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Sobre Montes de Oca

martes 5 de abril de 2016
Benito Pérez Galdós
Retrato de Benito Pérez Galdós por Joaquín Sorolla (1894)

Cuando Pérez Galdós escribió Montes de Oca tenía 57 años. Ya había escrito la primera y segunda serie de los Episodios nacionales, cuya estructura, la de algunos relatos, muchas veces es la típica del folletín. En Montes de Oca sigue utilizándola. Es una fórmula que le dio un buen resultado, y que él maneja como nadie. Pero que, como todo, también termina por cansar un poco, por resquebrajarse la armadura. A don Benito no le gustaban los refranes; ahora bien, no conviene olvidar que Tantas veces va el cántaro a la fuente que se quiebra. Don Benito abusa un poco de la credibilidad del lector, de su buena fe. Sabía que lo estaba haciendo.

La protagonista de Montes de Oca es la Perita en dulce, una mujer que ha sido abandonada por su marido. No es, por lo tanto, ni casada, ni viuda, ni divorciada. Lo cual equivale, según ella, a tener pasaporte para liarse con quien quiera y le apetezca.

Fue muy consciente de ello. Y supo que no podía seguir recorriendo todos los escenarios de batallas e intrigas con un solo personaje, proeza que casi logra en la primera serie, de la mano de Gabriel Araceli. Galdós no solamente se cansó de la estructura del folletín sino hasta del mismo realismo. Y así, de sus últimos episodios, donde lo abandona, podría decirse que anuncian ya el realismo mágico, camino que, no obstante, no exploró.

Don Benito fue un gran admirador de don Miguel de Cervantes. Y me atrevería a decir que sus vidas literarias fueron vidas paralelas: los dos se vieron constreñidos por la tiranía de la verosimilitud, y los dos, al final de sus vidas literarias, lo abandonaron ostensiblemente: Cervantes con Los trabajos de Persiles y Sigismunda, y Galdós con la última serie de los Episodios nacionales. En éstos es la Musa de la Historia, Mari Clío, la verdadera protagonista. Y ésta realiza unos viajes de verdadera fantasía. Pero hablemos de Montes de Oca, y dejemos lo otro para mejor ocasión, pues el tema requiere de tiempo y minuciosidad.

La protagonista de Montes de Oca es la Perita en dulce, la hija de don José Milagro, un trasunto, de los muchos que hay a lo largo de los Episodios, de don Patricio de la Cuesta. La Perita es una mujer que ha sido abandonada por su marido. No es, por lo tanto, ni casada, ni viuda, ni divorciada. Lo cual equivale, según ella, a tener pasaporte para liarse con quien quiera y le apetezca. Y puestos a perderse, mejor con un rico que con un pobre. La justificación de Rafaela, que tal es su nombre, es que no llega la Libertad, y el Papa no le concede el divorcio ni la separación. ¿Qué tiene que hacer? Ser carne de cañón.

Leyendo las tribulaciones de esta buena señora, la Perita en dulce, resulta imposible no acordarse de las personas que, en la Edad Media, cayeron en manos de la Inquisición por bígamos. En aquellos benditos tiempos la única forma de poder separarse consistía en abandonar al cónyuge, marcharse del pueblo o de la ciudad y, venturosa época en la que no había pasaportes, ni documentos de identidad, ni ordenadores, casarse de nuevo e intentarlo una vez más. No recuerdo si es Dashiell Hammett o Raymond Chandler quien cuenta, en alguna de sus narraciones, que un hombre abandonó a su mujer y a sus hijos; solo se fue a otra población, y al cabo de unos años se casó con una mujer que era una copia de la anterior, con quien tuvo unos hijos que eran calcos de los habidos en el anterior matrimonio. Tonto en su villa, tonto en Castilla, con perdón de don Benito.

Resulta muy difícil cambiar. Ya lo dijeron los romanos: vulpa mutat pilum sed non mores. A todos se nos cae el pelo, pero aprendemos poco a lo largo de la vida, y lo poco que aprendemos no son sino argumentos para defender aquello que hicimos o dejamos de hacer: parapetos y más parapetos para nuestro pobre ego.

Santiago Ibero, el primer amante conocido de la abandonada Rafaela, la Perita en dulce, distingue perfectamente entre deseo sexual y amor verdadero, y trata de regenerar a Rafaela cuando ya no es su amante, que es el momento idóneo para predicar. Es un papel bastante desairado y bastante triste. Increíble. Y en el fondo tiene su toque de hipocresía, o de folletín.

No menos increíbles resultan los razonamientos de Montes de Oca para la sublevación que encabeza. ¿Qué tenían en la mente los militares españoles de aquella época, los que luchaban por uno u otro monarca? ¿No tenían ningún valor para ellos las vidas humanas? ¿Todo lo subordinaban a su ambición? ¿Iba mal el país con Espartero? ¿Había ido mejor con María Cristina tan llena de avaricia y corrupción? ¿No escondía esta dualidad una ambición sin límites por parte de unos y de otros? Así lo dice la misma Rafaela discutiendo con Santiago Ibero: “La libertad como el retroceso, ¿qué son sino los motes o letreros que se ponen estos o los otros señores para mangonear?”.

No se puede decir más claro, ni de forma más contundente. Y, sin embargo, parece que también había militares abnegados, románticos. ¿Qué es el romanticismo en Montes de Oca? ¿Todavía no estaban los generales ahítos de sangre? No, los militares no estuvieron tranquilos hasta 1940. Necesitaron un siglo, varias guerras civiles y millones de muertes para tranquilizarse. Ahora, ya se ve, el Trono y el Altar ya no tienen nada que temer, y los comunistas se baten en retirada. Tanto como el Altar y los curas. ¿Para qué tanta muerte y tanta guerra? Es todo de una estupidez rayana en la locura. Pero sí, resulta más fácil lanzar una masa a la matanza que a la reflexión… Aquí cuando, por motivos políticos, comenzó la necia y absurda distinción entre una lengua y un dialecto, terminología más que gastada, surgieron filólogos de debajo de las piedras. Personas que en su vida se habían leído un libro opinaban sobre lenguas y dialectos con el desparpajo del ignorante, que es, como dice el refrán, la persona más atrevida. Y con ese mismo desparpajo zarandeaban y abucheaban a quien les decían que era un traidor porque defendían lo contrario que ellos… Igualmente, sin haber ido nunca a un teatro, ni saber lo que era esto, denostaron la restauración del teatro romano de Sagunto, cuya existencia desconocían hasta ese momento… y mañana atacarán lo que les digan que ataquen o defiendan, sea lo que fuera, lo entiendan o no. Es más fácil lanzarse a la batalla, a la guerra, donde no tienen que responder de sus salvajadas, que al estudio y a la reflexión. A veces contemplo a la gente en los campos de fútbol, y me asusto. Me asusto mucho. Me da verdadero miedo. ¿Qué serían capaces de hacer con un arma en sus manos y sin tener que rendir cuentas a nadie? Algo así debió de ser la guerra civil española. Y tal vez todas las guerras.

Hay que leer Montes de Oca. No es de los mejores episodios de don Benito. Me parece una pobre explicación, o una burla despiadada, que Montes de Oca se movilizara sublevándose y llevando a miles de personas a la muerte por los hoyuelos de la reina, o por quijotismo. ¿Nunca pensó en el coste de vidas humanas? Claro, cómo van a pensar eso los militares. Ellos sólo piensan en ascensos, medallas y más pagas, dinero. Y todavía hay necios que se creen eso de la libertad, la patria en peligro, Dios está con nosotros, y demás zarandajas. Frases dignas de los Juegos Florales de cualquier ciudad; pero que, en un momento determinado, llena bocas y zarandea a quien quiere ser movido. El ejército no estuvo durante la invasión francesa. No había ejército. Fueron los guerrilleros quienes tomaron la iniciativa. Y éstos tenían más de ladrones, contrabandistas y bandoleros que de patriotas. Como dice el mismo Galdós, la Guerra de la Independencia fue la gran academia del desastre. Montes de Oca lo continúa. Galdós no estuvo muy fino en este episodio. Pero no todos los tiempos son unos. Aun así vale la pena leerlo aunque sea por cuanto dice la Perita en dulce sobre la mujer, el divorcio y la iglesia, que también es patria.

Vicente Adelantado Soriano
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