Saltar al contenido

La niña pelirroja

jueves 10 de abril de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
La niña pelirroja, por Vicente Adelantado Soriano
Nos despedimos allí mismo: ella se iba al colegio, y yo tenía cita con mi enfermera, a la cual temo más que la buena niña pelirroja a las jeringuillas.
Lo que sucede en los animales irracionales lo descubrirás en el hombre: nos sentimos perturbados por cuestiones baladíes y vanas.1
Séneca, Sobre la ira.

Aquella mañana hacía un frío inusual para estas latitudes. Llevábamos varios días sufriendo una temperatura gélida, casi polar. Las montañas cercanas se habían cubierto de nieve. Por eso mismo muchos colegios comenzaban a programar, a toda prisa, viajes a las pistas de esquí. Los niños, exultantes, saltaban de alegría. Se estaban aprovisionando de guantes, botas y gorros. Yo tenía cita en el ambulatorio. Análisis de sangre.

Me quedé deslumbrado al ver a aquella niña. No tendría más allá de siete u ocho años. Era pelirroja. Peinada con una hermosa trenza roja como el fuego. Sobresalía de su gorro de lana como la cola de un travieso dragón. Y con un cutis blanco como el papel. Llevaba unas gafas marrones preciosas. Iba acompañada de su madre, en la cual, la verdad, no me fijé. Les cedí el paso. Entramos en el ambulatorio y, despojados de guantes y chaquetas, entregamos los papeles, junto con las muestras de orina, a la misma asistenta. Nos sentamos a esperar a que nos llamaran para la extracción de sangre. La niña estaba un tanto asustada. Acabó de asustarse cuando salió un gracioso, algodón en el brazo, sujetado con dos dedos, bufando y haciendo gestos de haberlo pasado muy mal. El gracioso no cumpliría ya los setenta años. Y no peinaba ni canas ni rizos.

—Ves como sí que hacen daño, mamá —se quejó la niña a su madre.

—No hagas caso —le dije yo que, de vez en cuando, tengo rasgos no sé si impertinentes o humanos.

—¿Tú no tienes miedo? —me preguntó un tanto sorprendida.

—No, qué va. Yo vengo aquí a que me pongan bueno.

—¿Y para eso te tienen que pinchar?

—Sí. Por ahora no hay otro medio de sacarte sangre. Pero es un pinchazo de nada, como si te picara un mosquito pequeño. Cuando la enfermera comience a buscarte la vena —añadí—, piensa en tus amigas o en lo que más te gusta hacer.

La madre me sonrió. Nos llamaron a los dos al mismo tiempo. Nos sentamos ante sendas mesas paralelas y extendimos los brazos desnudos. La miré en tanto me pinchaban a mí. Le guiñé un ojo. Le sonreí. Ella no estaba por la labor. No obstante, según me dijo después, apenas notó el pinchazo. Nos despedimos allí mismo: ella se iba al colegio, y yo tenía cita con mi enfermera, a la cual temo más que la buena niña pelirroja a las jeringuillas.

De hecho, y como no podía dejar de suceder, apenas me tomó la tensión y me pesó, comenzó a reñirme:

—Has ganado peso —dijo con cara de sargento chusquero— y eso no es nada bueno para ti.

—Ya —repuse por no estar callado—. Pues no he hecho nada especial. Tiene que ser cuestión de la edad.

—¿No te di la última vez que estuviste aquí una tabla con los alimentos y las cantidades que puedes tomar? —me preguntó sin hacer caso de mi objeción.

—Sí, la tengo en casa.

—Pero no haces ni caso, ¿verdad? ¿Y vas al gimnasio?

—No. Y no voy a ir a ningún gimnasio. No me gustan.

—¿Pero has ido alguna vez a alguno? —preguntó incrédula.

—Sí. Estuve yendo durante algún tiempo a uno. Aguanté hasta que me harté de oír burradas y fascistadas. En el libro de sugerencias escribí que les taparan la boca con cinta adhesiva a unos cuantos, muchos, de los clientes. Como supondrá no me hicieron ni caso. Me fui. Y nunca más.

—Pues te voy a dar una hoja de ejercicios. Y los haces en casa.

Y ni corta ni perezosa se puso ella a hacerlos en la sala en tanto me los iba señalando en el folleto a todo color. Estaba asombrado. Para algunos de aquellos ejercicios hacían falta pesas. Aunque, según el folleto, y la atlética enfermera, se podían sustituir por botellas llenas de agua o botes de conserva. Me pareció poca carga. Y como el frío me excita a lanzarme a la calle, en cuanto la enfermera me soltó, con gran alivio de mi persona, me fui a una lejana tienda de deportes. Allí me haría con unas pesas o mancuernas de más peso y enjundia que el de los utensilios domésticos. Me metí por el antiguo cauce del río, convertido en pista multiusos. A aquella hora de la mañana, pese al frío, había un buen montón de personas corriendo, jugando al ping-pong, paseando, lanzándole pelotas al perro para hacerlo correr, pedaleando en bicicletas de todo tipo y pelaje, o subidos al inefable patinete. Caminé por los lugares más abruptos del viejo cauce. Por donde apenas si había alguien hablando por el móvil.

La tienda de deportes es inmensa. Aun así estaba bien caldeada. Agradecí la ola de calor. Y sin ton ni son me puse a mirar la enorme cantidad de artículos, colgados o puestos en estanterías, para estar en forma, perder peso y resultar atractivo o atractiva. Siempre he sospechado que el deporte profesional, o el que rebasa ciertos límites, puede ser tan nocivo como el estar todo el día sentado en el sofá. Todavía recuerdo cuán asombrado me quedé, era yo muy joven, cuando me enteré de que cierto atleta había muerto de cáncer a una edad muy temprana. Para mí el cáncer, por aquel entonces, estaba asociado al tabaco, a la bebida y a la vida sedentaria. Todo lo contrario de lo que hacía, o debía hacer, un deportista.

—A quien le toca, le toca —me dijeron algunas personas mayores ante mi asombro.

—En realidad —me comentó el médico del ambulatorio cuando se lo comenté— el cuerpo humano está compuesto de tantas piezas que lo raro y extraño es que todas funcionen bien y, en algunos casos, hasta durante muchos años.

—Entonces —le repliqué— es inútil que nos cuidemos y hagamos deporte.

—No. No es inútil. Debemos cuidarnos. Pero es como si te compraras un décimo para el sorteo navideño: lo tienes, te cuidas, lo cual no quiere decir que vayas a ganar el premio gordo o estés exento de enfermedades, o que la genética no te gaste alguna mala pasada. Cuídate y no ayudes a los bichos a que se adueñen de ti.

No me gusta jugar a la lotería ni a ningún juego de azar. Y sí, le hice caso a aquel médico e hice deporte. Siempre sin pasarme. Me cuidé. Buscando nada más que ciertos bichos no entraran en mi cuerpo. Lo logré, creo, pero no pude evitar los genes hereditarios. Ellos me condenaron a ir al ambulatorio cada cierto tiempo, hacerme todo tipo de análisis y a no jugar con la alimentación. Ahora mi querida enfermera se había empeñado en que fuera a un gimnasio o hiciera ejercicio físico en casa. No era suficiente, como me dijo, salir a caminar todos los días. Estaba dispuesto, pues, a llevarme un par de pesas bien pesadas.

Los grandes espacios comerciales tienen la enorme virtud de hacer que el cliente se sienta totalmente perdido en sus larguísimos pasillos repletos de todo tipo de cosas. Así estaba yo. Perdido. Lo mejor, como hice, es buscar a un empleado, vestidos con camisetas llamativas, con el nombre de la empresa, y preguntar. Vi a uno, con unas botas en la mano, caminando rápidamente hacia la sección de calzado para el barro y la nieve. Lo seguí. Y cuando ambos llegamos a nuestra meta no pude sino alegrarme de la vista: allí estaba la niña pelirroja, con su madre, probándose unas botas para la nieve. Nos saludamos. Pregunté al desabrido dependiente dónde estaban las mancuernas. Me contestó guardándose toda su simpatía para mejores ocasiones. La niña pelirroja, por el contrario, me saludó como si fuéramos amigos de toda la vida:

—¿Tú también vas a la nieve? —me preguntó sonriendo.

—No —le dije—. La enfermera me ha castigado a levantar pesas y a no comer.

—Es mala —sentenció haciendo un mohín.

—Eso le he dicho yo. Pero ¿sabes lo que me ha contestado?

—¿Qué? —preguntó mirándome fijamente y sonriendo.

—Que quien bien te quiere, te hará llorar.

—Eso me lo dice también mi mamá de vez en cuando.

—No me lo creo. Con esa carita que tienes es imposible que le hagas alguna trastada.

—No crea —intervino la madre—, no crea. De vez en cuando le sale un genio. Y déjela ir.

—Los pelirrojos nunca hemos tenido buena fama —le dije.

—¡Anda! Pero si tú estás calvo —exclamó riendo.

—¡Ay, cariño! Yo también he sido joven. Oye —le dije cambiando de conversación—, esas botas son muy bonitas.

—¿Te gustan? —movió el pie a derecha e izquierda para que la viera bien.

—Sí. Me gustan. Disfrútalas y pásalo bien. Y si te caes y te haces alguna herida, no te den miedo las jeringuillas. No son nada. Y me voy a comprar las pesas que se me hace tarde.

—Que no te haga mucho daño la enfermera —dijo despidiéndose.

Llegué a la sección de pesas y medidas. Y me compré unas un tanto pesadas. Las metí en la mochila. Merced a ellas, y pese al frío, llegué a casa, a pie, empapado en sudor y más que derrengado. Me acordé entonces de que no había probado bocado en toda la mañana. Me hice un pasable bocadillo con pan, aceite y sal. Me supo a gloria. Y esa misma tarde hice ejercicios con las pesas recordando cómo los hacía mi aguerrida enfermera.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

Notas

  1. Séneca, Sobre la ira, libro III, 30 en Diálogos. Editorial Gredos, Madrid, 2000. Traducción de Juan Mariné Isidro.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio