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Una cruz

jueves 2 de febrero de 2023
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Una cruz, por Vicente Adelantado Soriano
Intentó levantarse, y redimir su culpa, pero las piernas se negaban a volver a caminar. Y otra vez la cruz lobulada. Sí, sentía pena por el chico de veinte años. Pero más, mucho más, por los padres.
El hombre afortunado es sin embargo más raro que un cuervo blanco.1
Juvenal, Sátiras.

Caminaba con paso lento y pesado bajo un sol de justicia. Hacía tan sólo unas pocas horas había tenido frío. Ahora llevaba la ligera chaqueta en la mochila, junto con una botella de agua ya vacía. La excursión le resultó pesada y absurda: su intención era caminar por el campo, por sendas y caminos de tierra, y no por carreteras asfaltadas. No acusaba a nadie de tan fallida excursión. Era muy consciente de que unas veces las cosas salen al gusto de todos, y otras se tuercen. Lo mejor, como siempre, se dijo recordando viejas lecturas, era acomodarse a lo que viniere.

Tenía mucho calor. El sol caía con fuerza sobre el asfalto y sobre su espalda. Aprovechaba la sombra de cualquier árbol para descansar un poco. No obstante, la espera lo ponía nervioso. Reiniciaba la marcha sin apenas haberse recuperado. Conectaba el reloj una y otra vez para ver los kilómetros recorridos desde el inicio de la marcha. Mentalmente calculaba los que le faltaban. En diversas ocasiones habían puesto en entredicho el funcionamiento de su reloj: marcaba menos kilómetros de los recorridos. No hizo caso de los comentarios. Según sus cálculos le faltaban tres kilómetros para llegar al pueblo. De hecho, a su izquierda, ya comenzaban a aparecer granjas con remolques inutilizados y aperos abandonados y oxidados. Junto con los poco convincentes ladridos de algún famélico perro.

La carretera era un meandro de asfalto. Durante el trayecto había estado atento a los coches que se dirigían al pueblo. No pasó ni uno. Sólo dos motos con dos ocupantes cada una. Se giraba cada cierto tiempo en busca de la silueta de su amigo o de un coche. Nada. Sólo cuando se apartó, subiendo por una pequeña rampa que iba a dar a una granja, oyó el motor de una furgoneta. Se giró rápidamente, y vio la silueta del conductor. A nadie más.

El sombrero le daba mucho calor. Se desprendió de él para volver a colocárselo a los pocos segundos. El escaso pelo dejaba pasar los rayos del sol como pasa un río por un dique reventado. En una curva, no muy lejos, vio varias señales de tráfico. Se animó. Caminó hacia ellas. No tardó, pese al cansancio y al calor, en llegar a su altura. Indicaban la moderación de la velocidad, en su caso le pareció un chiste de mal gusto, y el nombre del pueblo. Había llegado. La primera calle de la población era una ligera pendiente. Buscando la sombra de las paredes, comenzó a ascender por ella. No tardó mucho en llegar al parque. A pocos metros de él, recordaba, estaba aparcado el coche.

Antes, en un descanso en la carretera, le había enviado un mensaje a su amigo. Éste tardó un tiempo en contestar.

Se despojó de la mochila dejándola en un banco de madera. El frío sudor de la camiseta le provocó un escalofrío. Sacó la vacía botella, fue a la fuente; y dejando correr el agua durante unos segundos, metió la cabeza debajo del grifo. Luego llenó la botella. Pero esperó a subir las escaleras, y a llegar al banco, donde tenía la mochila, para, sentado, deleitarse bebiendo.

Antes, en un descanso en la carretera, le había enviado un mensaje a su amigo. Éste tardó un tiempo en contestar. Tanto que llegó a pensar que su silencio era una broma.

—Seguro —se dijo— que me está esperando en el pueblo, cuando no en el restaurante con la comida ya sobre la mesa.

Se desengañó con el segundo trago de agua. Sonó el móvil. Un mensaje. Su amigo le decía que no pasaba ningún coche. Llevaba caminando una hora, y esperaba llegar al pueblo dentro de otra: estaba muy cansado, y se iba deteniendo cada pocos pasos.

No había nadie por las calles. Allí mismo, pues, se quitó la sudada camiseta poniéndose otra de repuesto. Negra, con un águila en el pecho, y las consabidas letras de SPQR. Apenas se la puso, pasó una pareja por la calle. Se quedaron mirándolo como se mira a una extrañeza. Inconscientemente se alisó los cuatro pelos de la cabeza.

Le llegó otro mensaje: “Vete a comer al restaurante donde hemos desayunado esta mañana. No me esperes”. “No hay prisa. Ni tengo hambre. Te espero en el parque”, contestó él. “Vete a comer. No me metas presión”, fue la respuesta. “No me atosigues tú a mí. Déjame descansar al aire libre y deleitarme bebiendo agua”. Ya no hubo más mensajes.

Con la botella medio vacía, y un tanto repuesto, vio a una pareja caminando lentamente. Ella llevaba la ropa tan ceñida que todo su cuerpo parecía estar pidiendo permiso para reventar por alguna costura. Él, con pantalones de camuflaje, tiraba de un carrito con un bebé. Le dijeron algo. No lo entendió. Sí comprendió que le daban las gracias. Vueltos de espaldas a él miraron hacia lo alto de una calle. No había nadie. Tan sólo un famélico perro correteando a derecha e izquierda. No lo pensó dos veces. Se levantó como buenamente pudo y se acercó a ellos.

—Perdonen —les dijo—. No oigo muy bien. ¿Me han preguntado algo antes?

—Sí —contestó él—. ¿Dónde está el restaurante?

Lo sabía. Se alegró de poder ser útil. Preguntaban por el restaurante donde había desayunado con su amigo. Les indicó el camino. Estaban muy cerca.

—Pensábamos —le dijo ella con una amplia sonrisa— que era extranjero. Como lleva esa camiseta…

—No. No. Soy del terruño.

Volvió a sentarse en el banco junto a su mochila. Recordó entonces, una vez más, la cruz lobulada clavada en un risco cerca del pantano. La vio hacía pocas horas. Se acercó por curiosidad. En el centro de la cruz, de piedra, había una nota metida en una protección de plástico. Si había escrito un nombre, no lo recordaba. Hacía mención a un hijo y hermano fallecido a los veinte años. Se estremeció.

—Es posible —se dijo— que en una situación de guerra, hambruna, y bestialidades varias, valga la pena estar muerto. Y tal vez morir joven sea una bendición. Pero la vida es lo único que tenemos. Y dados los años de paz y benevolencia de los que disfrutamos, salvo los pobres ucranianos, no creo que sea una enorme suerte morir tan joven. Se estremeció pensando en los desconsolados padres.

Hablaban de la enfermedad y de la muerte muy a menudo. Ambos amigos disfrutaban de aquellas salidas y caminatas de fin de semana. Pero, dada su edad, sabían que tenían los días contados. El recuerdo de las sentidas conversaciones le hizo sentirse mal a los pocos metros de haber dejado al amigo en la fuente, sentado bajo la sombra de unos frondosos árboles.

—No me encuentro bien —le dijo—. Voy a intentar detener a algún coche para que me lleven. ¿Quieres quedarte conmigo o te vas?

—¿Tú crees que te va a parar alguien? ¿En los tiempos que corren? No, no. Yo me voy.

Más de una vez se habían comprometido a no perderse nunca de vista por si alguno de los dos le sucedía algo.

No se lo pensó dos veces. Se ajustó la mochila y se puso a caminar con decisión. No le había gustado nada la excursión de aquella mañana, y deseaba terminar con ella cuanto antes. No obstante, no tardó nada en comenzar a arrepentirse de haber dejado allí a su amigo. Más de una vez se habían comprometido a no perderse nunca de vista por si alguno de los dos le sucedía algo: un desmayo, una caída… Por si eso fuera poco, la cruz lobulada, clavada en un pequeño montículo, a pocos metros del agua, no lo abandonaba.

Sentado en el banco de madera, tuvo fuertes tentaciones de volver a desandar el camino e ir en busca de su amigo. Su comportamiento le pareció de una enorme deslealtad. Si de verdad tenía ganas de caminar, se debía haber esperado con él hasta que algún coche lo recogiera. Él podía haber seguido caminando sin problemas. Intentó levantarse, y redimir su culpa, pero las piernas se negaban a volver a caminar. Y otra vez la cruz lobulada. Sí, sentía pena por el chico de veinte años. Pero más, mucho más, por los padres. Ver morir a un hijo debe ser lo más terrible de esta vida. Y más, mucho más, si es en una maldita guerra.

—La suerte de la cruz, y de la familia, es que está, la primera, en un lugar apartado, no a la vista, así que ningún descerebrado se entretendrá en romperla o llenarla de pinturas degradantes.

—Tengo que volver —se dijo sin mucha convicción y sin hacer amago de levantarse.

Y entonces un coche se detuvo a su altura. Lo habían cogido. Una familia. Lo sentaron delante. Y de ahí bajó con cara de cansancio. Caminando en buena armonía se fueron hacia el coche iniciando, enseguida, la autocrítica del día por parte de los dos.

—Aprendamos de nuestros errores —fue la sentencia de uno y el reconocimiento del otro.

—Nada de carreteras asfaltadas, y menos perdernos de vista el uno al otro.

Sentados en el restaurante esperaron pacientemente a que les sirvieran la comida.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Juvenal, Sátiras. Alianza Editorial, Madrid, 2010. Traducción de Francisco Socas.
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