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Susona

jueves 22 de febrero de 2024
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Susona, por Vicente Adelantado Soriano
Rechazada por la comunidad judía, y por su ex amante, Susana se confesó, se bautizó y se encerró en un convento de clausura. Dejó escrito en su testamento que, tras su muerte, su cabeza fuera clavada en su casa.
No hay paz para el hijo del hombre. Los zorros y los lobos tienen sus madrigueras, pero el hijo del hombre no tiene dónde apoyar la cabeza.1
Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes.

Tengo querencia, en Sevilla, por la calle donde vivió Susana, la fembra fermosa. O donde, por lo menos, estuvo clavada su cabeza como expiación por la traición cometida contra los suyos. Dicha traición, que en realidad no fue tal, les costó la vida, entre otros, a su padre y a su hermano. Eran tiempos, todavía no olvidados, donde se quería lograr, para este triste país, una sola lengua, una sola religión y una sola forma de gobierno. Los judíos, en consecuencia, como los musulmanes, o se convertían al cristianismo o no tenían cabida en la tierra de los Reyes Católicos. Es muy significativo el epitafio de ambos en la tumba de la catedral de Granada. Se exalta su bendita lucha contra la sectas de los judíos y mahometanos.

Poco antes de la traición de Susana estalló un terrible motín. Fruto de un claro poder muy alejado de cualquier tipo de caridad. Ya lo había demostrado, con gran celo religioso, el arcediano de Écija en 1391. La incendiaria prédica de éste le costó la vida a más de cuatro mil judíos. La Iglesia, siempre en poder de la verdad, no admitía competencia de ninguna clase. Y las turbas, como el eco, voz sin seso, actuaron.

El establecimiento de la Inquisición en Sevilla fue el detonante para la rebelión judía. Los cabecillas eran el padre y el hermano de Susana.

El amante, con un celo muy cristiano, traicionando a Susana, él sí, dio parte a las autoridades, y la rebelión fue sofocada antes de estallar.

Susana tuvo que ser una mujer muy ingenua. Era muy hermosa. Además, estaba muy enamorada. Así, al enterarse de la próxima sublevación armada de los judíos, avisó a su joven amante, cristiano viejo, para que se pusiera a salvo. En casa de su padre se amontonaban armas y más armas. Pero el amante, con un celo muy cristiano, traicionando a Susana, él sí, dio parte a las autoridades, y la rebelión fue sofocada antes de estallar. Hubo ejecuciones y expulsiones de judíos y de herejes. Susana, al comprobar su ingenuidad, y la traición de su cristiano amante, medio enloqueció. Rechazada por la comunidad judía, y por su ex amante, se confesó, se bautizó y se encerró en un convento de clausura. Dejó escrito en su testamento que, tras su muerte, su cabeza fuera clavada en su casa. Dos azulejos actuales, próximos el uno al otro, recuerdan el suceso.

Uno, apaisado de color azul, es una breve explicación de su traición. El otro, cuadrado, de color terroso, es una calavera. Ambos están colocados en lo alto de dos casas próximas, o tal vez la misma. No lo sé.

Conocí a Susana a través de algunas historias de la Inquisición. Me impresionó cuanto leí sobre ella. Y escribí algo al respecto. Nada de importancia. Siempre he conservado un melancólico recuerdo de Susana, siempre joven en mi mente.

Di con los azulejos de casualidad. En mi primer viaje a Sevilla. Iba solo. Aquella mañana entré a ver los Reales Alcázares. Tras la visita me dediqué a deambular por los alrededores. Y fue así como hallé, sin buscarlo, el apaisado azulejo. Me emocioné. Y me enfadó la indiferencia con la que guías y turistas pasaban por allí sin dedicarle ni la más mínima atención. Un canto sordo a la tolerancia.

En aquel primer viaje no quise entrar en la catedral. He quedado más que harto, a través de tantos y tantos viajes, de iglesias, catedrales y representaciones, en cuadros y estatuas, de tantos y tantos martirios. Y de tanta sangre y de tanta bestialidad. Me fui a callejear. Y di con la casa de Susana. Durante aquellos inolvidables días todas mis idas y vueltas terminaban allí. Más tarde di con una gran librería. Compré un par de libros para el viaje.

Me fui de Sevilla sin haberla visto toda, por supuesto. Pero al cabo de unos meses se me ofreció la posibilidad de volver. Estaba pasando por unos momentos muy duros y difíciles. Me pareció que el regreso a Sevilla podía ser un alivio. Y así fue. Pero en este viaje me llevaron, tras el paso, de nuevo, por los Reales Alcázares, a visitar la catedral.

Entré en el recinto a disgusto. Y a disgusto vi un enorme espacio, ancho y alto, que no me movió a piedad ni mucho menos. Tan gran mole, tan altas columnas, tanta exaltación del cristianismo, tantos altares y capillas por aquí y por allá, con sus correspondientes tumbas, siempre en los laterales, me pareció un despropósito, orgullo, desmesura y vanidad de vanidades. Me asfixiaba pese a la amplitud del espacio. Salí por la puerta más cercana. En cuanto se reunieron conmigo mis acompañantes, les pedí que, antes de comer, pasáramos por cualquier parque o jardín. Entramos en uno. Allí, junto a una leve fuentecilla, respiré a mis anchas olvidando tan mastodóntico y negro edificio de la catedral.

Al día siguiente, en el Museo de Bellas Artes, me sucedió lo contrario: me encantó el edificio y abominé de sus cuadros. Todos de temática religiosa. Está claro que la Iglesia se hizo con el control, y se deshizo de la competencia, que tenía mucho dinero, y lo invirtió en su propia exaltación, y en la de aquellos que habían sufrido y muerto por su causa. Y otra vez recurrí a un pequeño jardín. Con un breve estanque. Allí, en medio del silencio, o con el glu-glu del agua, hallé la paz y la tranquilidad.

Yo iba buscando la estatua de Bécquer y la fuente de las ranas. Lo vimos todo.

Al día siguiente me quedé solo con mi hijo pequeño. Éste estaba dispuesto a seguirme a donde yo quisiera ir. Di rienda suelta a mis querencias: el parque de María Luisa. Lo recorrimos de cabo a rabo sentándonos, de vez en cuando, en cualquier banquito. Yo iba buscando la estatua de Bécquer y la fuente de las ranas. Lo vimos todo. En una especie de bosquecillo, justo al lado de la fuente, tres personas mayores, dos mujeres y un hombre, estaban pintando. Me acerqué a sus caballetes. Eran cuadros pequeñitos, paisajes, tratados con una ternura enternecedora. Me encantaron. Les pregunté por la fuente. El señor, con el pincel en la mano, nos condujo hasta ella. Estaba muy cerca.

El dueño del parque de María Luisa, su marido, no era una buena persona. Pero tuvo el dinero y el gusto de mandar hacer tan bello lugar. Más tarde su viuda lo donó a la ciudad. Y ésta, con su amor por los parques y los jardines, lo ha conservado. Disfruté muchísimo caminando por allí. Viendo sus fuentes, sus patos, tan dóciles, y los cisnes, siempre tan elegantes. A la sombra de cualquier árbol, respirando profundamente, me alegré, una vez más, por haber podido disfrutar del tal lugar. Solamente aquello justificaba tan largo viaje.

Visitamos, cómo no, la plaza de España. Bellísima. Y siempre llena de gente fotografiándose, o remando con torpeza por uno de sus canales. Me encanta oír el trote de los caballos tirando de los elegantes carruajes. Un paso cansino, aburrido, resignado. Triste y musical al mismo tiempo.

Quería callejear por los alrededores de la catedral. Sabía perfectamente lo que buscaba. Pero así como la primera vez di con la casa de Susana de pura casualidad, ahora, buscándola, era incapaz de encontrarla. Le di a mi hijo unas cuantas indicaciones, y éste, tirando mano de su móvil, me condujo a donde deseaba ir. Me encanta esta facilidad de la juventud: con el móvil en ristre son capaces de llevarte al lugar más recóndito del mundo.

La última vez que lloré, hace siglos, fue en la muerte de mi madre. Ahora ya no me afloran las lágrimas. Me dolió, una vez más, la indiferencia de guías y turistas, pero no derramé ni una lágrima ante el apaisado azulejo donde se cuenta la traición de Susana. Lo fotografié una vez más. Y fotografiamos la calavera de la casa próxima.

Como quiera que el viaje de Valencia a Sevilla es rocambolesco, es decir, hay que ir a Madrid para allí, tras una hora de espera, subirse al tren con destino a Huelva, me hice con un par de libros a fin de abreviar el tiempo.

La indiferencia de las riadas y riadas de turistas, ante la casa de Susana, me hizo pensar que nada había cambiado.

Uno de ellos, aunque indirectamente, me recordó la historia de Susana. Es un libro más bien breve, Los milagros de la vida, de Stefan Zweig. Una bella historia: el cambio que se produce en una niña judía, refugiada en una posada cristiana, al servir de modelo para una virgen, con el niño en brazos. Ambientada en Amberes cuando los holandeses se sublevaron contra el cristianismo y los españoles. Como siempre, las turbas desatadas quemaron iglesias, rompieron estatuas y altares, y desgarraron el cuadro y a su joven modelo. Ésta había tratado de salvarlo. No hubo piedad. Fue apuñalada. Aquello me llevó a recordar otro libro de Zweig, una cita que se me quedó grabada a fuego: “Matar a un hombre no es defender una doctrina. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. Y no se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe”.2 Es más sencillo matar que ofrecerse como víctima.

La indiferencia de las riadas y riadas de turistas, ante la casa de Susana, me hizo pensar que nada había cambiado. Aquellas buenas personas, movidas por cualquier predicador o televisión, se podían convertir en bestias feroces dispuestas a quemar, violar y matar a todo aquel que les ordenaran. Y nuevas Susanas serán sacrificadas. Había que aprovechar al máximo estos tiempos de paz. Volví a pasar por la casa de Susana antes de dirigirme a la estación de santa Justa para subirme al tren. Sit tibi terra leuis.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Natalia Ginzburg, “El hijo del hombre”, en Las pequeñas virtudes. Acantilado, Barcelona, 2002. Traducción de Celia Filipetto.
  2. Stefan Zweig, Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia, p. 196. Acantilado. Barcelona, 2001. Traducción de Berta Vias Mahou.
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