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Un incesante devenir

jueves 9 de mayo de 2024
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Un incesante devenir, por Vicente Adelantado Soriano
Me asombra la cantidad de libros que has leído. Y no olvides los viajes, los paisajes, las personas y los sitios que conocimos.
¿A quién me nombrarás que conceda algún valor al tiempo, que ponga precio al día, que comprenda que va muriendo a cada momento? Realmente nos engañamos en esto: que consideramos lejana la muerte, siendo así que gran parte de ella ya ha pasado. Todo cuanto de nuestra vida queda atrás, la muerte lo posee.1
Séneca, Epístolas a Lucilio.

—No quiero ser impertinente, siempre he odiado a este tipo de personas; nada te voy a preguntar, por lo tanto, que no quieras contar o contestar. En tu obra, la he leído y releído infinidad de veces, no citas a Séneca; tus razones tendrás. A mí me parece un pensador importante. Digno de ser leído, desde luego. No entiendo tu silencio.

—Sí, lo fue sin duda —me respondió Marco Aurelio—, sobre todo en la última etapa de su vida.

—A esa especialmente me refiero yo, a la época de las Epístolas a Lucilio.

—No tengo ningún problema en hablar de Séneca —dijo el emperador un tanto compungido—. En mi tiempo se le acusó de ser un falsario, de decir unas cosas y hacer las contrarias. Pero no conviene prestar mucha atención a las murmuraciones. Yo no lo hice.

Ante esas acusaciones, y otras similares, debemos andar con pies de plomo.

—Sí, yo también lo he oído. Pero ante esas acusaciones, y otras similares, debemos andar con pies de plomo… No sé dónde leí, en algún libelo de algún enemigo suyo, desde luego, que en su casa Séneca tenía quinientas mesas. De buena madera y con incrustaciones de marfil.

—Importaba mesas de Egipto, creo —explicó el emperador sonriendo.

—Una casa donde quepan quinientas mesas, vamos, tal vez en la Domus aurea. Como todos sabemos no era suya. Era de Nerón.

—A lo mejor —medió José Luis sonriendo— las tenía porque daba clases. Ahora, un aula con quinientas mesas me parece un poco exagerado. Haría falta un buen chorro de voz para hacerse oír por los alumnos de las últimas mesas.

—Más bien. De todas formas, eso no importa en estos momentos. A todos, creo, en un momento u otro, se nos puede acusar de hipócritas o de falsarios, máxime cuando hay intereses de por medio. El ejemplo lo tenéis en el lodazal de la política española. Y en el mismo Séneca. Envidias, intrigas, afán de poder… A veces es difícil vivir teniendo una mínima esperanza en el ser humano.

—Sí. Es cierto. Lo mejor en esos casos es una vida retirada.

—Pero tampoco eso me inquieta ahora. Vivo en soledad, retirado. Apenas tengo relación con nadie. Nadie, por lo tanto, me va a acusar de nada. No soy rentable, por otra parte… Me preocupan, eso sí, las advertencias de Séneca sobre el tiempo. Ahí es donde quiero incidir.

—No temas a la muerte —dijo malinterpretando mis palabras—. Se exagera mucho. No hagas caso. Ya sabes: Pompa mortis magis terret, quam mors ipsa.

—No estoy hablando de la muerte. Estoy hablando del aprovechamiento del tiempo.

—Yo creo —intervino José Luis— que lo has aprovechado muy bien. Me asombra la cantidad de libros que has leído. Y no olvides los viajes, los paisajes, las personas y los sitios que conocimos. Durante muy breve tiempo, por desgracia. Pero lo supimos aprovechar muy bien.

—Por los viajes te estoy muy agradecido. Sobe todo por el de Ampurias y Sant Pere de Rodes. Ahora bien, de los libros, muchos no valían la pena, y de la gran mayoría no conservo sino la fragancia del vaso, como diría Azorín. Y a menudo ni eso.

—Estás siendo muy poco estoico —intervino el emperador—. No lo podemos memorizar todo, ni recordar todo; pero todo, por fas o por nefas, forma parte de nosotros. No tiene sentido ahora llorar por haber perdido el tiempo con este libro en lugar de haber leído el otro. Si te refieres a eso y yo te he entendido bien.

—Eso es cierto. Nos lamentamos —dije dirigiéndome a José Luis— cuando una excursión, por mil y un detalles, no salió como habíamos deseado. Pero no nos regodeamos en los lamentos.

Lo que hicimos fue preparar el siguiente viaje con más cuidado. Pero eso no nos libró de cometer otros errores. Lo cual estaba muy bien.

—No tenía sentido —apuntó José Luis—. Lo que hicimos fue preparar el siguiente viaje con más cuidado. Pero eso no nos libró de cometer otros errores. Lo cual estaba muy bien: era un reto continuo. Volver a las andadas con nuevos planteamientos. Aprovechar el tiempo y los errores.

—Errar es humano, Errare humanum est, dijo Séneca —añadió Marco Aurelio sonriendo y dando a entender que conocía bien al filósofo.

—Y rectificar también —repliqué con presteza.

—Por supuesto.

—Me doy cuenta ahora de los errores cometidos en mi juventud. Cambiaría muchas cosas de poder hacerlo. Aprovecharía el tiempo mejor. De otra forma. Pero ya está muerto y bien muerto.

—No lo puedes hacer —me interrumpió Marco Aurelio—; por lo tanto, todo cuanto estás diciendo no tiene ningún sentido. A menos que te sirva para hacer tus acciones presentes más virtuosas.

—A eso voy. Antes me preocupaba mucho el tiempo porque no disponía de él. Ahora lo tengo todo para mí. Pero ¿en qué lo invierto?

—En la búsqueda de la virtud, sin duda. En comportarte de acuerdo con la naturaleza.

—¿Puedo hallar la virtud encerrado en casa leyendo y estudiando o viniendo aquí a visitaros? ¿Está eso de acuerdo con la naturaleza?

—¿Por qué no?

—Una de las cosas buenas que tenían nuestros viajes —le dije a José Luis— era que, de una forma u otra, siempre conocíamos a algunas personas. Estábamos en contacto con la gente.

—Sí. Es cierto —corroboró él—. Y por regla general eran buenas personas. ¿Te acuerdas de aquella chica que se detuvo junto a mí para preguntarme cómo estaba? Se había alejado unos kilómetros —le explicó a Marco Aurelio—; yo no podía más. Necesitaba descansar. Y él debía seguir caminando. La chica se detuvo, bajó de la bici y me ofreció agua, comida…

—A mí —dije— también me ayudó una pareja cuando me caí en aquella montaña y no me podía levantar. Creí llegado el día de mi muerte. Ellos me incorporaron y me llevaron al coche.

—Este muchacho es el optimismo hecho carne y hueso. No había llegado tu hora… Siempre dimos con buenas personas a lo largo de nuestros viajes. Y con camareros muy amables. Y es con este tipo de personas con quienes debemos contar. ¿Eso no es aprovechar el tiempo?

—Me aterroriza —metí la cuña negativa— ver cómo se manipula a la gente, incluso a las buenas personas, para que se manifiesten por esto o por aquello.

—¿Tú crees que los manipulan? —me preguntó Marco Aurelio—. Yo creo que hay una confluencia de intereses. Unos quieren conseguir unas cosas, y a otros les encanta el vandalismo. Es una asociación peligrosa. Y ahí no hay muy buenas personas.

—Yo creo —apuntó José Luis tímidamente— que se engaña a quien quiere ser engañado.

—Me estás sorprendiendo —le respondí.

—¿Por qué?

—Porque nunca te he visto inmiscuirte en este tipo de conversaciones.

—Muchacho, como dijo aquel: no todos los tiempos son uno.

—En eso tienes razón. Tú y aquel. Y volvamos al tiempo.

No es muy importante, creo, el libro o el tema que escojas para estudiar o meditar. Ya ha pasado: ha muerto.

—No es muy importante, creo —dijo Marco Aurelio—, el libro o el tema que escojas para estudiar o meditar. Ya ha pasado: ha muerto. Lo importante es tu predisposición. Y ella, sin duda, de acuerdo con tu naturaleza, te conducirá por unos u otros derroteros. Buenos. No perderás el tiempo. Aun cuando te equivoques.

—Haciendo pruebas y experimentos perderé unos años preciosos.

—No. Lo mejor, desde luego, es lo recomendado por tu querido Séneca: aléjate de los muchos libros. Basta con unos cuantos, sin agobiarte. Y mientras, si éstos te defraudan, no habrás perdido nada. La certeza nace del error. Y tan necesario es una como el otro. Lo importante es adecuarse a lo que se tiene. Y sacar provecho de ello.

—Es cierto —dijo José Luis—; debido a mi enfermedad no pudimos ir a Delfos, el viaje mítico tantas veces buscado y prometido. Pero fuimos a Ampurias. Por lo mismo no pudimos viajar a Atenas ni a Afrodisias, pero vimos las ruinas de Bilbilis y las de muchos poblados iberos. No tienen tanta fama, pero eran igualmente importantes. Allí estaban a quienes buscábamos.

—Sí. Tienes razón.

—Lo importante —volvió a intervenir el emperador— es aprovechar cuanto la naturaleza nos pone al alcance de nuestras manos. Cuanto depende de nosotros y lo podemos realizar. Lo otro no deja de ser un sueño, una entelequia. ¿Tan importante es ver las ruinas de Delfos?

—No —respondió José Luis—. Lo importante aquí fue nuestra amistad, el placer de nuestra mutua compañía y el de los paisajes y las gentes. Sabíamos que se terminarían pronto, dada nuestra edad. Pero aprovechamos muy bien el tiempo y los viajes. Hablamos a menudo, recuérdalo, de la caducidad de la situación: yo enfermo y los dos cargados con una cierta edad. Y ambos resignados a cuanto viniere. Y nada insoportable se nos vino encima.

—Eso me ha recordado al otro gran estoico —dije mirando al emperador—, don Francisco de Quevedo: última filosofía del saber, aceptar cuanto viniere.

—Y lo aceptamos —siguió José Luis—. Comiendo en algún restaurante más de una vez nos dijimos que habíamos sido seres privilegiados: trabajamos en lo nuestro, la docencia, por vocación, tuvimos una familia adorable, y disfrutamos de ella… ¿Qué más se puede pedir?

—A mí se me escapa algo —dije—. Yo quisiera exprimir el tiempo, aprovecharlo al máximo… De otra forma. No sé…

Hazlo todo con la máxima elegancia, sin perjudicar a nadie, sin prestar oídos a nada que no sea tu voz interior.

—Al final —me recriminó Marco Aurelio—, Séneca te va a ser perjudicial. O, mejor, la interpretación que haces de él: vive, lee, estudia, sal a caminar. Y hazlo todo con la máxima elegancia, sin perjudicar a nadie, sin prestar oídos a nada que no sea tu voz interior. Esa voz educada por la filosofía, por la búsqueda de la entereza y de la areté. No estás perdiendo el tiempo. No hagas caso a nadie salvo a tu principio rector. Ya sabes: a los hombres o los educas o los sufres.

—O huyes de ellos —apuntó José Luis sonriendo.

—Es otra opción.

—Entonces —dije levantándome y comenzando a despedirme— voy a exprimir el tiempo leyendo a Séneca. En el original.

—Sabia decisión, muchacho —sentenció José Luis sonriendo y levantándose. En compañía de Marco Aurelio comenzó la ascensión hacia la ciudadela del castillo. Me quedé solo. Emprendí el regreso a casa.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Séneca, Epístolas a Lucilio, Libro I, 2. Gredos, Madrid, 1994. Traducción de Ismael Roca Meliá.
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