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Frustraciones

jueves 11 de abril de 2024
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Séneca
Séneca, si lo he entendido bien, fue el estoico que de una posición muy dura, deshumanizada, Consolaciones, desembocó en lo contrario, en el estoicismo de las Epístolas a Lucilio. Mucho más humano.
Por una parte, hablamos ante quienes no saben, y por otra, decimos cosas que nosotros mismos ignoramos.1
Cicerón, Sobre el orador.

Horas antes de dirigirme a la estación estuve pensando con quién podría hablar. Sin necesidad de ir muy lejos de casa. La verdad es que conozco a pocas personas. Y a las pocos conocidos, seguramente, no les iba a interesar nada de cuanto a mí me inquietaba e inquieta. Tal vez ni me entendieran. Además, tenía la impresión de ser un poco pesado y molesto. Los escasos amigos a quienes podía dirigirme tienen su vida y sus afanes en otros lugares. No tendrían humor ni tiempo para aguantar mis historias. Mejor no incordiar a nadie, y subir al tren. Así lo hice.

Estaba nublado. Soplaba un ligero viento, pero no hacía nada de frío. Todo lo contrario. De hecho, a los pocos minutos de bajar del tren, en Sagunto, me despojé de la leve chaqueta. La metí en la mochila. Me percaté entonces de la escasa agua que llevaba para un día un tanto caluroso. Me compré una botella en una tienda. El cielo cada vez estaba más nublado. Pero no tenía pinta de ir a llover.

Con las botellas de agua a cuestas me di cuenta entonces, ya llevaba tiempo percatándome de ello, pasado el teatro romano, subiendo hacia el castillo, de que ya no soy joven: cada vez resoplo más, y me cuesta más y más moverme por aquella ardua pendiente. Siendo un niño, en una de las tantas visitas al castillo, intenté acortarla trepando por la ladera del monte. No sé por dónde me metí. Recuerdo haberme caído, haberme aferrado a unas hierbas con todas mis fuerzas, y haber pasado un miedo terrible. Llegué a donde me hallaba ahora, ya de mayor, gateando, ensangrentado y llorando. La pendiente, sin embargo, no es para matarse, ni mucho menos.

Toda edad tiene su afán. El de estos momentos es la recapitulación.

—Cosas de la edad —me dije ya en la ciudadela.

—Tal como sucede ahora —me respondió sonriendo Marco Aurelio—. ¿O lo de hoy no es cosa de la edad?

—Sí. Por supuesto. Toda edad tiene su afán. El de estos momentos es la recapitulación. Me voy acercando a la meta a pasos agigantados, y tal vez por eso estoy haciendo balance cada dos por tres.

—Eso es algo que deberíamos hacer todos los días.

—Llevado por ideas religiosas, mi educación fue católica, lo hacía todas las noches cuando era un niño. Examen de conciencia. Luego perdí tan sana costumbre.

—Una pena. No deberíamos dejar de reflexionar sobre nosotros mismos y nuestras acciones.

—Aquellas reflexiones de la infancia iban encaminadas más bien a la noción de pecado y pureza. Y casi todo era pecado. Tú, seguramente, me hubieras hecho reflexionar sobre si mis acciones habían sido útiles o no al bien común…

—Y si estaban acordes con la naturaleza —añadió sonriendo.

—Eso mismo —le dije también yo con una amplia sonrisa.

—¿Intentamos aclarar el concepto?

—No estoy a la altura. Pero te escucho.

—El que vengas a verme aquí, a Itálica, a Segóbriga, o a donde se te ocurra, ¿es natural o va contra la naturaleza?

—No lo sé. Me apetece hacerlo, y lo hago. Tal vez sea una estupidez, una locura o una necedad. Pero…

—¿Acaso las necedades no forman parte de la naturaleza?

—Sigo sin saber lo que entendéis por naturaleza los estoicos. Si sustituyes el término naturaleza por vida, sí, la estupidez, la necedad, la imbecilidad, y también la bondad, el amor y la amistad, forman parte de la vida. Y la muerte.

—¿Y la vida no es naturaleza?

—Y un árbol, y un río…

—No, eso no es naturaleza: es producto de la naturaleza.

De todos los libros que he leído apenas he entendido uno o dos. O medio. No sé nada de nada.

—También la vida, en ese caso… De todas formas, esto es lo que menos me interesa. Mira, han sido conceptos como ese, y otros similares, los que, de alguna forma, me han traído aquí. Como te decía, estoy llegando a la meta. Y tengo la impresión de tomar la última revuelta del camino sin haber entendido nada, sin saber nada de nada. ¿Es eso importante? No lo sé. No creo. De todos los libros que he leído apenas he entendido uno o dos. O medio. No sé nada de nada. Es como si hubiera derrochado mi vida en tonterías y necedades. Y, por favor, no me vengas ahora con Sócrates y sus razonamientos de si no sabes nada, ya sabes algo.

—Él fue el inicio de nuestra filosofía. No lo olvides.

—No lo olvido. Y la verdad, durante un tiempo lo admiré a él como os admiré a vosotros los estoicos.

—¿Y ya no nos admiras, ya no te somos útiles? ¿Nos dejas de lado?

—No sé si os he entendido. No lo sé. Pero ahora, al final del camino, vuestra filosofía me parece bastante deshumanizada. No sin razón el cristianismo tomó mucho de vuestro pensamiento: tal como vosotros, exige un comportamiento poco o nada humano.

—¿Te parece el estoicismo una filosofía deshumanizada? Creía que era todo lo contrario. La tenía por la filosofía de la filantropía, del amor al prójimo por cuanto le ayuda en los momentos más terribles de su vida. En todos, diría yo. El hombre debe superarse, no quedarse en las apariencias. Y tal vez eso es lo que a ti te parece deshumanizado, terrible. Pero no lo olvides: los dioses no regalan nada.

—Ya lo sé. Tampoco quiero que me regalen nada, pues siempre hay una contrapartida…

—Eso es estoicismo: autarquía.

—O tal vez orgullo. No lo sé… Mira, estos días he estado leyendo a Epicteto, en griego. No entendía nada. Lo achaqué a mi pobre conocimiento de esa lengua. Lo leí entonces en español, y tampoco entendí nada de nada. Y pensé que no tenía ni idea de filosofía…

—Y como todos fuiste a las fuentes originales, y te tropezaste con el maestro. Con Sócrates.

—Sí. Y creo, sinceramente, que con él comienza esa deshumanización de todo… Cada vez tengo más claro que aceptar beber la cicuta, cuando se podía haber escapado de la prisión, fue una enorme tontería, un suicidio. Y basta de ampararse en las leyes y de monsergas sobre las leyes. Las leyes las hacen los hombres. Y las hacen a su conveniencia. Los sofistas ya discutieron sobre la cuestión. Lo sabes. Y está claro, por más que digan, y vengan con sofismas, que las leyes no las hacen los pobres para resguardarse de los poderosos, sino los poderosos para seguir siendo poderosos y más poderosos. Por lo tanto, fue una necedad no escaparse y beber la cicuta.

—¿Es eso lo que no entiendes? No todos burlan a las leyes… Y sabe, por otra parte, que el mundo se compone de apariencias. Y las apariencias son engañosas. Sí, tanto para ti como para Sócrates y los estoicos.

¿No es humano gritar, blasfemar y llorar cuando se ha muerto un pariente o un amigo muy querido?

—¿Y el dolor es una apariencia o una cosa real? ¿Por qué no gritar cuando a uno le están dando tormento? Esa impasibilidad cuando, como a Epicteto, ves que te van a romper la pierna, no es humana. Es un mito. Una necedad.

—¿Y qué es humano? ¿Gritar y chillar y pedir clemencia cuando sabes que no va a haberla?

—¿No es humano hacerlo? ¿No es humano gritar, blasfemar y llorar cuando se ha muerto un pariente o un amigo muy querido?

—Sí. Pero ¿te va a servir de algo? Tal vez tengas razón. Tal vez sea eso más humano, más acorde con la naturaleza, que decir aquello, al enterarse de la muerte de sus hijos, “los engendré mortales”. Pero la naturaleza no se lamenta por nada. Y de nada te va a servir gritar y llorar. Haz lo que dependa de ti y olvídate del resto.

—El absurdo pragmatismo de si esto sirve o deja de servir. Hay algo más… La naturaleza, creo y según vosotros, no es una persona. ¿Es un dios? ¿Los dioses se lamentan por algo? ¿No gritan ni lloran? ¿No lanzan rayos y pestes?

—Por supuesto. Según algunos la guerra de Troya se desencadenó porque Zeus se percató, en aquellos tiempos, de que la humanidad estaba creciendo en demasía. Liquidó a unos cuantos con el ciego valor de Aquiles y algo más. Luego vino el arrepentimiento seguido de más destrucción: el diluvio, Zeus, Deucalión y Pirra, o Dios, Noé y allegados. Los dioses se volvieron contra los hombres.

—Ahora ya no los necesitamos para esos menesteres. Tenemos la lección muy bien aprendida. Nos matamos entre nosotros sin ayuda de nadie. Hemos avanzado una enormidad.

—Ya. ¿Y qué es lo que no entiendes? Vuelvo a preguntar.

—No entiendo a Epicteto, no te entiendo a ti… No entiendo que ni una sola vez nombres a Séneca en tu famoso libro. Y éste, si lo he entendido bien, fue el estoico que de una posición muy dura, deshumanizada, Consolaciones, desembocó en lo contrario, en el estoicismo de las Epístolas a Lucilio. Mucho más humano. Ese es el Séneca que no me canso de leer… No entiendo tu silencio. No hablar de él.

—Tampoco yo te lo sabría explicar. Quizás me dejé llevar por las acusaciones de hipocresía hacia Séneca: predicar algo y vivir contrariamente a eso. Amontonó una enorme riqueza. Ya, ya sé que la vivió como si fuera prestada. Tal como vivió su vida. Hoy, desde luego, lo citaría. Y lo leería con más atención. Tal vez. No fue muy filosófico, ni sabio, no citarlo. A veces me pesa el silencio. Y a veces me pesan las palabras dichas o escritas.

—Esto sí que es humano: saber que nos estamos equivocando continuamente, que nada hay duradero. Que no sabemos nada. Ni importamos nada.

—Como en la naturaleza, querido amigo, como en la naturaleza. Todo nace, vive, muere, vuelve al punto de partida, y renace. Sin lamentos ni lloros.

—Vuelvo al principio yo también. No sé si eso que dices es cierto. Sí. Seguro. ¿Nos sentamos un rato en el teatro y me bebo una botella de agua?

—Sí —me dijo sonriendo—, es natural, muy natural —recalcó la palabra— que tengas sed con este calor. Está saliendo el sol.

Eso es la naturaleza. Ya te lo he dicho: es hacer lo que depende de ti, y despreocuparte de lo otro.

—Gracias. Muchas gracias. Me parece —dije poco antes de despedirme de él, bien hidratado— que todo se reduce a la famosa sentencia senequista, era suya, creo, de “aquello contra lo que nada puedas tú, que nada pueda contra ti”.

—Sí —afirmó—, tal vez el resto sea palabrería. Pero eso es la naturaleza. Ya te lo he dicho: es hacer lo que depende de ti, y despreocuparte de lo otro. Al fin y al cabo no lo vas a poder cambiar. Ahora bien, si necesitas llorar y patalear, hazlo.

—Eso creo yo también. Y esa frase la entiendo. Algo es algo. Y sí, lloro y pataleo… Y siempre me quedo con la impresión de que nos contradecimos. Hoy decimos una cosa, y ayer dijimos la contraria y a saber lo que diremos mañana. Sin sacar nada en claro ni hoy ni ayer. Ni tal vez mañana.

—Es posible —me dijo—. Nadie se mete dos veces en el mismo río.

—¡Qué difícil es todo!

—Nadie nos dijo que vivir fuera sencillo.

—Desde luego. Me voy. Ya tengo suficiente por hoy.

—Vete, pero no te enfades. No vale la pena.

—No estoy enfadado. No. No lo estoy.

De camino hacia la estación me percaté de que no había aclarado nada. Todo seguía igual; pero, como cuando se llora, se grita, se patalea y se blasfema, tras una muerte de un buen amigo o ante una gran desgracia, me encontraba un poco mejor. No era baladí. Y, además, no había molestado a nadie.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Marco Tulio Cicerón, Sobre el orador II, 30. Biblioteca Gredos, Madrid, 2007. Traducción de José Javier Iso.
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