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Desazón

jueves 11 de julio de 2024
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Platón
Me ha quedado claro, releyendo a Platón, la total imposibilidad de comprender los textos antiguos. mvivirito0 • Pixabay
No pidas, pues, lo imposible.
Marco Aurelio, Pensamientos.

—Estas navidades pasadas —le dije a mi vecino caminando por los alrededores del restaurante de montaña, en tanto dentro terminaban de preparar las mesas— estuve releyendo algunos diálogos de Platón.

—Usted no sale nunca del mundo clásico.

—Algunas veces lo hago. Pero sí. Es cierto. No es por nada especial sino porque siempre tengo la impresión, cada día más nítida, de no comprender nada y de no entender nada de ese mundo y aun de otros. E insisto. Y trato de penetrar en ellos. Pero estoy empezando a desanimarme.

—Pues deje de darle vueltas. ¿No se cansa? Hay más cosas: novelas actuales, cine...

—Sí, me canso. Y cada día, al menos ante algunas obras, me vuelvo más escéptico o tal vez nihilista. Estoy encauzando mi vejez no hacia la sabiduría sino hacia un puñado de preguntas sin respuestas. Me veo abocado a la vaciedad total. No entiendo nada.

—Tal vez eso sea la sabiduría. Aunque, entonces, claro está, no podrá aconsejar a nadie, ni servir de modelo a nadie —dijo no sin ironía.

—Odio dar consejos. O ser modelo de nada. Lo sabe. Es un signo de petulancia.

—No siempre —contestó sonriendo—. Se salvan los camareros entendidos en vinos. Y los hay. Créame. Y a veces merece la pena seguir sus consejos. No obstante, lo suyo, claro está, no está relacionado con el vino —puntualizó sonriendo.

—No. Dejemos el vino de lado y volvamos al principio. Llevado por un estudio que pretendía hacer, volví a releer algunos de los diálogos de Platón. ¿Los ha leído usted?

—No. Francamente, no. Leí alguno en mi juventud, de estudiante, pero no me entusiasmaron. Lo contrario le pasó a usted, claro está.

—No sé cuántas veces los he leído y releído. Muchas. De joven, me entraban como el agua en un campo falto de riego; más tarde, con la precaución de quien cuida con esmero una parcela, y ahora no entiendo nada, ni estoy de acuerdo con él prácticamente en nada. Me he quedado seco.

—Tal vez debería tener en cuenta el contexto —apuntó tímidamente—. Como le he dicho en múltiples ocasiones, no todos los tiempos son unos.

—Esa sentencia suya tiene su buena parte de razón. Máxime cuando median las traducciones. O cuando estos libros los conocemos a través de ellas. Y ojo con esto. Mucho ojo.

—No es mía esa dichosa frase —reconoció con modestia—. Es de don Miguel de Cervantes.

—Da lo mismo: tiene razón. No quisiera disculpar mi ignorancia, pero me ha quedado claro, releyendo a Platón, la total imposibilidad de comprender los textos antiguos... Me explico: a veces en los diálogos de Platón me ha parecido descubrir la nula relación entre las preguntas de Sócrates y las respuestas del interpelado de turno. Quizás en el contexto de la Grecia de estos personajes, esa lógica de pregunta-respuesta fuera impecable. Hoy, no me lo parece. Muchos razonamientos están traídos por los pelos. Se subordinan a una idea preconcebida. ¡Valiente descubrimiento! Sin olvidar las traducciones. Que en realidad más que eso son interpretaciones. Ese es otro problema. Y no baladí.

—No puedo decirle nada al respecto. Yo más bien soy lector de novelas. Y éstas se entienden muy bien. Aunque demasiado a menudo no hay nada que entender. Con respecto a lo otro, a la falta de lógica en los diálogos, según usted, quizás con la filosofía suceda lo mismo que sucede con los efectos especiales en el cine: en un momento dado, cuando aparecen, no se perciben; años después se notan a la legua y provocan la risa del espectador. Pero surgen otros que pasan desapercibidos para el ojo actual. Y en el futuro los percibirán, y hasta se reirán de ellos. Y así pasamos la triste vida.

—Llevado por mi frustración con Platón —insistí obviando su buen apunte cinematográfico—, hice un pequeño experimento: leer varios tratados y ensayos actuales. Y tiene usted razón: lo entendí casi todo sin más. No me causaron ningún problema. Tal vez se deba a compartir el mismo contexto, las mismas premisas, o efectos especiales, con sus autores.

—Y no le sucede lo mismo con Platón. ¿Y con otros filósofos?

—No. No me sucede lo mismo. Me empapo de historias de Grecia, de textos del momento, y sigo sin meterme en la cabeza de Sócrates y de algunos más. El problema, sin duda, es mío. Soy incapaz de comprender nada. Y si entiendo algo, no estoy de acuerdo con el autor.

—Es normal. No me parece un problema preocupante: la filosofía, como todo en esta vida, es una creación humana. Y es lógico, en consecuencia, que nazca, crezca y muera. Las novelas de caballería que entusiasmaban a don Quijote, por ejemplo, hoy en día no las lee nadie: son infumables. Y en su momento causaron furor.

—También lo causó la teoría de Platón. Nada original, al parecer, ni cuando apareció. Según ésta, el hombre se compone de cuerpo y alma. Aquél es despreciable, vil, mortal, y ésta, inmortal, bella y digna de todos los cuidados y parabienes del mundo. Y no hablemos de las traducciones. ¿El concepto de alma o del cuerpo es el mismo para un griego del siglo V a. C., que para un hombre actual? No. No. No lo es.

—Yo, como le he dicho, soy lego en la materia. He leído muy poca filosofía. Pero me parece, viendo al común de los mortales, que eso del alma quedó obsoleto hace ya mucho tiempo, o un poco olvidado. Hoy hay tendencia al hedonismo...

—¡Valiente palabra acaba de emplear usted! —exclamé—. Esta sociedad no es nada hedonista —afirmé rotundamente—. Más bien vive al día, sin preocuparse por el mañana, y, mucho menos, por supuesto, por el más allá. En realidad la sociedad actual no se preocupa por nada. Es fatua y vacía. No disfruta de nada. Se entretiene.

—Quizás eso sea debido a la inestabilidad del mundo. Me explico: a las continuas e inacabables guerras, a la ineptitud de los políticos, a las faltas de respeto y educación de éstos y de sus gobernados, y al triunfo, cada vez más preocupante, de los zafios, de los corruptos y de las malas bestias. Votados por esas mismas personas, para más inri. No lo olvidemos.

—Seguimos igual. Como cuando se escribieron las defensas de las formas de gobierno. Meto otra cuña. Piense usted en los tratados políticos de la antigüedad. Los escribieron los nobles, los aristócratas, quienes tenían tiempo libre, el famoso otium. Y por lo tanto, como Cicerón o Catón el viejo, un senador aristócrata, cantaban las excelencias de un gobierno y de unos pactos que los protegían y defendían a ellos. Creado por ellos para su propio beneficio, el de la aristocracia, para su uso y su disfrute. Y en sus textos hicieron ejemplar su forma de gobierno, cuando distaba muchísimo de serlo.

—Quizás eso se haya corregido algo, aunque sea mínimamente, con la democracia. Y queda claro, con cuanto acaba de decir, que lo que usted no entiende es la metafísica. El resto lo tiene bastante claro. Digo yo.

—Es cierto. Tiene razón, hasta cierto punto. Por cierto, la democracia es una entelequia. No existe tal forma de gobierno. Ni ha existido nunca. Es un espejismo. Mire, otros textos de muy difícil lectura, más que los tratados de Platón, son las comedias. Ahí, como en todas las obras de humor, se ha perdido muchísimo contexto.

—No me extraña. Muchos jóvenes de hoy en día no saben quién fue Azaña, o Franco o Boabdil el Chico, ni algunos personajes similares. Si hace usted un chiste sobre ellos, ni lo entienden.

—Efectivamente. Y eso es lo que sucede, en muchas ocasiones, con las comedias de Aristófanes. Ahora bien, hay una cosa que queda clara en estas obras: se pone en solfa la forma de gobierno, y la forma de acceder a él. Aristófanes era un carca, pero no por eso dejaba de tener razón. El pueblo —viene a decir— es necio y estúpido, y vota a quien grita y vocifera más y mejor. Y en ese aspecto, nada ha cambiado. Insisto. El mismo contexto. Bueno —puntualicé—, salvo la aparición de los periódicos y las televisiones. Y mejor corramos un tupido velo.

—Estoy pensando —me dijo lanzando una mirada hacia el restaurante por si nos llamaban para sentarnos a comer— que la novela, las buenas novelas, no tienen ese problema: crean su propio mundo... Pero también éstas envejecen, claro. Es un género muy difícil. Y dar con el tono, escribir una buena novela que esté por encima del tiempo, es faena de titanes, cosa de genios. Muy pocos lo consiguen.

—Platón, en sus diálogos, también crea su propio mundo. Pero algunas, o muchas, de sus premisas, son inaceptables. Nunca he comprendido esa filosofía o religión con su desprecio por el cuerpo y alabanza del alma. Jamás definida, por supuesto. El hombre no es un compuesto de cuerpo y alma, cada uno con sus propios intereses. Es un todo indisoluble. Y difícilmente un hombre podrá estudiar o investigar con un cuerpo decrépito al que además maltrata, o teniendo acuciantes necesidades materiales. Ellos no las tenían. No pasaban hambre, no necesitaban trabajar. ¿Ha visto usted a algún esclavo o a alguno de esos llamados sin techo escribiendo obras filosóficas o poemas o novelas?

—No. No han escrito nada de nada. Ni escribirán.

—Nos han mentido en todo. Es todo una patraña enorme, descomunal. Han querido que sus sueños, los filósofos y tratadistas, apoyados por el poder cuando le interesaba, se hicieran realidad mitificando cuanto ellos no hacían. Además, la inmensa mayoría de las veces, la filosofía, como la religión, parte de conceptos que nunca define, y sobre ello se construye todo un sistema. Es como levantar una casa con unos cimientos de barro o de cartón. ¿Qué es el alma? ¿Qué es vivir conforme a la naturaleza? ¿Qué es la divinidad? ¿Cuál es la esencia de las cosas? Me desespero cuando leo tratados sobre este tema. Y al final, como dijo aquel: palabras, palabras, palabras.

—Pues déjelos de lado. Lea cosas más inmediatas. No sé. Maquiavelo, por ejemplo: el estudio del comportamiento humano, del gobernante, sin adornos ni componendas. Con toda la brutalidad de la razón de estado.

—Sí —dije en tanto nos dirigíamos hacia el restaurante, pues el amable camarero ya nos estaba llamando mediante señas—. Sí —repetí—, algo así debería hacer: ya estoy harto de transmigraciones de las almas, de repúblicas y de Catones leyendo el Fedón, la inmortalidad del alma, antes de suicidarse. ¡Valiente necedad!

—Amigo, querido amigo —dijo sirviendo la primera copa de vino—, no todos los tiempos son unos. No digo nada original, pero sí cierto.

—Tiene usted toda la razón del mundo. Ni yo soy el mismo ahora que cuando tenía dieciocho años. Nadie se baña dos veces en el mismo río. O se lava dos veces la cara con la misma agua. Actualicemos un poco la vieja sabiduría.

—Bien. Y bebamos y comamos, y pasemos el tiempo de la mejor forma posible. Sin olvidar a la madre Celestina: el primer escalón de la locura es creerse sabio. Sciente, dice ella si mal no recuerdo.

—Es usted un pozo de sabiduría.

—No. Más bien un hombre con tiempo libre para leer. Ni usted ni yo somos scientes. Por otra parte, muchos de nuestros razonamientos se sujetan con agujas: generalizamos demasiado.

—Sí. Es cierto. No deberíamos meter a todo el mundo en el mismo saco.

—De acuerdo. Pero no dude ni de este vino ni de estos manjares: son auténticos y excelentes. Compruébelo.

Así lo hice deleitándome con todos y cada uno de ellos. Mi querido vecino y amigo no me iba a la zaga.

Vicente Adelantado Soriano
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