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Una nueva experiencia
(sobre la guerra)

jueves 21 de julio de 2022
Una nueva experiencia (sobre la guerra), por Vicente Adelantado Soriano
La naturaleza, merced a las últimas lluvias, está exuberante. No había nadie en todo el camino. Y el camino era precioso. Con el caudaloso río siempre discurriendo a derecha o a izquierda.
El grado sumo de la enemistad por el que el hombre supera la ferocidad de todas las bestias es la guerra; debes saber que no es asunto de hombres, sino como lo expresa la misma palabra (latina) de bestias.1
Juan Luis Vives, Introducción a la sabiduría.2

No recuerdo dónde leí u oí que un placer, y un dolor añado yo, si no es compartido o comentado con alguien, deja de serlo. O, al menos, pierde parte de su intensidad. Siempre me ha parecido una afirmación un tanto peregrina, y falsa. A menudo no se necesita compartir nada con nadie. Y más a menudo todavía es inútil. Sea como fuere, aquella tarde no tuve ningunos deseos de hablar con mi vecino de la puerta 33. Además, el cansancio, y un perenne malhumor, pudieron conmigo. Subí, pues, a casa, me duché y me arrellané en el sofá. Allí permanecí hasta la hora de hacerme la cena.

Por regla general cuando salgo de excursión con José Luis, o con cualquier otro amigo, y comemos en algún bar o restaurante, no ceno. Me tomo un yogur nada más. A menudo he pensado en esta situación, pues, sacando cuentas, no comemos, en esas ocasiones, más de lo que comemos en casa. Aquel día, por otra parte, la comida no fue abundante, nunca lo es, aunque sí muy sabrosa. A eso de la diez de la noche, pues, comencé a tener hambre. Me hice una bonita ensalada. Me supo a gloria. Y me fui a la cama.

Fue al día siguiente por la tarde cuando, descansado y tranquilo, bajé a hablar con mi vecino.

—Ayer lo eché de menos —me dijo nada más abrirme la puerta.

—Llegué a casa muy cansado. No tenía ganas de nada.

Hoy he tenido otra experiencia nueva. Me ha dejado mal, tocado.

—¿Están de exámenes?

—No. Tuve el día libre. Aproveché para irme con José Luis a dar un largo paseo por un lugar cercano.

—¿Entre semana? Un poco raro en ustedes, ¿no?

—Sí. Siempre solemos vernos los sábados. Pero nos apetecía salir entre semana. Hay muchas menos personas por allá por donde se va. Y es una delicia. Además, hoy he tenido otra experiencia nueva. Me ha dejado mal, tocado.

—¿Qué ha sucedido?

—En lugar de venir a recogerme José Luis con su coche, he cogido yo el metro para ir a su pueblo e iniciar, desde allí, la excursión. Me apetecía ir en el metro. Y, desde luego, ha sido toda una experiencia.

—Pues es usted un afortunado: en los transportes públicos la gente va enfrascada en sus móviles y demás aparatos, y no habla ni con Dios.

—Efectivamente. Yo era la excepción. Tengo un libro de poesía bilingüe, griego, español, el cual siempre llevo encima cuando tengo que ir al médico o ir en tren a algún lugar. Lo estaba leyendo, por enésima vez, sentado en el metro, cuando, en una parada, han subido cuatro chicas muy jóvenes. Tres de ellas blancas, muy blancas, y rubias. Iban con otra chica, claramente diferente: morena y de pelo negro. Una de las chicas, rubia, se ha sentado a mi lado. Las otras dos se han quedado de pie frente a mí, y la tercera, la morena, estaba ocupada, de pie, con un mapa y un móvil.

—Ha estado usted bien acompañado —dijo descorchando la botella de vino y llenando las copas.

—Hubiera preferido estar solo. Pero no me malinterprete. En un momento determinado, la chica sentada a mi lado se ha puesto a llorar. Había observado que lanzaba furtivas miradas a mi libro. Me han sorprendido sus lágrimas, y luego su profundo y sentido llanto. He cerrado el libro, y le he preguntado si le sucedía algo. No me ha podido contestar. Las otras chicas se han abalanzado sobre ella abrazándola. Yo les he cedido el asiento. Entonces ha acudido la chica morena. Me ha rogado que me sentara. Y lo ha explicado todo: son ucranianas, desplazadas de su país, huyendo de la guerra, y de los bestias que, sin duda, de haberlas cogido por allí, las hubieran violado y matado. Se me ha puesto la piel de gallina.

—Por lo menos —dijo mi vecino— han conseguido huir de la barbarie.

—Sí, pero imagínese: desplazadas de su pueblo, sin amigos, tal vez con sus familiares asesinados, sus casas derruidas, ellas en un lugar del que no conocen ni la lengua ni las costumbres, viviendo de la caridad, y aun de los desprecios de algunos descerebrados… Y todo, ¿para qué? ¿Por qué?

El ser humano es el ser más bestial, cruel y despiadado de este mundo; y, posiblemente, si existen otros, de todos los demás.

—No lo sé. Yo no lo sé. He oído teorías al respecto: que si Putin está loco, que si la gran Rusia, que si Ucrania es rica en tierras raras, que si el gas y el petróleo… No lo sé. No lo sé.

—Yo tampoco lo sé. Pero nada de eso justifica el sufrimiento de esas chicas y de miles y miles de personas. Me he enterado luego de que otra chica, una cantante, ha huido de Rusia disfrazada de vendedora. Hace tiempo me revolví contra ella por montar una protesta en una iglesia. Su actuación me pareció entonces fuera de lugar. Viendo ahora el papel jugado por el pope ortodoxo ruso, acólito de Putin, lo comprendo todo. ¿Cómo puede un cristiano justificar y ponerse del lado de quien comete estas atrocidades?

—El ser humano es el ser más bestial, cruel y despiadado de este mundo; y, posiblemente, si existen otros, de todos los demás. A mí me espanta y da asco en cuanto veo o leo algo sobre la segunda guerra mundial. La de barbaridades y bestialidades que se hicieron en los campos de concentración. Por una pretendida raza superior. Superior ¿en qué? En bestialidades, desde luego.

—No me he podido quitar a estas chicas de la cabeza en todo el día. José Luis me estaba esperando en la estación. No le he comentado nada. Necesitaba digerirlo. Nos hemos puesto a caminar enseguida. La naturaleza, merced a las últimas lluvias, está exuberante. No había nadie en todo el camino. Y el camino era precioso. Con el caudaloso río siempre discurriendo a derecha o a izquierda. Nos hemos dado una buena paliza: yo necesitaba cansarme, y José Luis, por sus historias, también.

—¿Y qué otra cosa podía hacer? Ante los bestias y los maleducados, las personas con un poquito de educación y sensibilidad siempre llevamos las de perder… ¿Ha visto usted la película Ciudad de vida y muerte? Narra algunas de las bestialidades y salvajadas hechas por los japoneses, en 1937, cuando invadieron China. Y nada ha cambiado. Nada.

—Ni va a cambiar. Parece que no tenemos solución… Tanto estudiar, tanto desvelo, ¿para qué? No nos queda sino el placer individual. Típico de la disgregación ya no de la ciudad sino del orbe entero… Y sin embargo… No sé. Luego, caminando por la orilla del río, he pensado que tal vez la chica ucraniana se ha puesto a llorar al ver las grafías griegas de mi libro: tal vez le haya recordado su alfabeto… ¿En Ucrania usan el cirílico?

—No lo sé. He leído poesía rusa, traducida, por supuesto; pero de Ucrania, la verdad, no conozco nada. Sea como fuere…

—Sí, sea como fuere, las lágrimas de aquella chica me han llegado al alma. Y no me la he quitado de la cabeza en todo el día. Contemplando el río, sus orillas, la exuberancia de la naturaleza, las hierbas, las flores, u oyendo el maravilloso canto de los pajarillos, no hacía sino acordarme de ella, y maldecía la guerra una y otra vez. ¿Quién es quién para privar a miles de personas de ese maravilloso espectáculo? ¿Tanto necesitan para vivir? ¿Tan míseras son sus vidas que sólo haciendo daño a sus semejantes se sienten vivas? Si no van a estar aquí más allá de ochenta años, y algunos de ellos los pasarán en algún hospital… De verdad, comienzo a entender a los anacoretas…

—Sí. En eso tiene razón: vivir en sociedad se ha convertido en una pesadilla.

He pensado que hace falta tener pelos en el corazón para perseguir a esta niña, ahora o cuando sea mayor, por el color de su piel.

—Al regreso, tras la comida, le he dicho a José Luis que no quería coger el metro. Prefería, si lo hay, irme con el autobús. Me ha acompañado a la parada del autobús. Han subido, en algunas paradas, personas claramente emigrantes. Pero ya nada ha sucedido digno de narrar. Mejor dicho, no ha sucedido nada.

—Por lo menos habrá podido leer —dijo llenando las copas de nuevo.

—No me apetecía. Seguía con la imagen de aquella chica grabada a fuego en la cabeza… Luis Vives, cometiendo un error del que, seguramente, era consciente, hace derivar guerra de bestia, bellum, en latín, de belua. No es así… Pero no tiene importancia… Me he bajado del autobús estando bien lejos de casa: me apetecía seguir caminando. Era la hora en la cual los niños salen de los colegios. En la puerta de uno había una niña de dos o tres añitos, negra, haciendo pucheros, con un pelo recio recogido en varias trencitas. Su madre, a su lado, estaba hablando con el móvil. La niña me ha mirado con una carita que me ha partido el alma… Y he pensado que hace falta tener pelos en el corazón para perseguir a esta niña, ahora o cuando sea mayor, por el color de su piel… De verdad, qué día he llevado. Ponga más vino, por favor.

—Tranquilícese. Calma.

—De verdad. Que no puedan disfrutar de esos paisajes, de un libro, de la compañía de sus amigos. ¡Joder! ¡Malditas sean las guerras y quienes las promueven! Y maldito sea todo aquel que desprecia a su semejante por ser distinto.

—Brindemos por esa maldición.

—Por las chicas ucranianas. Ojalá todo les vaya bien.

—Así sea.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Vives hace derivar bellum, guerra, de belua, animal feroz.
  2. Juan Luis Vives, Introducción a la sabiduría, cap XI, 391. Ayuntamiento de Valencia, 2001. Traducción de Ismael Roca y Ángel Gómez-Hortigüela.