
De acuerdo con el tipo de camino que el sujeto recorra en sueños, así será su género de vida.1
Artemidoro, La interpretación de los sueños.
—Decían los viejos griegos que los sueños tienen dos puertas de entrada: una de marfil, por donde entran los sueños sin importancia, mera palabrería, y otra de cuerno, que da entrada a los sueños verdaderamente importantes, aquellos que llevan algún mensaje.
—¿Y cómo se sabe si entran por una puerta o se cuelan por la otra? Además, si el hombre cambia con el tiempo, también es necesario que cambien sus sueños. No creo, por lo tanto, que un griego del siglo II, por ejemplo, soñara lo mismo que un español o un francés del siglo XXI.
—Bueno, eso es bastante relativo: el hombre no ha cambiado mucho desde su aparición sobre la faz de la tierra. En el fondo le siguen preocupando las mismas cosas: la salud, la vida, la muerte, la enfermedad, la estabilidad económica...
—Tal vez sea así. Pero no creo que hoy en día nadie vaya a un templo a soñar, como hacían antiguamente, lo leí en el libro de Arístides que me dejó usted, a que le interpreten el sueño, y a seguir las directrices que le marque algún sacerdote o santón.
Llegados a este punto de la conversación, mi querido vecino se incorporó y se fue a la cocina a por la consabida botella de vino.
—Ve —le dije señalando la botella en tanto escanciaba el líquido—, esto tampoco ha cambiado mucho: buen vino y buena conversación. El simposium.
—Sí, sí que ha variado. Nosotros somos una excepción. ¿O conoce usted a muchos amigos que se reúnan para hablar de lo divino y de lo humano tranquilamente ?
—No. La verdad es que no —reconocí—. Y, además, las pocas veces que me he reunido con mis compañeros de trabajo, siempre lo hemos hecho en bares y restaurantes donde era imposible oír nada: el barullo y las voces ajenas se imponían a todo.
—Detesto esos lugares —dijo tras beber— como detesto a esa gente que habla a gritos y estalla en carcajadas ante la tontería más enorme.
—Sí. Se ponen un poco pesados haciendo patentes sus deficiencias. Pero volviendo al asunto principal, dígame: ¿usted sueña mucho?
—Sí. Este verano he soñado mucho. Por culpa del calor no podía conciliar el sueño; me despertaba a dos por tres, y siempre lo hacía en medio de un sueño o de una pesadilla.
—¿Y por qué puerta se le colaban, por la de marfil o la de cuerno?
—Era todo mera palabrería, cosas sin sentido... Aunque tal vez Freud y los demás le hubieran encontrado alguna explicación.
—¿No me diga que tenía sueños eróticos?
—¡Por Dios! Por supuesto que no. Me refería a que Freud y compañía, ante un sueño se comportan como quien monta un rompecabezas: no paran hasta encajar todas las piezas y dotarlo todo de una cierta lógica o un cierto sentido. Y, créame, no lo tiene. El resultado final tendrá toda la coherencia que usted quiera, pero es falso.
—En eso creo que tiene razón: a menudo, dejando de lado cómo disloca a Edipo y Electra, nos olvidamos de que somos bastante irracionales, o de que tenemos comportamientos nada lógicos y, a veces, bastante simiescos. ¿Ha visto usted, durante estas olimpíadas, o durante cualquier partido de lo que sea, a la gente que ocupa las gradas? Disfrazados, haciendo payasadas mil o berreando como energúmenos por un fallo arbitral o por un gol de su equipo.
—Sí, los he visto. De vez en cuando encuadraban a alguna chica muy guapa. Pero por regla general las cámaras tendían a ocuparse de las payasadas. Y, por lo visto, tenían mucho donde escoger.
—Abunda lo malo. ¿Tenían algo que ver sus sueños con esto?
—No. Bueno, no los recuerdo. O los recuerdo vagamente: iba caminando con alguien por un monte, hasta que un potente río nos impidió el paso. Había alguien allí que dominaba las aguas. Este alguien dejó pasar a la gente que iba conmigo, pero no a mí.
—¿Y qué hizo usted?
—Dar un enorme rodeo. Todo menos enfrentarme a aquel tipo o discutir y amargarme el día.
—Es usted de los que entregan el poder sin discutir ni cuestionar nada.
—Nunca he sentido atracción por ningún tipo de poder. Y es lamentable oír a quienes lo ejercen. O a los periodistas que, vamos a darles un cierto crédito, escriben lo que aquéllos han dicho. Los grandes descubrimientos de los políticos residen en dar con fórmulas que desgasten a quien detenta el poder, no en procurar mejores condiciones para el público en general, sino en saber si el padre de quien ocupa el sillón, su suegro o su madrastra, cometió adulterio con Zeus o con Hares. Con eso ya tienen entretenimiento para un tiempo. Y con eso pretenden alcanzar el poder. Para mejorar nuestras pobres y oscuras vidas.
—Y a ser posible no soltarlo. Yo, querido amigo, sostengo que la mitología tiene enseñanzas que no tienen desperdicio. Bien es cierto que hoy en día está muy desprestigiada. El mismo Luciano contribuyó a ello. Pero no olvidemos que Etéocles no quiso entregar el poder, prefiriendo antes una guerra civil... Y no olvidemos el mal perder de los dioses: Apolo no venció a Marsias en su competición por ver quién era mejor músico. Hizo trampas. Y con una mala baba increíble desolló vivo al pobre músico. No le digo nada de Atenea y Aracne. Así que ojo con aquellos de mal perder. Casi siempre cuentan éstos con poderosos que los apoyan.
—Pues tal vez por eso yo preferí dar un rodeo en mi sueño y no enfrentarme con aquel estúpido que no me dejaba pasar.
—¿Y cómo terminó su sueño?
—De regreso a casa, supongo, volví a pasar por el mismo río. Lo vadeé entonces sin que aquel necio pudiera hacer nada en mi contra. Me alejé de él dejándolo con cara de circunstancias.
—Eso está bien. Pero ¿no cree que no enfrentarse a los problemas es, en muchas ocasiones, un signo de cobardía?
—Si me va a decir ahora que vale más morir de pie que vivir de rodillas, tal vez le dé la razón. Pero olvídese: de una forma u otra, siempre viviremos de rodillas. Nunca llegamos al fondo de la cuestión. Es como si algo nos impidiera verlo. Es como esas películas que haciendo alardes de técnica siempre se desarrollan de noche. Así puede ver usted a un personaje que llega a casa de noche, entra en su casa sin encender una luz, ve una nota, la lee a oscuras y entiende lo que ha leído. Yo carezco de tal visión. Apago la tele o cambio de canal. Se me cansan los ojos una burrada para nada.
—Mire, eso le iba a comentar yo también. El otro día un compañero me recomendó una serie de televisión basada en los últimos años del mandato de Vespasiano y los primeros de su hijo Tito. Y lo mismo: dejé de verla. En Roma, por lo visto, nunca salía el sol. Siempre era de noche. O sólo salía cuando había carreras en el circo o luchas de gladiadores. El resto es noche, antorchas y cirios; imagínese, cirios en la Roma del siglo II. En cualquier domus había más cirios encendidos que en la más grande de las catedrales medievales. Con tanta oscuridad a mis pobres ojos les costaba distinguir entre Lucila y Lucus... E hice lo mismo que usted: dejé de verla preguntándome si los productores de tal producto estarían de acuerdo con algún oftalmólogo falto de clientela.
—Pues ya que hablamos de oscuridades —dijo llenando las copas de nuevo—, no sé por qué se producen los sueños. No lo sé. Ni sé si tienen algo que ver con la vida de cada uno. No lo sé explicar. Al principio trataba de buscarles algún sentido, pero no hubo forma. Lo dejé estar.
—Los antiguos decían que los sueños que entran por la puerta de cuerno son mensajes de los dioses. Que cuesta mucho desentrañarlos. Luciano el Samósata se ríe de tal interpretación: si los dioses quieren algo de los humanos, lo pueden pedir de forma clara y explícita y no mediante adivinanzas, y otras paparruchas similares. Literalmente le hace decir a Hera, hablando de Apolo, que “ha abierto tiendas para vender oráculos”.2 Ahora, no sé si hay alguna relación del sueño con quien sueña...
—Algo tiene que haber. Por ejemplo, el que yo dé un rodeo en el sueño que le he contado, ha puesto de manifiesto algo que yo sé desde que nací: soy más bien apocado, por no decir cobarde. Siempre rehúyo cualquier tipo de confrontación. No me ha contado nada nuevo.
—Es una actitud digna de alabar; pero todos tenemos un límite...
—Pues he sido un afortunado porque hasta ahora no he dado con ese límite. El de esta botella —dijo agitándola— ha quedado claro.
—Bueno, pues mañana más.
—Eso es. Llevaremos otra al límite.
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Notas
- Artemidoro, La interpretación de los sueños, Libro II, 28. Alianza Editorial, Madrid, 2021. Traducción de Elisa Ruiz García.
- Luciano el Samósata, Diálogos de los dioses. XVI. Hera y Leto. En Alianza Editorial, Madrid, 1987. Traducción de Juan Zaragoza Botella.


