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Sagunto

jueves 28 de marzo de 2024
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Ciudadela y parte de las murallas del castillo de Sagunto
Estábamos en la ciudadela del castillo de Sagunto, en lo más alto de la fortaleza. Desde allí le señalé la autovía, con un tráfico fluido a aquellas horas de la mañana, explicándole que por debajo de ella discurría la via augusta.
Y, sin duda, se debe apartar a los hijos del lenguaje obsceno. En efecto “la palabra es la sombra de la acción”, según Demócrito. Según eso, en verdad, se debe procurar que sean agradables y corteses.1
Plutarco, Moralia, I. Sobre la educación de los hijos.

Aunque parezca mentira, el emperador Marco Aurelio no conocía Sagunto. Sabido es que las guerras del Imperio lo llevaron a Oriente, a Asia y al Danubio, y que nunca pisó estas tierras.

—¡Ojalá —exclamó con tristeza— hubiera podido viajar tanto como lo hizo el bueno de Adriano! Me hubiera encantado venir por aquí.

Estábamos en la ciudadela del castillo de Sagunto, en lo más alto de la fortaleza. Desde allí le señalé la autovía, con un tráfico fluido a aquellas horas de la mañana, explicándole que por debajo de ella discurría la via augusta.

—En realidad —le dije— la autovía es la vía augusta modificada, adaptada a los nuevos tiempos. Y a los nuevos carruajes —añadí sonriendo.

El pasado siempre está ahí. Las calzadas y el latín, entre otras cosas. Aunque algunos están muy interesados en reescribirlo para adaptarlo a sus gustos e intereses.

—Pero con el trazado de los antiguos —puntualizó un tanto melancólicamente.

—Por supuesto —repliqué—. El pasado siempre está ahí. Las calzadas y el latín, entre otras cosas. Aunque algunos están muy interesados en reescribirlo para adaptarlo a sus gustos e intereses.

—El viejo problema. Si lo dices por los historiadores romanos, Tito Livio por ejemplo, la exaltación, el nacionalismo…

—No, no estaba pensando en ellos, precisamente. Más bien en otro tipo de personas. Profesores o arqueólogos… Hace algún tiempo —comencé a contarle—, yendo con mi buen amigo José Luis, recientemente fallecido, por la Vía Verde, me comentó, entusiasmado, la resolución de un enigma histórico. Lo vio en un programa de la televisión. Se comentaba en él que unos arqueólogos, no sé quiénes, se habían quedado estupefactos: con la momia de Tutankamón habían descubierto una daga. Era del faraón y era de hierro. En aquella época, al parecer, todavía no se conocía este material. Pero, y aquí comienza lo descabellado de la historia, me contó José Luis que una de las lumbreras del programa afirmó que no sé dónde, no lo recuerdo, cayó un meteorito. Y no sé quién ni cómo extrajo el hierro de ese meteorito. Con él fabricaron la daga que le regalaron al faraón. Misterio resuelto.

Marco Aurelio me miró asombrado. Tal vez pensara que le estaba contando un chiste. O le estaba tomando el pelo.

—En este momento —repuse caminando junto a José Luis por la Vía Verde— no te sé decir cuándo ni dónde comenzó a trabajarse el hierro. Sé que lo conocían los griegos… Conocimiento posterior a la guerra de Troya. En ésta las armas eran de bronce. Puede ser que ya lo conocieran otros pueblos. Ahora bien, dudo que ningún pueblo de la antigüedad tuviera los conocimientos suficientes para extraer el hierro de ningún meteorito…

—Pues apareció una señora en el programa —me replicó mi amigo— profesora de una universidad, quien así lo sostenía.

—No te fíes de esos programas —le dije entonces a mi amigo—, ni de esos supuestos arqueólogos o profesores. No hace mucho vi yo un programa, en la misma línea, en el que un supuesto profesor sostenía que el caballo de Troya era un barco. La prueba más seria que aportaba es que Homero llama a los barcos caballos del mar, o algo así. Es como decir que como la esperanza es verde y se la comió un burro, si matamos a todos los burros, tendremos esperanzas. Se confunde la metáfora con la realidad.

—No es descabellada la cosa esa de los burros —dijo riéndose.

—Puede ser —le repliqué—. Ahora bien, es imposible que el caballo de Troya fuera un barco. En un barco de aquella época ni se podían esconder los guerreros, ni hacía falta derribar las puertas para meterlo en la ciudad de Troya. Ni los otros, con toda seguridad, sabrían qué hacer con un meteorito. Tal vez adorarlo. Es todo una patraña.

—Tengo la impresión —me dijo Marco Aurelio en tanto descendíamos hacia el patio de armas— de que pocas cosas han cambiado en este mundo desde los días de Platón. En mi época, y aún antes, estaban los sofistas, o sus malos imitadores. Y ahora, por lo que veo, también parece que pululan por aquí.

—Los hay. Y muchos. Pues como dice el refrán, más cornadas da el hambre.

—¿Tanta necesidad tienen —me preguntó un tanto sorprendido— para mentir tanto?

La cuestión es hacer ruido, estar en la palestra, y que se hable de mí aunque sea mal.

—No, no es un problema de necesidad —contesté—. Como dice Aristóteles, “los hombres no se hacen tiranos para no pasar frío”.2 Más bien parece un problema de vanidad, de no quedarse detrás de la gente de valía. Y como son incapaces de hacer algo mínimamente interesante, se tiran al monte, y salga lo que saliere. La cuestión es hacer ruido, estar en la palestra, y que se hable de mí aunque sea mal. Siempre, además, contarán con adeptos. Y no digamos nada si esas “investigaciones” suyas les vienen de perlas a algún partido político. El no va más. Hasta les concederán algún que otro premio.

—La eterna y vieja historia. Por eso precisamente, como sabes, y salvando distancias, se escribió aquella famosa oda de Beatus ille. Es más fácil encargar un poema que hacer una distribución más equitativa de las tierras y de la riqueza. Se ha hablado muy a menudo de Nerón, Calígula y demás tildándolos de emperadores monstruos. Y sí, en algunos aspectos lo fueron. Pero, mal que nos pese, fueron también el resultado de la ceguera, interesada, y de los egoísmos del Senado o de todos los senados. La subsistencia de los senadores se basaba en la injusticia, en imponerse sobre sus vecinos, y en conquistar tierras y más tierras. De ellas fluían riquezas y esclavos sin cesar. Hasta que llegó el inevitable colapso, las guerras y las monstruosidades. No menores por cierto que las cometidas por algunos senadores.

—Al parecer —dije con tristeza— no hay forma de evitar la guerra.

—No mientras el egoísmo humano sea preponderante. Yo pensaba que la filosofía podría, si no acabar con él, dirigirlo, aminorarlo, pero ni ha sido así ni es así. Hay algo más que la filosofía o el saber, algo que somos incapaces de modificar.

—Tal vez porque no tenemos mucho interés. Seguramente. Como dice el refrán, no hay peor ciego que quien no quiere ver. Y ya sabes: “Ciego es quien tiene cerrados los ojos de la inteligencia”. Son palabras tuyas.

—Sí, las recuerdo. Ellas hacen que me arrepienta, una y otra vez, de haber ido a la guerra… Debería haber seguido los pasos de Adriano: diplomacia, renunciar a buena parte de los territorios, las fronteras eran muchas y muy amplias, buscar la paz, y haberme dedicado a gobernar lo que bien se podía gobernar. Y a filosofar.

—El Senado te lo hubiera impedido: necesitaba esclavos y riquezas para subsistir.

—Aquellas absurdas guerras ya no fueron de conquista. Y, por lo tanto, se convirtieron en una sangría para Roma. Pero no tiene sentido hablar del pasado: no volveré a gobernar ningún imperio. Y tú, por lo que veo, tampoco.

—No. Puedes estar seguro.

—¿No estás metido en política?

—Ni estoy, ni estaré. Aquí la política se ha convertido en un lodazal, en la cosa más sucia y bochornosa que te puedas imaginar. Cada vez que oigo hablar a algún político siento vergüenza ajena. Si quieres aprender reglas de falta de respeto, de estupidez supina y de mala educación, te aconsejo que los oigas. Algunos con tal de salvar lo insalvable son capaces de decir que a las doce de la noche brilla el sol, que no la honestidad ni el buen hacer. Es penoso. Todo por salvar al conmilitón por muy ladrón y deshonesto que sea.

—De todas formas —me dijo socarronamente acercándonos al restaurado teatro— algo habría que hacer. Y estaría bien ocupar alguna parcela de poder para, desde ella, impulsar reformas.

—Eso como chiste no te ha quedado mal, aunque no haga reír.

—Entonces, ¿qué crees que deberíamos hacer?

—Nada. No hay nada que hacer. Lo mejor es seguir viéndonos, disfrutar de nuestra compañía y de la de los buenos amigos que todavía no se han embarcado.

—Yo no me rendiría tan fácilmente.

—Yo sí. Lo siento. He de confesarte —dije un tanto triste— que alguna vez tuve fe en la universidad, no en la política. El sueño de un pobre imbécil: creía que todo aquel que estudiara, leyera y supiera sería una buena persona, honesta al menos; que la cultura iba a transformar al hombre. Hasta que empecé a vivir en carne propia los mezquinos y burdos intereses de catedráticos, profesores, agregados y estudiantes. Y la cosa sigue.

—También, lo reconocerás, hay gente buena. Buenos maestros.

El mayor espacio de las noticias lo ocupan las corruptelas de los políticos, sus necedades y las de los presentadores de algunos programas televisivos.

—Es cierto. Y he dado con muchos de ellos… Cuando hablo de estas cosas me acuerdo de las noticias dadas por algunos medios de comunicación: jamás, o muy de tarde en tarde, hablan de la gente que está en la biblioteca estudiando, o en los laboratorios investigando. El mayor espacio de las noticias lo ocupan las corruptelas de los políticos, sus necedades y las de los presentadores de algunos programas televisivos, hambrientos de fama de filósofos o de finos analistas. Pobrecicos. Algunos dan verdadera pena. Son patéticos. Nosotros, en estos momentos, estamos siguiendo su estela. Ahora bien, y repartiendo la tarta entre todos, tengo que decirte que si, por el móvil, por ejemplo, lanzo una noticia, un evento, algo que me parece interesante, de veinte personas que han recibido la noticia sólo una da las gracias. Sólo una pronuncia algunas palabras amables. El resto es silencio, tal vez desprecio, y algunas cosas más.

—Ya. ¿Quieres decir que sin educación no hay avances?

—No se podía expresar mejor. Al fin y al cabo la educación es signo de solidaridad. Y sin ésta terminaremos con nerones y calígulas o con las necedades de muchos otros, que mejor es silenciar. No han aprendido a callar. Un arte difícil oyendo a tanto bocazas.

—Cambiando de tema. Aquí —estábamos sentados en las gradas del teatro— se está muy bien. De maravilla.

—Me alegro. Este es el sitio ideal para mí: puedo venir sin molestar a nadie. Con el tren. Y en poco tiempo.

—Pues aquí nos veremos cuantas veces lo desees.

—Te tomo la palabra.

Y con estas me encaminé hacia la estación en tanto Marco Aurelio, una vez más, se desvanecía en el aire de la fresca mañana.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Plutarco, Sobre la educación de los hijos en Moralia, I. Gredos, Madrid, 2088. Traducción de José García López.
  2. Aristóteles, Política, II, 13.
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