
Procura, de acuerdo con el proverbio, que no se te rompa la cuerda por haberla tensado demasiado.1
Luciano el Samósata, Diálogos de las cortesanas.
Durante una larga época de mi juventud fui muy dado a viajar solo y por terrenos poco trillados. No me lo pensaba dos veces para coger la mochila, el saco de dormir, la cantimplora, un sombrero, latas de conserva, frutos secos, y lanzarme al monte sin más. Prefería las montañas y los lugares solitarios a las ciudades. No sé por qué siempre me ha producido una suerte de vergüenza o reparo ir a un hotel o pensión. O entrar en algún restaurante. Prefería, con mucho, dormir al aire libre, y comer cabe alguna fuente sin más compañía que el piar de los pajarillos. Viajé así durante una buena época de mi juventud. Recorrí sendas y trochas sin descanso ni miedo.
No obstante, cuando se presentó la ocasión, no le hice ascos a viajar en compañía. Viajé con amigos circunstanciales y conocidos, sin más, por poblados y ciudades. Con ellos visité algunos museos e iglesias. También lo hice con alguna que otra asociación de amigos de esto o de aquello. Tanto unas compañías como las otras exigían pactos, acuerdos y negociaciones que, a veces, resultaban bastante agrias. Pues unos querían ir aquí y otros allá. Unos querían comer en este restaurante y los otros en el de la esquina. Lo más sensato entonces era separarse e ir cada cual por donde le interesara. Me percaté, durante esos tiras y aflojas, de cuán complicado resulta dar con alguien con tus mismos gustos e intereses. Caso de no hallarlo, nada mejor que la soledad. Solo, pues, volví a recorrer bastantes sendas y caminos. Y, cierto es, al amanecer, tras haberme lavado en cualquier río o fuente, me atrevía a ir a la ciudad, visitar lo interesante, y reponer la sufrida mochila con diversas viandas y alguna fina gollería.
Todo en esta vida tiene su fin y acabamiento. Y entre lo que me dijeron unos, alertándome de los peligros de ir solo cuando el teléfono móvil no existía, y lo vivido en un lejano monte, comencé a tener ciertas prevenciones sobre mi despreocupada forma de viajar. Un día, ensimismado en mis pensamientos, no sé cómo ni por qué, tropecé con una buena piedra suelta. Me caí, y lo hice con tan mala fortuna que me despeñé por la breve pendiente del lateral del camino. Me rompí el brazo izquierdo. Aguantándome el dolor, y tragándome mis prevenciones, me fui al poblado más cercano, pregunté por el ambulatorio, y de allí me llevaron al hospital, donde me operaron y entretuvieron durante tres o cuatro días. Al cabo de los cuales llamé al trabajo para anunciar que seguía vivo y llevaría certificados y justificaciones de mi ausencia. No hubo más problemas. Sólo que una buena amiga me hizo reflexionar sobre cuanto hubiera acontecido si en lugar de un brazo me hubiese roto una pierna: seguramente, incapaz de moverme y caminar, hubiese perecido allí, solo, y en medio de un solitario monte escasamente transitado por algún ocasional humano. Una muerte lenta y nada divertida. Frente a lo cual cabían dos soluciones: llevar una bolsita con veneno, a imitación del bravo Aníbal, o cambiar de rumbos.
Se me planteó entonces un problema que los libros de historia no mencionan: ¿caduca el veneno? ¿Reponía Aníbal cada cierto tiempo el que llevaba para no caer en manos de los romanos? Hubiera tenido chiste que, perdida la efectividad de su seguro de libertad, hubieran conseguido los cónsules, al fin, hacerlo desfilar por Roma, cargado de cadenas, y con un fuerte dolor de tripas por el veneno caducado, antes de descabezarlo. ¿Y dónde conseguir un veneno con ciertas garantías? Eran aquellos demasiados problemas para una persona apocada como yo. Lo más sencillo era cambiar de metas: viajar por las grandes urbes o ciudades. Allí siempre hay gente amable dispuesta a echarle una mano a quien ven rodar por los suelos. Y sin aceptar propinas.
Y así comencé a viajar con el tren. Cosa que, por otra parte, me encanta. Y a visitar grandes ciudades. Con sus museos de todo tipo, catedrales, castillos, casas señoriales, calles típicas y espectáculos más o menos auténticos. Y a disfrutar de una moderada gastronomía. Al principio la idea me gustó. Tanto que me hice con una buena cámara fotográfica. Me recreaba luego en casa rememorando los lugares visitados: Barcelona, Sevilla, Granada, París, Córdoba, Gerona, Salamanca, Candelario, Caudiel... No obstante, a menudo añoraba la soledad de los caminos de montaña, el silencio, las fuentes y los ríos. La añoranza llegó a su punto álgido cuando comenzó ese movimiento conocido con el feo nombre de turismofobia. Lo cual lleva aparejado que, en algunos lugares por donde uno va, apliquen aquello de “ave de paso, cañazo”. Y te cobren hasta por el aire que respiras. Viajar entonces se me hizo odioso. Tuve en cuenta, por supuesto, que lo hacía en el mes de agosto, cuando toda la humanidad está de vacaciones. Y toda la humanidad visita los mismos lugares a las mismas horas. Una cola inmensa había en el Louvre para ver el cuadro de la Gioconda. Miles de japoneses haciendo reverencias y miles de fotos a aquella eterna sonrisa. Me fui, al cabo de varias horas, sin apenas vislumbrarla. Soñé entonces con jubilarme, y viajar cuando me viniera en gana, cuando el mayor número de los mortales se estuviera quedo y sin moverse. Pero cuando me jubilé, contradicciones de la vida, se me fueron las ganas de viajar. El hombre, a veces, es una pura incógnita.
No me gusta polemizar. Sé de mis limitaciones, muchas y variadas. Y siempre, además, tengo presentes las palabras de don Francisco de Quevedo: “Es cosa averiguada, así lo sienten Metrodoro Chío y otros muchos, que no se sabe nada, y que todos son ignorantes, y aun esto no se sabe de cierto, que a saberse ya se supera algo; sospéchase”.2 Es cosa averiguada, pues, que de muchas ciencias y saberes no tengo ni los más leves barruntos. ¿Cómo voy a discutir ni polemizar con nadie? Tengo mis opiniones, eso sí, pero me las guardo para mí mismo. Sea como fuere, no sé, pero lo sospecho, si lo del cambio climático es una entelequia o una verdad como una casa. Sé que, cada año, los veranos son más calurosos que los anteriores. Y que este verano, pese a todos los artilugios de aires y ventiladores, ganas me han entrado de perecer y acabar de una vez: salir a la calle, ir a comprar viandas o libros, era un verdadero tormento. Al posible cambio climático se ha unido una certeza indiscutible: los largos años vividos. La vejez. A veces tengo la impresión de ser un sueño: ¿es cierto que en verano, de joven, me iba por el monte con mi mochila? ¿Es verdad que me fracturé un brazo? Cuesta creer que me aventurara entonces con estos calores, y con esta inmensa pereza que me adorna ahora.
Y ellos, los calores, junto, tal vez, con el cambio climático, me abocaron a no salir de mi cubículo. Y aquí, sin moverme ni menearme, comencé uno de los grandes viajes, horro de mochila y cámara fotográfica. Di, por diversión y juego, en traducir diálogos del griego al castellano o español. Y me incliné por lo sencillo: Luciano el Samósata. Y nunca tal hiciera, pues de gozo y placer hasta me olvidé de comer y cenar algún que otro día. No había con qué, por otra parte. Tuve suerte, no obstante: un hindú o moro, no sé, un emigrado desde luego, puso una tienda de verduras, supermercado lo llama él, un optimista, al lado de mi casa. La tiene abierta al público hasta bien entrada la noche. A él le compré cuanto necesitaba, aunque al no mercadear con carne ni pescado, me hice vegetariano a la fuerza y a la luz de la luna. Al menos no perecí de hambre ni de calor gracias a tan eximio tendero.
Ir al mercado por la mañana, con estos calores, se deban o no al cambio climático, era imposible. Al menos para mí.
Leído un día un largo estudio, prólogo a una edición bilingüe, entereme de las influencias de Luciano sobre Erasmo, Vives, Cristóbal de Villalón y Francisco de Quevedo, entre otros. Y dado que en mi juventud, cuando viajaba por los montes solo y sin compañía, compraba libros sin ton ni son, tenía en casa, y las sigo teniendo, todas las obras de tan ilustres y sabios varones. Algunas sin leer. Y aquí fue Troya: sin pisar la calle de ninguna ciudad, museo o casa natalicia, gocé como hacía años no gozaba. Descubrí con Villalón y Quevedo la magia del lenguaje, su fuerza, gracia y donaire. Reíme y disfruté leyendo como, tal vez, nunca lo había hecho. De forma tal que la mucha fuerza del calor, el ímpetu del cambio climático, y las verduras bien sazonadas, el moro tenía aceite de oliva, vinagre y sal, pasé mi último verano mucho mejor que cuando me iba por los montes yo solo sin más compañía que mi querida mochila. Gracias, pues, al buen hacer de estos varones, a sus historias y al donaire de tantas y tantas páginas, olvideme del calor y del veneno de Aníbal. Y además, tenía en la nevera verduras de todo tipo. Menos habas: no le faltaba razón a Pitágoras: tienen forma de feto. Pero este ya es otro cantar, que exige otros pliegos de papel. Vale.
- Libros y educación - jueves 23 de abril de 2026
- Subrayados - jueves 16 de abril de 2026
- Εὐθανασία
(la buena muerte) - jueves 9 de abril de 2026
Notas
- Luciano el Samósata, Diálogos de las cortesanas, en Alianza Editorial, Madrid, 1987. Traducción de Juan Zaragoza Botella.
- Francisco de Quevedo y Villegas, El mundo por de dentro.


