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El libro perdido en un tren

jueves 7 de marzo de 2024
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El libro perdido en un tren, por Vicente Adelantado Soriano
Me percaté entonces de que el libro se le había caído en el vagón. Estaba al final del pasillo, llegando a la puerta.
En todo y en cualquier lugar bástanme mis ojos para mantenerme en el deber; no hay otros que me vigilen tan de cerca ni a los que respete yo más.1
Michel de Montaigne, Ensayos.

Una vez más emprendí la “aventura” de coger la mochila, subirme a un tren, y tratar de pasar el día en el monte caminando y respirando un aire algo más puro que el de la ciudad. Salí de casa de noche, no estando sosegado del todo. Pues siempre, al inicio de aquellos viajes, me acordaba de los consejos de unos y de otros: no vayas solo por esos lugares. Ni por ningunos otros, añadían. Te puede dar un mareo, o cualquier cosa. Sí, tenían razón. Pero a mí me apetecía salir.

No iba solo por gusto. Sencillamente el resto de mis amigos o no tenían ningún interés por los caminos, los montes y las ruinas, o tenían otras obligaciones. O habían desaparecido. A mí siempre me quedaban poblados iberos por visitar. Podía haber optado, como ellos, por quedarme en casa y pasar el día tranquilamente frente al televisor, o hablando con mis fantasmas. Pero, la verdad, necesitaba salir: tanto tiempo encerrado leyendo o estudiando, me dejaba exhausto: caminar por las montañas era un alivio. Pero las reiteradas amonestaciones de unos y de otros estaban minando la alegría de aquellas salidas.

Más de una vez se me ocurrió pensar que estaría muy bien hacer una estadística de las personas que vivimos solas, viajamos solas y permanecemos solas salvo cuando vamos al mercado a comprar. Quizás ya esté hecho ese estudio. Como quiera que sea, cada uno, y no hay otra, debe cargar con su destino, asumirlo y vivir lo mejor que pueda, solo o en compañía. Preocuparse cualquier persona por si se va a caer o desmayarse en medio del monte, sin que nadie lo auxilie, es morir dos veces. Cuando llegue el momento, si llega, alguna solución hallaremos. Un vecino mío, bien entrado en carnes, fue hallado en su butacón, en su casa, al cabo de quince días, muerto y bien muerto: un infarto. Nadie lo auxilió. En medio de la gran ciudad. Y viendo la televisión. Yo, de poder escoger, preferiría morir al aire libre.

Me llamó la atención que aquella chica, joven, y muy guapa, se sentara frente a mí. Llegó, corriendo y sofocada, cuando el tren estaba a punto de partir.

Saqué el billete, pues, subí al tren y traté de concentrarme en la lectura de un libro. Me acompaña desde tiempos inmemoriales. Las poesías de Garcilaso de la Vega. Nunca me canso de leer la Égloga Primera y los sonetos. Jamás he hecho el más mínimo esfuerzo por memorizarlos. Pero los leo una y otra vez.

Apenas éramos cuatro o cinco los viajeros. Sentados a distancias más que razonables unos de otros. Por eso mismo me llamó la atención que aquella chica, joven, y muy guapa, se sentara frente a mí. Llegó, corriendo y sofocada, cuando el tren estaba a punto de partir. Murmuró un buenos días nada claro. Contesté. Y tras dejar bolsos, mochila, pañuelo y algunos efectos más, también se entregó a la lectura de un libro. Era muy grueso. Tenía un gato triste dibujado en la portada. Al gato le faltaba medio bigote. El título del libro estaba escrito con letras de colores: Libro de la fantasía, de Gianni Rodari. Recordé vagamente, recomendado por algún profesor, haber leído La gramática de la fantasía, de dicho autor. No me dejó ningún recuerdo especial.

El tren se puso en marcha a la hora indicada. Puntual. Se cerraron las puertas, y comenzó a hacer calor en el vagón. La chica dejó el libro, tras ponerle una señal, se quitó el anorak, me sonrió y volvió a la lectura. Había comenzado el libro por el principio. No era por lo tanto una lectura continuada. Se saltó varias páginas pasándolas rápidamente. “El prólogo”, pensé para mis adentros. E inmediatamente la vi sumergirse en la lectura, sonreír, y pasar páginas y más páginas. Leía con fruición y rápidamente. No podía dejar de observarla. Ni ella dejaba de sonreír. Debía de ser un libro muy divertido.

Tanta fue su concentración en la lectura que no se pasó de estación por puro milagro. Al cabo de unos segundos de haberse detenido el tren, miró por la ventanilla. Vio con horror el nombre de su pueblo. Recogió entonces, a grandes zarpazos, todo cuanto había desparramado por los asientos, y salió corriendo. Saltó al andén cuando las puertas del vagón se estaban cerrando. Su cara reflejó miedo y alivio. Y allí se quedó arreglándose la ropa y la múltiple impedimenta para ponerse en marcha. Me percaté entonces de que el libro se le había caído en el vagón. Estaba al final del pasillo, llegando a la puerta. Me levanté y lo recogí. El tren comenzó a tomar velocidad.

Han sido muy pocos los libros que me he encontrado en esta vida. Siempre recordaré, no obstante, el primero de ellos. Camino del instituto. Tendría yo catorce o quince años. En la acera, sin nadie a la vista, lejos todavía del instituto, me encontré En las orillas del Sar, de Rosalía de Castro. Lo leí, por supuesto. Y me encantó. Tanto que comencé a hacerme con más y más libros de esta señora. Y por supuesto, años después, fui a visitar la casa donde vivió. Me compré allí sus libros en gallego y aprendí esta lengua a fin de poder leer todos sus poemas.

—Ya tenemos lecturas para unos días —me dije sopesando el libro perdido—. Y, además, no voy a estudiar italiano. Ya lo conozco algo.

El libro estaba traducido, no obstante.

Daba su dirección para que, en el caso improbable de su pérdida, se devolviera a las señas allí indicadas.

Guardé el grueso libro en la mochila. No sin antes haberlo hojeado. La primera página era de color negro. En la siguiente, con una letra impecable, elegante, trazada con un bolígrafo negro, constaba la fecha de compra, el día anterior, el nombre de la propietaria, y una nota simpática: daba su dirección para que, en el caso improbable de su pérdida, se devolviera a las señas allí indicadas. Sonreí con simpatía: tengo un grueso diccionario fotocopiado, dos gruesos y amplios volúmenes. Ocupan toda mi mesa. Y no es pequeña. Un día de ocio escribí lo mismo en la primera página: mi dirección en caso de pérdida. Se da la circunstancia de que ese diccionario jamás ha salido de casa.

Se me ocurrió, todo hay que decirlo, quedarme con el libro olvidando direcciones y fechas. Pero nada más pensarlo me arrepentí. Una y otra vez veía la sonrisa de aquella chica leyéndolo. Me vi en la obligación, pues, de devolvérselo. Sabía, eso sí, según los horarios apuntados en mi libreta, que, de ir a llevárselo, debía regresar a la estación rápidamente a fin de no perder el tren. Llegado a mi destino, antes de ponerme en marcha hacia la montaña, fui a la sala de espera de la estación a fin de cerciorarme bien de los horarios. Había margen de tiempo. Pero para ello debía ir al pueblo de la dueña del libro nada más terminar de comer. Iría caminando, sin entretenerme y renunciando a la excursión por el monte. Decidí comer pronto, por si acaso. Restituido el libro subiría al último tren. No podía llegar tarde a la estación.

Cambié de planes rápidamente.

Empecé a caminar. Esperando que no me diera ningún ataque aquel día en medio cualquier senda. Pues tal vez al abrir mi mochila, muerto u hospitalizado yo, y ver el libro, pensaran que soy un ladrón de libros. Nada más lejos de la realidad. Como ya he dicho con anterioridad, empezaban a hacer mella en mí los consejos de unos y de otros sobre eso de ir solo por el monte. Y como sé por experiencia que las cosas desagradables suceden en los momentos más inoportunos, volví atrás. Cambié de planes. Me puse a caminar hacia el otro pueblo, hacia el de la muchacha lectora. Ciertamente estaba lejos, pero se podía llegar a él con relativa facilidad. Así lo hice. Yendo, siempre que era posible, por caminos de montaña. Fue aquella una excursión tan improvisada como agradable. Llegué a un pueblo intermedio a una hora razonable. Comí en un bar semivacío. Pregunté por la distancia al siguiente pueblo, donde vivía la dueña del volumen cobijado en mi mochila, y, confirmando que era factible, me puse en marcha rápidamente. Sin tomar café.

Me presenté en el susodicho pueblo cuando faltaba media hora escasa para la llegada del último tren. Pregunté por la calle. No estaba lejos de la estación. Me encaminé hacia ella llegando a los pocos minutos. Pero no podía entretenerme. Llamé al timbre. Me contestaron enseguida:

—¿Quién es?

—Vengo a traerle el libro que se ha olvidado esta mañana en el tren —contesté.

—Pero, ¿quién es usted? —preguntó un tanto airada.

—Mire —le respondí—, se me hace tarde: no puedo perder el tren. Si me abre la puerta del patio, le dejo el libro dentro. Caso contrario, aquí en la calle lo tiene.

Diciéndolo, lo llevaba en la mano por aquello de la dirección, lo deposité bajo el panel de los timbres.

—¡No, no! —gritó a través del telefonillo—. Espere un momento, por favor.

Recogí el libro y esperé mirando el reloj una y otra vez.

La reconocí inmediatamente. Ella también pareció reconocerme. Le alargué el libro sin más.

La he visto esta mañana sonreír en tanto lo leía. Siga disfrutando con él.

—¡Ostras! —exclamó sonriendo y contemplándolo con enorme cariño—. Me lo compré ayer. Soy un despiste. Y me ha dado una rabia enorme haberlo perdido. Me costó tanto conseguirlo… ¿Le apetece un café o una cerveza?

—No. En serio. Tengo que irme. El tren está a punto de llegar y es el último. La he visto esta mañana sonreír en tanto lo leía. Siga disfrutando con él.

—¡Ay! No me he cambiado. ¿Lo acompaño a la estación?

—No hace falta. De verdad. No se preocupe. Y no puedo entretenerme más.

Y sin más, a grandes zancadas, me encaminé hacia la estación con la mochila un tanto más ligera.

—¡Muchas gracias! —me gritó—. ¡Muchas gracias! —volvió a gritar.

Levanté la mano sin girarme. La imaginé con el libro apretado contra su seno, feliz por haberlo recuperado. Yo también lo estaba por haber sobrevivido, un fin de semana más, a una aventura en solitario. Muy cansado por tanta caminata ni cené. Llegué, me acosté, me dormí.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Michel de Montaigne, en Ensayos I, cap. XXIII, De la costumbre y de cómo no se cambia fácilmente una ley recibida. Cátedra Letras Universales. Madrid, 1985. Traducción de María Dolores Picazo y Almudena Montojo.
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