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Lex dura lex

jueves 9 de enero de 2025
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Lex dura lex, por Vicente Adelantado Soriano
Mientras haya pan y circo, no habrá problema con los hedores. Es la mascarilla cloroformada contra el virus de la inteligencia.
Pues así como el hombre perfecto es el mejor de los animales, así también, apartado de la ley y de la justicia, es el peor de todos.1
Aristóteles, Política.

—Evidentemente es imposible —me dijo sonriendo—, salvo que uno sea un contertulio de cualquier radio o cadena televisiva, estar al tanto de todo y saber de todo para juzgar con propiedad.

—Tiene razón —le dije llenando las copas de vino—, los contertulios son como los sofistas de los tiempos pasados, degradados por supuesto: igual sirven para un frito que para un asado. Saben de todo, entienden de todo y hablan de todo.

—¿Cómo saber entonces, no prestándoles atención, quién tiene razón y quién trata de engañarnos en este enrevesado mundo de jueces y políticos, cada uno con sus intereses y sus mentiras? Y como sabe, la mentira es el germen de la corrupción.

—Tal vez recurriendo a lo mismo que se hubiera recurrido en los tiempos antiguos: a la areté o a la virtud de los personajes enfrentados. De jueces y políticos.

—Difícil me lo ponéis, hermano Sancho.

—A veces emitir juicios no es nada sencillo, señor mío. Máxime cuando uno no es un genio ni un dogmático. Siempre existen, por lo tanto, muchas probabilidades de equivocarse. Errare humanum est.

—Existan o dejen de existir esas probabilidades, que no las niego, lo cierto es que de la unión de jueces y políticos, y de los nefastos apoyos de unos a otros, se ha creado un clima que comienza a ser irrespirable.

—Creo que exagera un poco. Mientras haya pan y circo, no habrá problema con los hedores. Es la mascarilla cloroformada contra el virus de la inteligencia. ¿Ha visto usted algo más ridículo que a esos tipos americanos que se han vendado la oreja, como la lleva su jefe de filas, tras el atentado? Cuando los vi, sentí verdadera vergüenza ajena.

—Y menos mal —apuntó riendo— que la bala le rozó la oreja. No quiero ni pensar lo que hubiera sucedido con estos necios si le hubiera rozado otras partes de su republicano cuerpo.

—Sí, mejor corramos un tupido velo sobre tal posibilidad. Pero ahí tiene, con este tipo, lo que estaba diciendo usted: si vuelve a ser elegido presidente de Estados Unidos, y parece que tiene muchas posibilidades, va a anular las condenas de quienes, instigados por él, asaltaron el Congreso y cometieron todo tipo de tropelías en contra del Estado de derecho.

—Es vergonzoso. Y más vergonzoso todavía que haya multitud de personas que voten a tan zafio personaje.

—Recuerde aquel viejo dicho: “Justicia sí, pero no por mi casa”.

—Tiene razón. No sé de qué me sorprendo a estas alturas. De todas formas, e insistiendo en ello, todo esto huele a un sistema corrupto...

—¿Y cuándo no lo ha sido? Ni en la república de Platón, mucho menos ahí, va a conseguir un sistema justo y equilibrado. Sin corrupciones ni necios en el poder.

—Es cierto. Quizás deberíamos hacer algo para cambiar el sistema político. Esto de la alternancia de partidos no es una buena idea, pues cuando uno u otro están en el poder se las arreglan como pueden para retorcer leyes, cambiar esto y aquello, pero siempre con miras a su propio beneficio, es decir a perdurar en el butacón. ¿Es posible, y de ahí viene mi asombro, que lleguen hasta montar falsos juicios y condenar a la cárcel a personas inocentes con tal de no soltar el poder?

—Me asombra usted con tamaña pregunta: la historia está plagada de ejemplos. Claro que han matado y siguen matando por no soltar el poder. Por supuesto.

—Sí. Es cierto. Estaba pensando en la “unión” de muchos jueces, con intereses partidistas, con el partido en la oposición. Hay más juicios que deseos de gobernar bien y por hacer cumplir las leyes.

—Eso denuncian algunos periódicos. Pero no me haga mucho caso porque apenas los leo. En primer lugar porque no me fío de ellos, y, en segundo, porque no oigo a los contertulios de ninguna cadena televisiva. Me cansan.

—Es decir, no tenemos un periodismo de calidad.

—No se lo puedo decir; no paso de las portadas. Además, oiga, como decía Nietzsche, no quiero estar todo el santo día ocupándome del imperio romano. Hay cosas más importantes por mucho que a usted la política y sus miserias le puedan parecer muy interesantes.

—Tenga en cuenta que de eso, de la política, depende todo.

—Le podía responder, si me pongo en plan utópico —dije llenando las copas de nuevo—, que no sería así si la gente fuera un poco más culta, y examinara las cosas con un poco más de profundidad. Ya sé que es mera utopía: no hace falta que me vuelva a recordar las orejas vendadas de esos necios seguidores de Trump. Y sí, por supuesto, un político puede acusar al contrario de lo que haga falta. Y si se tercia lo llevará hasta el patíbulo o lo hará envenenar. Ahora ya no se estila eso, pero ha sido moneda común y corriente hasta hace muy poco. Ahora hay otros métodos.

—La falta de escrúpulos...

—Y las necedades que dicen. ¿No los oye? Son de una medianía apabullante. Y no puede ser de otra forma teniendo en cuenta el nivel de nuestra querida sociedad. No veo que unos políticos hagan una propuesta, con respecto, por ejemplo, a la educación, y otros hagan otra que intente mejorarla. Se enzarzan en necedades sobre si la escuela les lava el cerebro a los niños o deja de hacerlo. Si la tiza debe ser blanca o de colores.

—A mí me lavaron el cerebro —dijo sonriendo—. Yo fui de los infantes que oyeron en clase que Viriato luchó por la independencia de España. ¡En aquellos tiempos! Y que los españoles, allá donde fuimos, con armas y bagajes, fue para llevar nuestra amada lengua y nuestra verdadera religión.

—Ha sido usted un privilegiado.

—¿Por la educación recibida o por haberme salvado?

—Por ambas cosas. Así le ha crecido a usted el sentido crítico.

—No esté tan seguro de eso. Aunque, cierto es, de no ser así, no estaríamos teniendo esta conversación u otra similar.

—Ni nos preocuparía si los jueces ayudan a los políticos con sus tejemanejes. Y viceversa.

—Eso es evidente desde el momento que un partido se negaba a renovar los órganos del Poder Judicial. ¿Qué negros intereses tenía en ello?

—Imagíneselo. Ellos salían indultados o ni siquiera se sentaban en el banquillo de los acusados, por corrupciones y corruptelas; los opositores acababan encadenados a una bola de hierro y a la bazofia carcelera; y los jueces subían de puesto y ganaban prebendas.

—Menos mal que la justicia es ciega.

—Sí. Para ver lo que le interesa y cuando le interesa.

—¿Sabe? Todo esto me ha hecho recordar una vieja película que planteaba un problema moral. Una excelente película de Orson Welles titulada Sed de mal. Un viejo policía se dedica a fabricar pruebas falsas contra aquellos criminales que, está seguro, son los autores de la fechoría que persigue.

—Evidentemente es un problema moral. Y seguro que ha pasado más de una vez.

—Y en más de una ocasión se ha condenado a la pena de muerte a gente inocente.

—Eso viene sucediendo desde la antigüedad. Los hermanos se mataban entre sí por hacerse con el trono. Se acusaban de impiedad, de ambición o de lo que estuviera de moda. Nada nuevo. Ahora en vez de matar al rival se esparcen rumores, medias mentiras y, sobre todo, se procura que los votantes sean lo más necios y estúpidos posibles, para que se traguen cuanto les digan. Cosa que tampoco es nueva. En Roma la gente se iba del teatro, donde se representaban obras de Terencio, para ir a ver las luchas de gladiadores. Y es que, querido amigo, no avanzamos: damos vueltas.

—Lo malo es que el inspector que creaba pruebas falsas al final resultaba tener razón. Claro, bien es verdad que eso no se debe hacer. Pues también existe un amplio margen de error.

—Esa es una de las fragilidades de la democracia. E insisto: para luchar contra ella, nada mejor que tener unos votantes preparados, listos e inteligentes. De lo contrario, tenemos la queja de Sócrates: no estar dispuesto a aceptar que el voto de un zapatero remendón, de la época, no se nos vaya a ofender el gremio, valga lo mismo que el suyo.

—Sócrates, según me ha explicado usted mismo en alguna que otra ocasión, fue un personaje ejemplar por cuanto cumplió con la ley hasta el punto de aceptar su muerte con tal de no retorcerla. Y sin embargo, en más de una ocasión, ha dicho usted que debería haber huido de la prisión...

—Es cierto. Lo he defendido. Porque el juicio estaba plagado de errores y de mala fe.

—Sí, pero lo condenó la ley. Y ya sabe, lex dura lex.

—Demos gracias por no tener que preguntarnos, como Cicerón, entre qué clase de gente estamos.2 Aunque me parece que nos lo estamos preguntando siempre y a toda hora.

—Y porque nuestras ambiciones sean disfrutar de buenos libros y buenas botellas de vino, lejos de jueces y políticos.

—No es baladí el asunto. Ojalá pudiera disfrutar de esto todo el mundo.

—No se preocupe —dijo sonriendo maliciosamente—, otros tienen el fútbol y similares. Y también disfrutan.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristóteles, Política, I, 2, 15. Traducción de Manuela García Valdés.
  2. Cicerón, Catilinarias, IV: Ubinam gentium sumus? Quam rem publicam habemus? I qua urbe vivimus? (“¿Entre qué gente estamos?, ¿en qué ciudad vivimos?, ¿qué república tenemos?”).
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