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Sócrates

jueves 28 de julio de 2022
Sócrates, por Vicente Adelantado Soriano
Sócrates estaba harto, nada cambiaba, no lograba nada, y, tal vez por eso precisamente, se bebió la cicuta. Fotografía: Pintura mural del siglo I-V. Museo de Éfeso, Efes, Turquía
Sócrates estaba convencido de que las acciones correctas debían proceder de reflexiones lógicas impecables. Sólo así sería posible iluminar al individuo, emancipándolo de sus limitaciones y haciéndolo más libre e independiente.1
Pedro Barceló, El mundo antiguo.

—Es curioso —le dije a mi vecino apenas nos sentamos ante las copas y la botella de vino—. Pero conforme voy haciéndome mayor, se me van yendo las ganas de discutir con nadie, si alguna vez las he tenido, junto con las de hablar.

—No pierda —contestó llenando las copas— la buena costumbre de bajar a charlar conmigo. Nosotros no discutimos. No tenemos motivos para ello. Además, está bien eso de exponer las propias ideas ante extraños. Aunque yo no lo sea.

—Abundando en el tema, hay un personaje de la antigüedad, Sócrates, a quien admiro, tal vez por ser fuente de innumerables interrogantes y de ninguna solución. Hoy me llama la atención, dado mi momento vital, su monomanía por hablar con unos y con otros. Por hacerlos razonar.

Hay muchas formas de dialogar. La de Sócrates era excesivamente incisiva, creo.

—El diálogo puede ser una buena forma de conocer al otro, y de conocerse a sí mismo también. ¿No es eso lo que proclamaba el oráculo de Delfos?

—Sí. Pero hay muchas formas de dialogar. La de Sócrates era excesivamente incisiva, creo. Y, tal vez fuera eso lo que les doliera a sus contemporáneos, ese desmenuzar todo para no llegar a ningún lugar. O, mejor dicho, a una especie de vacío.

—Como los niños —dijo sonriendo— cuando destripan un juguete intentando descubrir sus engranajes. Y se quedan sin juguete y con el misterio roto entre las manos.

—Y con sus lágrimas por haber inutilizado el juguete. Aunque en el caso de Sócrates no fueron lágrimas, sino la muerte. La cicuta.

—Una muerte muy bien aceptada, según tengo entendido. Algunos, corríjame si me equivoco, la consideran un suicidio consentido.

—No. No se equivoca. Pero ya sabe: tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. No me atrevo a calificarla, su muerte, de suicidio; pero tampoco me atrevo a calificarla de ninguna otra forma. Sócrates podía haber huido, podía haberse salvado siendo menos corrosivo durante su juicio… No lo hizo. ¿Hartazgo, hastío, tozudez, desprecio? No lo sé.

—Quizás sea una mezcla de todo. De todas formas tenemos mucha tendencia a concederle excesiva importancia a la muerte, a la forma en la que uno se va de este mundo. Y tal vez ese momento no sea tan importante. Al fin y al cabo todos tenemos días malos. Y el de la muerte no es un día precisamente para tirar cohetes. O sí. Vaya usted a saber.

—Sí. La verdad, yo también lo he pensado así en múltiples ocasiones: Sócrates estaba harto, nada cambiaba, no lograba nada, y, tal vez por eso precisamente, se bebió la cicuta. Ahora bien, no acabo de creerme que lo llevaran a juicio por actos de impiedad o por no creer en los dioses que adoraba la ciudad. Tal vez en aquella denuncia y acusación hubo algo personal. No lo sé.

—Usted sabe que raramente en una conversación se dice lo esencial. Revoloteamos en torno a ello, pero sin atrevernos a pronunciarlo, a tocarlo.

—Sí. Tiene razón. Además, no debemos olvidar que las palabras de Sócrates nos han llegado a través de Platón. A éste, con toda seguridad, no le interesaba la vida cotidiana de su maestro. Sí sus ideas, su forma de razonar. Lo plasmó en sus libros. Y lo aprovechó para su filosofía.

Sería muy interesante encontrar una carta de un ciudadano cualquiera de Atenas dirigida a otro ciudadano o a quien fuera.

—Eso, querido amigo, nos lleva, una vez más, a plantearnos la transmisión cultural. A ese juego cervantino de un autor árabe, de unos pliegos hallados en un mercado, de una anónima traducción, y de la casualidad.

—Sí, las traducciones, anónimas o no, son muy importantes. Además, nos han llegado los libros que alguien, o toda una sociedad, han considerado dignos de salvarse. ¿No lo eran los desaparecidos? Sería muy interesante encontrar una carta de un ciudadano cualquiera de Atenas dirigida a otro ciudadano o a quien fuera.

—La vida cotidiana.                                                

—Sí. La vida cotidiana sirve, muy a menudo, para deshacer ciertos mitos. Si lee usted las tragedias griegas se puede quedar embobado pensando que, en realidad, hace falta un público muy culto para entender semejantes parlamentos y situaciones. ¿Era así? No lo creo. He visto, en varias ocasiones, en pleno siglo XXI, a muchas personas abandonar el teatro romano de Sagunto durante la representación de algunas obras clásicas.

—¿Qué quiere que le diga? La cultura media de nuestros conciudadanos no está para dar muchas alegrías. Tal vez la de los griegos de aquella época…

—No me lo creo. Otro tanto debió de suceder en la Grecia de Sócrates, sin duda. Pero allí el teatro era un ritual. Algo solemne y religioso… Tal vez, pese a todo, Sócrates aceptó la muerte, el suicidio asistido si quiere, porque, tras largos años de indagaciones, preguntas, respuestas, idas y venidas con los atenienses, se percató de cuanto ya sospechaba: no de que nadie no sabía nada sino que, además, no tenían ganas de saber. Y además, molestaba, y mucho, quien no hacía sino recordarlo día tras día y hora tras hora. Debía haberlo dejado. Como decían los romanos, es imposible enseñarle a un cerdo a tocar la flauta. Quod natura non dat, Salamantica non praestat.

—Ahora creo que ha dado en el clavo. Tal como hiciera don Miguel de Cervantes: este es un mundo de apariencias, de falsedades. Si don Quijote convierte los molinos de viento en descomunales gigantes, muchos convierten, o tratan de hacerlo, su vasta ignorancia en observaciones llenas de agudeza y sabiduría, según ellos.

—Sí. Y eso, por desgracia, no ha cambiado con el tiempo. Seguimos igual. Tal vez Sócrates se percató de la inutilidad de la filosofía, de la indagación, de la paideia. Sólo sirve personalmente. Se rindió. No lo derrotaron. Se rindió. Se marchó. No vale la pena luchar por quien no quiere ser salvado o redimido.

—Efectivamente. Se vive muy bien en un mundo de apariencias. No exige nada salvo no toparse con alguien capaz de enseñarnos nuestras miserias, de ponernos ante el espejo. Sócrates, al igual que Sancho Panza, conduce a la muerte. O a la vida, según se mire.

Los romanos, con todos sus dioses a la espalda, eran unos bestias.

—Y sin embargo, Sócrates perdura: a veces me levanto de la cama preguntándome, al modo socrático, qué es la vida, qué es la belleza, la virtud, el arte, qué sentido tiene cuanto hacemos o dejamos de hacer… Y nada: el vacío, la ignorancia… No, no creo en mi trabajo. Me da de comer. Nada más. Estos días he estado leyendo varios libros sobre el paso de la religión pagana a la cristiana. Y sí, los romanos, con todos sus dioses a la espalda, eran unos bestias. Lea la conquista de Numancia por parte de las legiones romanas: crueldad, intereses bastardos y toda la miseria y bajeza humana posible. El cambio de religión debía haber comportado un cambio de actitud. Pero no fue así. Lea algo sobre las cruzadas o la Santa Inquisición.

—No hace falta irse tan lejos. Tenemos las dos guerras mundiales, la última civil nuestra, y la desencadenada, ahora, en Ucrania… Visto así, debemos darle la razón a Sócrates: no hay nada que hacer. Todo sigue igual. Ahora bien, dejemos la cicuta de lado. Disfrutemos en tanto podamos.

—Al menos hasta alcanzar la edad del buen filósofo.

—Yo ya la he rebasado, señor mío.

—Pues razón de más: no se tome la cicuta. Estará caducada y sólo conseguirá un doloroso mal de tripas.

—Sigamos entonces con este vino: es bueno, digestivo y reconfortante.

—Lo es. Lo es. Tiene usted un excelente paladar.

—Todo sea por los buenos amigos.

—Por ellos y por el bueno de Sócrates. Y por sus incisivas preguntas.

Y así, brindando una vez más, nos despedimos por el momento.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Pedro Barceló, El mundo antiguo. Tierra y mar, poder, dominio y guerra, mito e historia, culto y redención en la antigüedad. Alianza Editorial, Madrid, 2021, p. 210. Traducción de Alejandro Cadenas González y Lena Hein.