
El arma mejor adaptada como estrategia para combatir la vejez es el ejercicio de los valores humanos; éstos, cultivados a todas las edades, cuando has vivido mucho tiempo e intensamente, producen frutos asombrosos, no sólo porque nunca te abandonan, ni siquiera en la última parte de la vida, por larga que sea, sino también por lo gratísima que resulta la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de muchos buenos actos.1
Marco Tulio Cicerón, Sobre la vejez.
—El otro día —le dije a José Luis en cuanto comenzamos a caminar— pedí unos libros a una librería de Madrid. Los recibí ayer.
—Me pareció oírte decir, hace tiempo, que no ibas a pedir más libros por correo. Necesitabas verlos antes, y comprobar el tamaño de la letra. Creo —añadió no sin cierta socarronería.
—Es cierto. Lo dije. Me enviaron un tomo con una letra minúscula, de pata de mosca. A estas edades se tienen problemas con la vista y el oído, y gracias si sólo es eso.
—Yo no tuve esos problemas. Los míos, más gordos, fueron otros.
—Lo sé. Nos hemos hecho mayores. Estos libros, vuelvo a la carga, los pedí a Madrid, a una librería especializada. Aquí no había forma de conseguirlos. Y no creas que me hace gracia que me traigan los libros a casa. Ninguna.
—Hombre, no deja de ser una comodidad.
—Más bien es un incordio.
—Claro, a ti te gusta ir a la librería. Y tocar el género —añadió con una punta de malicia.
—Sí. Me gusta. Por eso, entre otras cosas, recibirlos en casa es un problema. Hace tiempo cambiaron los telefonillos de la finca. Han puesto unos muy modernos, con una pequeña televisión y todo, pero que apenas si se oyen. Protesté, y no me hicieron ni caso. De forma y manera que si llaman desde la calle, no oigo nada estando yo en mi despacho. Cuando espero algún envío, tengo que salir a trabajar al comedor. Y las casas aquí están tan bien hechas que debo encender la luz, a las diez de la mañana, para poder leer allí, desde donde sí oigo el dichoso timbre.
—Nos hemos hecho mayores: tú ni ves ni oyes bien, y a mí los riñones no me funcionaron como debieran. Pese a ello, no nos ha ido nada mal en esta vida.
—Es cierto. Hemos vivido y alcanzado cuanto nos propusimos.
—¿Nos propusimos algo? —me preguntó José Luis riendo—. No lo recuerdo.
—Ahora que lo dices —le respondí también riendo—, creo que no nos propusimos nada, quizás por eso lo hemos alcanzado todo.
—Te equivocas —corrigió pensativo—: nos propusimos aprobar el bachillerato y la carrera. Y lo conseguimos.
—Eso no cuenta —dije quitando importancia a lo que tanto me había costado a mí.
—¿Sabes? —me preguntó con una punta de orgullo—. En todo el bachillerato sólo suspendí una vez. Literatura de 5º para más inri.
—Aquel profesor —lo compartíamos varias clases— era un imbécil. A mí no me suspendió, pero me bajó la nota muchísimo. En mi caso no tenía importancia: suspendí una y otra vez en otras muchas asignaturas.
—No eras buen estudiante —confirmó sonriendo—. Aunque se debe reconocer que nadie leía tanto como leías tú. Siempre estabas pidiendo libros.
—Problemas económicos en casa. Dejémoslo. De mi pedido a la librería madrileña quería hablarte. Uno de los libros que me han llegado, he oído al repartidor porque estaba cable al telefonillo leyendo, te lo quería regalar a ti.
—Yo desde que fallecí no leo —puntualizó riéndose como un bendito.
—¿No leéis los muertos? —pregunté a mi vez—. ¡Vaya, pues qué faena!
—No hace falta. ¿Tú sabes la cantidad de gente que hay allí arriba contando anécdotas e historias? Es el cuento del nunca acabar.
—¿De verdad? Cuenta, cuenta.
—No puedo hacerlo, muchacho, lo tenemos prohibido. Si te cuento algo no permitido, nos pasará como a Orfeo y Eurídice: dejaremos de vernos.
—En ese caso, mejor no digas nada.
—Sí. Las piedras oyen. Podemos hablar de otras muchas cosas. De la vejez, por ejemplo.
—Muy bien. Hablemos de la vejez. Comencemos con un tópico: ¿tú crees que cuando nos hacemos mayores nos volvemos como niños maleducados, caprichosos y maniáticos? ¿Que volvemos a la infancia?
—Nosotros somos mayores. Respóndeme tú: ¿eres caprichoso y maniático? ¿Estás dentando de nuevo como un niño de pañales?
—No. Estoy desdentando, que no es lo mismo. Hoy me quitan una muela, mañana se me cae un diente... Total, entre eso y la calvicie, me están enterrando a plazos. Pero no me refería al cuerpo, sino a la mente, al comportamiento.
—Yo por mi parte tengo observado lo que dice la Biblia: aquello que es, fue, y aquello que fue, será. La gente que he conocido, parientes sobre todo, de mayores tenían el mismo comportamiento que de jóvenes. Nada se había alterado. El deterioro físico sí, desde luego, pero nada más. Eran como fueron o un poquito peores.
—Lo que he vivido yo ha sido el terrible miedo de los ancianos a la soledad. Han sido condenados a ella. No es nuestro caso, ya lo sé. Nosotros tenemos nuestras aficiones: libros, pinturas, viajes, caminatas, cine... La generación de nuestros padres no tenía nada parecido. Disuelta la familia, por quien vivían y se desvivían, se quedaron vacíos, con el caparazón, como un caracol muerto. O la vacía concha de una tortuga.
—La verdad es que pensándolo fríamente hemos tenido mucha suerte. Cada vez me alegro más de haber aficionado a mis hijas y a mis alumnos a la lectura. Es un enorme refugio contra la soledad y contra la vejez, pero qué te voy a contar a ti.
—Siempre es bueno conocer otras opiniones. Además de eso, vamos a morir...
—No generalices —me interrumpió sonriendo.
—Perdón. Sigo por donde tú ya has ido, en busca de la barca de Caronte. Voy a morir —añado a tu comentario sobre la suerte que hemos tenido— sin haber conocido una guerra.
—Ni la soledad. Yo tenía un familiar muy mayor. Una mujer, una anciana. Iba a verla siempre que podía. Y siempre estaba sola. Ni los hijos la visitaban. No había tarde que no estallara en llantos y sollozos. Desde luego, de joven no se había portado muy bien con ellos. Pero esa incapacidad de olvidar, de no atender a una persona mayor... No sé. No quiero juzgar a nadie, pero amargarle los últimos años a una persona desvalida por muchos defectos que haya tenido. A una madre.
—Siempre he pensado que eres una buena persona.
—No debes andar tú muy lejos cuando estás conmigo.
—Esto nos lleva a plantearnos otro tema, o tal vez sea el mismo: ¿se nace siendo bueno o malo, compasivo o desaprensivo, o se hace uno así a lo largo de la vida? Yo creo —le dije antes de que me respondiera— que vamos realizando pequeñas acciones, las cuales se encadenan a otras, también pequeñas, y otras más. Y al final, esas pequeñas acciones son las que nos definen y nos hacen ser como somos.
—Es decir, y según tú, que cada uno escoge ser como quiere ser. Por lo tanto cada uno es dueño de su destino.
—Hasta cierto punto. Nunca hay que olvidar el azar, la suerte, la casualidad.
—Sí. Pero si no has hecho antes una serie de cosas, aprender a caminar, por poner un ejemplo chusco, no podrás llegar a recorrer las sendas y los montes.
—Por supuesto. Pero aun así debemos contar con el azar.
—¿Ha sido el azar el que ha hecho que tú y yo hayamos sido dos grandes amigos?
—Hemos contado con muchas cosas favorables. Las hemos aprovechado, de acuerdo, pero sin esos favores de la fortuna jamás se hubiera forjado esta gran amistad.
—Me parece que estás cuestionando el libre albedrío.
—No. No cuestiono nada. Tal vez exista, no te lo discuto, pero en un grado mínimo. De acuerdo en que hay que estar preparado para cuanto viniere, y para una vejez digna, pero si la suerte no te favorece... Mira, Cicerón, un magnífico escritor y orador de finales de la república romana, alcanzó el consulado siendo un homo novus, es decir, siendo un hombre sin antecedentes en el foro... Y sí, alcanzó el consulado porque él era muy bueno, pero también porque en aquel momento, cuando lo eligieron, era el mal menor. En caso contrario, Cicerón no hubiera pasado de ser un buen abogado y un excelente escritor. Lo cual no es poco.
—Tú no llegarás a ser cónsul. Yo ya estoy fuera de esas cosas. Pero ambos hemos logrado una vejez digna. Cierto que hemos tenido la suerte de estudiar, cosa que no pudieron hacer nuestros padres, ni esa anciana a la que yo visitaba... Estaban solos, sin nada que hacer, sin aficiones, sin nada. El aburrimiento y la desidia los mataba.
—Total, que uno de mayor se comporta como era de joven. Como diría el mismo Cicerón: el joven de carácter agrio será un anciano inaguantable. Y el joven amable será un anciano benevolente y agradable.
—Así es. Acuérdate de aquel profesor mío que fuimos a visitar a Zaragoza: amable, educado...
—Y algo antipático.
—Tú es que también te las traes. A todo esto no me has hablado del libro que te han enviado de Madrid. Pero no, déjalo. Otro día.
—Sí, que esta ya es mucha charla.
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Notas
- Cicerón, Sobre la vejez, III, 9. Alianza Editorial, Madrid, 2011. Traducción de M. Esperanza Torrego Salcedo.


