Saltar al contenido

Sobre la amistad y la muerte

jueves 27 de marzo de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Sobre la amistad y la muerte, por Vicente Adelantado Soriano
Escriba si disfruta haciéndolo. Porque en ello, querido amigo, está el crimen y el castigo. Máxime si no piensa publicar nada de cuanto escriba.
Tan pronto, señora, se va el cordero como el carnero; ninguno es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan mozo que hoy no pudiese morir.
Fernando de Rojas, La Celestina.

En más de una ocasión, siempre acompañados por una botella de excelente vino, mi amigo y vecino, y yo, hablamos de la muerte. Al principio, cuando la nombró por primera vez, me dio la impresión de que trataba de conjurarla haciéndola llevadera, familiar. Como si se tratara de una vieja conocida de inminente llegada de quien se cuentan anécdotas e historias más o menos divertidas. Sabía que podía aparecer de un momento a otro, y actuaba como si me prepara para presentármela. No obstante, en los últimos días hubo un cambio: la muerte ya no le preocupaba por él, sino por mí.

—Cuando yo muera —me dijo llenando las copas y brindando— se va a quedar usted muy solo. No tendrá a nadie tan a mano para hablar cuando le apetezca y beberse un par de copas de vino.

—Tiene razón: no tengo a nadie ni tan a mano ni tan lejos. Pero me consolaré pensando, como quieren los clásicos, en lo afortunado que he sido teniendo ese placer durante unos cuantos años.

—Eso está muy bien. Es usted de los que ven el vaso medio lleno.

—Medio lleno o medio vacío. Da lo mismo... No soy tan mayor como usted, pero eso no quiere decir que no pueda morir mañana o esta misma noche mientras duermo. Y entonces sería usted quien lamentaría mi ausencia.

—¡Por favor! Dios no lo quiera. Espero que no me prive, al final de mi vida, de estas horas que me resultan tan gratas.

—¡Ay, amigo mío! No sabemos cuándo se terminará la cuerda. Cuándo le dará por cortarla a la buena de Láquesis. No debemos preocuparnos por ello. Preocupémonos por que no nos falte vino, y disfrutemos de estas horas en tanto podamos.

—Sí. Tiene razón. No todos tienen la enorme suerte de forjar una buena amistad como la hemos forjado nosotros.

—Pues disfrutemos de ella en tanto respiremos...

—Y compadezcamos a quienes no han sido capaces de conocerla.

—Tal vez no les interesaba. En esta vida hay muchos atractivos, más o menos auténticos o bastardos, y cada cual sigue o persigue el que le interesa. Fabrum esse suae quemque fortunae. Cada uno es artífice de su propia fortuna.

—Me encantan esas parrafadas que me suelta en latín. En román paladino: unos nos forjamos nuestras vidas y los hay a quienes la fortuna los lleva de un ronzal, como a los burros. Sea como fuere, al final todos participaremos en la danza de la muerte.

—Si son felices así, dejándose llevar... Por otra parte consciente o inconscientemente, el destino o la fortuna, a veces nos lleva a parajes no deseados, y otras a lugares más o menos agradables. Hay que saber adaptarse a cada uno de ellos.

—Sí. Tiene razón. Ahora bien, la inmensa mayoría de las personas se deja arrastrar. Y realiza cada cosa a su debido tiempo porque toca, porque así lo ordena la costumbre: estudiar, ponerse a trabajar, casarse, tener hijos, y morirse. ¿No se podría trastocar el orden para darle un poco de variedad a la vida? Tanta monotonía cansa un poco.

—¿Qué más da? Lo importante, creo yo, es vivir, aprovechar el tiempo y no hacer daño a nadie. Carpe diem... Hay un verso de Horacio que siempre lo tengo en mente. Y creo que tiene toda la razón del mundo. Se lo digo en latín: nec vixit male qui natus moriensque fefellit. No vivió mal quien pasó desapercibido en la vida y en la muerte. ¿Qué le parece?

—Que algunos lo juzgarán una pedantería, pero a mí me encantan esas citas en latín, tan suyas. Ahora bien, volviendo al asunto: hemos vivido según ese verso de Horacio. Es nuestro caso. Por lo menos, en el mío. Yo también creo que el poeta tiene razón: pasar desapercibido supone que nadie va a llorar en nuestro entierro. Estaremos tan solos como en vida. Por lo tanto, a nadie vamos a causar ningún tipo de dolor. Magnífico. Me parece estupendo.

—Es una forma de verlo. Otros le dirían, en caso contrario, que su cortejo fúnebre, más o menos largo, estaba formado por buenos familiares e impecables amigos. Y lo alabarían. O fue tan malvado, caso de no llevar acompañamiento, que ni los perros lo seguían.

—Es posible. No le voy a decir lo contrario. Pero a mí no me gustaría ser el responsable de las lágrimas ni del dolor de nadie. Quizás la única persona que me eche de menos sea usted. No he pasado desapercibido del todo.

—No le quepa duda. Lo echaré mucho de menos: no todo el mundo tiene ese gusto suyo tan fino por el buen vino. No conozco a nadie más. Vulgares bebedores de cerveza, sí, a muchos.

—En caso de mi deceso, puede recurrir a la imaginación, traerme del mundo de los muertos para que podamos seguir charlando en el mundo de los vivos. Al fin y al cabo, tanto usted como yo hemos pasado más tiempo dialogando con los muertos que con los vivos. Eso es lo que decía Quevedo hablando de sus libros.

—Pues tiene razón el tal Quevedo —dije llenando las copas de nuevo—: si uno saca la cuenta de las horas dedicadas al estudio y a la lectura, y las compara con las dedicadas a las pasadas en una discoteca —le sonreí— o a las relaciones sociales, ganan los libros. Entendiendo por éstos, al menos en mi caso, una buena familiaridad con gentes desaparecidas de la faz de la tierra hace un montón de siglos.

—Así es. Efectivamente. Ahora bien, deberíamos buscar un cierto equilibrio, ¿no le parece? Pero, claro, es fácil dar con un buen autor y con buenos libros: existe toda una tradición, actúa como filtro la mayoría de las veces, y una buena crítica literaria... Con las amistades, por el contrario, no hay avales que valgan: se enfrenta uno a lo desconocido, y es la experiencia, el fracaso, el vivirlo o no, lo que nos lleva a continuar o a abandonar alguna amistad... Unas se quedan por el camino, como algunos libros se han quedado a mitad de lectura. O incluso en los inicios. Casi todas las amistades son circunstanciales.

—Un libro malo también enseña. Es el reverso de lo bueno, la advertencia de todo aquello que debemos evitar. Ahora bien, como dijo Plinio, no hay libro malo que no tenga algo bueno. Aplíquelo a las amistades.

—¿Eso no lo dijo Cervantes? —preguntó un tanto asombrado.

—Lo repitió. Cervantes, al parecer, también hablaba, y mucho, con los muertos. Le recuerdo, al respecto, la famosa frase atribuida a Bernardo de Chartres, y ya que le gusta, se la digo en latín: nanos gigantum humeris insidentes.

¡Ah, esa la sé! Somos enanos a hombros de gigantes. Freud —contó sonriendo— le dijo a un alumno suyo, un tantico vanidoso, que era una pulga en la cabeza de un sabio, o algo así... ¿También Cervantes fue un enano? —me preguntó tras unos segundos de profunda meditación.

—También. Hasta cierto punto. Por lo tanto, desgraciado del país, como el nuestro, que comienza a olvidar su pasado... Se convierten sus habitantes en pulgas... Difícilmente verá una cita en latín, y menos en griego, en cualquier periódico o libro, pero en inglés chapucero todas cuantas quiera.

—No leo los periódicos. No recuerdo quién, si Valle-Inclán o alguno de su generación, dijo que el periodismo bastardea el estilo. Y yo, querido amigo, quiero escribir algo, una especie de biografía o memoria.

—¿Para publicarla? —pregunté asombrado.

—No. Por supuesto que no. Al tener todo el día libre, algunas mañanas se me hacen interminables. No voy a ir a ningún hogar del jubilado a jugar a las cartas, al parchís, o a hacer el ridículo bailando... He pensado en escribir. Empecé el otro día. Y, oiga, me está resultado una magnífica distracción.

—Me alegro —le dije indicándole que nos quedaba poco vino.

—Es una forma estupenda —dijo levantándose y trayendo otra botella, un tanto menor— de no pensar tanto en la muerte. En su inevitable danza. O sí. Pues si ese manuscrito cae en buenas manos, mi vida se alargará. No habré muerto del todo.

—No lo crea. Su vida no se alargará. Habrá desaparecido, ni más ni menos. Y le advierto, en contra de los clásicos, que eso de la inmortalidad es una memez. ¿De qué les sirve a Homero, a Aquiles o a Cervantes, o a lo que queda de ellos, que usted y yo los leamos y nos gocemos con sus libros o sus andanzas? Si los viéramos por la calle, ni los conoceríamos. Olvídese. Escriba si disfruta haciéndolo. Porque en ello, querido amigo, está el crimen y el castigo. Máxime si no piensa publicar nada de cuanto escriba.

—No. No voy a publicar nada. Pensaba dejarle a usted el manuscrito en prueba de amistad. No sé si le hará gracia, pero esa era, es, mi intención.

—Se lo agradezco. Ahora bien, y en honor a nuestra buena amistad, me gustaría que se convirtiese usted en una Penélope de las letras. Es decir, borre por la noche lo escrito por la mañana, no en espera de Odiseo, sino esperando alargar su vida, para poder así seguir disfrutando de estas horas y de estos vinos.

—Eso que ha dicho me parece una magnífica prueba de buena amistad. No obstante, seguiré escribiendo. Corrigiendo, pero sin borrar nada.

—Pues entonces empiece su vida desde la creación del mundo.

—No hombre. No quiero aburrirlo. Un escrito corto y denso.

—De acuerdo. Brindemos por él —dije levantando mi copa y entrechocándola con la suya.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio