XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

El sofista

jueves 27 de julio de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!
El sofista, por Vicente Adelantado Soriano
Soy más partidario de no hacer nada, de dejar que todo vaya de mal en peor. Así, sin duda, dentro de poco todo este puñetero mundo desaparecerá.
En el terreno crítico, los sofistas son los primeros en dedicarse a una crítica radical de todas las creencias en nombre de una razón metódica y exigente. Son los primeros en tratar de pensar el mundo y la vida en función del hombre solitario.1
Jacqueline de Romilly, Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles.

—Si usted hubiera sido un griego de aquella época —me preguntó a bocajarro—, ¿se hubiera iniciado en los misterios de Eleusis o en los órficos?

—¿Qué quiere que le diga? No lo sé. Seguramente no. Soy muy escéptico en estas cosas. Tal vez en otros ámbitos y en otras épocas también lo hubiera sido.

—Sería interesante —me respondió— conocer la opinión de alguna persona de aquellos siglos, y saber por qué se iniciaban o dejaban de hacerlo, ¿no le parece?

—Mire, el hombre, desde su triste aparición sobre la tierra, ha cambiado muy poco. Si tanto le interesa el tema, indague por qué mucha gente de hoy en día es creyente, y asiste a ritos, y reza, y todo eso. O se apunta a sectas.

Muchas personas, me parece, ni saben por qué practican esta o la otra religión.

—De las sectas mejor no hablar. Muchas personas, me parece, ni saben por qué practican esta o la otra religión. Así lo he pensado en más de una ocasión. La han aceptado, por darle un nombre a su postura, de la misma forma que han aceptado su lengua: sin pensar y sin tener más opciones.

—Pues entonces no me parece nada interesante el asunto. Es como indagar por qué un francés habla el francés… Ahora bien, una vez el hombre crece y se desarrolla, puede cambiar de lengua, de país y, por supuesto, de religión.

—No es tan fácil. Los cambios no son fáciles.

—Por eso cada uno, descontento o atemorizado, se coge a lo que puede, religión, psiquiatra, misterios, sectas… El hombre se ha caracterizado siempre por una terrible contradicción, vamos a dejarlo ahí: el miedo a la muerte, y la atracción por la guerra. Siempre hay conflictos bélicos en un lugar u otro. Y claro, teniendo en cuenta a los sofistas, la guerra es mala para quien muere en ella, pero es buena para los armeros y los enterradores. Igual sucede con la religión. Y si, además, ésta supone un bálsamo para la triste vida…

—Sí. Eso es cierto. Una vez —me respondió sin mucha lógica— un alumno le preguntó a su maestro qué oficio debía escoger para tener trabajo. “Médico o enterrador”, le respondió el maestro. “Así nunca te faltará trabajo. Haya paz o haya guerra”. Y el alumno se hizo médico. Ahora bien, sigo sin hallar la respuesta adecuada: ¿qué buscaban los iniciados en los misterios de Eleusis o en los órficos?

—Quizás perder el miedo a la muerte. ¿No prometen todas las religiones un premio en el más allá? ¿Un algo mejor? Una vida eterna llena de paz y de felicidad. Felices quienes se consuelan de tal modo. No puedo hablar de eso porque no lo conozco. Y, además, es imposible conocerlo… Es curioso —añadí— que los humanos, siempre, en todo momento y época, hayan temido aquello que es inevitable, la muerte. Quizás en los misterios los preparaban para aceptarla. Los ritos eran secretos. Y al parecer, en la iniciación se vivía una experiencia, una visión; no había enseñanza teórica. Tal vez ensayaran la muerte. Así, cuando ésta llegaba de verdad, ya estaban preparados, con la lección aprendida. Cada uno, por lo tanto, sabía a qué atenerse. Y, seguramente, confiaban en resucitar, o salir del inframundo, como lo hacían Perséfone, Dioniso, o la espiga que brota de una semilla.

—¿Se creían eso de verdad? ¿Tan grande es el temor a morir, a desaparecer? Sí, puede ser. Yo también lo he pensado a menudo. Es duro aceptar, al menos para algunas personas, que la vida no tiene sentido. ¿Lo tiene? Nacemos, morimos, desaparecemos… ¿Así de sencillo? ¿Nada más? ¿Qué opina usted?

—Sí. Seguramente. Desaparecemos sin más. Por lo tanto, ni premio ni castigo en el más allá. Así que ojo a quien le vota.

—No politicemos la conversación. Dejémoslo estar.

—No era mi intención. Era una broma. Mejor debería haberle advertido de ojo con quién se relaciona. No obstante —añadí sonriendo—, y ahora que está tan de moda, le diré que esos misterios, más los pitagóricos, fueron los primeros feministas del mundo. Los primeros en considerar igual a los dos sexos.

—¿Qué dice? ¿Me está tomando el pelo?

Si un pitagórico no come carne porque el alma de su padre puede haber ido a alojarse en el cuerpo de una vaca, también la de su madre puede estar en la de un buey.

—No, señor. En absoluto. Usted conocerá, sin duda, la teoría de la metempsicosis. O transmigración de las almas. Pues bien, si un pitagórico no come carne porque el alma de su padre puede haber ido a alojarse en el cuerpo de una vaca, también la de su madre puede estar en la de un buey. Por lo tanto, hombres y mujeres son iguales, al menos en esto de la metempsicosis. Y los esclavos.

—Me parece un poco traído por los pelos, la verdad. Al menos no creo que eso influyera mucho en el trato dado a las mujeres en la época clásica.

—Tampoco triunfaron los vegetarianos. Un argumento, como demostraron los sofistas, siempre tiene su contraargumento: así cuando nos comemos una vaca o cualquier animal, por regla general está muerto. Y si está muerto, no tiene alma. Por lo tanto ni me como a mi padre, ni a mi madre ni a ningún familiar más o menos próximo.

—Claro. Tienen razón. El alma de la vaca ya no está en ella. Un cadáver no tiene alma. ¿Cómo no cayeron en esa contradicción?

—No hay contradicción. Si mata a la vaca, es posible que esté matando a su padre. Lo de comérselo cuando está muerto es posterior.

—¿Trataron de sacralizar una forma de ser o de comer? ¿La sangre como signo de barbarie? También rechazarían las guerras.

—Es posible. Tampoco lograron acabar con ellas. Una teoría más. Palabras y más palabras. Estamos hechos de palabras. Nos construimos y destruimos con palabras. Y con ellas buscamos arrimar el ascua a nuestra sardina. Sí, de vez en cuando aparece algún filántropo, algún Prometeo, alguien en busca, dice, del bien o de la verdad. Pero a éste también le puede nacer el contrario, Zeus. Y el contrario también busca su bien. Y tal vez ese bien está contrapuesto al otro. ¿Con cuál nos quedamos?

—Muy sencillo: con quien beneficie a la mayoría, con el que no aparte a nadie de nada… Vive y deja vivir. Si son felices no comiendo carne, ¿por qué se lo vamos a impedir?

—No hay razón para hacerlo, desde luego. Máxime cuando no atentan contra la ciudad, la religión, ni el gobierno, ni nada.

—Los carniceros, los toreros, matarifes y ganaderos pueden protestar.

—Mientras sean una minoría, y no traten de imponer sus ideas, los tolerarán. Otra cosa es cuando se declaran ecologistas y claman por eliminar esto o aquello y lo de más allá.

—Han hecho algunas necedades esos chicos. Como la de arrojar pintura sobre cuadros en algún museo. No obstante, está bien que de vez en cuando aparezcan voces críticas, ¿no le parece?

—Tal vez. Ahora bien, yo soy más partidario de no hacer nada, de dejar que todo vaya de mal en peor. Así, sin duda, dentro de poco todo este puñetero mundo desaparecerá. Como ese submarino que ha explotado en el fondo del mar. Y aquí paz y allá gloria.

—¿Está hablando en serio?

Desaparecido Pericles —dije soñador— esto se ha convertido en una jaula de grillos.

—Sí. Por supuesto. Y además estoy constatando cuanto sucede y acaece en la vía pública. Piense en los presidentes de gobierno que hay por ahí. Han sido elegidos democráticamente, ¿no? Desaparecido Pericles —dije soñador— esto se ha convertido en una jaula de grillos: cada uno de ellos busca su propio interés y el de los allegados, como Zeus frente a Prometeo. La gente, además, no sabe ni lo que quiere. Vive al dictado. Sigue consignas sin pensar mucho.

—¿Falta de cultura o de preparación?

—No lo sé. Tampoco importa. Además, uno puede ser un filósofo de tomo y lomo y estar a favor de la esclavitud o de cualquier otra forma de represión.

—¿Entonces el hombre está condenado a la desaparición como quiere usted?

—Sí. Tardará más o menos, pero sí. Gracias a los dioses estamos condenados a desaparecer. El hombre ha sido un invento fallido. Y los dioses, pese a nuestra inestimable ayuda, están tardando mucho tiempo en percatarse de ello. No son muy inteligentes.

—¿Y si alguien aleccionara a las personas?

—Prefieren ver las luchas de gladiadores a una obra de teatro. Olvídese.

Y llegados a una estación, una de tantas, se detuvo el tren y se despidió. Me contó que se había acercado a mí porque me vio, en la sala de espera, leyendo. Le llamó la atención que fuera yo la única persona de entre todos los viajeros que tenía un libro en las manos. El resto pasaba su tiempo con móviles y aparatos similares. No le di más importancia. Nos despedimos. El tren se puso en marcha de nuevo. Abrí un libro. Luego lo cerré y me sumí en largas ensoñaciones. Sí, algún día se terminaría esto, y dejaría de vagar por ahí. De nada había valido pretender, así lo hicieron aquellos viejos sofistas, un mundo sin la ayuda de los dioses. No pueden pasar sin ellos. Mudan las formas, pero no su esencia. Y el común de los mortales los adora. Me dormí.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

Notas

  1. Jacqueline de Romilly, Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles, Editorial Gredos, Barcelona, 2023. Traducción de Pilar Giralt Corina.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio