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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La senda de los poetas

jueves 14 de enero de 2021
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La senda de los poetas, por Vicente Adelantado Soriano
La senda, poco a poco, se fue introduciendo en la montaña, alejándose de la paralela carretera, que cruza el pueblo. A los pocos minutos de marcha dimos con el primer poema. Fotografía: Vicente Adelantado Soriano
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Antonio Machado, Proverbios y cantares.

La primera noticia que tuve de la existencia de la senda de los poetas me la dieron en el bar de Pavías. En el único que hay. Así me lo dijo un risueño vecino cuando le pregunté, nada más entrar en el pueblo, en qué bar me podía tomar un café con leche. Me encaminé hacia el único. En el establecimiento no había ningún cliente. Aproveché la ocasión. Al pedir la cuenta le pregunté, a la dueña, si alguien me podía indicar rutas y sendas para caminar por los cercanos montes el pueblo. Muy amable, me nombró enseguida la senda de los poetas.

—Es una senda —me explicó— que sale de aquí mismo. De donde está el frontón —dijo señalando hacia un punto indeterminado.

—¿Y cómo es que tiene ese nombre tan poético la dicha senda? —pregunté un tanto intrigado.

Transcurrió el tiempo. Demasiado quizás. Pues entre unas cosas y otras se fue demorando mi propósito de recorrer la senda de los poetas.

—Porque un día —me dijo brillándole los ojos de alegría— salió a caminar un hombre que venía a veranear al pueblo, y tomó esa senda. A mitad de camino se puso a llover a cántaros. Se refugió en una cueva. Estuvo allí un par de horas. Y pensó que a otras personas les podía suceder lo mismo que a él. Así que compró muchos libros de poesía y los dejó en la cueva. De esta forma podían leer buenos poemas mientras esperaban a que escampara.

Imaginé que algunos irían a leer allí aunque no lloviera.

—¿Va a ir usted a recorrerla ahora?

—No. Ahora no. Se me ha hecho un poco tarde. Tengo que volver a Higueras; me están esperando para comer, y no me da tiempo.

—Además, igual llueve. El tiempo no está muy católico.

Dicho y hecho. Nada más salir del bar, comenzó a lloviznar. De Pavías a Higueras apenas si hay tres kilómetros. La carretera es ancha y capaz. Y yo, siguiendo mi inveterada costumbre, me había dejado el coche en el punto de partida. Tuve que regresar a pie. Tengo la ventaja de que prefiero, de todas todas, un día de lluvia a uno de calor. Me puse la capucha de mi anorak, guardé la cámara en la mochila, y comencé a caminar. Al final de la calle me desvié, bajé hasta el lavadero, y continué por el camino, entre acequias y bancales, que lleva al cementerio. Me llamó la atención, igual como me había sucedido en otros parajes, que los labradores aprovecharan los viejos y gastados somieres para cerrar sus bancales.

Seguía cayendo una lluvia fina y persistente. Yo respiraba a pleno pulmón fijándome dónde ponía los pies. No tardé mucho en divisar el cementerio, con sus dos o tres cipreses, y en salir a la carretera. Con toda la tranquilidad del mundo, sin miedo a un inexistente barro resbaladizo, seguí caminando hasta Higueras. Llegué al cabo de poco tiempo. Ya estaban poniendo las mesas para la comida.

Transcurrió el tiempo. Demasiado quizás. Pues entre unas cosas y otras se fue demorando mi propósito de recorrer la senda de los poetas. Unas veces por la pereza que me produce coger el coche, otras por el calor, y finalmente por el famoso coronavirus y el consiguiente confinamiento. No obstante, siempre tenía en mente la ansiada senda. No me la quitaba de la cabeza. Necesitaba ver aquella cueva, y los libros que albergaba.

Un día, bien entrados ya en la pandemia, pero levantado el confinamiento, cuando el número de infectados por el virus era muy grande, me llamó por teléfono José Luis, un viejo amigo.

—Yo creo —me dijo— que nos tenemos que hacer el ánimo y comenzar a movernos. De lo contrario nos vamos a amojamar como las momias de Egipto.

—Pienso lo mismo que tú —le dije—. Tomando las debidas precauciones, no tenemos por qué temer nada.

—Conduzco yo —puso como condición indiscutible.

—No sabes la alegría que me das —le respondí.

Ya no hacía tanto calor. La temperatura era más bien agradable. José Luis se había comprometido a buscar alguna ruta para aquel día. No lo hizo. Le propuse, estando ya los dos en el coche, puestas las mascarillas, hacer la senda de los poetas. Me salió del alma. José Luis y yo jamás en la vida hemos discutido por estas o parecidas cuestiones. Le pareció bien la propuesta, y hacia Pavías nos dirigimos.

No habíamos desayunado, dada la hora en que salimos de nuestras respectivas casas. Al cabo de una hora y media de viaje, desde la carretera, vimos que el restaurante de Higueras estaba abierto. Nos pareció más conveniente ir a Pavías, desayunar en su único bar, y emprender la ruta trazada. Así lo hicimos. Pero al llegar a Pavías, nos encontramos con que su único bar estaba cerrado por vacaciones. No nos pareció conveniente caminar con el estómago vacío. Llevábamos barritas energéticas en las mochilas, pero ambos preferimos un buen bocadillo y una cerveza.

Fuimos leyendo todos los poemas que fueron apareciendo a lo largo del camino. Hubo un momento, sin embargo, que desaparecieron de nuestra vista.

—Que tripas llevan pies, que no al contrario —dijo José Luis.

Volvimos a Higueras. Almorzamos como Dios manda, y regresamos a Pavías. Pero esta vez, por sugerencia mía, lo hicimos a pie. Y nos metimos, como hice yo la vez anterior, por el camino del cementerio.

Llegados al pueblo, cámara en ristre, me puse a fotografiar la iglesia. Salió enseguida un amable vecino para indicarme desde dónde podría sacar una fotografía preciosa. Con su mascarilla puesta, me llevó al lugar que él juzgaba idóneo. No lo era para tomar una foto de la iglesia. Pero había unas bellas flores que fotografié. Antes de que se fuera, le pregunté por la dichosa senda de los poetas. Nos encaminó. No había pérdida.

Y por fin, con los estómagos llenos, pusimos nuestros pies en el inicio de la soñada senda de los poetas. Enormes masas de pinos se levantaban a nuestra izquierda, monte arriba. La senda, poco a poco, se fue introduciendo en la montaña, alejándose de la paralela carretera, que cruza el pueblo. A los pocos minutos de marcha dimos con el primer poema. Escrito en papel, con una foto del autor, y resguardado por una pequeña placa de plástico colocada sobre un negro pivote. El agua de la lluvia se había filtrado a través de la placa de plástico. Al evaporarse había dejado unas gotitas de vapor que dificultaban la lectura.

La senda de los poetas, por Vicente Adelantado Soriano
Un día —me dijo brillándole los ojos de alegría— salió a caminar un hombre que venía a veranear al pueblo, y tomó esa senda. A mitad de camino se puso a llover a cántaros. Se refugió en una cueva. Estuvo allí un par de horas. Y pensó que a otras personas les podía suceder lo mismo que a él. Así que compró muchos libros de poesía y los dejó en la cueva. Fotografía: Vicente Adelantado Soriano

Fuimos leyendo todos los poemas que fueron apareciendo a lo largo del camino. Hubo un momento, sin embargo, que desaparecieron de nuestra vista. La senda, por el contrario, cada vez era más abrupta y más empinada. La seguimos con resolución y valentía. La ansiada cueva con los libros no aparecía por ningún lugar. Era imposible que estuviera por donde nos estábamos moviendo. Aquel camino no cesaba de subir y subir. En un momento dado nos tocó volver sobre nuestros pasos. Habíamos estado caminando durante un largo tiempo por él. Pero casi en la cresta descubrimos que aquella escarpada senda era impracticable. Pinos caídos, ramas tronchadas y enormes piedras, nos cerraban el paso. En algún lugar del camino nos habíamos desviado de la senda. Regresamos.

—Somos especialistas —le dije a José Luis—. Como sabes no es la primera vez que nos perdemos por el monte.

—Y esperemos —me repuso él, animoso— que no sea la última. Ahora bien, me parece que no les hubiera costado nada poner, en el último poema, y como ejemplo de cuarteta para criaturas, niños y docentes, una indicación:

Aquí muere este camino,
gire ahora a la derecha
siguiendo la negra flecha
y llegará a su destino.

—Si mueres de hambre por estos montes, qué gran poeta se va a perder Roma contigo —le dije riendo.

Comenzaba a hacer calor. Llegamos a una bifurcación de sendas. No supimos por dónde continuar. Mi capacidad de orientación es nula. Y todas las plantas del camino, para más inri, eran verdes. De pie, parados, pensando qué hacer con nuestras vidas, vimos venir hacia nosotros, por la senda que bajaba, a una mujer de media edad. Al vernos ella se quedó parada. Sin duda le dimos miedo. La tranquilicé descubriéndome y deseándole unos buenos días. Se aproximó a nosotros con paso cauto y lento. Le preguntamos por dónde continuar para llegar al pueblo, y por dónde continuaba la senda. Nos dijo que la senda de los poetas seguía por el camino de la derecha. Pero tenía una dificultad: una subida un tanto complicada. Ella se había caído allí, y no nos la recomendaba.

—Lo mejor —nos dijo— es que continuéis por aquí, y volváis a Higueras.

Decidimos hacerle caso. Nos metimos, en sentido inverso, por el camino por el cual habíamos venido. Recordábamos que, aparte de los poemas, había algún que otro banco de madera. Los buscamos ansiosamente. Estábamos cansados. Las subidas por aquellos senderos de cabras nos habían agotado. Llevábamos varias horas caminando. Mucho tras varios meses de holganza y ocio obligado.

—Tanto descanso por culpa del maldito virus —dije a modo de excusa— nos ha privado de la fuerza de nuestras robustas piernas, y de la capacidad de nuestros sonrosados pulmones.

No teníamos muchas ganas de hablar. Por otra parte, pese al generoso bocadillo del almuerzo, el hambre comenzaba a hacer acto de presencia. Nos pusimos en marcha con un caminar lento y cansino. Aun así, todo en esta vida tiene su final y acabamiento, llegamos al pueblo. Pasamos por delante del único bar maldiciendo que estuviera cerrado. No obstante, al terminar la calle, al descender hacia el lavadero, dimos con la fuente. Por sus cuatro caños salía, permanentemente, un agua tan limpia como fresca. No nos hartamos ni de beber ni de mojarnos caras, brazos y cabezas.

—Esperemos —me dijo José Luis riendo— que esta agua no nos siente como aquella otra, la de la maldita Fuente del Cabrito, y estemos dos semanas descompuestos y de mala gaita.

—Esperemos —deseé recordando aquellos malos momentos.

Tenemos que volver a la senda de los poetas. Necesito recorrerla entera, y ver si aquello de la cueva y sus libros es una leyenda o es cierto.

Nos pusimos en marcha de nuevo. El camino de Pavías al cementerio me gusta mucho. Transcurre entre bancales. En un momento dado, pasa bajo un arco cubierto de yedra. Le da un cierto aire romántico. No obstante, nos dolían los pies y estábamos deseando toparnos con un camino más llano y practicable. No tardamos en divisar los cipreses del cementerio. Y, por fin, salimos a la carretera.

—Nos quedan un par de kilómetros —le dije a José Luis.

—Llegaremos a Higueras a tiempo de comer, ¿no?

—Seguro.

Llegamos justo en el momento en que dos primas mías, y el marido de una de ellas, empezaban a comer. Me puse delante de ellas deseándole los buenos días. Me miraron como si estuviera loco. Pero despojado que me hube de sombrero, gafas de sol y mascarilla, me reconocieron. Las exclamaciones de gozo y alegría llamaron la atención del resto de los comensales. Una grata e inesperada sorpresa.

Comimos juntos, opípara y fraternalmente. Y levantados los manteles, y despedidos deudos y parientes, le dije a José Luis subiendo al coche:

—Tenemos que volver a la senda de los poetas. Necesito recorrerla entera, y ver si aquello de la cueva y sus libros es una leyenda o es cierto.

—Se acepta la moción. Pero la semana que viene hacemos otra ruta.

—Sin problemas. No creo que la senda se mueva de aquí.

—Nos esperará fielmente.

—Seguro.

José Luis puso el coche en marcha, y comenzó a contarme todos los planes que tenía para seguir saliendo a hacer diversas rutas pese a la pandemia y al virus. Tomaríamos nuestras precauciones, desde luego. Pero las ganas de recorrer montes y sendas era grande, enorme e indiscutible. Y como decía san Agustín, lo mejor de la tentación es caer en ella. Vale.

Vicente Adelantado Soriano
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