
Entre los demás inconvenientes de la condición mortal está también este, la obnubilación de la mente, y no sólo la inevitabilidad del error, sino el amor a los errores.1
Séneca, Sobre la ira.
—Yo soy partidario —me dijo señalando un libro dejado sobre la mesa, con el lomo cuarteado, la tapa fatigada, y con pinta de haber sido usado muchas veces— de la relectura de algunos libros.
—En eso coincidimos —le contesté sirviendo el vino—. Yo también soy partidario de la relectura, pues, a menudo, dependiendo de la edad, del estado de ánimo y de un millar de cosas más, se nos escapan cosas muy interesantes descubiertas luego, merced a una nueva lectura.
—Sin olvidar que, en ocasiones, arrastrados por la moda, por algún comentario insustancial de algún periódico, o alguna pretendida crítica literaria, olvidamos los buenos libros y leemos otros que mejor hubiera sido no hubiesen conocido la luz del día. Ni aun de la noche. Vale la pena entregarse a lo viejo conocido.
—Muchas de esas bondadosas críticas, tan de moda, están pagadas por la editorial, que, lógicamente, desea vender el libro. Pero no solamente está ahí la maldad: otros libros, insustanciales, se leen porque quien los ha escrito tiene un cierto poder, y al poder hay que incensarlo. Sea cual sea.
—¿Y usted cree que eso de agitar el incensario ante el poderoso se hace de forma voluntaria o sin desearlo ni quererlo?
—Una pregunta capciosa. Trata usted de ponerme en un brete, pero esa cuestión hace años que la tengo resuelta: cada uno es como es porque así lo ha querido. Aunque luego quepan justificaciones mil para esta actitud o aquella resolución.
—No. No me haga usted tan malvado. No quería ponerlo en ningún brete. Sencillamente esta mañana, cansado de leer, he conectado la televisión para relajarme un poco, y las imágenes vistas me han espantado. De eso quería hablarle.
—Ya. Se ha deleitado usted con las noticias de la mañana.
—Así es. Con la noticia de que Corea del Norte va a ayudar a Rusia en su guerra contra Ucrania. Al parecer está enviando miles de soldados para apoyar a Putin, el zar de todas las Rusias. Entre eso y las salvajadas de Israel en Gaza parece que vamos abocados a una guerra mundial.
—Alégrese: igual es el final de todo. Sería un alivio —dije sonriendo.
—No banalice la noticia. No es cuestión de risa.
—Perdone. Tiene razón. Pero es que estoy más que harto de los políticos, de sus mentiras, de sus ambiciones... Menos preocuparse por el bienestar de los ciudadanos hacen de todo. A veces, muchas veces, apoyados por eso que se dio en llamar justicia o leyes. Son tal para cual.
—Efectivamente. Pero lo que me ha puesto los pelos de punta ha sido, si las imágenes no mienten, ver a miles de jóvenes coreanos, entusiasmados, haciendo cola para apuntarse e ir voluntarios a una guerra que ni les va ni les viene. ¿Por qué hacen esto? ¿Tan poderoso es el Estado que nos induce a ir en contra de nuestros propios intereses? ¿A buscar enemigos donde no los tenemos?
—El Estado es todo lo poderoso que la gente le consiente y quiere. Y unos lo consienten por no pensar, otros por no tomarse ninguna molestia, y los de más allá por ser lo que se llama estómagos agradecidos. Por supuesto que el Estado siempre tiene oposición, pero cuenta con los medios de comunicación, con el cine, las televisiones y los periódicos. Esto a las mentes vagas, la inmensa mayoría, les viene muy bien pues les llena la cabeza de ideas que creen suyas. Y las defienden a muerte porque así lo hace un millón más de mentes vacías. ¿Colas para apuntarse para ir a una guerra ajena? No me extraña lo más mínimo. Lo extraño sería que se apuntaran para estudiar griego o latín.
—Pues a mí me sigue escandalizando, qué quiere que le diga. Me parece mentira que el ser humano sea tan débil, tan voluble y fácil de manejar. Eso suponiendo que no vayan con un fusil amigo apuntado a sus espaldas.
—Recuerde usted la pasada pandemia. ¿Cuántos sabios doctores salieron de debajo de las piedras yendo en contra de las vacunas? ¿Cuántas televisiones no les prestaron sus altavoces a voceras de tres al cuarto para difundir sus miserias? ¿Cuántos sargentos chusqueros brotaron por aquí y por allá diciendo lo que se debía hacer o no se debía hacer y despotricando contra quien no pensaba como ellos? ¿Quién los contrarrestaba? El sentido común, que es lo único que nos queda a algunos...
—Tiene razón. Por eso le estaba hablando de la necesidad de la relectura de ciertas obras. La aparición de todo tipo de necios en todas las televisiones, con la pandemia, me recordó El licenciado Vidriera, de Cervantes. Éste retrata muy bien que la gente le ríe las gracias al loco, al pobre licenciado, y lo alimenta, pero cuando el loco recobra la razón y habla sensatamente se tiene que ir a Flandes a luchar para no morirse de hambre.
—Pues ahí lo tiene usted. Es como aquel labriego que le pidió a Arístides que le escribiera su propio nombre, el de Arístides, en el ostrakon que condenaba a éste al ostracismo. Sencillamente, le explicó el labriego, estaba harto de que todo el mundo dijera que era el mejor, o algo así. Y en aquella época ni existía el cine ni la televisión. Y Arístides fue desterrado.
—Es decir, que el Estado siempre ha sabido manejar ciertos resortes. ¿Puede hacerlo hasta el punto de cambiar a las personas? El ver a tantos jóvenes apuntándose para ir a la guerra me ha recordado un pasaje del libro de Rebecca West. Cuenta ésta que, durante una excursión por una escarpada montaña para ver un lago, el guía se extravía, y con tal de no reconocer su error, los quiere llevar a ella y a su marido por una senda tan peligrosa que se hubieran despeñado, con toda seguridad, de meterse por allí. Pero el orgullo del guía, quien insiste una y otra vez en que no se ha equivocado, pese a todas las evidencias en contra, hubiera quedado a salvo con los dos muertos. ¿En ningún momento hubiera tenido remordimientos de conciencia?
—Es muy probable que no: el orgullo se la hubiera adormecido. Hay seres deleznables, peores que los animales de la selva. El orgullo y la ambición. No lo olvide. Nada nuevo bajo el sol. Y no sólo los poderosos, amigo mío. Sin estos guías, y otros similares, los poderosos no serían nada.
—Yo tengo un amigo —dijo tras unos segundos de silencio, aprovechados para vaciar la copa— que siempre termina riéndose cuando oye noticias o pasan alguna película sobre el holocausto. Es imposible —dice— que los nazis mataran a tantos y tantos miles de judíos como nos cuentan. Claro que Hollywood estaba, y está, en manos de éstos. Y Hollywood, en sus patrioteras películas, no nombra a los gitanos, a los homosexuales, a los polacos ni a los españoles que murieron en los campos de concentración... Sólo judíos. Sólo ellos fueron condenados a los horrores nazis. Y sólo ellos merecen lástima, pena y conmiseración. Que la están aumentando con la guerra de Gaza —añadió con una punta de triste ironía.
—Ya le he dicho en más de una ocasión que la historia no es sino una enorme mentira. Apreciaciones de unos y de otros. Y cada cual habla de la feria según su bolsillo y sus intereses.
—Tiene razón. Se lo confirmo. Otra cosa que me ha dado mucha rabia de todo esto, dejando ahora de lado la enorme estupidez humana, ha sido el olvido. Mi propio olvido. En más de una ocasión he pensado que deberíamos ser tan perfectos como el disco duro de un ordenador: no olvidar nada de cuanto hemos leído, importante, por supuesto... Con la televisión apagada, pero con la imagen clavada en mis entrañas de los jóvenes apuntándose para ir a la guerra, y preguntándome cómo es posible tanta estupidez, me he acordado, milagro, de un capítulo de la novela de García Márquez, Cien años de soledad —el libro estaba sobre la mesa, al alcance de la mano—. Y sí, tiene usted razón, el poder tiene poder, valga la redundancia, para cambiar la historia, para negar aquello que puede ser desfavorable para él. En Macondo, el pueblo de Cien años de soledad, se produce una enorme matanza de hombres, mujeres y niños por parte del ejército. Son ametrallados desde todos los tejados de una plaza o estación... Meses después todos niegan el tal ametrallamiento y el tren cargado de cadáveres camino del mar. Y quien habla de ello es tildado de loco. Toda la realidad desaparece, se esfuma. Es reemplazada por una enorme mentira...
—Como dijo no recuerdo quién, lo malo de la necedad, o de la estupidez, no es caer en ella sino perseverar en ella. Y el ser humano en eso de seguir a la necedad es más perseverante que la propia perseverancia. Lo que me cuenta usted de los jóvenes coreanos alistándose para ir a una guerra lejana, que ni les va ni les viene, me recuerda las cruzadas. Sobre todo la de 1212, la Cruzada de los Niños... ¿Qué los movió entonces? Dicen que las visiones de un crío: vio a Jesús... ¿Qué los mueve ahora? ¿La lucha contra el malvado capitalismo? Penoso. Triste. Muy triste.
—No lo sé. No tengo ni idea.
—Una de las grandezas de la Grecia Antigua fue la instauración, llamémoslo así, de la filantropía. Fue un gran progreso, pero el hombre, por desgracia, parece que prefiere, con mucho, el amor al error y a la violencia. Habría que estudiar por qué.
—Seguro que ya hay respuestas al respecto.
—Seguro —dije apurando las últimas gotas de vino.
—Yo me inclino por la relectura de los clásicos como una posible vacuna.
—Puede ser una solución —afirmé levantándome de la silla—, aunque muchos deberían comenzar por la simple lectura.
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Notas
- Séneca, Sobre la ira, II, 10, en Diálogos, Editorial Gredos, Madrid, 2000. Traducción de Juan Mariné Isidro.


