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Morir por la boca

jueves 11 de agosto de 2022
Sócrates
Sócrates, como es sabido, al igual que Jesús de Galilea, no dejó nada escrito. A uno lo conocemos por los Diálogos, de Platón, y al otro por los cuatro evangelios. ¿Qué hay de real tras esos escritos? ¿Sócrates y Jesús eran así?
No he de callar, por más que señalando con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises, o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Francisco de Quevedo, Epístola satírica y censoria.

Siempre he sostenido que las traducciones tienen, como los alimentos, fecha de caducidad: cada época exige las suyas propias, dado que la lengua y los conceptos, por supuesto, no son inmutables, como cualquier producto alimenticio. A este respecto podría ser muy ilustrativo leer las diversas traducciones de un mismo texto hechas a lo largo de los siglos. No conozco ningún estudio sobre tamaña materia. Algunas veces me he planteado hacerlo yo mismo. No me encuentro con fuerzas. En otro tiempo lo hubiera propuesto como tesis doctoral. Centrándome, por ejemplo, en las traducciones de la Apología de Sócrates, de Platón.

Obviamente no sólo cambian las palabras sino también la percepción que se tiene de los autores. Cuesta años de lecturas y estudios ir desarmando toda la ideología que, burda o sutilmente, ha ido cayendo sobre un autor, su obra y sus lectores. Determinan la visión sobre dicho autor y una época. Y sobre sus textos, por supuesto.

Así he asistido a discusiones en las que, con verdadera pasión, se defendía que el juicio de Sócrates fue el preludio de un suicidio, aceptado por Sócrates y consentido por el Estado. Lo importante para aquél era dejar claro que las leyes estaban por encima de todo. Incluso de su vida. Sólo en un momento, y como de pasada, se plantea Sócrates que las leyes, mejor su aplicación, pueden ser injustas. Y por ahí se introducía la cuña que cuestionaba al filósofo. Y de rebote al sistema político que las había dictado: la democracia. Palabra que quedaba oscurecida más que explicada por la etimología: gobierno del pueblo. ¿Qué pueblo? ¿No era la ateniense una sociedad esclavista? ¿Quién votaba las leyes? Los ciudadanos. Y sabido es que no todos los habitantes de Atenas eran ciudadanos con derecho al voto o a intervenir en los asuntos de la ciudad. Había esclavos, mujeres y metecos que no tenían ni voz ni voto en aquella democracia. No tenían derechos. Sócrates se podía haber aferrado a este concepto como se aferró a la inmensa injusticia que supuso condenar a muerte a los estrategas de la batalla naval de las Arginusas. Defendió entonces a éstos por la imposibilidad de recoger los cadáveres de los caídos en la batalla debido a un fuerte temporal. Pero los jueces no tuvieron en cuenta nada salvo su propia letra: había que recoger los cadáveres. Los estrategas fueron condenados a muerte en contra únicamente de Sócrates. Se negó éste a que todos los estrategas fueran juzgados en un solo juicio, cosa ilegal. Y Sócrates, en su juicio, no cuestiona las leyes. Cuestiona la decisión de los jueces. Pueden arrepentirse éstos de pedir la pena capital, como luego se arrepintieron de haber condenado a los estrategas de las Arginusas. Demasiados intereses de por medio.

Un político, visto lo visto, puede saquear las arcas públicas y quedar impune, muchos de los abogados que los juzgan son amigos o deudos de ellos.

Había y hay muchas leyes que nos parecían, y eran, totalmente injustas. Son obviedades: el delito es relativo: no tiene el mismo valor cometido por un don nadie que por un político con ínfulas y amistades. Así un político, visto lo visto, puede saquear las arcas públicas y quedar impune, muchos de los abogados que los juzgan son amigos o deudos de ellos, y todos duermen con la conciencia tranquila porque la Ley los ha absuelto. Ese mismo abogado o juez se queda tan tranquilo, igualmente, por enviar a prisión a una persona que ha robado una barra de pan en un supermercado porque no ha comido en varios días. No. Es una necedad entregar la vida porque las leyes digan esto o lo otro. Según quién sea el reo, la justicia hablará de la bondad divina o permanecerá muda, o caerá con todo su peso, incluidas balanza y espada, sobre el común de los mortales.

Otro punto a tener en cuenta, que servía para justificar lo injustificable, era la comparación entre Sócrates y los primeros mártires cristianos. Éstos, al igual que él, no se arredraban ante la muerte. Defendían su fe por encima de todo tipo de tormentos y torturas. Hay que destacar la limpieza de los griegos en contra de las salvajadas, según cuentan, de algunos emperadores y prefectos romanos, y de los mismos cristianos cuando llegaron al poder. Los griegos, al menos, no torturaron a Sócrates: le dieron la cicuta, una bebida un tanto amarga, según dicen, y el hombre pasó a mejor vida sin pena ni gloria. Nada que ver con los tormentos, hierros al rojo, amputación de pechos, salvajadas de todo tipo y hogueras humanas ardiendo en los crematorios de las ciudades.

¿Era posible que Sócrates estuviera harto y cansado de sus conciudadanos? ¿Que se hubiera percatado de que no había nada que hacer?

Surgía entonces la inevitable pregunta: ¿era posible que Sócrates estuviera harto y cansado de sus conciudadanos? ¿Que se hubiera percatado de que no había nada que hacer y, en consecuencia, todas sus conversaciones habían sido un verdadero fracaso? La filosofía no había mejorado a la sociedad. Cuando la filosofía se entendía, en aquellos tiempos, como una forma de vida, y no como una asignatura destinada a desaparecer en una sociedad que tiene cabeza para que le corten el pelo. La muerte era, pues, una buena solución. Tal vez la mejor. También una vida anodina puede cobrar interés por el empecinamiento a sostenello y no enmendallo.

Estaba mal visto decirlo. En determinados momentos de la historia la autocensura funciona muy bien. Pero estudiando otras religiones, y otras actitudes, parecía mucho mejor la defendida por el islam: negar lo que haga falta, ante cualquier enemigo, con tal de salvar la vida. Lo importante no es lo que se dice sino lo que se siente. Y se puede ser el creyente más puro aunque los labios, por mera supervivencia, lo nieguen ante quien nos amenaza con todos los tormentos, infinitos, imaginados por el más bestial de los seres.

En los tormentos de esos mártires siempre hay un grado de sadismo que repugna. Hay capítulos de la Leyenda dorada que hoy en día sólo producen risa por su inverosimilitud. Sí, salvajadas siempre se han hecho muchas. No hay animal más bestia y feroz que el hombre. No existe animal que mate por placer como lo hace él. Y, además, deseando infringir el mayor daño posible. Pero una cosa es lo que sucedió, probablemente, y otra muy distinta la forma de narrarlo.

Con esto surgía un nuevo problema: Sócrates, como es sabido, al igual que Jesús de Galilea, no dejó nada escrito. A uno lo conocemos por los Diálogos, de Platón, y al otro por los cuatro evangelios. ¿Qué hay de real tras esos escritos? ¿Sócrates y Jesús eran así? ¿En verdad dijeron lo que les atribuyen unos y otros? El discípulo fiel de Sócrates fue Antístenes, fundador de la escuela cínica, opuesto a Platón, pero del que no se nos ha conservado ningún escrito.

Como es sabido de Sócrates van a derivar dos filosofías que poco o nada tienen que ver con su intérprete, con Platón: los cínicos y los epicúreos. Platón arremeterá contra ellos, y ellos contra él. Cínicos y epicureístas llevarán todas las de perder, pues por si no faltaban interpretaciones, se meten por el medio los cristianos. Consideran éstos que Platón, con su división del hombre en cuerpo y alma, inmortal esta última, y con la vida ultraterrena, es un avanzado del cristianismo. Y, por supuesto, abominarán de los otros por su materialismo y su negación de la vida en el más allá: el alma, compuesta por unos átomos más sutiles que el cuerpo, muere con él. Y sí, hay dioses. Pero éstos en absoluto se ocupan por nosotros. Y así los libros de Epicuro desaparecen para siempre jamás. Y el muro de Diógenes de Enoanda, un muro de unos noventa metros de largo por tres de alto, donde constan parte de las enseñanzas de Epicuro, es derruido con gran premura. La mejor forma de tener razón es no dejando hablar al oponente.

Si Sócrates no fue maestro, se pasaba el día en la calle hablando con unos y con otros, ¿cómo alimentaba entonces a sus hijos y a su mujer?

No dejaba de tener su gracia que, en una clase de filosofía, un profesor anunciara, con la boca haciéndose agua, que Sócrates, al contrario que los sofistas, no cobraba por sus clases. Pero él nunca dio clases a nadie. Lo afirma rotundamente en la Apología: yo jamás he sido maestro de nadie. Todo su magisterio, por decirlo de alguna forma, se desarrollaba en las calles, gimnasios y ágora de Atenas. Los sofistas, por el contrario, daban sus clases en casas particulares, y, por supuesto, las cobraban. Y se pregunta uno, ¿qué hay de malo en cobrar las clases? ¿Acaso no cobra el zapatero por sus zapatos, el escultor por sus esculturas, y todos los demás por sus trabajos? Lo cual nos lleva a otro problema: si Sócrates no fue maestro, se pasaba el día en la calle hablando con unos y con otros, ¿cómo alimentaba entonces a sus hijos y a su mujer, siempre pintada con cara de pocos amigos? No tenía, desde luego, muchos motivos para estar contenta y alegre con un marido tan parlanchín y poco o nada dado a la vida doméstica. ¿No hubiera sido mejor que hubiese permanecido soltero tal como hizo Diógenes el cínico? En algo tuvo que trabajar para poder mantener a la familia, pues en el mismo juicio insiste en que nunca ha cobrado nada por hablar con este o con aquel. Recuerda un poco al licenciado Vidriera: cuando loco da consejos, con gran sagacidad, a la muchedumbre que se aproxima a él. Cuerdo, a su despacho no acuden sino moscas y arañas. Se hace soldado, y muere en Flandes, en la guerra, para no morir de hambre en España.

Platón no necesitaba cobrar las clases: era rico. No así Sócrates. ¿Entonces? Oculta muchas cosas Platón. Y fue una pena, además, que Sócrates no hubiera conocido la famosa sentencia de uno de los galeotes que interroga don Quijote: tantas letras tiene un sí como un no. Incluso en griego clásico. Pues di lo que quieren oír, y sálvate. ¿Qué más da? Ni por la muerte del filósofo, ni por la de Cristo o sir Thomas Moro, el mundo se ha hecho mejor. Ahí tenemos la guerra de Ucrania, con todos los intereses de unos y de otros, para probarlo. Lo está pagando, como siempre, el hombre medio, las mujeres y los niños. Una quijotada absurda esas tres muertes por mucho que las magnifiquen. La bestialidad, la corrupción, la necedad, la estupidez y la indiferencia hacia el vecino siguen campando a sus anchas. Y no lleva visos de cambiar.

Vicente Adelantado Soriano
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