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Diálogos en tiempos del virus (14)
Una larga espera

jueves 5 de agosto de 2021
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Una larga espera, por Vicente Adelantado Soriano
Si estudia usted la historia, la antigua sobre todo, verá que predomina siempre la guerra sobre la paz. “Leónidas en las Termópilas” (1814), de Jacques-Louis David
Y como las velas de un barco, al cuerpo no se le debe tensar ni oprimir demasiado cuando el tiempo está sereno, ni abandonarlo a los vientos y descuidarlo cuando hay sospecha de tempestad.
Plutarco, Moralia (Consejos para conservar la salud)

Mi querido vecino de la puerta 33 me volvió a llamar. Necesitaba más libros y, dadas las últimas noticias, no se atrevía a salir a la calle. Acudí a su casa dispuesto a recoger otra lista, y a darme un buen paseo. Lo necesitaba por otra parte. Y sí, me alargó una breve lista. Me pareció, no obstante, una excusa: lo que quería y necesitaba el buen hombre era hablar. Pasaba demasiado tiempo solo.

—¿A usted no le parece que estar tantos días encerrados en casa, por la famosa pandemia, va a ser pernicioso a largo plazo? —me preguntó en tanto me servía la saludable copa de vino.

—No lo sé. No creo que sea ni beneficioso ni perjudicial.

—Ya. Pero es que estar tanto tiempo sin relacionarse con nadie.

Viendo algún que otro programa de televisión, leyendo algún artículo, y oyendo a ciertas personas, me percato de que nunca como ahora ha hecho tanta falta el sentido crítico.

—No creo que antes nos relacionáramos mucho. Si se refiere a tomarse una cerveza en un bar, desde luego, sí, llevamos ya algún tiempo privados de eso.

—¿Y usted no lo echa de menos?

—No. Nunca he sido de ir a bares. Allí no hay más que conversaciones insustanciales cuando no murmuraciones o dimes y diretes.

—Hombre, de vez en cuando hay que distender el alma.

—Nunca he llegado a tenerla tan tensa como para necesitar eso. Pero si le sirve de consuelo me puede definir como un bicho raro: tampoco creo, como se ha puesto de moda, por la serie Gambito de dama, decir que el ajedrez sea la panacea para dominar las matemáticas, ahuyentar el alzhéimer y conseguir no sé cuántas excelencias mentales y saludables.

—Sí. Yo también he pensado que todo eso no era sino publicidad encubierta.

—Es muy posible que sea así. Viendo algún que otro programa de televisión, leyendo algún artículo, y oyendo a ciertas personas, me percato de que nunca como ahora ha hecho tanta falta el sentido crítico.

—Demasiadas noticias y demasiado ruido, ¿no es eso?

—Sí. Algo así. Y demasiado centrados en nuestra época y en nuestro momento.

—En eso le doy la razón. Como ha podido comprobar, cada vez le encargo menos novelas y más libros de historia o de filosofía.

—Sí. Lo he observado.

—Creo que escribir una buena novela, que resista el paso del tiempo, o hacer una buena película, que tenga frescura dentro de cien años, es lo más difícil del mundo. La novela es un género muy difícil al que se han lanzado tirios y troyanos con una alegría que da grima.

—Lo mismo sucede con esos llamados politólogos, o voceras de tres al cuarto, tanto con el cálamo como con la lengua.

—El otro día, en medio de una gran irritación, terminé una novela de Thomas Hardy, Lejos del mundanal ruido. Vi la película de joven. No recuerdo nada de ella. Pero el título me gustó mucho. Comencé a leer la novela en cuanto usted me la trajo. Y a las pocas páginas comenzó a decaer mi interés. Leí entonces críticas al respecto…

—Y las críticas —lo interrumpí— son también hijas de su tiempo, por supuesto.

—Eso cuando no son malintencionadas y tratan de vender el producto como sea. Y como ahora parece que está de moda el feminismo, la protagonista, para qué decirle, es la quintaesencia del mismo. Así lo leí en varias de las críticas hechas a la novela. Y en ésta el feminismo no aparece ni por las trazas.

—Y a usted lo decepcionó.

—Pero no por la ausencia del feminismo sino la obra en sí. Estoy de acuerdo con usted cuando ha dicho que nunca, como ahora, nos ha hecho tanta falta el sentido crítico. Hay que tener en cuenta que las críticas, cinematográficas y de libros, se hacen en los periódicos o en las televisiones. Unos y otras no son sino un negocio. Y, por lo tanto, una editorial o distribuidora puede dar dinero al periódico a cambio de ciertos favores.

—Lo mejor, por lo tanto, es crearse uno su propio criterio.

—Sí. Pero para llegar ahí es inevitable caer en el error. Y de éste no se libra uno ni a los cien años.

—Hay que relativizar las cosas. Tampoco es tan importante que nos caigamos cuando se está dispuesto a levantarse. Todos nos hemos equivocado en esta vida. Y lo seguiremos haciendo. Con cerrar el libro a tiempo es suficiente.

A veces me resulta imposible comprender cómo ciertas cosas han llegado a publicarse, y a manos de los lectores.

—Tengo un amigo —me dijo tras beber un sorbo de su buen vino— que, de alguna forma, trató de vacunarme o curarme contra eso. De joven tuve mis veleidades con la literatura. Como él. Escribíamos poemas, cuentos y novelas, y nos las intercambiábamos. Muchas veces, en aquellos años, me pasó novelas horribles, editadas, no suyas, diciéndome que las leyera para aprender lo que debía evitar.

—No está mal la enseñanza. ¿Y qué pasó con aquellas veleidades?

—Las abandonamos. No había forma de publicar nada.

—¿Tan malos eran? —le pregunté sonriendo y escudándome tras la copa.

—No. No éramos malos. Incluso le diría que mucho mejores que algunos que editan ahora y viven de sus cuentos… A veces me resulta imposible comprender cómo ciertas cosas han llegado a publicarse, y a manos de los lectores. Tal vez la explicación esté en las ventas, en una lectura facilona, en una campaña publicitaria y en hacer ruido.

—Es muy posible que sea así.

—Imagino que usted no tendrá estos problemas: metido en sus historias de la antigüedad, todo lo que ha llegado hasta nosotros ha pasado ya tantos filtros que, difícilmente, se puede haber colado algo.

—No crea. Se han colado muchas cosas. Lo que sucede es que esas cosas tienen la pátina del tiempo, el respaldo de las autoridades, el buen hacer literario… Todo lo que usted quiera; pero eso no los libra de ser tendenciosos y embusteros. Siempre es la misma historia. Aunque, también es cierto, siempre hay personas honestas, o que lo intentan. Además, hay que tener en cuenta el contexto… Aun así también hay veces que Tito Livio me pone los pelos de punta con su parcial e interesada historia de Roma.

—Tal vez no hace más que expresar la opinión de su época. Como tal vez hace el mal novelista.

—Es difícil estar por encima de las ideas recibidas. Muy complicado ver y analizar lo que se esconde tras ellas. Pero se debe intentar. A veces da la impresión de que quieren imponer sus ideas o su visión más que llegar a algún tipo de verdad…

—Ese el problema de la novela: crear personajes predeterminados, que, necesariamente, tienen que actuar de una determinada forma. Nacen con todo tipo de malformaciones…

—El otro día —le dije aceptando otra copa de vino— comencé a leer un libro que me está resultando muy interesante, El mito de Esparta. El autor, César Fornis, desgrana, a lo largo de muchos capítulos, la visión que distintas épocas han tenido de Esparta, y cómo han aprovechado ese mito para sus propios intereses. Políticos y económicos, por supuesto.

—Yo siempre he tenido una visión bastante negativa de Esparta. Siendo un crío, un profesor que teníamos, de la Falange, que nos daba clases de Formación del Espíritu Nacional, ahí es nada, nos contó que un niño espartano había cogido una rata o un animal. Lo llevaba escondido bajo su túnica. Y durante la formación, o la clase, la rata, o el bicho, comenzó a roerle el estómago. Y él, por no interrumpir al maestro, o no romper la formación, aguantó hasta la muerte… Me pareció una barbaridad.

—Yo tuve conocimiento de Esparta a través de Leónidas, sus trescientos muchachos y las Termópilas. Cantos y más cantos al heroísmo, a la lucha y a la muerte gloriosa. Luego, pasados los años, mucho más tarde, me llamó la atención que nadie condenara aquello como lo que fue y es toda guerra, una verdadera barbaridad.

—¿Era posible que en aquellos siglos hubiera alguien antibelicista?

—No lo sé. No he dado con un tratado de la época, como tal, en contra de la guerra. Pero sí que me harté de traducir frases, en griego sobre todo, donde se habla de los males de la guerra, y de las bondades de la paz. Ahora bien, si estudia usted la historia, la antigua sobre todo, verá que predomina siempre la guerra sobre la paz.

—Y estamos igual. Siempre hay algún conflicto armado en algún lugar del mundo. Parece como si el hombre, después de tres mil años, todavía no hubiera sido capaz de despojarse de su bestialidad… Mire, hay una película, muy alabada por su elipsis, al poco de comenzar ésta. Consiste en que un mono ha descubierto la primera arma: un hueso con el que golpea y astilla un par de cráneos. Todo contento lo lanza al aire, y en la siguiente toma aparece una nave espacial… Siempre he pensado que la consecuencia lógica de aquélla tenía que ser no una nave espacial sino un lanzamisiles o una potente ametralladora o algo similar.

—No por eso dejan de ser importantes otros muchos descubrimientos. Mire, en el libro del que le hablo, filósofos y políticos, Rousseau entre ellos, se decantan por Esparta y sus instituciones. La oponen a Atenas y a su democracia. Y sí, de acuerdo, la democracia de Atenas no fue perfecta, ni lo es la de ahora. No obstante, prefiero sus imperfecciones a la barbaridad de decirle a un hijo que vuelva con el escudo o sobre él, es decir victorioso o muerto. De Esparta no nos queda nada, salvo el monumento a Leónidas. Y Atenas todavía nos sigue iluminando con su lengua, su filosofía, su teatro, su historia…

Siempre tenemos justificaciones. Hasta para el más horrible de los crímenes.

—Sí, pero pese a todos esos avances no abolió la esclavitud. Tampoco lo hizo Roma, desde luego. Ni el cristianismo.

—Es una cosa que siempre me ha preocupado. Pero, claro, no hay documentos al respecto. Aun así me cuesta mucho creer que nadie pensara que la esclavitud era una barbaridad. He oído a muchos profesores tratando de justificarla aduciendo que los griegos esclavizaban a los bárbaros. Éstos eran poco menos que personas. No deja de ser una pobre justificación. ¿Era Hécuba, la reina de Troya, una bárbara? ¿Lo era su hija Casandra?

—Siempre tenemos justificaciones. Hasta para el más horrible de los crímenes.

—Así es. Y eso es lo que me importa: deshacer las justificaciones, no quedarme con lo fácil. Eliminar todo aquello que es malo: el desprecio a la infancia, a la vida, al intelecto, el canto a la guerra y a la muerte…

—Un bonito objetivo.

—Sí. La filantropía.

—La filantropía —repitió apurando su copa—. Por lo menos hemos hablado.

—Sí. Hemos hablado. Pero dudo que una conversación así la hubiéramos tenido en un bar.

—Todo es posible. Todo es posible. Le paso la lista de los libros.

Vicente Adelantado Soriano
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