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Un inesperado regalo

jueves 1 de febrero de 2024
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Un inesperado regalo, por Vicente Adelantado Soriano
Por primera vez desde que nos conocemos la botella de vino permaneció casi intacta.
Hay que vivir con la gente más apacible y complaciente y la menos angustiada y puntillosa; las costumbres las tomamos de los que conviven con nosotros y lo mismo que ciertas tareas se transmiten por el contacto físico, así el espíritu contagia sus males a sus vecinos.1
Séneca, Sobre la ira.

Estaba saliendo de la ducha, tras una intensa mañana de trabajo, cuando sonó el móvil. Era mi vecino. Me invitaba a tomar una copa de vino, y unos tacos de queso, para abrir el apetito. Bajé a su casa diciéndole que no podía demorarme mucho, pues por la tarde, y a primera hora, debía volver al instituto. Fue una reunión breve. La brevedad trajo consigo una agridulce sorpresa. La acepté no de muy buena gana. Aunque, pensándolo luego detenidamente, me pareció lógica. Tal vez haga yo lo mismo cuando me llegue el momento.

—Esta mañana —dijo sirviendo el vino— me he acordado de usted. Se hubiera reído de estar allí conmigo oyendo mi ocurrencia.

—¿Qué ha sucedido? —pregunté un tanto intrigado.

El banco últimamente parece unos grandes almacenes: va allí a ingresar dinero y sale con la cocina renovada o con un coche o un reloj nuevo.

—Me han llamado del banco donde tengo mis ahorros. Hace años me hice un plan de jubilación, he ido invirtiendo dinero por aquí y por allá, pocas cantidades. De vez en cuando me llaman para renovar cuentas y cuentos.

—¿No tendrá problemas económicos? —le pregunté un tanto sorprendido—. Sabe que puedo echarle una mano…

—No. En absoluto. No tengo ningún problema. De hecho, la señora o señorita que me ha atendido, tras la renovación de inversiones y demás, ha comenzado a ofrecerme coches, aspiradores, móviles… Oiga, el banco últimamente parece unos grandes almacenes: va allí a ingresar dinero y sale con la cocina renovada o con un coche o un reloj nuevo.

—Seguramente lo hacen así —dije sonriendo— porque ganan poco dinero. Necesitan más para mantener los motores económicos de esta sociedad. ¿Y qué se ha comprado?

—¡Nada! —exclamó como si lo hubiera ofendido—. Pero ante la avalancha de cosas, fotocopiadas en blanco y negro, ofrecidas por la señora o señorita del banco, me he acordado de usted. Y, con la mejor de mis sonrisas, le he dicho a la señora o señorita, que no me interesaba nada de cuanto me estaba ofreciendo. Ahora bien, estaría interesado en llevarme un montón de libros si, por casualidad, éstos estuvieran escritos en latín o en griego.

—¡Qué ocurrencias tiene usted! —dije riendo de buena gana.

—Tenía que haber visto la cara de la señorita en cuestión: por un momento, así lo he leído en todo su cuerpo, ha creído que me estaba burlando de ella, o que estoy loco. Me he apresurado a disculparme diciéndole que era una broma de un anciano, y que no se enfadara.

—Habrá respirado tranquila la buena mujer.

—Sí —afirmó sonriendo—. Ha sentido un enorme alivio. Pero entonces se me ha ocurrido a mí preguntarle algo que me viene rondando por la cabeza hace tiempo. Me gustaría consultarlo con usted antes de hacer nada.

—Le advierto que yo de números no tengo ni idea. Hasta cuando voy al mercado a comprar patatas y chorizos tengo problemas con el cambio… Me marean las monedas y las cuentas. Me sacan de quicio. Por eso prefiero pagar con tarjeta.

—No es necesario saber nada de contabilidad para solucionar mi problema.

—Si es un problema filosófico o filológico estaré encantado de ayudarle en cuanto pueda. Tampoco será mucho.

—Es más sencillo y simple. Solamente tiene que dar su consentimiento. Y firmar un par de papeles, o, tal vez, ni eso.

—Me está intrigando.

No estoy enfermo, ni me sucede nada grave. Pero es innegable que soy mayor. No viviré ya muchos años.

—Nada más lejos de mi intención. No se asuste. No estoy enfermo, ni me sucede nada grave. Pero es innegable que soy mayor. No viviré ya muchos años. Y en el banco tengo una buena cantidad. No me gustaría nada que se quedara con ella o bien el banco o bien el gobierno. Ya se puede imaginar por dónde van los tiros.

Sí, comenzaba a adivinarlo. El corazón me latió con fuerza, y puse una primera objeción:

—¿Pero usted no tiene un hijo? ¿No tiene familiares?

—Sí, tengo un hijo al que no veo desde la creación del mundo, poco más o menos. Y familiares, no, no los tengo. Además, como hemos dicho en alguna ocasión, eso de la sangre y las morcillas, más el cariño y la estima, por provenir todos del mismo patriarca, es un mito. Una mentira más. Yo, como usted, creo, soy y he sido más de amigos que de familiares.

—Lo comprendo. Y sí, estoy de acuerdo con usted. Yo tengo pocos y buenos amigos, y algunos parientes muy lejanos.

—Pues eso. Mis amigos, salvo usted, son de mi edad, o más viejos. No tiene sentido dejarles el dinero a ellos. Por lo tanto he pensado hacerle una transferencia a usted. Y hacerlo de forma, de eso me ha informado la señorita del banco, que la operación no nos salga a pagar a ninguno de los dos.

—Me deja usted sin palabras. No sé qué decirle.

—Pues no diga nada. Al fin y al cabo, y por desgracia, no va a poder dejarse el trabajo. Al menos por ahora. Eso sí, vivirá un poco más desahogado y podrá hacer unos cuantos viajes de largo recorrido. O darse algunos caprichos.

—Bueno, ¿y si le pasa a usted algo?

—¿Qué me va a pasar? ¿Un ataque, un ictus que dicen ahora, una última enfermedad? Para eso está la seguridad social. Y esperemos que el ictus me ataque antes de que nuestros honrados y queridos políticos acaben con la seguridad social y con todo tipo de avances. Ente ellos y la sequía, avanzamos a pasos de gigante hacia la prehistoria. Si nos olvidamos de la inteligencia artificial, claro —concluyó sonriendo.

—No me esperaba tamaña situación —dije sin saber muy bien por dónde salir.

—Es muy sencillo —dijo—. Todos llevamos escrita la fecha de caducidad en alguna parte del cuerpo, como los yogures. Antes de tirarlos a los contenedores o a la basura, es mejor darlos a quienes los pueden aprovechar, ¿no cree?

—Hombre —dije dudando de cuanto iba a decir—, si el dinero se lo queda el Estado, no se pierde. Lo aprovecharán para algo útil.

—Sí —sonrió con amargura—, para pagarse unos magros sueldos ellos. Con sus nóminas no pueden llegar al último día del mes. Me niego. Y tampoco me fío de muchas de las asociaciones y grupos de esto y aquello… No me queda más salida que usted. Si acepta mi dinero, también usted me hace un favor a mí.

—Si lo plantea así —dije mirando el reloj sin ningún disimulo—. ¡Estoy quedando como un hipócrita! —exclamé—. ¿No lo podemos hablar más detenidamente?

—No. No vale la pena. Es muy sencillo: lo acepta usted, se viene conmigo al banco, y ordeno una transferencia a su cuenta. O de golpe, o todos los meses una cierta cantidad. Hasta agotar mis caudales.

—Me deja usted de piedra.

Últimamente ir al banco es como pedir audiencia al Papa: se necesita madrugar y pedir la famosa cita previa.

—Y le aconsejo que haga usted lo mismo, llegado el caso, si no se casa y tiene hijos. Búsquese algún buen amigo.

—No tengo ahorros. He vivido y vivo al día. Hasta ahora no me he privado de nada.

—Pues todavía se va a privar de menos cosas. Le ruego, por favor, y encarecidamente, que acepte mi propuesta. Es, posiblemente, lo más sensato que he hecho en esta vida. Y dejémoslo ya. ¿Le viene bien acompañarme mañana al banco? Mañana tiene el día libre. Y yo me he tomado la libertad de quedar con la señorita de mis amores a las once de la mañana. Últimamente ir al banco es como pedir audiencia al Papa: se necesita madrugar y pedir la famosa cita previa. Eso ya está hecho. Fíjese si soy atento. Y usted puede venir conmigo. Mañana está libre.

—Entonces —dije riendo nerviosamente—, a partir de ahora me tocará a mí pagar las comidas y las cenas cuando salgamos por ahí.

—Evidentemente. Faltaría más.

Agotadas las bromas con aquella tontería, y nervioso, me levanté y salí rápidamente de su casa. Por primera vez desde que nos conocemos la botella de vino permaneció casi intacta. Y sí, acepté su dinero haciéndole jurar que me lo pediría en caso de necesidad. Una forma como otra cualquiera de tranquilizarme. Me pareció una buena idea seguir su ejemplo cuando me llegue el momento. Espero estar a la altura de las circunstancias.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Séneca, Sobre la ira, III, 8. En Diálogos, Editorial Gredos, Madrid, 2000. Traducción de Juan Mariné Isidro.
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