
Los que sobresalen en virtud no dan lugar casi nunca a revueltas, pues son unos pocos frente a muchos.1
Aristóteles, Política.
—Yo, querido amigo —me dijo nada más abrirme la puerta y estrecharme la mano—, al contrario que algunos deudos, parientes y conocidos, me alegro mucho con el triunfo o el éxito de las personas, aunque sean desconocidas, como me sucede en la mayoría de los casos.
—¿Y por qué no había de alegrarse? —pregunté un tanto atónito.
—Todo tiene su explicación. O casi todo —puntualizó en tanto llenaba las copas de vino—. Usted me perdonará —dijo cambiando de tema— pero, pese a ser este un vino tinto, lo he metido en la nevera. Cuando era joven, refrescar el vino tinto estaba considerado como una terrible herejía por parte de los entendidos en la materia, que, como siempre, eran muchos. Y siguen siendo muchos.
—Tonterías. En esta vida nunca falta ese tipo de personas —le dije levantando la copa—. Está bien bueno —añadí después de beber un buen trago—. Allá cada cual con sus prejuicios, ¿no le parece?
—No estaba muy seguro de si le gustaría así o natural.
—Yo, como usted sabe, no soy ningún entendido en vinos ni en nada. Está muy bueno así, fresco y radiante como una rosa. No me extraña, pues, su alegría por el éxito de quien sea bebiendo este magnífico vino a esta excelente temperatura.
—El vino es indiferente a mis alegrías por los éxitos ajenos. Centraría mi alegría, más bien, en la edad, en una cierta indulgencia alcanzada con los años... Todo esto son necedades: en realidad me alegro, o comencé a alegrarme, como reacción a las airadas protestas de mi madre. Esa reacción se me quedó grabada. Y, ahora, sin mi madre, muerta hace siglos, sigue acompañándome.
—No conozco la historia de su familia —le contesté—. Es curioso: pocas veces hablamos de nuestras vidas o de nuestros familiares. Tal vez sea porque no lo consideramos muy relevante. Creo. Hay cosas mucho más interesantes.
—Es posible. Voy a romper esa ley no escrita. Con su permiso. Mis padres tenían un pequeño negocio. Dicho negocio no funcionaba nada bien. Era ruinoso. Poco faltó, por impagados y demás, para irnos a vivir debajo de un puente. Mi madre, por eso mismo, se alegraba muchísimo cada vez que algún negocio, bien en el pueblo, o donde fuera, se iba al traste. En esos momentos se reía de buena gana, y soltaba sandeces e improperios contra los dueños, quienes estaban en una situación como la suya o peor... No se puede imaginar cuánto me molestaban a mí aquellas risas, histéricas como puede suponer, y los dichos despectivos y necios de mi señora madre.
—Siempre resulta molesto oír hablar mal de los otros.
—Máxime cuando era injusto todo cuanto decía: nadie tenía la culpa del fracaso de una tienda de ropa, de un bar o de una droguería. Los tiempos cambian, y la gente es muy veleta. Pero mi madre se reía. Se reía de buena gana, hasta saltarle las lágrimas. En esos momentos no lloraba por la situación de la familia. No tenía ni una palabra de consuelo o de cariño por aquellas personas. Las despreciaba, tanto quizás como se despreciaba a sí misma.
—Como ya le he dicho, no sabía nada de su vida. De todas formas de eso, sin duda, hace ya muchos años. Olvídelo. Nada puede hacer ni a favor ni en contra.
—Sí, hace muchos años. Casi un siglo. A mí se me creó tal rechazó ante las actitudes de mi madre que cualquier éxito de cualquiera, pequeño o grande, me alegraba el día. Me alegra muchísimo. Y, oiga, no dejo de sonreír, una y otra vez, cuando me entero por los diarios de los éxitos de esa chica, cantante, Taylor Swift. ¿La ha oído usted?
—No. No la he oído. Y me asombra usted...
—¿Por qué? —preguntó con una amplia sonrisa—. Ni he ido ni iré a ninguno de sus conciertos. Ni tengo edad para ello, ni me gustan las multitudes. Ahora bien, no deja de alegrarme ver cómo mueve a tantas y tantas personas, y cómo ha amasado una fortuna tan enorme, según dicen.
—Sí. Son fenómenos dignos de estudio. Y muy significativos. No obstante, nada íbamos a sacar en claro de su análisis: imagino una enorme cantidad de opiniones dispares al respecto. Y francamente, no me interesa mucho el tema. Quizás las personas necesitan ese tipo de cosas. Tal vez a falta de religión buenos son esos conciertos multitudinarios. Vete a saber.
—Esta semana —añadió sirviendo más vino— ha sido una semana de alegrías. Y no solamente por esa chica.
—Vaya —le dije levantando la copa—. Me alegra verlo tan feliz. ¿Qué ha sucedido?
—Algo más serio. La lectura de los primeros capítulos de una novela. No la ha leído usted, seguro. Los hilos de la memoria, de Victoria Hislop.
—No. No la conozco.
—Se la dejaré. O mejor, se la regalaré. Y le recomiendo que la lea, aunque no sea —añadió con una leve sonrisa irónica— del siglo V a. C.
—Una mancha en su haber. Pero la pasaremos por alto. La leeré en honor a nuestra amistad. Con la ayuda de los dioses. Máxime sabiéndola productora de gozos y alegrías.
—Sí. Los produce. Al menos a mí me los ha despertado. Verá. Cuenta el desplazamiento, obligatorio, de dos comunidades: los griegos de Asia Menor tienen que volver a Grecia, y los musulmanes de Grecia irse a Asia Menor. Unos van huyendo del vengativo ejército turco, y a los otros son expulsados por represalia, o para dejar espacio a los recién llegados. La novela se desarrolla en Tesalónica. A principios del siglo XX.
—¿Y dónde está la causa de su alegría? No me imagino, conociéndolo, que sea por esas bestialidades tan propias y características del hombre.
—No. No es por eso. Es por la solidaridad surgida entre esas personas obligadas a emigrar, y a dejar tras de sí toda una vida: la casa, los muebles, los amigos, los muertos... Pero fíjese, es curioso, esa solidaridad se da entre mujeres. Una de ellas se hace cargo de una niña de pocos años. Ésta ha perdido a su madre entre las multitudinarias y caóticas colas de embarque... Esta señora, madre de dos hijas, la acepta y la trata como a una hija más.
—Es un caso bastante insólito. Propio de un cuento de hadas.
—Eso pensé yo también. En esos desplazamientos, y hasta encontrarles alojamiento, las personas son embutidas en campamentos, donde hacerse con alimentos es una quimera. Me hizo acordarme de algunos de los Episodios nacionales de Pérez Galdós. En uno de los sitios, en el de Gerona creo, pasan tanta hambre que varias personas casi se matan por un dulce, una figurita del tamaño de un caramelo. En la novela de Victoria Hislop, sin caer en la ramplonería, todo son muestras de solidaridad... Nadie mata a nadie. Tampoco tienen necesidad. Se ayudan.
—Pues esa señora no lo contará, pero en todas las guerras, ya sabe, los primeros en caer son los niños y las mujeres. Y el hambre es una constante, un arma más. Posiblemente más terrorífica que la bomba atómica.
—Galdós insiste mucho en ello. Sobre todo en dos de sus Episodios nacionales: Gerona y Zaragoza. Y la señora Hislop también lo hace: la hambruna se produce cuando Grecia es invadida por los alemanes. Y aquí tenemos el reverso de la moneda: matar o morir por un mendrugo de pan. Desaparece la solidaridad. Me ha recordado otro libro, uno de Manuel Chaves, El maestro Juan Martínez que estaba allí. La revolución rusa, y gente muriendo de hambre por las calles. Es patético. Terrible.
—Nada nuevo bajo el sol —le dije un tanto asombrado ante el giro que estaba tomando la conversación—. Cuando los habitantes de cualquier ciudad sabían que iban a ser sitiados recogían cuanto podían, trigo, cebada, frutos, y quemaban el resto: el enemigo levantaría el sitio al no tener víveres, y si los tenía, como los romanos en Numancia, cercarían la ciudad hasta rendirla por hambre. Hasta caníbales se volvieron muchos sitiados...
—Seguimos igual. He leído, en algún periódico, los ataques por parte de los israelitas a los camiones con suministros destinados a Gaza. Es curioso, en la novela Los hilos de la memoria los judíos son muy bien tratados. Tienen una imagen muy positiva.
—El que de servilleta sube a mantel, no te fíes de él. O dicho de otro modo: échate a temblar cuando el reprimido se convierte en represor. Y volviendo sobre lo mismo, llama la atención, por parte de la prensa, la enorme cantidad de fotografías y palabrerías sobre el concierto de esa chica que despierta sus simpatías, Taylor Swift. Y la nula información sobre los campamentos de refugiados de Gaza, sobre la violencia contra los niños y las mujeres, más el uso desmedido de la fuerza. Estos bestias le han dado la vuelta a la Biblia: es Goliat quien triunfa. Siempre triunfa Goliat. Lo de la Biblia, David contra Goliat, sí que es un cuento de hadas o un cuento chino. Total. ¿Cree usted que hay solidaridad de una mujer judía hacia una mujer palestina? Lo dudo. Lo dudo mucho.
—Da gusto hablar con usted, oiga —me dijo con un leve toque de rabia—. Ha convertido mi alegría en todo lo contrario.
—Lo siento. Prometo compensarle en la próxima reunión.
—Acabémonos el vino, por lo menos, antes de que se caliente.
—Vamos a ello. Por la inalcanzable paz mundial —dije levantando mi copa—. Y por las hambrunas, la bomba atómica al alcance de todos.
—Sea. Por ella.
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Notas
- Aristóteles, Política, en Ética nicomáquea y Política. Editorial Gredos, Madrid, 2011. Traducción de Manuela García Valdés.


