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El croar de las ranas

jueves 14 de noviembre de 2024
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El croar de las ranas, por Vicente Adelantado Soriano
He leído la noticia del hallazgo del cuerpo de un niño de cinco años. ¿Cuántos niños murieron en el diluvio universal? ¿Los mismos que mató Herodes? ¿No le parece que todo esto es una enorme atrocidad? Representación del diluvio universal en la bóveda central de la abadía de Saint-Savin-sur-Gartempe (Francia) • Finales del siglo XI
A decir verdad, mentir es un vicio maldito. Sólo por la palabra somos hombres y nos mantenemos unidos entre nosotros.1
Michel de Montaigne, Los mentirosos.

Era inevitable que habláramos de la tragedia sufrida por varios pueblos de Valencia a causa de la Dana. Provocada, al parecer, entre otras cosas, por el cambio climático. Ha causado la ruina de varias poblaciones, y la muerte de muchas personas. Pueblos, plazas, calles, casas, autovías y campos anegados cuando no rotos y despedazados. Coches amontonados por cualquier lugar. Cuerpos sin vida. Fango por doquier. Así debió de quedar el mundo, tras el diluvio universal, pese a que entonces no había ni vehículos ni trenes.

—Pero entonces, señor mío —dijo llenando las copas—, hubo una explicación “racional” —dibujó las comillas en el aire con los dedos— para cuanto aconteció: era un castigo del Señor por los pecados de la humanidad. Sólo se salvaron Noé y su familia. Y una pareja de cada ser viviente.

—Lo mismo sucede en la mitología griega: Zeus decide eliminar a los humanos tras la visita a la corte del rey Licaón. Éste le ofreció en el banquete a su propio hijo descuartizado. Y Zeus castigó semejante atrocidad con un diluvio. Se salvaron Pirra y Deucalión.

—Y seguro que hay más explicaciones, dejando de lado la ira de las divinidades, para tan descomunales castigos.

—Sin duda. Ahora, como sabe, se habla del cambio climático, fenómeno que muchas personas no se creen, como si se tratara de un dogma de fe. Otras tampoco aceptan que la Tierra es redonda, aunque algo apepinada, como la cabeza de Pericles.

—¿Ha hablado usted con alguna de estas personas? ¿Le han explicado sus razonamientos?

—No. No tengo ganas de oír necedades y tonterías. Prefiero leer libros o documentos al respecto. De científicos e investigadores si es posible.

—Yo me he visto obligado a asistir, con gran pena de mi corazón, a un mitin de una señora mayor. En contra del cambio climático, por supuesto. El otro día me enviaron un mensaje del ambulatorio: me aconsejaban ir a vacunarme por ser mayor de, digamos, dieciocho años. Fui. Recordando la primera vez que mi madre me llevó a casa del médico en el pueblo. Me llevó a rastras y llorando, y regresé medio muerto. Fue entonces cuando, dolorido, me hice la promesa de no vacunarme nunca jamás.

—No sabía —le dije sonriendo— que también fuera usted antivacunas.

—No. No lo soy. Hice el servicio militar. Y allí no hubo contemplaciones de ningún tipo: vacunas a todo trapo. Muchos años después, siglos después, cuando estalló esto de la pandemia, fui al ambulatorio y le pregunté a mi enfermera si era conveniente vacunarme. “Eso —me dijo un tanto molesta— es una cuestión personal...”. “Ya —le respondí yo— pero usted, ¿qué me aconseja?”.

—Puso usted en un brete a la pobre muchacha, dada la polémica desatada por entonces.

—La verdad es que me estaba divirtiendo. Era una chica muy agraciada, me gustaba estar con ella. Y entonces se me ocurrió decirle: “Imagínese que somos parientes o amigos bien avenidos —se sonrojó la enfermera—, ¿qué me diría entonces?”. “Que se vacune”—me respondió abandonando la sala con un breve revuelo de su blanca bata.

—¡Vaya! —exclamé—. ¿Y qué hubiera hecho usted si le hubiera dicho lo contrario?

—Nada. Sencillamente hubiese pensado que no era tan agraciada mi rubia y bella enfermera.

—Es decir que usted ya tenía su resolución tomada.

—Sí. Así es. Había tenido la precaución, como dice usted, de informarme. Tengo varios libros por ahí sobre la materia, por si le interesan.

—No. Gracias. Yo también me informé. Y estoy vacunado.

—Pues como le iba diciendo, querido amigo, el otro día, en el mismo ambulatorio, a mi enfermera la han trasladado, esperando a ser vacunado, tuve que oír, no podía escaparme, el mitin de una señora. La buena mujer está convencida de que esto del cambio climático es una paparrucha, un invento, una mentira. Nos lo hizo saber a todos. La gente de su alrededor, sin opciones para escapar, la oía con cara de circunstancias. Pero un señor, más o menos de mi edad, la interrumpió:

—Señora —le dijo—, ¿usted ha estado en Laponia?

La mujer puso cara de no dominar la materia.

—No. No he estado en Laponia. ¿Y qué tiene que ver eso...?

—¿Existe Laponia?

—Pues claro. Yo qué sé —dijo no muy convencida.

—Pues es mentira. No existe. Ni Holanda, ni todos los países donde usted no ha estado...

—No sabía que ir al médico fuera tan divertido —dije sonriendo.

—La cosa fue subiendo de tono. Hasta el punto de requerir a los celadores para imponer orden y silencio.

—¿Y cómo terminó el asunto? —pregunté llenando las copas.

—No lo sé. Cuando salí, perfectamente vacunado, ya no había nadie esperando. Reinaba un silencio absoluto. Ahora bien, lo que me interesaba, y me sigue interesando, es de dónde sacó esta mujer, sin trazas de pensar mucho por ella misma, semejantes teorías.

—Pues de algún programa de alguna radio o de alguna televisión. Corren muchos bulos, como siempre han corrido, y, como siempre, hay gente dispuesta a comulgar con ruedas de molino. Y personal muy interesado en darles semejante comunión.

—Iba a decirle —dijo tras una corta reflexión aprovechada para vaciar su copa— que lo malo no es que personas como esta señora digan semejantes cosas, sino que las crean los políticos... Pero sí, sí que es importante. Es importante. Esas personas votan, y votan a muchos necios, quienes suprimen organismos de medio ambiente, guardas forestales y demás medios de prevención porque los consideran gastos superfluos y necios. Y luego sucede lo que sucede. Para ellos, hasta ese momento, es mejor invertir en corridas de toros, por ejemplo, que en prevenciones de diluvios.

—Da más votos un espectáculo público que un científico encerrado en su laboratorio. No lo olvide. ¿Quién se entera de esto último?

—Sí. Tiene razón. Estamos muy limitados a la hora de votar a nuestros representantes políticos. Además, siempre tengo la impresión de que muchos de estos elementos se meten en los partidos buscando el poder. No el servicio a sus vecinos. Por regla general son personas que no sirven para nada. Me sonrojo oyéndolos hablar.

—A mí, sinceramente, me dan asco. Ahora estamos viviendo el momento, una vez más, tras la nefasta desgracia, en el que nadie tiene la culpa de cuanto ha sucedido. Por supuesto. Ahora bien, ¿se podían haber evitado muchas desgracias de haber actuado a tiempo? ¿Y de haber tenido los medios eliminados tan alegremente? Así parece. Y parece que no se hizo caso de las alarmas porque, ¡vaya tontería!, ya estamos otra vez con la cantinela del cambio climático.

—La señora que nos dio el mitin en el ambulatorio recordó que siempre ha habido desgracias, riadas y desbordamientos de ríos. ¿Por qué no va a haberlos ahora?

—Ahora no ha sido el desbordamiento de un río. También antes miles de personas murieron por la peste. Y ahora no muere nadie. O por la tuberculosis, o por cualquier infección... ¿Hay personas en contra de la penicilina? ¿Por qué no?

—Cuando me llamaron para entrar en la sala donde había dos gentiles enfermeras vacunando a diestro y siniestro, estaba esperando que esta señora, tan sabida ella, citara el diluvio universal. Pero, claro, seguramente no lo hizo por cuanto ha dicho usted antes: se trató de un castigo... ¡Dios! He leído la noticia del hallazgo del cuerpo de un niño de cinco años. ¿Cuántos niños murieron en el diluvio universal? ¿Los mismos que mató Herodes? ¿No le parece que todo esto es una enorme atrocidad?

—Sí. Lo es. Sin duda. Y todo empieza con los bulos interesados, de muchos medios y periodistas, en busca del momento de gloria personal o de burdos intereses...

—Michel de Montaigne, autor del cual le he hablado en varios ocasiones, distingue entre mentir y decir una mentira. Para él, decir una mentira es decir algo falso que se cree verdadero. Y mentir es decir algo falso a sabiendas de que lo es.

—Una interesante sutileza. ¿Y qué cree usted que hacen los políticos, mentir o decir mentiras? ¿Y los medios de comunicación?

—Creo, sinceramente, que mienten. Mienten como bellacos. Unos y otros. Pero lo más gracioso de todo esto es la pregunta de siempre: ¿para qué? ¿Para ochenta años que vas a vivir, la mitad de los cuales los vas a pasar durmiendo, enfermo o amodorrado frente a la televisión u oyendo las necedades gritadas en tu sede? ¿Vale la pena?

—Esta conversación —dije llenando las copas de nuevo— me ha traído a la memoria la errónea interpretación que se ha hecho del aviso escrito a la entrada del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Ese conocimiento no implica sino reconocer que somos mortales, efímeros, nada. Y nos comportamos de forma totalmente contraria. Nos desconocemos. Nos creemos inmortales.

—Sí. Y ahora para acabar de confirmarlo, tras la desgracia, las pérdidas y las muertes, viene el croar de las ranas: el echarse las culpas los unos a los otros, apoyados por los inefables periodistas, tertulianos y demás entendidos. Así tratan de cubrir las miserias propias y destapar las ajenas. Y más mentiras. A capazos. Y gente joven, millares de jóvenes, ayudando en las labores de limpieza en los pueblos anegados por el agua y el barro. ¿Es esto una señal de esperanza?

—Puede ser, querido amigo, puede ser. Si las circunstancias, luego, no los malean. Aunque yo creo que dentro de poco se organizarán varias corridas de toros y unos cuantos partidos de fútbol, a beneficio de los damnificados, y se olvidará todo. Borraremos las lápidas y los registros, como hacían los antiguos, la damnatio memoriae. Destrucción de la memoria. Se sigue practicando.

—Brindemos por que no sea así. Y sigamos con nuestras charlas y nuestras lecturas.

—Brindemos. ¿Sabe? Me ha impresionado lo que ha dicho usted sobre Herodes y el diluvio. La cantidad de niños ahogados.

—La ira, como la ignorancia, es muy peligrosa. Mata.

—Desde luego. Y no se anda con chinitas.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Michel de Montaigne, Los mentirosos, en Los ensayos, I, cap. IX. Editorial Acantilado, Barcelona 2021. Traducción de J. Bayod Brau.
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