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Apariencias

jueves 2 de mayo de 2024
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Apariencias, por Vicente Adelantado Soriano
Me encaminé hacia la estación con cara de pocos amigos. Triste y melancólico. Nadie se atrevió a acercarse a mi persona ni a pedirme nada.
Lo que turba a los hombres no son las cosas, sino las opiniones sobre las cosas.
Epicteto, Enquiridion, I, v.

Aquella mañana, por lo visto, me había levantado con una cara que debía reflejar una bondad inexistente en mí. Fueron, en sesión continua, cuatro las personas que se me acercaron pidiéndome dinero para desayunar, para un café con leche, un bocadillo o una botella de agua. La petición más peregrina fue la de pagarle un billete, al peticionario, o bien a Marruecos o a Cartagena, según mis posibles. Podía pagar con tarjeta, puntualizó. Menos mal.

Hoy todo el mundo pide dinero para todo: hay una guerra, piden dinero para salvar a los niños; hay una epidemia, piden dinero para vacunar a los niños; hay inundaciones, piden dinero para rehacer el país… Uno se pregunta a dónde van a parar los impuestos que, esos sí, se pagan religiosamente todos los años. Con tarjeta o sin ella. Pero no hablemos de quienes los gestionan, de la corrupción ni de los corruptos. Son como las moscas o los escarabajos peloteros. De ahí que todo cuanto tocan lo conviertan en su plato preferido. Pero dejémoslo estar. No tiene ni solución ni vuelta de hoja.

Dejé a los peticionarios de lado, y subí al tren. Sentado en un rincón del mismo abrí el libro comprado la víspera. La lectura me tranquilizó. Cuando vi que estaba solo en el vagón lo cerré. Di paso, así, a las meditaciones que me ocupaban desde hacía unos días. Las expondría poco después en la ciudadela del castillo.

La verdad, si existe, es como una etérea visión, o ciertos recuerdos lejanos: nunca se sabe si son reales o creaciones propias con añadidos posteriores.

—Es cierto —reflexioné—, según dicen los estoicos, que todo es una opinión; la verdad no existe, o es una cosa tan endeble que se quiebra con un ligero soplo. ¿Qué es actuar conforme a la naturaleza? ¿Quién es Dios? ¿Qué es el alma? ¿Qué es el principio rector? La verdad, si existe, es como una etérea visión, o ciertos recuerdos lejanos: nunca se sabe si son reales o creaciones propias con añadidos posteriores.

—Así, de esa forma —me dijo el emperador Marco Aurelio—, llegarás al nihilismo. Y hay una verdad: el hombre debe caminar hacia la virtud. Ésta existe. Es real.

—Es una verdad abstracta. Existe tanto en cuanto el hombre la practica.

—¿Es abstracto —preguntó sorprendido— intentar ser el mejor en tu trabajo? O, si no ser el mejor, dejémonos de competiciones, hacer tu trabajo de la mejor forma posible. ¿Es abstracto que uno malo se vuelva bueno?

—Si es así, hay mucho ser virtuoso por ahí. Mucho estoico si quieres.

—De lo contrario, la sociedad no funcionaría.

—La vida misma nos conduce al estoicismo. Somos estoicos a la fuerza. Ante cualquier desgracia puedes gritar, desgarrarte el vestido y mesarte los cabellos. Y nada va a cambiar. Sólo, como ante los burdos políticos, nos queda la resignación. Eso se aprende con el paso del tiempo. Y con la sucesión de desgracias que nos va regalando la vida.

—¿Crees entonces que todos tus congéneres son estoicos?

—Lo son sin saberlo. Les sucede como sucedió en aquella reunión de anarquistas. Iban a colocar una bomba no recuerdo dónde. Pero entre esos activistas había tanto policía infiltrado que todos eran policías. No había ni un solo anarquista entre quienes estaban preparando el atentado. Quizás con el estoicismo pase lo mismo.

—Hay muchas personas que persiguen la riqueza, las prebendas, la fama… Tú mismo has nombrado la corrupción y el lodazal…

—Sí. Es cierto. Pero esas personas no tienen ningún interés. Al menos para mí. Y ahora, una pregunta: ¿opiniones y apariencias es lo mismo en el estoicismo?

—Yo te diría que si lo que imaginas o ves no se ve confirmado o refutado por otros testimonios, nace el error. Pero si se ve confirmado, y nada lo contradice, es verdad.

—Lo malo del caso es que hay cosas que no pueden confirmarse. Por ejemplo, esta noche he soñado que José Luis estaba jugando con una pelota en la Plaza de España de Sevilla.

—¡Anda! —exclamó éste—, si yo jamás he jugado al fútbol.

—Ya lo sé. Por eso mismo me resultaba fácil refutarlo. Pero también he visto un largo puente de hierro entre los dos. Bajo el puente había una extensa plantación de lavanda. Ni tú cruzabas el puente, ni yo me movía. ¿Sucedió eso en realidad?

—Yo te diría que no, pero no me acuerdo. Recuerdo haber estado los dos en muchos campos de lavanda. Espliego lo llamabas tú entonces. Me hizo gracia.

—Así lo llaman en mi pueblo.

—¿Crees en los mensajes de los sueños? —me preguntó el emperador.

—No. Entre otras cosas porque rara vez los recuerdo. Además nunca he soñado con ser emperador o general, o actor o catedrático, o escritor famoso y sabio. Los míos son sueños anodinos.

—Y de haberlo soñado, ¿lo tomarías como una premonición?

—No. No me preocupa lo más mínimo. Son cosas inalcanzables para mí: no estoy en el lugar adecuado ni lo voy a estar. Me interesa, por el contrario, la tranquilidad. Ésta —añadí— me parece la noción más útil que he sacado del estoicismo.

—Y el resto te suena a palabrería.

—Sí. Francamente. Bueno, se salvaría la noción de que todo son opiniones, y de que la verdad como tal no existe. Y no me refiero ahora a la virtud. Te hablo de la historia, de las concepciones sobre el devenir o el pasado del hombre. De la mayoría de los escritos y tratados, vamos. Por no hablar de los periódicos y la televisión de hoy en día.

No entiendo cómo el país va tan mal con la cantidad de sabios contertulios que hay por las radios y las televisiones. Éstos lo mismo sirven para un frito que para un asado.

—Las televisiones, algunos programas, me llaman mucho la atención —terció José Luis, quien no era muy dado a intervenir en este tipo de conversaciones—. No entiendo —explicó— cómo el país va tan mal con la cantidad de sabios contertulios que hay por las radios y las televisiones. Éstos lo mismo sirven para un frito que para un asado: saben de todo y entienden de todo. Y hablan de todo.

—Y claro, con sus opiniones crean el estado de ánimo que les es favorable —dijo el emperador—. Por lo tanto hay que ir a los sucesos y no a sus opiniones. A las fuentes.

—Difícil me lo pones —repliqué yo—, pues por regla general la noticia, en cualquier periódico, ya aparece trufada de ideología. Así cada periódico tiene sus lectores como cada cadena de televisión sus seguidores. Y nadie se plantea que solamente ha visto o leído opiniones, nada más que opiniones. Muchos de estos contertulios y periodistas, además, hablan ex cathedra.

—Y a veces —intervino José Luis sonriendo— no es fácil acercarse a las fuentes y saber si es verdadero o no. Aunque de vez en cuando da resultado. ¿Te acuerdas cuándo nos fuimos a aquel pueblo donde nos dijeron que había dos puentes romanos?

—Sí. Me acuerdo.

—Iba todo entusiasmado —le contó a Marco Aurelio—, pero en cuanto llegamos allí vio, enseguida, que los puentes serían, como mucho, de los años 40 o 50 del siglo XX.

—Bueno, pero el viaje valió la pena. Y los puentes seguían modelos romanos. Además, lo pasamos muy bien, como siempre. Y comimos como reyes.

—Como siempre, muchacho, como siempre —repitió José Luis—. Nos llevaron “engañados”, pero lo pasamos muy bien. Desde luego.

—Pues ahí lo tienes —intervino Marco Aurelio—; si nadie os hubiera dicho que los puentes eran romanos, no hubierais sufrido una decepción. Era una opinión equivocada. Las fuentes lo confirmaron.

—Para opinión equivocada —dijo José Luis con un rostro que anunciaba una gran carcajada— la que nos sucedió en una ciudad no muy lejana.

—¿A qué te refieres? —pregunté.

—A aquel día en el que íbamos buscando un lugar donde comer. Vimos, de lejos, unas enormes letras rojas anunciando: SEXO GRATIS. A éste —le dijo a Marco Aurelio señalándome a mí— se le hizo la boca agua.

Los tiempos cambian que es una barbaridad. Pero siempre hay cosas prohibidas o mal vistas, o ambas cosas a la vez.

—Tengamos la fiesta en paz —repliqué—, no es que sea un rijoso. Quería, como Zenón —explicité riendo—, tener comercio carnal con alguna de aquellas mozas para no ser acusado de misógino.

—¡Ya! —exclamó Marco Aurelio riendo—. Hoy te acusarían de eso y de mucho más.

—Sí. Es cierto. Los tiempos cambian que es una barbaridad. Pero siempre hay cosas prohibidas o mal vistas, o ambas cosas a la vez.

—Nos fuimos acercando —continuó José Luis— a las enormes letras rojas con su promesa de sexo gratis. Y cuando llegamos ante ellas, vimos unas letras pequeñas especificando: “Sea cual sea tu SEXO, las primeras clases de inglés GRATIS”. Desde la lejanía, claro está, no se veía la letra menuda.

—Y tu gozo en un pozo —dijo el emperador.

—Bueno, al menos nadie me pudo acusar ni de misógino ni de nada. Me había dejado llevar por las apariencias, por las opiniones. Pero aquel día, por lo que recuerdo, también comimos muy bien.

—Por lo que veo —intervino Marco Aurelio— os habéis dejado llevar muchas veces por las apariencias.

—Sí. Es cierto. Pero eso nos hizo desconfiar de los folletos turísticos, de las guías, de los centros de interpretación, y de los enterados. Los hay en abundancia allá por donde vayas. Son como las moscas en un basurero.

—Y fuimos a nuestro aire. Durante tres o más años fuimos a nuestro aire. Y unas veces el viaje nos salió bien, y otras no tan bien.

—Pero nunca nos enfadamos el uno contra el otro.

—Eso es fundamental. Una buena amistad.

—La nuestra lo ha sido.

—Me alegro —dijo Marco Aurelio levantándose y yendo hacia la ciudadela del castillo seguido por José Luis.

Una vez más, con tristeza, los vi alejarse. Me quedé solo y con ganas de comentarles que el concepto naturaleza fue un comodín en la Antigüedad. Tanto Aristóteles como Cicerón, entre otros, la usan sin tapujos. Lo mismo sucede con el principio rector e infinidad de lindezas. Y sin definir ninguna, por supuesto. Me encaminé hacia la estación con cara de pocos amigos. Triste y melancólico. Nadie se atrevió a acercarse a mi persona ni a pedirme nada.

Vicente Adelantado Soriano
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