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Remordimientos

jueves 18 de abril de 2024
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Remordimientos, por Vicente Adelantado Soriano
Una buena sopa de cocido nos entonó. Pero nunca me perdoné haberlo dejado solo en medio del monte y bajo la lluvia.
Piensa, por el contrario, que no eres nadie y que nada sabes.1
Epicteto. Disertaciones por Arriano

Aun antes de subir al tren, camino de casa, ya me había percatado de la infinidad de tonterías y cosas sin sentido que le había dicho a Marco Aurelio esa misma mañana. Cierto es que había pensado, en innumerables ocasiones, en la muerte de Sócrates. Unas veces la tildaba de suicidio y otras de heroísmo. La aceptación de la condena, de la pena de muerte, por el enorme respeto de Sócrates a las leyes, unos días me parecía sublime y otros una verdadera estupidez. Ahora bien, reconozco que el concepto que tenía él de las leyes, y de la ciudad, es radicalmente distinto al actual. No en balde han pasado un puñado de siglos con sus guerras y sus asesinatos en masa, entre otras cosas. El griego de la época de Sócrates, al parecer, y dejando de lado posturas de antes, durante y después de las guerras médicas, estaba muy unido a su ciudad, era parte consustancial de la misma. Hoy en día las uniones a los pueblos y ciudades, por parte de sus habitantes, son más bien folklóricas y ridículas. Tal vez como entonces. Otro tanto sucede con las leyes. Resulta difícil, por no decir imposible, sentirse parte de ellas y obligado por las mismas. Al menos hasta el punto de brindar por ellas o de beberse la cicuta.

Ya en el tren, lleno a rebosar, yendo de pie, con la cabeza apoyada en una ventanilla, recordé una vieja conversación con José Luis, caminando por la Vía Verde. Íbamos de Caudiel a Barracas. Estando a pocos kilómetros de Barracas comenzó a llover. Nos gustaba deleitarnos con la lluvia.

—A mí —me dijo José Luis bajo su enorme paraguas negro— me encanta oír el repiqueteo del agua sobre el paraguas.

—Yo —le contesté— prefiero un chubasquero: me deja las manos libres.

Como dijo el capitán, cada cual según su afán.

—Como dijo el capitán, cada cual según su afán. Esto es como lo que te comentaba el otro día. ¿Te acuerdas?

—Si me especificas qué día…

—Sí, de cuando me hablaste de las opiniones de los distintos historiadores sobre un mismo emperador romano.

—Si no recuerdo mal vine a decirte lo mismo que dice el refrán: “tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres”. O “muerto el perro, muerta la rabia”. Fallecido el interfecto, a quien se temía en vida, se abría la veda para ponerlo a caldo, muerto. Se alababa vivo al mismo que fallecido se difamaba. A veces —dije meditabundo bajo la fina lluvia— me gustaría que fuera real la historia de Mefistófeles. Y que éste se me apareciera…

—¿No te morirías del susto? —me preguntó José Luis riendo de buena gana.

—Seguramente, sí —le contesté.

—Pero supongamos que no te mueres del susto. ¿Qué le pedirías?

—Volver a tener veinte o veinticinco años, y poder hacer una tesis doctoral sobre la influencia de los refranes en la filosofía, o cómo la filosofía, a menudo, parece un refrán ampliado.

—¿Palabrería entonces?

—Sinceramente, creo que sí, al menos en muchos casos. Aunque también tengo que decirte que estoy hablando un poco a lo loco: no he leído o estudiado tanta filosofía como para sentar cátedra.

—Lo tuyo, por lo menos lo último, es la historia, ¿no es así? Oye, cada vez está lloviendo más.

—Me gusta mucho —dije sin hacer caso de su comentario sobre la lluvia—. Pero tampoco me he dedicado a ella. Soy como las gallinas: voy picoteando por aquí y por allá. Y al final como dice el refrán: “Aprendiz de todo, oficial de nada”.

—Muchacho —me dijo elevando la vista al cielo—, la lluvia está arreciando. Y por aquí no hay ningún túnel ni caseta donde refugiarse.

—Pues tomémoslo con calma. No debe de faltar mucho para llegar al pueblo.

—Cuatro kilómetros —dijo consultando su reloj de senderista. Éste le ofrecía todo tipo de datos sobre el camino, el tiempo, su estado de salud… Una maravilla.

—Pues empapémonos de agua durante cuatro mil metros.

—Y algunos centímetros más.

—Sea. Creo —dije calándome el sombrero y poniéndome la capucha del chubasquero sobre él— que cada época tiene su propia visión de las cosas. Y todos los humanos del momento, con ligeras variantes, comulgamos con ella. Todo es, pues, una enorme opinión que se impone a las opiniones pequeñas, si las hay. De lo cual se deduce que no hay nada verdadero. Cuanto creemos y admitimos no es sino una opinión.

—¿Ni aún la religión es verdad? —me preguntó sonriendo.

—Ahí no me voy a meter. Es una cuestión de fe. Y eso, como las manías, es tan respetable como incurable.

—No creas. También se duda. Y se pasa de una orilla a la otra.

Lo que dices tú de los historiadores, también lo he comprobado yo con la religión: yo no acepto muchas cosas de las que aceptaba mi madre, por ejemplo.

—No te hago yo a ti muy dubitativo.

—Porque nunca hemos hablado de esto. Pero lo que dices tú de los historiadores, también lo he comprobado yo con la religión: yo no acepto muchas cosas de las que aceptaba mi madre, por ejemplo.

—Sin duda, somos productos de una época. Es absurdo, por lo tanto, pensar que nosotros tenemos razón y los otros están equivocados. O viceversa.

—Eso se llama tolerancia, muchacho.

—Llámalo como quieras. También puede ser inseguridad o desconocimiento. No lo sé.

—Lo malo es que no tenemos una piedra de toque para solucionarlo. No lo podemos comparar con nada. Y nos creemos en poder de la verdad… Esto me recuerda lo que me sucedió con un niño en una clase. Aquella tarde, con las aulas recogidas, se tuvo que quedar conmigo a hacer unos ejercicios. Entramos en un aula. Le dije que se sentara en la sillita de la primera mesa. Se negó. Quería sentarse ante otra alejada porque decía que era más pequeña y estaba a su altura. Le contesté que todas las mesas eran iguales. Él empeñado en que no. Fuimos a la mesa que quería. La pusimos al lado de las otras. Eran totalmente iguales.

—¡Huy! —exclamó entonces—, porque ha crecido cuando nos ha visto llegar.

—Sí. Eso es típico de mucha gente: ni dan el brazo a torcer, ni nunca se van a disculpar por nada. Los errores siempre los cometen los otros. Pedir perdón y dar las gracias es cosa de extraterrestres.

—Oye, la lluvia está arreciando de verdad. Y yo necesito descansar aunque sea de pie. ¿Por qué no te adelantas y vas pidiendo la comida en el restaurante?

—No lo hago porque se enfriará la comida. Y, además, dijimos de estar siempre en contacto visual el uno con el otro por si nos pasaba algo, dada nuestra provecta edad.

—Me sabe mal…

—A mí también, leche, a mí también. Pero —añadí declamando y elevando los brazos al cielo inmisericorde—, ¡oh, dioses, este es el funesto precio por la dorada amistad!

—Estás como una regadera —me dijo sonriendo bajo la lluvia.

Seguimos juntos. Empapándonos amigablemente.

Con el tren cogiendo velocidad recordé que no siempre fue así. Una vez lo dejé bajo una fuerte lluvia, y corrí en busca del coche. Cuando llegué estaba empapado. También lo estaba José Luis. Una buena sopa de cocido nos entonó. Pero nunca me perdoné haberlo dejado solo en medio del monte y bajo la lluvia.

—Creo —dije como si estuviera hablando con Marco Aurelio en la ciudadela de Sagunto, deseando quitarme el recuerdo de aquel infausto día— que uno solamente debería hablar de aquello que sabe. Y sí, el país enmudecería. No sé, en verdad, ni cómo me atrevo a hablar contigo sobre el estoicismo. No tengo ni idea. Ni lo vivo, si has captado el anterior relato. Y, en consecuencia, no digo más que tonterías cuando, efectivamente, todas las mesas son iguales.

—Das tu opinión —noté que me respondía—. Ni más ni menos. ¿Es equivocada? Eso deberíamos verlo hablando, discutiendo.

—No estoy a la altura. ¿Sabes una de las cosas, y había muchas, que más me gustaba de mis viajes con José Luis? Que hablábamos, nunca tocábamos grandes temas y, lo más importante, jamás murmuramos ni hablamos mal de nadie.

—Eso ya es muy meritorio.

—El otro día te dije que el estoicismo me parecía una filosofía deshumanizada. ¿Por qué no llorar o gritar cuando se siente un gran dolor?

Yo, en ciertos momentos de mi vida, como hacía la protagonista de aquella película, Cabaret, me fui bajo las vías del tren, o a una lejana montaña, y grité y gemí hasta quedarme afónico.

—Epicteto —me contestó Marco Aurelio— recomienda que se llore y se gima cuando se ha de llorar y gemir. No obstante, también dice que llorar y gemir es una opinión, algo ajeno al albedrío, y, por lo tanto, desechable.

—Bueno, que diga cuanto quiera. Yo, en ciertos momentos de mi vida, como hacía la protagonista de aquella película, Cabaret, me fui bajo las vías del tren, o a una lejana montaña, y grité y gemí hasta quedarme afónico. Y qué paz sentí, dios, qué paz. Poco duradera, desde luego.

—Sí te sirvió, aunque fuera momentáneamente… Al fin y al cabo eso es tan humano como el egoísmo…

—Tienes razón. Hace años, en otra película, vi la reflexión del personaje principal. Me impactó. Viene a decir que en el llanto y en la desesperación por la muerte de un allegado siempre hay un componente egoísta. Es cierto. Pero el egoísmo también puede ser encauzado.

—En eso estamos de acuerdo. Y —añadió sonriendo— eso es estoicismo, ¿no?

—¿Tú crees? No lo sé. Y cada día tengo más y más dudas sobre todo. Creo que ya no entiendo nada… Me gustaría hacer más caminatas bajo la lluvia con José Luis… Y gritar al llegar a algún puente, porque ya no está. ¡Dios, qué faena!

Ya no pude seguir pensando ni recordando. El tren había llegado al final del trayecto. Empujones, codazos y lo típico de estas situaciones. Así bajamos todos del vagón. Se había hecho tarde. Estaba cansado y tenía hambre. Me senté a comer en el primer restaurante económico, y con pocos comensales, con el que di.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Epicteto. Manual. Disertaciones por Arriano. Gredos. Madrid, 2001. Traducción de Paloma Ortiz García.
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