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Añoranza

jueves 12 de septiembre de 2024
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Añoranza, por Vicente Adelantado Soriano
Por muy cansado que esté uno siempre valdrá más el camino que la posada. Pero acompañado. Estoy harto de ir solo.
Ojalá estuviera realmente loco y me libraría de la inmensa pena de echar tanto de menos a mi mujer, que tarda más en volver de lo que yo creía.
Jacinto Grau, Las gafas de don Telesforo o un loco de buen capricho.

—Esto es lo que tenía muchas ganas de volver a hacer —le dije a José Luis en tanto nos poníamos en marcha—. Caminar contigo bajo la lluvia.

—Yo también lo echaba de menos —me respondió abriendo su enorme paraguas negro—. Así que, muchacho, a caminar. Y como somos capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo, hablemos. Cuéntame, ¿cómo te va todo?

—Bien. Supongo que bien.

—¿Lo supones? ¿No lo sabes con certeza? —me preguntó sonriendo en tanto se detenía para observar una piedra cuyas rugosidades, en la cara más regular, parecían el plano de un campamento romano.

—Me explico: por una parte me he resignado a cuanto ha sucedido, ¿qué otra cosa podía hacer? Y por otra cada vez estoy más solo y menos acompañado. Estoy bien, pero lleno de tristeza, añoranza y melancolía.

—Para resguardarte, como si fuera un paraguas, tienes la imaginación, ¿no? ¡Ojalá hubiera podido seguir viajando contigo! Se nos quedaron demasiados proyectos pendientes. Entre ellos —añadió sonriendo— el de ir a Delfos. ¿Te imaginas si hubiéramos consultado al oráculo? Nos hubiéramos llevado un susto de muerte. Aun sabiendo que el fin es inevitable.

—Sí. Me hubiera encantado ir contigo a Delfos. Pero mi insistencia en ese viaje no era para consultar el oráculo que, además, ya no existe o nos hubiera soltado un galimatías incomprensible, o cualquier necedad. Yo quería ir a Grecia. La tierra de nuestros antepasados.

—Los remotos. Porque los más recientes deben de ser los tartesos, ¿o es al revés? Da lo mismo. Y los míos —añadió sonriendo— son los de la Fuensanta de Valencia, que ni eran tartesos ni griegos, creo.

—Yo no sé si los míos son los tartesos, los bárbaros del norte o los vikingos del sur. Lo mismo me da. Sé que siento una atracción irresistible por la cultura griega y, en consecuencia, por esos paisajes mediterráneos. Olivos, mar, pinos, aceite, olivas, higueras, piedras, almendros...

—Yo creo que, pese a todo, hemos disfrutado de muchos paisajes. Y casi todos nos han gustado, ¿no?

—Sí. Tienes razón. A mí se me han quedado grabados a fuego los montes de Galicia cuando llegamos a Santiago de Compostela, ¿te acuerdas? ¡Qué jóvenes éramos!

—¿Cómo olvidarlo? Fue nuestro viaje más largo... En auto stop.

—El último que hicimos antes de perdernos de vista. Sin darnos ni teléfonos ni direcciones.

—Un fallo. Éramos muy jóvenes, desde luego. Y todo nos parecía nuevo. La alegría de llegar a Toledo, de pasear por aquellas calles tan antiguas, tan llenas de encanto, y que tantas lecturas nos evocaban...

—A ti te recordaron al Quijote y a la madre Celestina. Ibas por allí desafiando, con una espada recién comprada, a endriagos y malandrines. Y clamando por la Santa Hermandad.

—Lo recuerdo, lo recuerdo —reconoció riendo—. Lo pasamos muy bien. Lo que todavía no sé es cómo no nos detuvieron y nos encerraron por locos. En el río, con las espadas, descabezamos melones cual si fuesen los enemigos de la fe. Valientes guerreros.

—No hacíamos nada malo. Bueno, lo de los melones... Cuando nos despedimos, después de casi un mes pasando de un coche a otro, y de una ciudad a otra, me quedé triste y descorazonado. Como una acelga de mal tiempo. Experimenté por primera vez, y de forma harto dolorosa, lo que dijo Cervantes: “Vale más el camino que la posada”. Yo hubiera seguido viajando sin descanso.

—Bueno. Descansar de vez en cuando tampoco está nada mal.

—Sí. Pero en la tienda de campaña, con los amigos, al aire libre, bajo las estrellas.

—Ya no se puede plantar la tienda de campaña en cualquier sitio, como hacíamos nosotros de jóvenes. Nos detendrían enseguida. Ahora bien, nadie nos puede impedir meternos en un saco de dormir y tumbarnos donde nos plazca.

—Lo más lejos posible de la civilización, por favor. Yo no creo que el hombre sea bueno por naturaleza.

—Eres un desconfiado. Con motivos o sin ellos, pero eres un desconfiado. Siempre lo has sido.

—Sí. Es verdad. Mira, el otro día, por mor de un vecino muy aficionado al cine, vi una película. Un personaje emprende una caminata, sin preparar nada, espontáneamente, con la confianza de que esa peregrinación suya hacia un albergue, donde llevan a morir a los pacientes desahuciados, va a salvar a una antigua amiga. Enferma terminal de cáncer.

—Pues nosotros, con nuestros kilómetros a cuestas, podíamos haber salvado a miles de personas. Aunque nunca viajamos con esa finalidad.

—Al protagonista de la película le van sucediendo muchos percances a lo largo de su larguísimo camino. Encuentros con distintos personajes. Éstos, casi siempre, son amables con él: le ofrecen hospitalidad, agua, ropa, cuidados, etc.

—A nosotros tampoco nos fue mal: hacerse más de dos mil kilómetros, entre ida y vuelta, en auto stop, no es moco de pavo. Hoy no lo podríamos hacer.

—A veces, cuando estoy leyendo o cuando, tumbado en la cama, no puedo dormir, se me aparecen paisajes de aquellos viajes. Retazos o fotogramas de los muchos viajes que hicimos. No hace falta que te diga que rara vez puedo decir a qué población pertenece tal o cual fotograma, o a qué viaje. Tú lo sabes, seguro. Me lo repito una y otra vez. Pero ya no te puedo llamar ni preguntarte. El móvil queda abandonado sobre la mesa.

—Yo tenía la sana costumbre de anotar cada viaje con sus peculiaridades. Tengo una libreta con las matrículas de todos los coches que nos acogieron cuando nos fuimos en auto stop a Santiago de Compostela. Y algunas de las conversaciones con los conductores.

—Mi cabeza es un revoltijo de imágenes... Igual se me aparece un paisaje que una fotografía, en blanco y negro por supuesto, que tú contándome una anécdota. Me contaste muchas, por cierto.

—Eras un buen oyente. O un buen alumno —recalcó sonriendo—. Pero eso ya fue de mayores.

—Sí. De bien mayores. Me encantaba que me contaras historias... Últimamente recuerdo aquella salvajada que, según me dijiste, le hicieron a un cura cuando llegó a su nuevo pueblo: los comunistas de dicha localidad, unos pobres idiotas, tapiaron por la noche la puerta de su casa. Al día siguiente, el cura no pudo salir. Sin teléfono, tuvo que pedir ayuda a gritos.

—A ese señor cura lo conocí siendo él muy mayor. Asistió a la única mujer a la que dieron garrote vil en la cárcel de mujeres de Valencia. Según me contó fue terrible. La noche anterior a la ejecución se la pasó gritando y llorando. La tuvieron que atar a la cama.

—Me lo imagino. Además, el verdugo iría borracho como una cuba.

—No lo sé. Ella era una pobre chica lanzada a la capital porque en su casa, como en la de Pulgarcito, había mucha necesidad, mucho niño y poca comida. En la capital creyó hacerse con los bienes de su ama dándole veneno para ratas y haciendo guiños a su marido. El resultado fue el patíbulo.

—Patético. Como la vida misma.

—No exageres. Ni nosotros, ni nadie de nuestras familias, nos hemos visto abocados a esas cosas...

—Pero sí a la emigración. Para mí fue un trauma. Ahora bien, reconozco que si mis padres no me hubieran sacado del pueblo, mi vida hubiese sido muy distinta. Y muy pobre, sin ánimo de ofender a nadie... Menuda historia llevan montando algún tiempo con eso de la España vaciada. Las veces que he ido por el pueblo, y he visto a algunos amigos de la infancia, ellos parecen, teniendo mi misma edad, el doble de viejos... El trabajo en el campo quema mucho, y apenas si da beneficios y recompensas. ¿Cómo no se iban a abandonar los pueblos?

—Mis abuelos vivían en una alquería. Desaparecida hace tiempo, después de la riada de Valencia del 57. Pero yo todavía recuerdo haber ido con mi abuelo al campo. Estaba donde hoy se levanta el hospital... Los paisajes van desapareciendo.

—Y los amigos. La gente conocida y querida. A veces creo ser un personaje de una aventura que se ha quedado descontextualizado. Un personaje anciano, mayor, que se yergue como puede entre páginas y páginas borradas, en blanco, de un absurdo libro... He vuelto a caminar por algunos de los sitios donde estuvimos los dos, o por donde estuve con Pilar, con mi primo, con ella... Y el alma se me ha ido a los pies: no reconocía nada de cuanto volvía a pisar. Nada estaba igual. Nada permanece. Un día, bajo la lluvia, me di cuenta de lo solo que estoy, y de que me he quedado sin nada: sin paisajes, sin amigos, sin mi primo Salva, sin Pili, sin ella, sin ti... Lo he perdido todo. Ya no me quedan sino las ganas de llorar y de morirme.

—Todo llegará, muchacho. Ten paciencia. ¿Y por qué no intentas ir a Delfos?

—Ya no tiene sentido. Además, no me apetece viajar. Prefiero quedarme en casa, imaginar nuevos lances, y leer o soñar. Aunque el despertar sea terrible. Desde luego, por muy cansado que esté uno siempre valdrá más el camino que la posada. Pero acompañado. Estoy harto de ir solo. Ahora bien, tampoco estoy dispuesto a viajar con cualquiera.

—Es difícil dar con una amistad como fue la nuestra.

—Sí, desde luego.

Continuamos caminando en silencio. Seguía lloviendo tenue y dulcemente. Yo pensé entonces que ya no vale la pena viajar: allá donde vas está todo lleno de turistas, y donde te metes parece que lleves escrito en la cara el permiso para tomarte el pelo. Prefiero quedarme en casa, con mis recuerdos y mis libros.

Vicente Adelantado Soriano
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