
Resistamos, amigo, usando como potente revulsivo contra estos males la verdad y el sentido común: con él no hay peligro de que nos asusten esas patrañas vanas y vacías.1
Luciano el Samósata, Cuentistas o el descreído.
—Pues es el caso, señor mío, que aquel verano, como ya viene siendo habitual por otra parte, hizo mucho calor. Por las noches no descansaba, y por el día me pasaba las horas acostándome y levantándome: igualmente me era imposible dormir cuatro o cinco horas seguidas. Así que no salí a comprar libros ni a nada; di en encerrarme en casa y releer algunos, los de Luciano el Samósata sobre todo.
—Por eso —me respondió Zeus taimadamente—, por no poder dormir, estabas tan irritable y de tan mal humor.
—No, no fue por eso...
—¿Cómo? ¿Te atreves a llevarme la contraria? ¿Acaso miento? —estalló agitando sus blancas barbazas.
—Si te vas a enfadar cada vez que no esté de acuerdo contigo, mejor lo dejamos estar. Además, no me vengas con necedades cuando todos sabemos que tú has engañado al lucero del alba: disfrazado de toro, de cisne, de lluvia de oro, y de cuanto has creído conveniente.
—Sí, bueno, pero lo mío eran engaños inocentes.
—Pues has llenado el mundo de inocencias. Pero, claro, en tu época no existían los preservativos ni los anticonceptivos. Muy limitado el poder de los dioses, ¿no? Y encima castigaste a Prometeo, padre del inventor de tales artilugios, apoyándote en sofismas y falsos juicios.
—Bueno, bien. Pero de haberlos utilizado, ni hubiera nacido Helena ni hubiera tenido lugar la guerra de Troya. ¿Y qué ibais a hacer los humanos sin la Ilíada, la Odisea y derivados?
—Difícil me lo pones. No lo sé.
—Todas las cosas tienen sus pros y sus contras.
—Tal vez hubiera nacido un héroe por allá por las columnas de Heracles y hubiera acometido alguna que otra fechoría digna de pareados y sonetos. Pero dejémonos de ciencia ficción. Y vamos a lo que vamos.
—¿Y a qué vamos?
—A determinar la diferencia entre la realidad y los bulos o las mentiras.
—¿Vas a hablarme de las necedades y mentiras difundidas por aquí y por allá, a veces por politicuchos de relumbrón, o vas a negar de esa forma la existencia de los dioses?
—Por supuesto que no niego a las divinidades. Existiréis, de una forma u otra, mientras existan los hombres. Otra razón para no haber castigado a Prometeo.
—Muy defensor de él te veo a ti.
—Me cae bien el chico. Es el prototipo de algo que nos hace mucha falta a los humanos: la filantropía, beneficiarnos los unos a los otros.
—Tal vez Prometeo te parezca un paradigma —me dijo Zeus sonriendo un tanto aviesamente—, pero nunca estaréis a su altura: demasiados intereses por el medio, y demasiado vivir como si no fuerais a morir.
—En eso tienes razón. Y he pensado a menudo que la culpa de ello, dejando aparte la mezquindad humana, está en una interpretación o traducción falsa. Yνωθι σεαυτόν quiere decir, creo, reconoce que eres mortal. Y no las zarandajas que nos han soltado los filósofos y sus secuaces sobre conócete a ti mismo y vuélvete del revés como un calcetín.
—Si nos ponemos a hablar de traducciones e interpretaciones nos haría falta traer aquí a los gramáticos de Alejandría, a los sabios de Bizancio y a alguno más.
—No, no, déjalos estar. No me interesa hablar de traducciones ni de polémicas entre consonantes. Me interesaría más bien tratar de casar las diversas mitologías para determinar dónde está la verdad y dónde empieza el bulo. Para empezar.
—Trabajo de titanes si en vez de fuerza tuvieran inteligencia.
—Hay relatos que se pueden casar fácilmente. Por ejemplo, en unas historias se dice que decidiste la guerra de Troya porque había un exceso de hombres en la tierra. En otra se dice que la guerra tuvo su origen en que Tetis y Peleo no invitaron a su boda a Eris, la Discordia, por lo cual ésta arrojó la famosa manzana con su inscripción “Para la más bella”. En realidad te pudiste servir de dicha boda para promover la guerra.
—Algo de eso hubo.
—Pero te hiciste un flaco favor. Que tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita discutan por semejante necedad... ¿No te parece que quien escribió estas cosas nos estaba advirtiendo de todas las estupideces de las historias divinas del Olimpo? Discutir por quién es la más bella. Anda, hace falta tener narices.
—Pues en su momento quien lo escribió pasó por un escritor puntilloso y escrupuloso.
—Esa es la idea que os interesó dar en un principio. Luego surgieron las alianzas. Todos sabemos que la mejor forma de preservar a los dioses es hacerlos partícipes de los regímenes políticos. Cualquier cosa dicha en contra de unos repercute en lo otro, y el reo es merecedor de la muerte por blasfemo. Ahí tienes a Sócrates.
—Eres un muerto muy descreído. Y en algo te tendrás que apoyar, o en algo tendrás que creer.
—Sí, lo soy. No en vano me he pasado media vida estudiando latín y griego.
—¡Por Heracles! ¿Qué tienen que ver tus estudios con tu descreimiento?
—Sin ánimo de ofender, me estás resultando tú un tantico corto de entendederas. Quiero decir que he leído a los historiadores y filósofos de una cultura y otra. Y montan sus historias para enaltecer lo que les interesa y justificar lo que les parece bien. ¿Quién en su sano juicio se va a creer que la guerra de Troya tuvo lugar porque Paris “raptó” a Helena? Fíjate dónde está Troya. ¿Tú crees que si Paris se hubiera llevado a la buena de Helena a mi pueblo, los dánaos hubieran ido a rescatarla?
—Hombre, tu pueblo es de secano, no tiene puerto de mar, ni comunica con ninguna ciudad importante.
—Ya lo has dicho.
—Pero también tengo que decirte que, en muchas ocasiones, los humanos actuáis sin pies ni cabeza, y luego nos echáis la culpa a los dioses, o al destino. Y ya me tenéis hasta el gorro. No voy a lanzaros el rayo porque no hace falta. Tenéis suficientes armas como para no dejar en pie ni al mismísimo cosmos. Confío en que un día u otro las utilicéis.
—Quizás fuera lo mejor: la desaparición de todo y de todos. Como sucedió con los dinosaurios.
—Me parece que Prometeo, que tanto os ama, liberado de las cadenas que lo sujetaban al Cáucaso, lo evitará. O al menos no dejará de intentarlo. Y sabe que, en esas circunstancias, contará con todo mi apoyo.
—Como que te va la vida en ello. A ti y a toda la corte olímpica. Ahora bien, difícil lo tiene: si te das cuenta, la mayoría de las películas que se hacen actualmente son de violencia. Creo que se está preparando a la gente para que vea en la violencia un espectáculo de luces y colores. Algo divertido y bonito.
—La violencia nunca es divertida. Mi hija Atenea inspiró a los trágicos griegos. Y a esos los habéis olvidado. Las troyanas y Antígona deberían estudiarse en todos los colegios. Pero ahí yo no me puedo meter. Los tiempos han cambiado. Ahora esas obras a la juventud les parecen “un rollo”. Allá ellos. Como tampoco me puedo meter con todos esos bulos que se extienden por el mundo como una mancha de aceite, y siempre por intereses bastardos. Prometeo, y luego Hermes, os dotaron de inteligencia y de sentido común.2 Y, además, os lo advirtió un personaje que siempre me pone a caldo, pero al que no le falta su parte de razón. Al menos en algunas cosas; en aquella, por ejemplo, de usar la verdad y este sentido tan poco común para evitar caer en los bulos. Y los hay en abundancia, y no sólo con respecto a los dioses. No hay más que fijarse en ciertos politicuchos y en algún juez, entre otros. Quien, como dijo Quevedo, “fue mal juez, y está entre los bufones, pues por dar gusto no hizo justicia y a los derechos que no hizo tuertos, los hizo bizcos”.3
—Nihil obstat. Nada que objetar.
—Pues vete a hacerle compañía a Luciano, que esto es ya mucha charla. Y con él incluso te reirás.
—Allá voy. Que últimamente estoy un tanto trágico. Aunque cada vez me alejo más y más de la llamada gente tóxica.
—Una medida inteligente, digna de un buen descendiente de Prometeo.
- Libros y educación - jueves 23 de abril de 2026
- Subrayados - jueves 16 de abril de 2026
- Εὐθανασία
(la buena muerte) - jueves 9 de abril de 2026
Notas
- Luciano el Samósata, “Cuentistas o el descreído”, en Relatos fantásticos, Alianza Editorial, Madrid, 2017. Traducción de Jaime Curbera.
- Platón, Protágoras, 322d.
- Francisco de Quevedo y Villegas, Los sueños. Sueño del infierno.


