XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

En favor de USA

jueves 5 de octubre de 2017
¡Comparte esto en tus redes sociales!
“Washington cruzando el Delaware” (1851), de Emanuel Gottlieb Leutze
Washington cruzando el Delaware (1851), pintura del artista alemán Emanuel Gottlieb Leutze.

“Nosotros los demócratas tenemos nuestro ideal realizado en Estados Unidos”.
Emilio Castelar

Le dan el Premio Espasa a Stanley Payne, catedrático emérito de la Universidad de Wisconsin-Madison. Me alegro. Se lo merece ese hispanista con arrugas en la frente, lúcido desbaratador de mitos y leyendas negras, muy criticado debido a su objetividad. Como me complace, por ejemplo, la existencia de la Hispanic Society of America, institución creada para la divulgación y el estudio de la cultura española en Estados Unidos. Un paraíso en el que perderse con piezas que abarcan desde el paleolítico hasta el siglo XX y una biblioteca con miles de manuscritos y libros raros…

Recuerdo el plano final de Bienvenido Míster Marshall en que tras el cómico fiasco pueblerino una bandera americana pasa caída y arrastrada por la lluvia… La imagen pareció irritar en Cannes, considerablemente, a Edward G. Robinson, que era miembro del jurado. Exigió su retirada pero, a pesar de ser un estupendo actor, no debió ser muy convincente: la película se mantuvo y encima fue premiada.

En esa parte del mundo al inventor no se le toma por chiflado y las posiciones en el escalafón se conquistan con base en el mérito.

Pienso en los norteamericanos. Uno, con los años, ha dejado de contemplarlos con superioridad europea debido a los estereotipos habituales (cambiar de idea es como dejar una droga, es placentero dejarse llevar por las ideas fijas), no ve por todas partes conspiraciones de la CIA y colonización irredenta. Aunque hubo un tiempo en que, afrancesado lector de cosas como Capitalismo y esquizofrenia, los miró de esa forma desdeñosa, ahora, pasadas ya todas las enfermedades infantiles de la vida, lo empieza a hacer con más equidad y afecto. Muchos individuos, con gran simpleza, consideran trivial, sin gusto y muy imperialista a ese país enorme con un Capitolio que se inspira en la catedral de San Pedro de Roma. Su vanidad se complace en los tópicos mordaces, sin tener en cuenta el lado bueno, sus encantos o el espíritu emprendedor y positivo, por ejemplo, que rige allí. Aquel es un lugar con abundancia de metodistas donde se premian la iniciativa y el trabajo, donde se admira el éxito financiero del que comienza como chico de los recados (y no se le aborrece calificándolo de miserable capitalista y tal vez de esquizofrénico explotador). En que se contrata a todo aquel que pueda aportar algo, venga de Etiopía o Mataró.

El duque de Plessis-lès-Vaudreuil (de la novela de Jean d’Ormesson que nadie ha leído) no aprecia a los americanos, que encuentra “cada vez más jóvenes”. “América es el país que pasó de la barbarie a la decadencia sin necesidad de construir una civilización”, dice uno de los personajes de El abanico de Lady Windermere. La frase, como éramos wildeanos, nos pareció muy divertida. Seguimos siendo wildeanos pero ya no nos apetece reír la gracia, olvidar lo que hay allí de estimable. Alexis de Tocqueville no olvidaba el valor dado al esfuerzo. En esa parte del mundo al inventor no se le toma por chiflado y las posiciones en el escalafón se conquistan con base en el mérito. Es una sociedad individualista, renuente a la solidaridad impuesta por el Estado. Se tolera muy mal la mentira en un político (en España forma parte de la cotidianidad, como el gusto por la queja y la subvención) y no resulta simpático que sea adicto a la prostitución o las parafilias. Como escribe Finkielkraut, “un hombre público no se pertenece a sí mismo, si quiere ejercer una autoridad sobre los demás, debe ser capaz de refrenar sus instintos”.

No dejan de reelaborar, sobre todo los zopencos que lloran la muerte de un sátrapa con barba y miran con expresión amartelada a todo dictador populista, imágenes negativas de esa comunidad, de mofarse de los que se llevan una mano al corazón cuando oyen el himno nacional ahogados en dulce emoción y piensan que el ejército está para disparar en defensa de la democracia y no es una ONG encargada de repartir bocadillos de mortadela. El exceso de patriotismo puede ser poco elegante, cierto, pero una pequeña dosis de sentido de comunidad y cooperación no hace daño. (Los actores y escritores que visitan Europa para promocionar algo se cuidan muy mucho de mostrarlo o de hablar bien de su presidente, si éste es republicano. A Oliver Stone lo adoran los “progresistas”: cumple los requisitos y fue amigo de Fidel Castro. Seguramente piensan, como Walter Benjamin hace años, que “América es sobre todo una gran payasada”.) También cosechaba enemigos el reino de España cuando era poderoso y no lo que es ahora. Se oyen mantras sobre la perversa dominación de los Goliats y uno acaba pensando en lo afortunado que fue en el pasado que hubiera un desembarco en Ampurias de romanos expansionistas con gálea y espada, que nuestros predecesores fueran sojuzgados a base de bien y romanizados sin contemplaciones.

El término “antiamericanismo” ha sido incluido en el diccionario de la Real Academia, lo que es ilustrativo. Quizá ese sentimiento comenzó con la pérdida de las últimas colonias de Cuba y Filipinas. Y el asunto continúa pujante a pesar de que la CIA nos avisa cuando corremos peligro, cuando tienen noticias sobre un posible atentado en nuestro suelo. No se recuerda convenientemente que dos generaciones de estadounidenses de rostro jovial y chicle en la boca fueron diezmadas por defender la civilización occidental, que salvaron a la cobarde Europa del nazismo (aunque no de todos sus imbéciles). Aparte de que nos han dado el cine de Howard Hawks y Scorsese, Spotlight, Balas sobre Broadway, la música esplendorosa de Cole Porter, el rock, el jazz y Fred Astaire. Y los dientes, la belleza de estilo limpio y saludable de sus muchachas de clase media. Y a Edmund Wilson, Alex Ross, y al crítico Robert Hughes y al que fue su fontanero Philip Glass… Sin América no habríamos leído Los reconocimientos, de William Gaddis, ni Del tiempo y el río, ni La decisión de Sophie, ni Las correcciones, de Jonathan Franzen, ni La habitación enorme, de E. E. Cummings, ni las novelas de Chandler, que tanto han hecho por que recobremos nuestra presencia de ánimo… ¿Qué sería de nosotros sin Los Simpson, James Abbott McNeill Whistler, Pollock, Miles Davis, Creedence Clearwater Revival o Renée Fleming o John Ford? Merecen que se rompa una lanza por ellos. ¿Qué habría sido de nuestra infancia sin el oso Yogui?

Toda nación tiene sus lacras. Es cierto que hablan a veces con una expresión destinada a parecer burlona de nuestros quesos y castillos (en realidad les fascinan), que contaminan mucho el aire, que a menudo por turbios intereses (detrás de toda gran causa hay algún motivo mezquino) bombardean lo que no deben o apoyan a hampones útiles (siendo después muy autocríticos y dando pie a que Michael Moore u otros “pepitos grillos” ejerciten su talento infinito para la demagogia), que incurren en abuso del kétchup y la cirugía estética, que reclaman judicialmente por cualquier pejiguera, tienen un fútbol con hombreras demasiado bestia, que estigmatizan más que los demás al honesto fumador, que cuando menos te lo esperas aparecen con calcetines blancos… No se entiende bien la gloria y diversión que reporta el bateo incesante de pelotas y que en los telefilmes utilicen hasta el hartazgo las palabras “escoria” y “pervertido”. Pero ante Alice Munro uno se quita el sombrero. Abramos en homenaje una botella de Coca-Cola empañada por la condensación y bebamos recordando al gran Perry Mason. El actor Josep Maria Pou siempre ha amado Nueva York. Para el crítico Marcos Ordóñez, América era, en secreto, el talismán, la palabra clave. Dice de Casino Royale: “La alquimia de Burt Bacharach y Herb Alpert hizo estallar un enjambre de burbujas en mi cabeza”. A la chispeante telecomedia americana oponemos nuestro gracejo nacional televisivo, con mucho taco y discusión a grito pelado…

España y toda la América hispana contribuyeron al nacimiento de ese país.

Stravos, el personaje de America, América, es un joven griego obsesionado, como tantos ha habido, por llegar. “Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres”: son palabras de Emma Lazarus grabadas en la Estatua de la Libertad. Maldicen, generalmente los más feos, haciendo uso de un gran reduccionismo, esa zona llena de vitalidad, donde las mujeres ya tenían derecho al voto mucho antes que en el viejo continente. ¿Cuántos detractores han acabado refugiándose en ese territorio lleno de mantequilla de cacahuete y pistolas de cualquier calibre para defenderse de saqueadores? (Me parece que ya no se estila el disparar a melenudos en Harley Davidson como el Easy Rider.) Es el único país que siempre ha sido una democracia. Nos encantan sus instituciones sólidas, dotadas de poderes que contrarrestan cualquier posible brote de demencia; los espacios abiertos de las películas, las secuoyas, West Side Story y Manhattan Transfer, Edgar Allan Poe. Cada vez que intento levantar las piernas al cielo como hacen las Rockettes, perfectamente sincronizadas, me tengo que hacer una radiografía…

España y toda la América hispana contribuyeron al nacimiento de ese país. España remitió grandes remesas de armas a Washington, para fastidiar a los ingleses. Se enviaron alimentos, medicinas, tiendas de campaña, dinero en forma de empréstitos a favor del gobierno provisional de las trece colonias. Luchó a favor Bernardo de Gálvez, no sólo Lafayette (el marketing francés siempre ha sido de gran calidad). Mucho tiempo después Knut Hamsun viajó al Nuevo Mundo y no se sintió deslumbrado, no percibió sus virtudes, su capacidad para la innovación, su energía de país reciente. ¿Le aplaudieron poco? Debió parecerle un enorme caos. Él venía de un antiguo, pequeño y primorosamente ordenado país europeo. (En una película con guion de Per Olov Enquist se nos cuenta su cariño por el nazismo.)

Seguro que en Norteamérica, como en todas partes, hay gente que habla demasiado de dinero (que primero se llamó “spanish thaler”, luego “spanish daller” y más tarde “spanish dollar”), pero no hay que generalizar. A Churchill le preguntaron qué opinaba de los franceses, y contestó: “No sé, son muchos y no los conozco a todos”. Conocemos y no nos gusta la manera amenazante de unir el índice y el pulgar de Trump (personaje que Stephen King, gran desvelador de las fobias nacionales, considera infantiloide), sus insultos en Twitter, pero nosotros también tenemos políticos aterradores aunque no se tiñan el pelo de naranja… “Ustedes critican mucho a los norteamericanos, pero no tienen inconveniente en recibir los dólares de su ayuda”, espetó una dama a Foxá que, célebre deslenguado, contestó sin remilgos: “Señora, también nos gusta el jamón, y no por ello nos da por convivir con los cerdos”.

Los americanos crearon la bomba atómica pero también inventaron el pararrayos, la anestesia, la pluma estilográfica, la máquina de escribir, el ordenador de nuestros dardos neurasténicos, el reloj de cuarzo, la fotocopiadora que aún proporciona efectos placenteros, Facebook, la fantástica (aunque peligrosa) cremallera de nuestras braguetas, el revolucionario Corn Flakes… Encontramos kitsch el cuadro George Washington cruzando el río Delaware, con una bandera que en ese momento histórico no había sido diseñada. Evelyn Waugh satirizó las costumbres funerarias californianas… Nos incomodan cosas, por supuesto, en esa sociedad, como los oligarcas sin escrúpulos, el perverso magnate que se hace pasar por filántropo, la intemperie de los débiles… Se diría que allí coexiste la insensibilidad social más absoluta con una santidad extrema, la virtud de personajes de Capra hecha carne… Dice Chomsky que tres cuartas partes de su población cree en los milagros.

No nos privaremos de llevar la contraria al rencor y elogiar sin complejos a ese país icónico cuya bandera pintó a su manera Jaspers Johns y en el que las bolsas del súper son de papel marrón.

Como no todos los estadounidenses se ponen las horrendas caperuzas del Ku Klux Klan ni son fundamentalistas que niegan la teoría de la evolución, el irlandés John Banville habla de América como de nación maravillosa y extensa, hermosa, generosa y de gran corazón. A Auden le dolió mucho abandonarla. Conrad encontraba a los americanos zafios y con demasiado poder: el sentimiento se aplacó cuando se vio aclamado con entusiasmo en el puerto de Quarantine. Sí, es el país de las largas carreteras y cuerpos hipermusculados, de mucha efusividad y poca intimidad, de las reproducciones y las copias de obras de arte de la antigüedad, de los partenones de plástico. No tienen el sentido del ridículo que a nosotros atenaza y aman el baloncesto como a sí mismos. Ciertamente tienen un especial concepto del fracaso y cultivan un irritante culto al “ganador” que ya hace tiempo estamos copiando. Para nosotros antes no había vencedores ni vencidos. Había triunfo en la derrota (enseñanza que el éxito oculta e insufla profundidad), había heroísmo en la lucha condenada al descalabro, había lectores de Séneca…

Leemos que Florida celebra con vivas a España los 450 años de la fundación de la primera ciudad de lo que luego sería Estados Unidos. La fundó un señor llamado Pedro Menéndez de Avilés. Como su nombre indica era asturiano y cruzó el Atlántico para crear San Agustín, el primer asentamiento europeo en lo que hoy está bajo el símbolo de las barras y estrellas. No se oyen invectivas contra malvados conquistadores, ni los culpan de todo lo que les sale mal. En 1598 don Pedro compartió con los nativos saturiwas una comida similar a la que posteriormente celebraron los puritanos ingleses en Plymouth y de la que deriva la fiesta nacional, el Día de Acción de Gracias. La ciudad rezuma orgullo por el pasado español (aunque algún vándalo adoctrinado no se sabe dónde pinte en algún momento de rojo las manos de la estatua de Colón en Central Park, para disgusto del señor Payne), olvidándose de leyendas negras como las elaboradas minuciosamente por el protestante Guillermo de Orange, toda esa propaganda que los ingleses y flamencos de antaño difundieron y que aún colea… ¿Es absurdo ver en el estilo de los vaqueros del Oeste bajo un deslumbrante, orgullosos de sus sombreros de copa alta y ala ancha, un rastro de los jinetes de las marismas del Guadalquivir?

No nos privaremos de llevar la contraria al rencor y elogiar sin complejos a ese país icónico cuya bandera pintó a su manera Jaspers Johns y en el que las bolsas del súper son de papel marrón. Chuck Berry glosó sus virtudes en Back in USA, compuesta en 1959: se siente feliz de regresar a un sitio donde se vive mejor que en cualquier otra parte del mundo. Simon y Garfunkel hablan de una tierra que te lo puede dar y quitar todo. Ensalzan a esa república federal Supertramp, Ray Charles… Lástima, como decía Julio Camba, que no tenga nombre. “Porque eso de Estados Unidos de América no es un nombre, es una descripción. Es como si Maruja, en vez de llamarse María, se llamara la bonita rubia del segundo izquierda”.

Antonio Otero García-Tornel
Últimas entradas de Antonio Otero García-Tornel (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio