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En el tren

jueves 15 de febrero de 2024
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En el tren, por Vicente Adelantado Soriano
Si bien los noveloncios del siglo XIX me exasperan por su lentitud, morosidad e infinidad de detalles y personajes, no lo hacen los viajes en tren.
Desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad.1
Stefan Zweig, Encuentros con libros.

Son muchas las causas o casualidades, o ninguna, o el mero azar, las que llevan a un lector a escoger un libro. Yo, ante las desgracias de la vida, tiendo a entregarme en cuerpo y alma a las novelas del siglo XIX, cuando al parecer no existía el tiempo ni para el escritor ni para el lector. Se escribieron entonces novelas tan gruesas como el más grueso y orondo de aquellos satisfechos burgueses. Sólo les falta el puro y el café.

Recordaba haber leído, tras un durísimo golpe, la novela de Wilkie Collins, La piedra lunar. La leí, creo, en un chalet de la sierra de Madrid, prestada por la dueña de la casa. De esa novela solamente recordaba que me había gustado. Nada más. Así que muchos años después, ante otro golpe no menos duro, volví a leer el mismo libro. Y lo primero que hice fue dudar de haberlo leído: no recordaba nada de sus más de setecientas páginas. Nada en absoluto. Y, sin embargo, antes, cuando me hablaban de esta novela, sonreía con satisfacción.

La compré, con el corazón encogido, previniendo cuanto iba a suceder. Me enfrasqué en la lectura tal como dicen que las avestruces meten la cabeza en un agujero ante un peligro. Sucedió lo anunciado por los médicos. Entonces eché mano de una novela todavía más gruesa y oronda, La dama de blanco.

Renuncié a todas mis otras actividades para poner mis cinco sentidos en su lectura.

La dama de blanco se me hizo no voy a decir pesada, pero sí angustiosa. Mucho.

No sé qué decir de ambas novelas. Pese a mi deplorable situación anímica, o aumentada por ella, La dama de blanco se me hizo no voy a decir pesada, pero sí angustiosa. Mucho. Fue como emprender un camino que lleva a la casa, situada allá en lo alto de la colina. Pero el camino tiene tantas bifurcaciones, tantos senderos, trochas, veredas, matorrales, trampas e impedimentos, que llega uno al final, si consigue hacerlo, agotado, exhausto, vacío y sin ganas de nada más. Llegué a la meta abrumado, muerto.

No sé si, como sostiene Borges, La dama de blanco es la mejor novela policíaca de todos los tiempos. Lo dudo. Es una novela, eso sí, enrevesada. Y tan enrevesada como hábil: el autor siempre busca nuevas intrigas con las cuales mantener la atención del lector. Y lo hace. Aunque muchas de las teclas tocadas tengan poco o nada que ver con la acción principal. Algunos capítulos se podían haber abreviado. Pero en el siglo XIX nadie, al parecer, tenía prisa, y todos tenían tiempo para meterse por caminos, sendas, barrizales, vericuetos o ir a campo traviesa sin importar mucho cuándo se iba a llegar a la meta. Había un cierto placer en cuanto más lejos, mejor. Los mil y un senderos eran un verdadero placer. Dudo haber sido capaz de leer La dama en una situación normal de mi vida.

Ahora me he decantado por libros breves y con capítulos más breves todavía. Son la compañía ideal para emprender cualquier viaje.

El tiempo que los novelistas y los lectores del siglo XIX empleaban en escribir y leer novelas por entregas, lo empleo yo en viajar. Y viajar por España es tan rocambolesco y complicado como puede serlo cualquier folletín decimonónico. No obstante, al final, con mucha paciencia, siempre se llega a la meta.

Me gusta viajar con el tren. No me da miedo volar, pero prefiero el tren. Siempre me han dicho que la mejor forma de viajar es con un vehículo propio: se puede ir a donde se desea y detenerse donde uno quiere. Sin depender de nada ni de nadie. Es cierto. Pero me da pánico conducir. Así, con el tren, me dicen, se me quedarán muchas cosas por ver. De la otra forma, también.

La primera vez que fui a la oficina de información al viajero, para preguntar horarios y trenes, creí que aquel joven elegantemente vestido, traje de chaqueta, camisa blanca, y corbata verde pálido, me estaba gastando una broma. Pese a mi estado de ánimo se la seguí de buena gana y sonreí. Pero no, la atenta y elegante persona estaba hablando muy en serio: para ir a Sevilla tenía que ir primero a Madrid, y allí hacer trasbordo. Pregunté por otros destinos, obteniendo idéntico resultado. La ventaja, según me explicó mi informante, era que el tren para Sevilla salía de la misma estación a la que llegaba el tren que yo iba a tomar. Antes uno llegaba a una punta de Madrid, y el otro salía de la punta contraria. Con una escasa hora de tiempo para ir de una estación a otra. Me pareció una situación divertida. Ahora, por el contrario, debería esperar sentado en una sala de espera.

No sé si alguien entiende lo que se anuncia o dice por las megafonías de las estaciones de los trenes y de los aeropuertos. Yo, desde luego, no consigo entender nada. Una voz confusa, absurda e incomprensible. Un galimatías dicho con la boca llena de sopas. Procuro, por lo tanto, sentarme frente a los paneles luminosos. Los consulto de vez en cuando, sabiendo siempre la hora de partida de mi tren, aunque no el andén.

Los trenes modernos, además, son muy cómodos. Y se puede leer en ellos sin que el libro vaya dando bandazos de izquierda a derecha.

Me lo tomé con sentido del humor. Si bien los noveloncios del siglo XIX me exasperan por su lentitud, morosidad e infinidad de detalles y personajes, no lo hacen los viajes en tren. Estaba dispuesto, pues, a pasar por Madrid para ir a Sevilla, Córdoba o donde el cuerpo me pidiera dirigirme. Los trenes modernos, además, son muy cómodos. Y se puede leer en ellos sin que el libro vaya dando bandazos de izquierda a derecha. Ver los paisajes, por el contrario, es como pretender leer los títulos de crédito de una película barata. Los pasan a cien por hora.

Obsesionado por llenar las horas del viaje, el día anterior a la partida me fui a la librería, y me llevé un par de libros. Luego se quedaron en casa. No por ningún olvido.

Cuando era un adolescente, las cosas en casa no iban muy bien. Aun así nunca me faltaron libros. Leí muchos de la famosa colección Austral. En esa editorial conocí unas cuantas novelas de don Pío Baroja. Y recuerdo que siempre que terminaba un libro antes de, avergonzado, pedir dinero para otro, consultaba el catálogo, al final de cada volumen, de dicha colección. Siempre hubo un autor y un libro que me llamaron la atención. Nunca, sin embargo, lo compré. No sé por qué. Era La curación a través del espíritu, de Stefan Zweig.

Un día una amiga circunstancial, casi todas las amistades son circunstanciales, me regaló un libro del señor Zweig, Castellio contra Calvino. El libro me impactó de tal forma que desde entonces no he dejado de comprar libros de Zweig, y de leerlos, por supuesto.

Tras el rudo golpe que supuso la muerte de un gran amigo, nada circunstancial, y tras haber quedado exhausto por La piedra lunar y La dama de blanco, instintivamente busqué otros libros, en casa, que no fueran tan pesados de digerir. Y recurrí a los de Stefan Zweig. Los saqué todos del estante, los amontoné sobre la mesa, y los fui repasando uno a uno. Como tengo la inveterada costumbre de subrayar aquellas partes que me gustan o considero importantes, me percaté de que dos estaban sin subrayar. Uno seguía teniendo poco interés para mí. Pero el otro me lo llevé a la mesa inmediatamente. E inmediatamente comencé a leerlo.

No era mío. Alguien lo había olvidado en mi casa. Sin importarme eso, lápiz en ristre, comencé a subrayarlo. Y hecha la maleta para mi primer viaje rocambolesco, lo metí en ella. En un bolsillo exterior a fin de poder sacarlo en cuanto tomara posesión de mi asiento en el tren. Me engolfé en su lectura de tal forma que no me importó nada ir a Madrid para dirigirme a Sevilla. El viaje, salvo la hora de espera de un tren a otro, se me hizo corto.

Me encanta leer en el tren. Y como el sistema ferroviario de España es tan divertido, son infinitos los libros que me termino yendo de arriba abajo.

Encuentros con libros, que tal es el título del volumen, me pareció, como todos los libros de este autor, una verdadera maravilla. Nada más por su primer capítulo, “El libro como acceso al mundo”, ya vale la pena. En un viaje, el señor Zweig conoció a un chico analfabeto. Geniales las reflexiones que vierte sobre aquel eunuco del espíritu.

A veces, a lo largo del trayecto, sin cerrar el libro, daba en imaginar qué hubiera sido de mi vida sin los libros. Se me pusieron de punta los pocos pelos que me quedan. Fueron mi salvación, aunque también, debo decirlo, me llevaron a un cierto orgullo ante los ignorantes que creen saberlo todo. Hoy, agradecido, no me meto en polémicas, ni a nadie le discuto nada. No obstante, siempre que cierro un libro no consulto catálogos sino que doy gracias a la maestra que me enseñó a leer, y a los profesores que me ayudaron a comprender algunos de estos volúmenes. Sin ellos mi vida hubiera sido algo peor que un páramo.

Me encanta leer en el tren. Y como el sistema ferroviario de España es tan divertido, son infinitos los libros que me termino yendo de arriba abajo, y viceversa. Los trayectos de los trenes españoles son más complicados que las novelas por entregas del siglo XIX. Así, entre un destino y otro, uno se puede terminar todas las piedras lunares que le echen encima. Todo tiene sus ventajas, si le gusta leer, claro.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Stefan Zweig, Encuentros con libros. Barcelona, 2020. Acantilado. Traducción de Roberto Bravo de la Varga. p. 8.
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