
Haec tua Penelope lento tibi mittit, Vlixe;
nil mihi rescribas attinet: ipse veni!1
Virgilio, Heroides.
Era sábado. Me desperté temprano. Debajo de mi casa, frente a la ventana de mi dormitorio, hay una clínica de prevención. Hacen análisis a los trabajadores de distintas empresas. Había una nutrida cola durante la pasada pandemia. Esta clínica tiene una larga y estrecha pantalla, con su nombre, a lo largo de la fachada. Ésta se enciende, automáticamente, a la seis de la mañana. Pese a la distancia de seis pisos, su luz me permite levantarme sin encender yo ninguna lámpara. Además, me avisa: si está encendida es hora de levantarse. Caso contrario, puedo continuar en la cama. Continué en la cama ni dormido ni despierto.
Cuando la sombra de la persiana de la ventana se proyectó sobre la pared, me levanté. En ese momento estaba lloviendo con fuerza. Mi intención fue lanzarme a la calle inmediatamente. Me refrené, me metí en la ducha, desayuné y pensé dónde ir o qué camino seguir.
—¿Y qué hizo usted? —me preguntó mi vecino cuando, accediendo a su invitación, fui a visitarlo por la tarde.
—Irme a la librería y pasar luego por algún supermercado, y comprarme comida hecha para dos o tres días: no me apetecía nada cocinar.
—Si me lo hubiera dicho —dijo llenando las copas de vino— nos podíamos haber ido a comer por ahí.
—No quería molestarlo —dije excusándome cuando, la verdad, me apetecía estar solo.
—Estar con usted nunca es una molestia. ¿Y qué libros se ha comprado? —preguntó con verdadero interés.
—Ninguno. No tenían el que yo buscaba. Así que, bajo una fina lluvia, he vuelto a casa de vacío, y he seguido leyendo el que me llevaba entre manos. Y otro más. Me han faltado muy pocas páginas para terminarlo, hasta tal punto me ha despertado el interés.
—Supongo entonces que sería alguna novela...
—No. En absoluto. Es un estudio sobre Ovidio.
—No en vano es usted filólogo.
—Verá —le conté tras apurar mi copa—, estuve oyendo una conferencia sobre Horacio. En el ordenador. Nada más entrar en ella, me advirtieron, no sé quiénes, que mi ordenador utiliza un navegador que impide el paso de la publicidad, y en consecuencia, no podía entrar... No les hice ni caso y me colé. Sin problemas.
—Esto de la publicidad es verdaderamente nefasto. Me ha pasado un par de veces estar oyendo una sinfonía, y, los muy bestias, cortar un solo de violín para anunciarme un desodorante o un detergente. Me enfadé mucho... Al final he vuelto a lo clásico: a comprar discos. Así nadie me interrumpe.
—Yo nunca compro nada de cuanto anuncian. Además, lo más gracioso del caso es que las conferencias se leen en una fundación sin ánimo de lucro. No sé a santo de qué tenía que tragarme la publicidad.
—Bueno, dejemos eso. ¿Qué tal estuvo la conferencia?
—Muy interesante. Aunque no estoy de acuerdo con las apreciaciones del ponente, ni de muchísimos estudiosos del tema. O, si quiere, tengo otras preferencias.
—Explíquese, por favor —dijo llenando las copas de nuevo.
—La charla fue sobre Horacio, el famoso poeta de los famosos beatus ille, carpe diem y aurea mediocritas.
—Me suena. Tuvo sus ecos en Garcilaso, Quevedo y fray Luis de León entre otros, ¿no es así?
—Sí, así es.
—¿Y en qué no estuvo de acuerdo usted?
—El ponente, llevado por otros estudios y otras referencias, siguió la costumbre de hacer un listado de poetas por orden de importancia o de bondad. El primer lugar, indiscutible para todos, lo ocupa Virgilio con Eneida, luego siguen Horacio y Ovidio... Para mí el primer lugar lo ocupa Ovidio y sus Metamorfosis y Heroidas.
—No me parece un tema muy importante, la verdad.
—No lo es, ciertamente. La cuestión es que me acosté con la idea de reivindicar a Ovidio... A punto de dormirme, recordé, sin estar nada seguro de mis recuerdos, de tener un magnífico estudio sobre Ovidio. Vi ante mí la portada del libro, pero me dormí: la pereza me impidió levantarme y comprobar si, efectivamente, tenía el tal libro.
—¿Y lo tiene?
—Aquí viene la sorpresa. Seguramente, no lo recuerdo, me levanté dormido, o semidormido. Sea como fuere, al día siguiente tenía sobre la mesa el citado libro. El autor es, además, el conferenciante cuya charla oí.2 Lo tenía abierto, junto con una libreta y una de mis plumas estilográficas.
—¡Vaya película! ¿Y no recuerda haberse levantado?
—No. No lo recuerdo. Además, tuve que ir a por él directamente. La casa está llena de libros. Y esta noche he dormido bastante bien. Me he despertado poco antes de las seis de la mañana.
—¿Y se ha puesto a releerlo inmediatamente?
—No. Ver el libro sobre mi mesa me ha causado algún que otro problema. Como ya le he dicho, me he ido a la librería, pese a la lluvia, en busca de una biografía de Horacio. No la tenían. Pero entonces he visto, en una estantería un tanto elevada, el lomo de un grueso libro de color marfil: las obras completas de Ovidio.
—Vaya. Parece que lo perseguía a usted.
—Sí —le respondí sonriendo—. Ha sido como eso que cuentan de la magdalena de ese escritor francés...
—Proust, Marcel Proust.
—Sí, eso. Al verlo he recordado una vieja velada con un viejo amigo. Estuvimos hablando, como ahora, sobre poesía. Él estaba empeñado en estudiar el beatus ille. Me insistió entonces en que fray Luis de León, cuando la adaptó, cortó por lo sano haciendo de él un poema cristiano... Lo mismo, o algo parecido, dijo don Vicente Cristóbal en la conferencia.
—Es normal, querido amigo; no es nada extraño: a lo largo de la historia se han reutilizado los materiales, y tanto templos antiguos, mezquitas y demás, como los poemas, se han convertido en monumentos a los dioses o a la filosofía del momento.
—Sí, es cierto. No obstante, no ha sido eso lo que me ha preocupado allí en la librería. He recordado que, aquella lejana noche, sin mucho conocimiento de causa, ya le hablé yo a mi amigo de mis preferencias por Ovidio. Él se rio con una cierta picardía. Entendí por donde iba. “No”, le dije. “No es por el Ars amandi, es por las Metamorfosis”. “Entonces”, me contestó, “tienes que leer Cartas de las heroínas”. Nos despedimos. Y al cabo de pocos días me llamó por teléfono, citándome en un bar. Allí me entregó las obras completas de Ovidio, con el lomo y las tapas de color marfil. “Léelas”, me dijo, “pero no las subrayes: se las he quitado a mi cuñado, que es un imbécil, y ni las ha leído ni las va a leer”. Me quedé patidifuso. Y ni que decir tiene que me puse a leerlas inmediatamente. Es una edición bilingüe, así que las leí en latín.3
—¿Y se reafirmó usted en sus preferencias?
—Sí. Pues al mismo tiempo leí las Odas y Epodos, de Horacio. Pero lo más gracioso es que ni pude ni puedo leer sin subrayar, hacer comentarios al texto... y entonces llamé a mi amigo y le dije que si su cuñado le pedía el libro, compraría una edición nueva, pues la suya estaba ya llena de subrayados.
—¿Y tuvo usted que comprar una nueva edición?
—No. El cuñado, según me contó mi amigo, ni se enteró de la falta del entero Ovidio... Yo llegué a casa de la librería a todo correr. Y a todo correr, busqué el libro. Lo encontré enseguida, pese a estar despierto. Me fui a mi mesa, y me puse a releer la biografía de Ovidio y Cartas de las heroínas... Me acordé entonces de lo feliz que fui unos años atrás leyéndolas.
—¿Y lo ha vuelto a ser ahora? —preguntó sirviendo las últimas gotas de vino.
—Sí, lo he vuelto a ser. Y, en serio, no quiero meterme en discusiones sobre la perfección de los hexámetros, las estructuras y demás de este o de aquel. Sólo me gustaría darle las gracias al cuñado de mi amigo.
—Eso es un detalle por su parte. Pero delataría a su amigo.
—Mejor callarse, ¿verdad?
—Sí, es lo mejor.
—Además no conozco al tal cuñado.
—Pues miel sobre hojuelas. Ahora, a seguir leyendo, que el vino se ha terminado.
—Que me place. Me voy en busca de Penélope y de alguna heroína más.
—Suerte.
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Notas
- Esta te manda tu Penélope, tardo Ulises; nada me escribas, ¡vuelve tú en persona!
- Vicente Cristóbal, Ovidio, Gredos, Madrid, 2012. La conferencia está colgada en la Fundación Juan March.
- Ovidio, Obras completas, Biblioteca de Literatura Universal, Espasa, Madrid, 2005.


