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Hablemos, de Octavio Santana Surez

La negación radical
Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (1853)

• Viernes 1 de marzo de 2019
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Herman Melville
Releyendo Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, aparecen algunos textos que se dejan atravesar por su latido y su obsesión.
Si el pobre Bartleby es un lunático, no es porque el resto de los hombres estén de alguna manera sanos, sino porque él ha aceptado su desolación como una circunstancia ineludible y olvidado la necesidad de dependencia”.
G. Deleuze

Sin pasado, sin biografía posible, alguien aparece en el umbral de la puerta de un estudio de abogados:

Puedo ver su figura todavía: pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, irremediablemente desamparada. Era Bartleby.

Hecho de puro presente, toma el trabajo, escribe y copia día y noche, convierte su ínfimo lugar en morada, sin relación social, casi sin alimentarse. No se lo escucha hablar, hasta que dice su discurso radical:

Estaba sentado cuando lo llamé, explicándole rápidamente lo que quería que hiciera —es decir, revisar un pequeño documento conmigo. Imaginen mi sorpresa, mejor dicho, mi consternación, cuando sin moverse de su privado, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, contestó:

—Preferiría no hacerlo.

La frase se repetirá sin fisuras hasta el final, ante cada requisitoria. Diez veces en el texto Bartleby dirá “preferiría no hacerlo”, con levísimas variantes. Afirmado en esa “preferencia” será igual a sí mismo, siempre, es el contexto el que empezará a cambiar: el cruce de impotencia, ira y piedad del abogado, la solicitud de sanción de los compañeros de trabajo: una pequeña sociedad que asiste con perplejidad a esta aparición impetuosa de lo impensable. El abogado esgrime que “la petición fue hecha según la costumbre y el sentido común”. Ocurre que la postura inusitada del honesto y silencioso Bartleby arremete justamente contra el sentido común que sostiene la costumbre. Disruptiva y estremecedora, la simple frase toma cuerpo como negación radical: prefiero que no. Releída, la negación es también, a la vez, una afirmación: mi preferencia es no. Situado en el pliegue desde donde se afirma, con la contundencia de la reiteración inconmovible, una negación radical, Bartleby edifica una resistencia monumental con un dispositivo mínimo: algunas palabras, el despojo de toda ambición pensable, el escamoteo del ser y del no ser. Este parece ser el sentido del análisis de Deleuze, que focaliza la frase como fórmula:

La fórmula-bloque no sólo tiene el efecto de rechazar lo que Bartleby prefiere no hacer, sino también de volver imposible lo que hacía, lo que supuestamente todavía prefería hacer. Se observará que la fórmula, I prefer not to, no es una afirmación ni una negación. Bartleby no rehúsa, pero tampoco acepta, avanza y retrocede en este avance, se expone un poco en una leve retirada de la palabra.1

También Agamben ha pensado la frase de Bartleby en el pliegue entre afirmación y negación, como un intersticio que deja aparecer, al borde de la agramaticidad, aquello que es de verdad incomprensible (como lo es para los personajes que escuchan al escribiente):

Si nadie puede soñar siquiera con verificar la fórmula del escribiente, es porque el experimento sin verdad no remite al ser o no ser en acto, sino a su ser en potencia. Y la potencia, en cuanto que puede ser o no ser, se sustrae, por su propia definición, a toda condición de verdad y, ante todo, al más firme de todos los principios: al principio de contradicción. Un ser que puede ser y al mismo tiempo no ser, recibe en la filosofía primera el nombre de contingente. El experimento al que se arriesga Bartleby es una experiencia de contingencia absoluta.2

Bartleby, según la conmovida perspectiva del abogado, no lee ni el periódico. Es el hombre que “siempre está ahí, con su extraordinaria quietud, su inalterable conducta”. Sujeto que está pero prefiere no hacer, situado entre la necesidad y la voluntad (el abogado lee, para intentar comprender y responder, Edwards, sobre la voluntad, y Priestley, sobre la necesidad) el escribiente se parece cada vez más a un espectador lúcido del incomprensible universo; Bartleby ya no copia sino que escribe (si admitimos la idea de escritura como proceso imaginario, como operación abstracta) sobre su desolación en ese universo. Ocurre que escribe, o dice como quien escribe, una sola frase, enigmática, críptica, elusiva del sentido común y esperable, intranquilizadora y hasta contradictoria. Pero que constituye su lectura del mundo y lo constituye como sujeto de la desposesión. Ese desvanecimiento del ser, que Bartleby parece intuir, incluye de un modo crucial, también, al lenguaje, del que rescatará tan sólo las palabras esencialmente necesarias: “I would prefer not to”.

Otra vez Deleuze: “Bartleby no es un enfermo, sino el médico de una América enferma”.

La imagen del escribiente solo y callado en las noches de Wall Street, cuando el monstruo de la actividad económica se ha retirado a descansar y su paisaje tiene como único espectador, y escrutador, a Bartleby, es altamente significativa: el hombre que ha entendido cómo funciona la máquina y prefiere no ser un engranaje de ella. Pagando todos los costos, hasta su triste, desoladora e inhumana escena final.

Releyendo a Melville aparecerán algunos textos que se dejan atravesar por su latido y su obsesión: la inquietud de Kafka por la subordinación infinita del hombre a un universo sin tierra prometida; la perplejidad de Camus narrando a Mersault, ese Bartleby de posguerra; la lucidez de Arlt dando cuenta de la angustia de Erdosain o el escape paranoico del Astrólogo en una ciudad que los mastica y escupe; el paciente adelgazamiento del ser que recorre la escritura de Marcelo Cohen en Donde yo no estaba, acompañando el desvanecimiento existencial de su personaje, Aliano D’Evanderey.

En el epílogo, el abogado incorpora a su narración un episodio —el único— del pasado de Bartleby, fruto de los rumores que acompañaron su sepelio:

El rumor era este: que Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas en Washington, de la que fue despedido repentinamente por un cambio en la administración.

Esa oficina recibe las cartas no entregadas para registrar y quemar. Es la última metáfora de Melville: palabras que van y vuelven, como regresando de una relación humana para encontrarse con el vacío como escenario definitivo. Es la misma desolación que entrevió Bartleby en su oficina ínfima, cuando pasaba horas parado mirando nada, o mirando la nada.

Con mensajes de vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte. ¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!

Estas últimas palabras del abogado narrador desplazan el auditorio de su relato: de los lectores puntuales a la humanidad en general, ese territorio donde se despliega la preocupación central de Melville.

Sergio G. Colautti

Docente y escritor argentino (Río Tercero, Córdoba, 1960). Autor de Apuntes sobre la narrativa argentina (1992), El revés del crimen (cuento, 1995) y La mirada insomne (ensayos, 2006), entre otros.

Sus textos publicados antes de 2015
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Notas

  1. Deleuze, Gilles: Bartleby o la fórmula.
  2. Agamben, Giorgio: Bartleby o de la contingencia.
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