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Incógnitas

jueves 25 de enero de 2024
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Marco Aurelio
Que el emperador Marco Aurelio comience sus Meditaciones reconociendo su deuda con padres, abuelos, maestros tutores y demás, no es determinismo. Creo yo.
La sencillez es maestra de la sabiduría y maestra de la verdad.efn_note]Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, Alianza Editorial. Madrid, 2021. Traducción de Alberto Bernabé.[/efn_note]
Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana.

Cualquier excusa es buena para plantear una duda o hablar con un amigo, si al amigo no le molesta. No obstante, con los recursos actuales, y no hablemos de la traída inteligencia artificial, casi no hace falta consultar o dialogar con ninguna persona, amiga o desconocida. Sobra con conectar un ordenador, escribir la duda o petición y esperar la respuesta, o respuestas, de la máquina. Tan complejas, a veces, como completas. Evidentemente, se mire como se mire, esto es una ventaja. No obstante, sea por edad o por educación, echaba de menos la consulta personal. Ante un amago de duda, y con ganas de hablar, bajé a visitar a mi querido vecino, un gran amante de la literatura, entre otras cosas.

—¿Qué es el determinismo? —le pregunté en cuanto nos sentamos ante la mesa, con la amigable botella de vino y las dos copas de fino cristal.

—¿No tiene nada más sencillo para hoy? —me contestó sonriendo.

—No necesito grandes explicaciones —repliqué sonriendo también—. Anoche leí —añadí justificándome— una biografía de Marco Aurelio, el emperador filósofo. Romano y culto. Su famoso libro, Meditaciones para mí mismo, lo escribió en griego.

—¿Era el emperador estoico?

—Sí. Podemos definirlo así, aunque cabrían muchos matices, pero no vienen al caso.

Deseando saber más francés del necesario para comprar pan o cebollas, me fui a una librería donde me hice con un par de libros. No sé por qué, me llevé uno de Maupassant y otro de Zola.

—¿Y qué relación tiene ese emperador, o ve usted, entre él y el determinismo?

—Eso es lo que quiero que usted me aclare. Quizás todo no sea, en el fondo, sino una mala pasada de mi mente. Mostrándome, como siempre, que soy un pozo de ignorancia. Verá, yo de joven también estuve en París. Bastante tiempo. Allí, deseando saber más francés del necesario para comprar pan o cebollas, me fui a una librería donde me hice con un par de libros. No sé por qué, me llevé uno de Maupassant y otro de Zola. A este último le dediqué todo mi tiempo parisino.

—Ya —exclamó contento—. Comienzo a ver por dónde van los tiros.

—Como hemos dicho muchas veces —proseguí— la vida es muy corta. Imposible, pues, saberlo todo o leerlo todo. No seguí indagando sobre Zola, ni leí más obras suyas.

—Desde luego. Tiene toda la razón del mundo: la vida es muy corta.

—El libro no lo conservo. Lo presté, y lo perdí, como suele suceder. Pero recuerdo, tal vez equivocándome, el largo prólogo. En él se hablaba del naturalismo y del determinismo.

—Querido amigo: Zola era un buen publicista, amén de un gran novelista. Y vendió como naturalismo lo que no es otra cosa que una forma de escribir, realismo. Así lo veo yo.

—Sí, pero siempre he oído decir, y así lo recuerdo de la lectura de aquel prólogo, que en el naturalismo se defendía que los personajes son como son por ser hijos de tales padres, por regla general tarados, prostitutas, borrachos y demás. De ahí, según esa teoría, no podía salir nada bueno. Y eso explica su maldad o necedad.

—¿Acaso no es así en algunos casos? Si usted margina a un grupo de personas en chabolas sin higiene, sin trabajo, escuelas, médicos, luz, ni nada similar, ¿qué cree que saldrá de semejante lugar? Creo recordar que fue un político español quien dijo esto o algo parecido: si queréis hacer a los españoles conservadores, dadles cosas que conservar: el seiscientos y la televisión.

—Pan y circo. Nada nuevo. Es decir, somos movidos cual marionetas.

—Nos podemos consolar pensando en la existencia del libre albedrío, y que el hombre ha sido dotado de él. No obstante, debe de ser muy frágil, pues es muy fácil de quebrar. Al menos en muchas ocasiones.

—Tendemos a la comodidad, al menor esfuerzo posible. Es muy cómodo dejarse llevar. Pero eso, como todo en esta vida, tiene un precio. Ya se sabe: los dioses no regalan nada. Y además, lo quieran o no, somos conscientes de ello, de nuestra pereza y de nuestra indiferencia.

Que el emperador comience sus Meditaciones reconociendo su deuda con padres, abuelos, maestros tutores y demás, no es determinismo.

—Ya me he perdido —dijo en tanto llenaba las copas de nuevo—. Volvamos al principio: ¿qué tiene que ver todo esto con el determinismo? ¿Cuál es el problema?

—Verá —comencé a explicar—, cada día me interesa más y más el movimiento de la mente, la memoria, sus idas y venidas. Otro tema a estudiar… Estaba leyendo las primeras líneas del primer libro de Meditaciones, de Marco Aurelio, tras haber leído su biografía, cuando me ha asaltado el recuerdo de la lectura de aquel libro de Zola. Lo he rechazado. Que el emperador comience sus Meditaciones reconociendo su deuda con padres, abuelos, maestros tutores y demás, no es determinismo. Creo yo. Sí, entre unos y otros lo hicieron como es o como fue. Pero también él escogió de cada uno lo que quiso. Lo mejor, desde luego.

—Entonces resolvió el problema usted mismo. No hay determinismo. No existe. Existe, por el contrario, el libre albedrío.

—En esta primera parte, sí, así es. Pero surgió luego el verdadero problema. Marco Aurelio trató de vivir de acuerdo con las enseñanzas recibidas. Las podíamos resumir en probidad, equidad, dulzura… En fin, en humanismo, si usted quiere. En todas las cualidades buenas que deberían adornar a una persona: respeto a los mayores, a las leyes, estudio, sencillez, huir de las polémicas y de la palabrería…

—Imagino que, dado su cargo, emperador, sería difícil para él seguir esas normas o principios.

—Sí. Yo también lo he pensado. Compaginar eso con la guerra, a Marco Aurelio debió de costarle más de un disgusto. Salvo que pensemos que los otros eran unos bárbaros, y él estaba obligado a preservar el imperio.

—Siempre hay justificaciones para todo. Y de eso no se libra ni el sabio más sabio, ¿no cree?

—Podía haber renunciado al trono, haber abdicado, y vivir de acuerdo con sus pensamientos. Pero no lo hizo. Aceptó el cargo y lo llevó con total dignidad. Trató de compaginar la filosofía con el imperio, con el mando. Y no le fue mal. Consiguió paz y prosperidad para Roma. Contuvo a los bárbaros en las fronteras. Pero murió. Y aquí surge el problema: dejó un heredero, a su hijo Cómodo, el reverso de la moneda.

—A veces los hijos son lo contrario que los padres. De un padre amante de la música clásica, por ejemplo, le puede salir un rockero o un Napoleón afirmando que la música es un ruido insoportable.

—Pues eso sucedió. A Cómodo, al contrario que a Marco Aurelio, le encantaban los gladiadores, las luchas, las guerras, los burdos placeres, el desenfreno y todo aquello de lo que huía su progenitor. Los romanos del momento no entendían que de semejante padre hubiera nacido semejante bestia. Buscaron explicaciones, por supuesto. Y aquí salta el determinismo. Pensaron, a fin de explicarse el comportamiento del heredero, que éste, en realidad, no era hijo del llorado emperador. No podía serlo con tales comportamientos. Contaron entonces que su madre, la emperatriz Faustina, le fue infiel a su marido. Con un gladiador, por supuesto. Y Cómodo es, en consecuencia, hijo de un gladiador que no del filósofo que siempre buscó la ecuanimidad en todo. Y de una mujer infiel: ahí tiene el determinismo, según recuerdo.

En el fondo es muy sencillo: la vida no es lógica. O sigue una lógica distinta a la esperada.

—Como ya le he dicho al principio, Zola vendió muy bien sus novelas. Con aquello del naturalismo. Pero Zola no era tonto: sus personajes están muy bien descritos. Y se mueven como personajes de novela, no como marionetas. Fue mal interpretado, así lo he pensado siempre, por doña Emilia Pardo Bazán, cuyas novelas no le llegan a Zola ni a la altura del betún, y por Pérez Galdós. Éste, por supuesto, se separó de ese movimiento, seguido también por Blasco Ibáñez… Pero todo esto nos aleja de nuestra discusión. En el fondo es muy sencillo: la vida no es lógica. O sigue una lógica distinta a la esperada. Una lógica llena de sorpresas… Es como una bola de billar: usted quiere mandarla a un lugar, pero ella, al chocar con otras, sigue un derrotero distinto. Y eso no es determinismo. Creo yo. La bola, además, no tiene voluntad. El hombre sí, por necio que sea.

—No lo sé. Está claro que de unos padres virtuosos pueden nacer hijos viciosos. Dos hermanos, nacidos del mismo padre y de la misma madre, no tienen por qué ser iguales. Y de hecho no lo son.

—Entonces, querido amigo, admitamos que existe el libre albedrío, y que Cómodo se hizo tal y como quiso ser. El Napoleón de la música. Y en el fondo, queramos o no, todos escogemos. El no escoger, dejarse llevar, también es una opción. No hay determinismo que valga. Aunque, debemos reconocerlo, hay situaciones muy peliagudas, los barrios marginales y todo lo demás. Es muy difícil salir de ahí. Casi imposible.

—Sí. En el fondo tal vez todo sea más sencillo de cuanto pensamos o imaginamos. Y el mito de Protágoras tiene razón: Prometeo y su hermano nos dotaron a todos de la concepción del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto… Luego, cada uno hace de su capa un sayo.

—Eso me parece a mí —dijo apurando el último sorbo de su copa—. Tenemos un cierto margen, peligroso, de libertad. Y cada uno la utiliza como le viene en gana. No hay más, salvo excepciones.

—Menos mal que tenemos el vino para consolarnos. No sé por qué digo esto, pero me he puesto triste.

—La vida misma.

Vicente Adelantado Soriano
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