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Perdido

jueves 16 de enero de 2025
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Perdido, por Vicente Adelantado Soriano
En cuanto pude me desvié dirigiéndome a un camino rural. Corría paralelo al río. Me propuse seguirlo con la esperanza de que se alargara hasta Teruel o aledaños. A las dos o tres horas de estar caminando, más o menos, di con una explanada llena de ramas y hojas. Pensé que era un buen lugar para dormir. 📷 Montañas de Teruel • Nacho Rovira • Alas y Viento
No hay ninguna prueba de grandeza más segura que el que no pueda ocurrirte nada que te abrume.1
Séneca, Sobre la ira.

Me había vuelto a quedar solo. Me pasaba el día leyendo y caminando por la ciudad. Alguna vez, llevando lo imprescindible, me iba alguna playa lejana con la idea de estar largas horas sumergido en el agua. No obstante, soy más de montaña. Ahora bien, sabía lo dificultoso que iba a resultar dar con un hotel con piscina rodeada de hierba, alejado y sin clientes. En cuanto salía del agua, me secaba, me vestía y regresaba a casa: no soporto el sol. Reconfortado me volvía a encerrar en mis libros.

Un día me llegó una carta de Grecia. Era del profesor al que le había enviado, por mediación de mi vecino, los Episodios nacionales, de Galdós. Era una nota breve, escueta: me daba las gracias por los libros, contaba que iba a ser ingresado en un hospital para una intervención quirúrgica, y nada más. Le contesté inmediatamente, pero ya no hubo respuesta. Por desgracia, no teníamos amigos en común a quienes recurrir.

En realidad pocas son las ocasiones en las que hay alguien a quien recurrir en caso de apuro. Aunque ahora, cierto es, se cuenta con artilugios electrónicos, mediante los cuales siempre es posible pedir ayuda cuando se necesita. Como los móviles o esos botones, parecidos a viejos medallones, que llevan colgados del cuello las personas mayores que viven solas. Basta con pulsarlos para que acudan a socorrerte. Tal vez si hubieran existido hace años, algunas personas de mi entorno hubieran vivido unos años más.

Estaba fuera cuando murió mi madre. Llevaba varios días muerta cuando entré en su casa temiendo lo peor: no contestaba al teléfono. Sentada en su vieja mecedora, con las agujas y la lana entre los dedos, falleció tejiendo un jersey que nadie estrenaría.

La casa se me caía encima: necesitaba salir, caminar, cansarme y olvidarme de aquello y de algunos otros recuerdos. He tenido suerte: todos mis familiares, al menos hasta ahora, han fallecido siempre en vísperas de algunas fiestas: Pascua, Navidad o a comienzos del verano. Eso me ha permitido alejarme de los lugares nefastos. Cuando falleció mi madre, hice un viaje un poco loco: recordando, levemente, una excursión con varios amigos de hacía algunos años. La modifiqué. Sin ninguna previsión de ningún tipo, cogí la mochila con el saco de dormir y saqué un billete para Teruel. Una vez allí fui a la estación de autobuses con el propósito de ir a Albarracín. No había autobús hasta el día siguiente, si la memoria no me falla. Me metí en una tienda entonces, compré lo imprescindible para ese día, y me puse a caminar hacia la carretera de Albarracín. Al cabo de unas horas llegué a una larga recta inmisericorde. La mochila no pesaba mucho. Estaba más vacía que llena. Y aun así tuve suerte: al poco tiempo de estar caminando por aquella larga recta, y sin que yo hiciera ninguna señal, un coche me recogió. Lo conducía un chico un poco mayor que yo. Me dejó en la entrada del pueblo. Lo visité todo recordando la vieja estancia con los viejos amigos.

Comí junto a una fuente.

Las calles estaban llenas de banderines y banderas. No recuerdo qué fiesta se celebraba. En la pequeña plaza habían colocado una tarima. De allí salía una música infernal. La plaza comenzó a llenarse de gente. Todos parecían muy animados. Quien más y quien menos llevaba un vaso o una cerveza entre las manos. Sentí un horror repulsivo hacia todo aquello. Comido y bebido, decidí marcharme sin pérdida de tiempo. Las tiendas ya estaban cerradas. No le di importancia: calculaba llegar a Teruel al día siguiente antes del mediodía.

Volví a la carretera. No me hacía nada de gracia caminar por ella de noche. En cuanto pude me desvié dirigiéndome a un camino rural. Corría paralelo al río. Me propuse seguirlo con la esperanza de que se alargara hasta Teruel o aledaños. A las dos o tres horas de estar caminando, más o menos, di con una explanada llena de ramas y hojas. Pensé que era un buen lugar para dormir. Me despojé de la mochila y comencé a amontar hojas y hojas. Sobre ellas extendí el saco de dormir. No tenía hambre. Fue una suerte: la despensa estaba vacía. La noche cayó rápidamente sobre mí. Me metí en el saco con la idea de recuperar fuerzas. Apenas cerré los ojos cuando una gota de agua cayó sobre mi frente. No le di importancia. Pero poco después la gota se transformó en un fuerte aguacero. Me maldije entonces por no haberlo previsto y no haber buscado algún lugar donde refugiarme. Me levanté rápidamente, y arrastrando el saco y la mochila, de la que extraje una linterna, me dirigí hacia una pequeña montaña. Allí, mal que bien, empapado ya, di con una pequeña oquedad en la que me refugié haciendo contorsiones y malabarismos. Me caía de sueño. Imposible dormir en tamaño agujero. Pero tan de repente como se inició la lluvia, escampó. Esperé unos minutos. Había pasado la tormenta. Me dirigí a donde me había hecho el lecho. Las hojas de arriba estaban empapadas. Pero no las de abajo. Las cambié de posición, me metí en el saco y me dormí plácidamente. Aquella noche no hubo más sorpresas.

Me desperté hambriento. En la mochila no había nada. Mis amigos, con razón, siempre me reprochaban que hacía las cosas sin meditarlas, sin prepararlas mínimamente. Bebí agua para consolarme. Vacié la cantimplora y me dirigí hacia el río con la idea de llenarla. No era accesible desde donde estaba. Y tampoco podía seguir caminando por allí: el camino se cerraba con árboles, ramas caídas, cañas y abundantes charcos. Volví atrás hasta dar con un paso que me llevara a la otra orilla del río. Cuando la encontré, bebí y me lavé la cara y los brazos y llené la cantimplora. El camino ahora no iba paralelo al río. Subía hacia el monte. Inicié la ascensión. Recordándome una y otra vez que debía ir hacia la izquierda, donde calculaba que estaba Teruel. Según mis cálculos debía llegar sobre las dos o las tres de la tarde.

No recuerdo todos mis pasos. El calor, desde luego, comenzó a apretar. Estuve ascendiendo más tiempo del imaginado. Tenía la espalda empapada en sudor. Cuando llegué al llano me detuve al amparo de la sombra de un árbol. Me senté para reponerme en medio del silencio. Tenía hambre. Acariciado por un suave vientecillo me dormí apoyado contra el árbol. Me desperté sobresaltado al cabo de una hora u hora y media. Y rápidamente comencé a caminar de nuevo. Me hallaba ante unos campos labrados y sembrados. No se veía otra cosa a mi alrededor. Me pareció, no obstante, que me había estado dirigiendo hacia Albarracín en vez de hacerlo hacia Teruel. Entre los campos había caminos que corrían en zigzag. Los seguí sin perder de vista una montaña. Estaba seguro de que me indicaba la dirección correcta. Caminé sin descanso durante horas y horas sin llegar a ningún sitio.

El hambre comenzó a apretarme sin compasión. Me detuve junto a un peñasco. La mochila y mi espalda estaban empapadas de sudor. Sin nada que comer tampoco quise beber mucho. Hacía horas que había dejado de oír el correr del agua del río. Imaginé entonces lo desesperante que debe de ser ir por el desierto: sin referencias y sin saber si se camina en línea recta o haciendo círculos. Yo estaba seguro de ir en la dirección correcta gracias a aquella montaña. Y tal vez por esa confianza volví a dormirme. Me desperté tarde. Me levanté y me puse a caminar de nuevo. No dejaba de pensar que, en alguna parte, me había desviado: no era posible que Teruel estuviera tan lejos. Fuera posible o no mi error, la noche cayó sobre mí. No había ningún sitio en el cual refugiarme en caso de lluvia. Había un charco en medio de un camino. Recuerdo de la tormenta de la noche anterior. Tampoco tenía hojas para amontonarlas haciendo de colchón. Me puse un poco nervioso. Y así me metí dentro del saco teniendo a la mochila por cabecera. Y el estómago vacío.

Me despertó una especie de gruñidos y el corretear de algunas pezuñas. Era todavía muy de noche. Aun así pude distinguir a una pareja de jabalíes. Habían bebido de la charca, a pocos metros de donde estaba acostado, y se dirigían a toda prisa hacia el monte. Los alrededores de la charca estaban llenos de sus huellas. Me acordé del jabalí de Calidón. Era un monstruo. Los que se habían acercado a la charca eran más bien pequeños, y no parecían temibles. Me volví a dormir.

Me desperté antes del amanecer. Decidí ponerme en marcha inmediatamente. Tenía hambre. Debía encontrar el camino correcto y llegar a Teruel antes de desmayarme. Bebí agua con moderación. Nadie había por allí que pudiera auxiliarme. Tal vez como le sucedió a mi madre cuando murió, sola, haciendo punto de gancho. No sé por qué me acordé entonces de sus risas cuando le contaron que una vecina, de escasas luces, se había quedado embarazada por bañarse en el mar. Eso lo dijo la madre de aquella pobre chica. Según ella, alguien se había masturbado en el agua, y de resultas de ello, la pobre mujer se quedó embarazada. Mi madre tuvo la risa asegurada durante semanas. Yo no me reí. Me molestaban sus burlas. Conocía, además, la historia de Ifimedia. Ésta, enamorada de Poseidón, iba a la orilla del mar y se tiraba agua en el regazo. Hasta que quedó embarazada del agua del mar, es decir de Poseidón. Me abstuve de contarle el mito a mi madre, que lo estaba racionalizando. Prefería recordarla riendo. Y con su recuerdo, cuando el sol comenzaba a apretar, vi, bastante a lo lejos, el muro de contención de un pantano. Cerca de él, en un camino, había varios coches aparcados. Tuve suerte: el camino por el que iba me llevó directamente al pantano. Llegué al cabo de un par de horas. Había un bar. Pregunté, desfallecido, si podía comer algo. Sacié todas mis hambres. Y el dueño de uno de los coches me llevó hasta Teruel. Allí busqué un hotel. Estuve durmiendo el resto del día y toda la noche.

A veces los recuerdos tienen un significado claro. En este caso no hizo falta grandes estudios para desentrañarlos, pues a los pocos días me llegó una carta de un hospital de Grecia. Escrita en griego actual, lengua que no domino. Tampoco hizo falta. Apareció el nombre del viejo profesor junto a otra palabra que no ha variado mucho con el paso de los siglos. Al parecer el buen maestro lo dejó todo preparado para que me avisasen en caso de no poderlo hacerlo él. Hay personas de una gentileza y una educación tal que no parecen seres de este mundo. Sit tibi terra levis.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Séneca, Sobre la ira, 6. En Diálogos, Gredos, Madrid, 2000. Traducción de Juan Meriné Isidro.
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