XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Una tarea propia de un hombre

jueves 4 de abril de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Una tarea propia de un hombre, por Vicente Adelantado Soriano
Cada vez soy más sensible a las atenciones de la gente. A dar las gracias por una información, por un detalle, por recomendar un libro o una película. Por señalar errores… Y sí, entiendo que esto te parezca poco como la tarea de un hombre. Pero no es baladí.
Al amanecer, cuando con pesar te despiertes, estando ya de pie, piensa esto: “¿Qué tarea es la propia de un hombre?”.1
Marco Aurelio, Meditaciones.

De nuevo me dirigí a la estación, entre semana esta vez, y de nuevo me subí a un tren. Lamenté, entonces, que el trayecto escogido fuera de tan corta duración. Hacía tiempo que me estaba apeteciendo hacer un viaje largo. Me hubiera encantado, como hacían los ingleses en el siglo XIX, subir al vagón con una maleta llena de utensilios más o menos útiles, pero todos recién llegados a los grandes almacenes que marcaban la moda. Sin olvidar el paraguas y la manta a cuadros, por supuesto. E ir muy lejos.

Cargaba, por el contrario, con una pequeña mochila. Llevaba una libreta, con una de mis plumas estilográficas, y dos botellas de agua. Imprescindibles. No iba a necesitar mucho más para tan corto trayecto.

La mañana estaba fresca. Aun así, y a mediados de octubre, la inmensa mayoría de los pasajeros, incluido yo, íbamos con camisas o camisetas de manga corta. Apenas si se veían chaquetillas o ropa de entretiempo.

Bajé en la estación, y emprendí el camino de sobras conocido. No pude evitar acordarme, casi siempre lo hacía, de mi primera visita a Sagunto. Había entonces una huelga de los trabajadores de los Altos Hornos. La estación y los alrededores estaban tomados por la guardia civil. Armada con mosquetones y naranjeros. Por aquí y por allá varios grupos de trabajadores fumando y hablando con voces quedas. Me asusté. Me cogí de la mano de mi padre y me oculté tras sus piernas. Así fui caminando hasta salir de aquella zona.

Mi único problema ahora era no tropezarme con alguna visita escolar. Recordando lo que hacían y por dónde se movían, calculé que no me resultaría muy difícil dejarlos de lado.

En el andén, y en todas las calles, había una tranquilidad inmensa. Los Altos Hornos habían desaparecido. Y la conflictividad laboral, al parecer, también. Comencé la ascensión hacia el castillo. Mi único problema ahora era no tropezarme con alguna visita escolar. Recordando lo que hacían y por dónde se movían, calculé que no me resultaría muy difícil dejarlos de lado. No hubo ni alumnos ni profesores. Sólo dos parejas de extranjeros, con sus ridículos pantalones cortos y sus minúsculas cámaras de fotografiar. Ellas con enormes pamelas. Los saludé camino de la ciudadela. En un español pastoso me preguntaron si era cierto que Aníbal había estado por allí.

—Sí —les dije con mi mejor sonrisa. E imaginando lo que deseaban saber los llevé a la parte por donde siempre se ha sospechado que entró el cartaginés con sus tropas. Allí, hablando lentamente, les expliqué que los soldados de Aníbal tuvieron que rellenar aquellos desniveles con tierra para apostar las máquinas de guerra; que Aníbal fue herido en una pierna, y algunas anécdotas más. Les pregunté si sabían latín. Lo habían estudiado. Les dije entonces que la toma de Sagunto la describe Tito Livio en su obra Ab orbe condita. Y que llena Sagunto, y parte del cosmos conocido, de ablativos absolutos. Sonrieron. En fin, los mantuve entretenidos durante unos minutos. Sin ponerme pesado. Me despedí. Los dejé solos sacando fotografías. Me dirigí a la ciudadela. Allí estaba el bueno de Marco Aurelio esperándome.

—Buenos días. Se te da bien hacer de guía —me dijo sonriendo.

—Creo que, en el fondo, es deformación personal. O una leve añoranza de otros tiempos.

—¿Echas de menos la enseñanza?

—No. En absoluto. Estoy viviendo ahora como siempre he soñado vivir. No sé a santo de qué te he dicho la tontería anterior.

—Digamos, entonces —dijo levantándose y comenzando a caminar—, que eres una persona amable.

—Sí. Eso me gusta más. Me gustaría que en mi epitafio, que no lo habrá, se pusiera aquello de “Aquí yace un hombre que fue amable y educado. O lo intentó”.

—Bonito epitafio. Me gusta, aunque no rima.

—Y entrando en materia, y en la finalidad de mi excursión: ¿es esa la tarea propia de un hombre? Así comienza tu libro V de las Meditaciones.

—¿Ser amable y educado? Yo no hablo de eso. ¡Qué bajo colocas el listón!

—No creas. Todo está en función de los tiempos. Y hoy ser amable y educado es una rareza tan grande como encontrarte una pepita de oro al abrir el grifo de la cocina.

—¿No exageras un poco?

—Es posible. Sí, es posible. Me he hecho mayor, soy mayor, y cada vez soy más sensible a las atenciones de la gente. A dar las gracias por una información, por un detalle, por recomendar un libro o una película. Por señalar errores… Y sí, entiendo que esto te parezca poco como la tarea de un hombre. Pero no es baladí. Al menos en los tiempos que corren.

—Es algo —contestó— que debería darse por sabido. Pero no es la tarea propia de un hombre. Es como ir vestido a una reunión. Se da por descontado que, en la calle, uno debe ir vestido y aseado. Y se debería ser educado y amable en todas las acciones cotidianas.

—De acuerdo. Entonces, la tarea propia del hombre es ser activo, como sostienes, como lo son las hormigas, los gorrioncillos y algunos animalillos más. ¿En cualquier actividad? ¿En las que están de acuerdo con la consabida naturaleza? ¿O en todas?

—Sí. Ya sé. Me vas a volver a atacar con ese dichoso concepto de la naturaleza.

—Es que —aduje— no es un concepto fijo, si es que alguno lo es. Y tampoco lo defines. La naturaleza. Concepto vago y cambiante. La naturaleza me impele a comer, beber, descansar. Eso lo hacen todos los animales. ¿Es natural dedicar casi todas las horas del día al estudio o a otros menesteres similares? Cosa que, como sabes, no hacen los otros seres vivos.

Sócrates busca una definición global de la virtud, y Menón la desmenuza: hay tantas virtudes como seres humanos.

—Pues entonces cada uno deberá actuar de acuerdo con su idiosincrasia y forma de ser. De acuerdo con su naturaleza. ¿No le impele la del hombre al estudio entre otras cosas? Y sí. De acuerdo. Tendremos en ese caso tantas naturalezas como personas hay en el mundo. Esto me está recordando la charla de Sócrates con Menón. Aquel diálogo acerca de la virtud. Sócrates busca una definición global de la virtud, y Menón la desmenuza: hay tantas virtudes como seres humanos. La virtud de un niño, la de un zapatero, la de una mujer, etc. ¿Es así? ¿Se puede llegar a una definición que las englobe a todas? Sócrates lo buscó afanosamente.

—Tal vez. Es posible. Lo que se deduce de las palabras de Sócrates, creo, es que cada uno debe realizar sus tareas de la mejor forma posible. De forma perfecta. Eso es ser virtuoso. Y en eso consiste la virtud. Cosa que nos atañe a todos. Hasta un verdugo debe serlo. Fue Tomás Moro, si no recuerdo mal, quien antes de ser decapitado le dijo al verdugo que esperaba, por su bien, que fuera bueno en su trabajo. Virtuoso. Un virtuoso del hacha. No es una cosa baladí cuando uno lee la terrible ejecución de María Estuardo. De ahí el invento de la guillotina. Más virtud no cabe: no hay margen de error. Decapitación perfecta.

—Muy bien. Apliquemos eso ahora al hombre. Y yo te diría que el hombre virtuoso es quien realiza su tarea de la mejor forma posible, llegando a la perfección, y sin esperar recompensa ni nada a cambio. Pero entiéndeme: sé que todos tenemos que comer. Por lo tanto es justo que por un trabajo recibas un salario. Ahora bien, no debes esperar lo mismo por un favor. O, criticándote a ti, no debes esperar que nadie te dé las gracias por haber recomendado un libro o una película. O que no te respondan en algún establecimiento cuando saludas con el típico buenos días. Vivir de acuerdo con la naturaleza es hacer aquello que depende de ti, y olvidarte del resto. Depende de ti ser bueno, educado… No depende de ti que lo sean o no esas personas a las que acabas de informar de la toma de Sagunto por parte del cartaginés.

—Ahora —le repliqué— eres tú quien me está recordando una vieja charla con un amigo. Estábamos hablando, no sé a santo de qué, sobre las acciones perfectas. Mi amigo las definió como aquellas que se olvidan en cuanto se realizan. El reverso de los verbos performativos. Ahora bien, esa acción tiene que ser impecable. No obstante, eso es imposible de alcanzar.

—Tal vez sea imposible. Pero, sin duda, debemos tender a ello. Ya sé que, a veces, es terrible poseer memoria. Se acuerda uno de acciones realizadas en el pasado. Y, con el paso del tiempo, te percatas de los errores cometidos entonces. De cuanto se podía haber hecho y no se hizo. O viceversa. Por dejadez, estupidez o, sencillamente, por ignorancia… Todas las acciones deberían ser como las explicaciones que les has dado tú a los turistas: breves, concisas y sin esperar nada ni pedir nada. Y, además, olvidando cuanto se ha hecho, como se olvida lo ingerido en una comida. La acción perfecta según tu amigo.

—Sí. Pero el olvido recae sobre las acciones banales. Sin más interés.

—Ahí reside el problema. ¿Qué es lo que tiene interés? ¿Qué tratas de preservar como si no fuera a parar al lugar de donde ha surgido: a la naturaleza? O si quieres, ya que te molesta esta palabra, ¿como si no fuera a morir?

Es muy difícil vivir de acuerdo con los postulados estoicos. Con ellos se llega a una terrible despersonalización.

—No sé. Tal vez tengas razón —asentí atacándolo por el otro costado—. Pero es muy difícil vivir de acuerdo con los postulados estoicos. Con ellos se llega a una terrible despersonalización. Olvidemos por ahora la naturaleza. Eso de “todo lo mío lo llevo conmigo” después de haber visto masacrar a tus hijos y a tu mujer…

—Sí. El estoicismo primero fue un poco exagerado. Tal vez mucho. No obstante, su mensaje sigue siendo válido: acepta que la muerte forma parte de la vida, el fracaso del éxito y la soledad de las buenas compañías. Toda moneda tiene su reverso. Y tan valiosa es una cara como la otra. Ambas son la moneda. La misma moneda. Alégrate, pues, de vivir y de morir.

—De acuerdo, pero no lo llevo todo conmigo.

—Somos seres imperfectos.

—Personas. Somos personas. Me duelen muchas cosas… Pero seamos amables y educados mientras estemos en el cosmos. Algo es algo. Sin olvidar estos encuentros y estas breves charlas. ¿Estarás aquí?

—Sí. Aquí y donde me necesites. Te esperaré otro día. Y cuantos quieras.

—Seguiré viniendo hasta que me embarque. Entonces ya no podré evocarte.

—Tal vez entonces nos veamos en otras latitudes.

—¡Ojalá sea así!

De esta forma nos despedimos una vez más. Emprendí el camino hacia la estación. A los pocos pasos, vi a los turistas ingleses sentados ante la mesa de un bar. Me saludaron, y se empeñaron en invitarme a una cerveza. Acepté encantado. La fresca bebida me sentó de maravilla. Recordé entonces que no le había hablado a Marco Aurelio del concepto de naturaleza en Aristóteles. Éste defiende, sin definir nada, que unos son esclavos y otros dueños por naturaleza. Increíble. Hice un esfuerzo, ante la espumosa cerveza, por olvidarme de todo. Me la bebí de buena gana e invité a los ingleses a visitar el museo del teatro clásico, sito muy cerca. Les encantó. Me alegré. No quise aceptar más invitaciones. No sé si hubiera soportado otra cerveza. Soy un pésimo bebedor. Me fui de Sagunto tal como había llegado, sin saber cuál es la tarea propia de un hombre. Ante mi ignorancia, seguí haciendo lo que llevaba haciendo durante muchos años.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

Notas

  1. Marco Aurelio, Meditaciones, libro V, 1.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio