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Conferenciante

jueves 20 de julio de 2023
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Luciano de Samósata
Le recomiendo que se lea los Diálogos de los muertos de Luciano de Samósata. Como mínimo pasará un rato agradable.
Y tú, Hermes, te cuidarás desde ahora de no admitir a nadie que no se haya despojado de todo y, como dije, que no haya abandonado el equipaje.1
Luciano de Samósata, Diálogos de los muertos, X, Caronte, Hermes y varios muertos.

Ni necesitaba ni necesito comer. Es otra de las grandes ventajas de no pertenecer a este mundo. O de no hacerlo totalmente, pues releyendo la obra de Luciano, siempre tan sugerente como divertida, me percaté de que, tal vez, no hubiera abandonado del todo mi equipaje. Quizás por eso sentía un poco de melancolía por el mundo de los vivos. Hermes fue un tanto descuidado aquel día, o aquella negra noche, es indiscutible: algunos cuantos pasamos por sus manos sin haber sufrido ningún exhaustivo examen. Hermes, desde luego, no hubiese aprobado las oposiciones como guardián de ningún aeropuerto. Pero es un buen chico.

Como iba diciendo ni tenía, ni tengo, necesidad de comer. No obstante, siempre me ha gustado mucho entrar en los restaurantes y prestar oído a las conversaciones de los comensales. No lo podía hacer antes, debido a la dureza de mi oído. Ahora, por el contrario, oigo hasta cuando una hoja se desprende de la rama de su árbol. Es una bendición y un castigo.

Entré en un restaurante modesto, limpio y con un apetecible menú. Las fragancias de su cocina hubieran despertado a un muerto. Y allí estaba yo. El restaurante está justo al lado de un instituto de enseñanza secundaria. En el centro del local habían unido dos mesas. Ocupadas por siete u ocho comensales. Hombres y mujeres. Jóvenes. Sostenían entre ellos una animada conversación: unos se quejaban de unos cargos, jefe de estudios; otros de la dirección, y los de más allá de los jefes de departamento y de los padres de los alumnos. Nada nuevo. Me senté no muy lejos de tan animada gente. Y esperando a la bella camarera, y disimulando mi interés por la conversación, saqué de mi breve mochila el libro de Luciano.

Siempre se me olvida el necio desprecio actual, hijo de la ignorancia, por las lenguas muertas, como las llaman los vivos del mundo del momento.

Siempre se me olvida el necio desprecio actual, hijo de la ignorancia, por las lenguas muertas, como las llaman los vivos del mundo del momento. Olvidado ese hecho, el libro de Luciano siempre va conmigo. Está editado en griego, tal como él lo escribiera. Cuando me sirvieron el primer plato, dejé el volumen a mi lado, con la cubierta mirando al techo. Dio la casualidad de que una de las profesoras se levantó entonces para ir al servicio. Pasó por mi lado y vio el volumen. Reaccionó como si se le hubiese aparecido un fantasma de la época de Pericles:

—¡Ostras! —exclamó—. ¿No me diga que lee en griego?

Para asegurarse, y sin encomendarse ni a Zeus ni a Radamantis, cogió el libro y lo hojeó rápidamente.

—Pues sí —siguió sorprendida—, está en griego. Sin traducción. No es bilingüe…

Y fue entonces cuando se percató de su reacción.

—¡Ay! —dijo—, perdóneme. Le he debido de parecer una maleducada metomentodo.

—No se preocupe —le respondí con la mejor de mis sonrisas—, No imaginaba que leer en griego llamara tanto la atención.

—Y esto, ¿de verdad lo entiende? —preguntó blandiendo el libro como si fuera la prueba definitiva de un crimen.

—Si le apetece tomarse un café conmigo, le traduzco las partes que usted me señale.

No se hizo de rogar. Le traduje cuanto quiso. Eso sí, le mentí en cuando me preguntó dónde y con quién había estudiado. Y no quise enamorarme por razones obvias, que distan mucho de si ella era mozuela o tenía marido.

Era una chica bastante lanzada. Me hizo gracia su comportamiento. Sus compañeros, un tanto atónitos, la apremiaron: tenían una importante reunión. No se despidió sin antes pedirme mi número de teléfono. Me inventé un número. Y luego me hice con un aparato, móvil o celular, según hablen tirios o troyanos, al cual se lo incrusté. Funcionó de maravilla: me llamó esa misma noche. Me propuso ir a su instituto, durante la semana cultural, para hablar de la importancia de las humanidades, del griego y del latín. Acepté de mil amores. Máxime cuando la propuesta fue seguida de una invitación a comer a fin de fijar los puntos de la conferencia. Le ofrecí entonces hablar de las humanidades, pero oblicuamente. Pareció desanimarse. Aun así me preguntó qué tenía pensado.

—Hablar sobre una palabra, la filantropía. Y de ahí nos iremos a la mitología, y de la mitología a la etimología —dije todo esto para tratar de animarla. No lo conseguí del todo, pero aceptó mi propuesta.

Nunca me había sentado frente a tantas personas. El salón de actos estaba a rebosar. Alumnos y profesores parecían muy vivos e interesados. Mi querida amiga, y presentadora, había extendido por el instituto la rareza de haberse encontrado con una persona que leía y entendía el griego clásico. Lo demostré recitando de memoria, marcando el ritmo con el puño, los primeros versos de la Ilíada. Silencio sepulcral. Me encanta la frase.

¿Hizo bien Zeus en castigar la filantropía de Prometeo por robar el fuego y la de Asklepio por resucitar a los muertos?

Acabada la captatio benevolontiae comencé a hablar. Fue una conferencia muy breve. Me interesaba mucho más conocer la opinión de ellos. La mía la sabía de sobras. Así pues, al final, tras contar dos mitos, aspectos no muy conocidos de los mismos, lancé una pregunta: “¿Hizo bien Zeus en castigar la filantropía de Prometeo por robar el fuego y la de Asklepio por resucitar a los muertos?”. Y nunca hiciera tal: empezaron a hablar todos al mismo tiempo: el de la derecha con el de la izquierda, el del final con el del principio, y los del medio con quien quería prestarles algo de atención. Ni en el ágora de Atenas a la hora del mercado había tal algarabía. Fue mi querida anfitriona quien puso algo de orden en aquel alboroto de mil demonios. Lo hizo elevando la voz a través del micrófono o haciéndole emitir a éste unos chirridos horribles. Aplacados los ánimos, aproveché para lanzar una leve ironía:

—Demostremos que somos gente culta y amable, y hablemos uno después de otro, por favor. Primero Antígona y luego Creonte. Si hablan los dos al mismo tiempo, el espectador no se entera de nada. Es cuanto lo está sucediendo a este su humilde espectador.

—Yo creo —dijo un profesor a quien mi anfitriona le concedió la palabra— que Zeus hizo bien en castigar a Asklepio, pero mal en hacer lo mismo con Prometeo. No tiene sentido —continuó— resucitar a los muertos, pues es hacerlos caer en un bucle de muerte y resurrección. En cambio, gracias a Prometeo, el hombre adquirió las técnicas y, por así decirlo, se hizo persona.

Pidió la palabra una señora mayor, armada con unos gruesos cristales. Se la concedió.

—La verdadera filantropía —dijo con un tono de persona docta y sabia— está en hacer el bien, como Prometeo, sin esperar ninguna recompensa. Y este señor lo hizo. Por otra parte, resucitar a los muertos, al menos en los casos que conozco, no es sino pura propaganda del mago en cuestión.

—¡Está claro —gritó alguien a quien nadie le había dado la palabra— que esta señora no desperdicia ocasión para atacarnos! Resucitar a los muertos no es vanidad ni propaganda: es la manifestación de un poder, un signo, una señal. No todos pueden hacerlo.

—Por supuesto —le contestó la otra señora con toda la calma del mundo—. No todos tienen ese poder, inútil por lo demás. Pues, como ha dicho antes el compañero, o llegamos a la inmortalidad, o resucitar y morir, y volverlo a hacer una y mil veces, es una solemne tontería.

—Eso dependerá de la grandeza de tus miras, bien pequeña como es sabido.

—Sí, tienes razón: soy de mente muy limitada. Y no me cabe en la cabeza, y tal vez me lo puedas explicar tú, por qué nadie le preguntó a Lázaro, por ejemplo, qué había visto, o dónde había estado, mientras estuvo muerto, cuatro días si no voy errada.

—¡Otra vez con la misma!

—Sí, hija —respondió la otra señora con un tantico de sorna—: soy muy dura de corazón y arderé en las llamas del infierno.

Los murmullos, iniciados hacía ya unos segundos, comenzaron a elevarse de tono. Mi compañera de mesa, entonces, volvió a darle al micrófono provocando agudos chirridos. Cuando logró acallar al público dijo que se estaba perdiendo una gran oportunidad no dejándome hablar a mí. Alguien preguntó, aprovechando la ocasión, por mi opinión al respecto. No me resultó difícil salirme de rositas, como dicen ellos.

Desconocemos una gran parte de la religión griega. Ignoramos en qué consistían los misterios órficos y eleusinos.

—Como ustedes saben —dije utilizando un tono solemne, casi de catedrático—, desconocemos una gran parte de la religión griega. Ignoramos en qué consistían los misterios órficos y eleusinos. Es así porque los iniciados juraban no contar ni decir nada de cuanto allí pasaba. Tal vez los muertos, cuando vuelven a la vida, están sujetos al mismo juramento.

—Muy hábil —contestó un profesor a quien sí se le dio la palabra—. Pero eso, a mi parecer, se debe a las limitaciones de la mente humana, no al imposible resucitado. Además, todo esto no es sino una fábula: sabe perfectamente que Odiseo no cuenta nada del mundo del más allá, nada, al menos, nuevo y sabido. Tampoco lo hace Dante en su Comedia. Y menos Lázaro. Éste no dice ni mu. ¿Qué puede decir al respecto?

—Que se le ha olvidado a usted mentar a Luciano el Samósata. Tal vez no le sirvan de nada, pero le recomiendo que se lea sus Diálogos de los muertos. Como mínimo pasará un rato agradable.

—No es ese el problema —me contestó un tanto decepcionado.

—Lo sé. Pero yo también soy de mente muy limitada. Puedo decirle, y no sé más —añadí aguantándome la risa—, que hay un mundo de los muertos y otro de los vivos. Y, como dijo mi querida amiga Antígona, estaremos más tiempo con aquéllos que con éstos. Toda una eternidad.

Las palabras de Antígona, para cerrar, las recité en griego, tal como las escribiera Sófocles, marcando el ritmo golpeando con el dedo índice sobre la mesa. El auditorio enmudeció. Pasmado. Y, así, en silencio me fui pensando que había defraudado a mi querida profesora. Otra vez será. Cuando salí del instituto, tiré el teléfono a una alcantarilla. Dudé entonces entre dirigirme a Ampurias o a Itálica.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Luciano de Samósata, Diálogos de los dioses, diálogos de los muertos, diálogos marinos, diálogos de cortesanas. Alianza Editorial, Madrid, 1987. Traducción de Juan Zaragoza Botella.
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