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Sobre la amistad

jueves 5 de septiembre de 2024
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Sobre la amistad, por Vicente Adelantado Soriano
Fuimos a un restaurante vacío. Llegamos a las doce del mediodía, y hasta la una o una y media no servían las comidas. Y hablamos. Hablamos de nosotros y de la amistad.
La amistad es una virtud o algo acompañado de virtud, y, además, es lo más necesario para la vida. En efecto, sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los otros bienes.1
Aristóteles, Ética a Nicómaco.

—Cuanto más lo pienso —me dijo nada más encontrarnos— más me percato de que la nuestra ha sido una amistad bastante extraña, rara.

—Rara y peregrina —confirmé sonriendo.

—Que estuviéramos tantos años sin vernos —siguió explicándose— y, al cabo de ¿cuántos? ¿cuarenta, cincuenta años?, nos reencontráramos, y nos comportáramos como si nos hubiéramos despedido el día anterior, a mí me parece una rareza.

—Una rareza peregrina —insistí riendo.

—Digna de elogio. Esto me ha hecho reflexionar sobre la amistad. ¿A ti no?

—No. No le he dado más importancia. Para mí lo raro y peregrino fue que no nos diéramos los teléfonos o las direcciones cuando cada uno de nosotros emprendió caminos distintos. Que yo recuerde, ni nos despedimos.

—Sí. Fue un fallo. Y más lo fue cuando nos encontramos en aquel camping de Soria, y todo quedó en unos saludos un tanto protocolarios, ¿te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. Me quedé un poco cohibido al verte: estabas con tu mujer y tus hijas, unas niñas entonces.

—Lo mismo me pasó a mí al verte con tu mujer: no reaccioné como lo hubiera hecho de encontrarnos solos en medio de una calle o de un monte. Era lo nuestro.

—Reacciones explicables, si quieres, pero un tanto absurdas.

—Quizás hijas del momento. Sin embargo, lo que más me ha molestado de esto, si se puede hablar de molestias, es no haber empezado a salir de viaje, los dos juntos, diez o doce años antes, cuando yo gozaba de buena salud.

—No le des más vueltas, José Luis. Hace diez o doce años yo no hubiera podido salir contigo: no podía dejar a mis hijos solos. Y ya sabes que no hay más: no había con quién dejarlos. Pues hice un experimento, y salí bastante escaldado. Los niños y yo.

—Una pena. Pero podíamos haber hecho muchos más viajes.

—Mira, yo creo que las cosas suceden cuando tienen que suceder. Además, es absurdo lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue.

—En eso tienes razón. Fue la discusión de una de las comidas con los otros compañeros: si los romanos hubieran ayudado a Sagunto cuando la ciudad lo solicitó, Aníbal no hubiera llegado a Italia.

—Claro. Y si el caballo del moro Muza hubiera perdido un clavo, por la pérdida del clavo se le hubiera desprendido la herradura, y por eso se hubiera caído el jinete, etc., la Alhambra de Granada no existiría. Aceptemos las cosas como son y dejémonos de pamplinas. Ahí está la Alhambra. No creo que su existencia sea objeto de discusión.

—No lo es. Pero sí lo es esto de la amistad. A mí me molestó un poquito que una mañana, yendo por la Vía Verde, dijeras que en esta vida es difícil, muy difícil, dar con un amigo auténtico.

—Lo sigo sosteniendo.

—Ya. Yo también. Pero contaste a continuación, y eso fue lo que me molestó, que habías tenido problemas económicos, que escribiste una carta dirigida a todos, solicitando ayuda, y que sólo una persona te contestó. Y no fui yo. No recuerdo ni siquiera si leí la carta...

—No le des más vueltas: me asusté. Y todo se solucionó sin necesidad de molestar a nadie. Por otra parte, y te lo digo en serio, hemos sido muy buenos amigos. Y lo hemos pasado muy bien. Jamás hemos discutido ni hemos reñido por nada.

—Sí. Es cierto. Pero nunca nos hemos necesitado el uno al otro para, no sé, problemas diarios o caseros.

—Te equivocas... A los pocos minutos de haber enviado aquella carta contando mis problemas económicos, me arrepentí de haberlo hecho. ¿Te acuerdas de aquel cuento sobre la amistad de don Juan Manuel? Está en El conde Lucanor.

Si no especificas más.

—Aquel en el que un padre le demuestra a su hijo que no tiene ningún amigo verdadero, pues ante un problema grave, el asesinato de alguien, todos huyen y nadie quiere prestarle ayuda.

—¡Ah, sí! Ya recuerdo. Al final es un amigo del padre quien se ofrece a enterrar al falso asesinado en el corral de su casa, o algo parecido.

—Sí. Eso es. Yo siempre he pensado, en contra del conde Lucanor, y tal vez egoístamente, que esas cosas no se le deben pedir a un amigo. Lo ilustra muy bien don Miguel de Cervantes en su novela El curioso impertinente. Uno debe cargar con su muerto, sus dudas y deudas él solo o ir a la policía. Dicho en román paladino: “Al amigo y al caballo, no cansallo”.

—Me parece —dijo sonriendo— que te estás tomando al pie de la letra una metáfora. O una exageración, como quieras.

—¿Tú crees?

—Creo que sí.

—Te puedo demostrar lo contrario.

—Bueno, muchacho, a ti palabras nunca te han faltado. Has leído mucho...

—Déjate de rollos. Nada tienen que ver las lecturas con esto. Tiene que ver la amistad, y tú, por supuesto.

—Me estás intrigando.

—El último sábado que salimos a caminar —comencé a contarle— nos perdimos, como era habitual en nosotros.

—No nos perdimos —repuso enojado—. Llevé el coche a donde me indicaba el GPS. Otra cosa es que el lugar indicado no estuviera allí o los caminos los hubieran modificado —explicó riéndose.

—Da lo mismo, José Luis. No es importante para el chiste. Sea como fuere, y en eso convendrás conmigo, aquel sábado hacía mucho calor.

—Muchísimo. Tienes razón. Dejamos de caminar enseguida.

—Y te acordarás de que fuimos a un restaurante vacío. Llegamos a las doce del mediodía, y hasta la una o una y media no servían las comidas.

—Sí. Lo recuerdo. Tuvimos mucho tiempo para hablar.

—Sí. Y hablamos. Hablamos de nosotros y de la amistad. Saqué a colación a Cicerón y su libro Sobre la amistad.

—Me dijiste que no estabas de acuerdo con ese señor.

—No exactamente. Él considera la buena amistad la amistad desinteresada, aquella que ni pide ni da nada a cambio. Nuestra experiencia no ha sido así: en nuestro caso han coincidido una serie de circunstancias que nos han llevado a este punto, a cuajar una buena amistad. Excelente, diría yo. Pero con sus particularidades, muy bien aprovechadas por los dos.

—Yo tenía un profesor que nos decía que los maestros buenos, inteligentes, son aquellos que aprovechan lo que tienen a mano. Nos contaba un chiste para ilustrarlo: están discutiendo un alemán, un francés y un español. El alemán dice que sus compatriotas van a enviar un cohete a la luna dentro de poco. El francés, en plan fanfarrón, le responde que ellos lo van a enviar a Marte. Y entonces el español cuenta que los españoles lo van a mandar al sol. Los otros dos, estupefactos, le responden que no pueden mandar un cohete al sol: éste lo abrasará. Bueno —responde el español—, es que iremos de noche. Todo es absurdo.

—Puso de manifiesto la necedad de todos. O algo así —dije tras una leve sonrisa.

—Eso es lo que pretendía explicar aquel profesor. Sin olvidar el aviso de a lo que nos íbamos a enfrentar en las clases.

—Volviendo al restaurante. Nos sentamos en el solitario comedor, pedimos sendas cervezas y, entonces, tras mis añadidos a Cicerón, comenzaste a quejarte, enseñándome tus martirizados brazos por las agujas de la diálisis, de que todo te había caído a ti, y que todos tus males podían haber estado un poco repartidos entre amigos y parientes.

—Sí lo recuerdo.

—Y aquí volvemos a El conde Lucanor. En un momento de la conversación me contaste que a un compañero tuyo de diálisis una hermana suya le había donado un riñón, y que parecía que no había rechazo y todo funcionaba bien.

—Sí. Lo recuerdo. Pero eso no acabó con mis reticencias sobre los trasplantes. No lo tenía muy claro.

—Eso no importa ahora. Lo que me importa de aquel momento es que yo me quedé de piedra: estuve esperando de un momento a otro que me pidieras un riñón...

—Sí —afirmó riendo—, pusiste cara de espanto. Tenías que haberte visto. Pero, en serio, ¿me hubieras donado un riñón?

—No lo sé, José Luis. ¿Para qué te voy a mentir? No lo sé. Me quedé hecho polvo nada más de pensarlo. Aunque tú ni lo plantearas.

—No te lo iba a pedir. Ni a ti ni a nadie. Como te dije, imagínate que se hace el trasplante, y hay rechazo: dos personas sin riñón. No había necesidad. Como has dicho tú antes, cada uno debe cargar con sus muertos. Y además, poco después se acabó todo. Aquella fue nuestra última comida.

—No me la quito de la cabeza.

—¿Cuántos años tienes ahora? Los mismos que yo, ya lo sé.

—¡Vaya! Ya pareces mi suegra: siempre, sin olvidarse nunca, me pregunta la edad. Una y otra vez. Te digo lo mismo que le contesto a ella: tengo dieciocho años.

—En cada uno de los cuatro miembros del cuerpo —repuso sonriendo—. Y nos conocimos cuando teníamos catorce o quince años. ¿No te parece que nuestra amistad ha fermentado como los buenos vinos que tanto te gustan?

—Hemos tenido mucha suerte.

—Y —añadió soltando una alegre carcajada— hemos llegado al sol de noche. Sin sudar, sin GPS. Sin perdernos, Y sin ningún estropicio en el aparato, aunque lo del piloto y sus riñones es otra historia.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristóteles, Ética nicomaquea, VIII, 1155a, Editorial Gredos. Madrid 2014. Traducción de Julio Pallí Bonet.
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