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El Borges que yo conocí

martes 22 de febrero de 2022
Jorge Luis Borges
Durante los dieciocho años que estuvo como director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Jorge Luis Borges nutría su espíritu de lo grande y pequeño que escuchaba.

Ya ni reconozco las calles. ¿Esta será Cerrito o Libertad? No sé dónde ubicar el viejo Colegio de Estudios Superiores donde tantas veces fui a oír la voz monótona y peculiar de Jorge Luis Borges.

Inolvidables aquellas tardes lluviosas de nuestro invierno inhóspito, cuando salíamos corriendo de clase en el instituto para no perder el cansino acento borgeano que tanto quisimos y nos enseñaba.

Nunca pensé que dos años más tarde haría una pasantía de tres meses bajo su dirección en la Biblioteca Nacional de Argentina.

El señor Borges era un hombre feliz, había llegado a la cúspide de sus deseos: emular a Paul Groussac y ocupar su silla en la Dirección de la Biblioteca.

El cargo no influyó nunca en su actitud personal, en la sencillez y el afecto que lo caracterizaban.

Lee también en Letralia: Jorge Luis Borges y sus libros.

Cada conversación con Borges encerraba una enseñanza, a veces muy velada, siempre en tono paternal.

Recuerdo un día en el que un pasante le pidió que leyera un trabajo que quería publicar. Se lo llevó a su casa y al día siguiente, con una sonrisa pícara, le dijo: “Su intelecto es muy imprudente, me gusta, publíquelo”.

Durante los dieciocho años que estuvo como director de la Biblioteca Nacional nutría su espíritu de lo grande y pequeño que escuchaba.

Borges no sólo es inolvidable por su obra literaria, su lenguaje perspicaz y cínico. Su permanente sonrisa entre ingenua e irónica. El humor a flor de labio. La afectividad hacia aquellos que compartían su día a día.

Borges es Palermo Viejo, Gurruchaga, Serrano, la placita Borges, los versos de Eladia Blázquez cuando dice: “La geografía de mi barrio llevo en mí, / será por eso que del todo no me fui: / la esquina, el almacén, el piberío… / lo reconozco… son algo mío…”.

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