del horror de la obesidad sólo beban el agua que se echa a los floreros y sirve para lavar. No pararán los diputados hasta hacer del mundo un lugar absolutamente inhóspito para todas los seres no ejemplares que aman los sofás Chesterfield de tres plazas, las almohadas, la molicie, el vodka… ¡Famosos que prueban que los 50 son los nuevos 30!, leemos constantemente junto a la imagen de un merluzo con ropa muy desenfadada.

La cinta de andar o correr, que fue inventada en 1818 por William Cubitt, se instaló por primera vez en un correccional de Brixton. Consistía en una gran rueda con dientes que hacían las veces de peldaños para que los prisioneros no se estuvieran quietos ni un momento. Esa pesadilla repetitiva suponía un castigo.

Las librerías cierran (a pesar de los libros de Murakami sobre su pasión por los maratones) pero los dueños de gimnasios y los fabricantes de zapatillas se forran. (Abunda, sobre todo entre los menos capacitados para las tareas intelectuales, el “complejo de Adonis”: es la obsesión por verse musculoso y mirarse continuamente al espejo.) En las revistas se burlan cruelmente de una actriz por su celulitis o de cualquier persona conocida que ose haber engordado un poco: son aterradores los paparazzis de playa. Aparecen cálculos, la vida que se gana cada sesenta segundos de ejercicio… Los hombres, dando la razón a Rochefoucauld sobre lo poco que se domina el arte de saber envejecer, se tiñen hasta las cejas para engatusar al prójimo más joven.

En la actualidad los expertos recomiendan bolas de cristal que fortalecen el “suelo pélvico”, lubricantes sin parabenos (toxinas conocidas), y exhortan a no comer pan porque contiene una elevada cantidad de algo llamado glutamina que es muy malo. Y tostado es aún peor. Debe saberse que los alimentos expuestos a altas temperaturas generan unos compuestos químicos llamado acrilamidas que son cancerígenos. Casi todo lo que tiene buen sabor se cataloga como potencialmente dañino. El chorizo, afirman, es equiparable al plutonio. Está visto que habrá que limitarse a consumir sólo escarola ecológica, rábanos cultivados con abono orgánico y no sintético, sin pesticidas, y mejor si se hace en esa especie de balneario al que acude Vargas Llosa en Marbella, a precio de Premio Nobel.

Hay gente, alguna con cuerpo de Chesterton o Ben Ami Fihman, que pasea sumida en profundos pensamientos, quizá sobre La ciudad y los perros, evitando presencias que roban soledad sin aportar compañía. Pero lo corriente es la horda, carente de paciencia para leer un libro del peruano, que se apunta a toda marcha “solidaria”, que no sabe quién es Rafael Cadenas ni que ha ganado el premio García Lorca pero lo domina todo acerca de las redes sociales y las fases de la zancada (la de impulso, la aérea y el aterrizaje). La cinta de andar o correr, que fue inventada en 1818 por William Cubitt, se instaló por primera vez en un correccional de Brixton. Consistía en una gran rueda con dientes que hacían las veces de peldaños para que los prisioneros no se estuvieran quietos ni un momento. Esa pesadilla repetitiva suponía un castigo. Hoy bandadas de neuróticos o similares hacen voluntariamente durante mucho tiempo (mientras oyen una música espantosa que tal vez podría calificarse de disco-music reciclada), algo parecido a lo que hace el hámster en la rueda de plástico. El Kremlin publica fotos de Putin a la manera de macho alfa en un gimnasio. ¿No se le está poniendo una alarmante cara de capibara?

Es probable sin embargo que el pánico a perder masa muscular pase temporalmente de moda. Mientras John Irving suda, levantando pesas entre capítulo y capítulo, empiezan a decir algunos de los que deciden las tendencias estéticas que acumular grasa en el abdomen como le pasa a casi todo el mundo no sólo no es una vergüenza sino que humaniza al hombre, hace que se le vea natural y preocupado por cosas más importantes que la imagen. Argumentan osadamente que no hay que parecer un homínido del paleolítico. Las personas de sexo masculino ya no necesitan mostrar habilidades cazadoras y defender el territorio. Al parecer las señoras sensibles al patán que evidencia grandes cantidades de testosterona, pendiente a todas horas de su cuerpo y con capacidad de dar miedo, van a encontrarlo durante un tiempo menos deseable. Y en cambio van a apreciar abdómenes mulliditos en los que recostarse cuando les apetezca, como el de Alec Baldwin… La nueva corriente ensalzará las barrigas de caballeros que, aunque no sepan hacer dos cosas a la vez como las mujeres, tienden a descubrir restaurantes, saber dónde están el jamón ibérico Joselito (mal visto por los porfiados investigadores), los bares de vinos y cierto chocolate belga…

Antonio Otero García-Tornel
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