Saltar al contenido

Yνωθι σεαυτόν
(Conócete a ti mismo)

jueves 17 de abril de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Conócete a ti mismo, por Vicente Adelantado Soriano
No duró mucho mi alegría. Al día siguiente, vivo con gran sorpresa por mi parte, me bajaron a la planta correspondiente, y me pusieron de vecino a alguien a quien ni le vi la cara en ningún momento.
En los débiles, los de baja condición y los simples particulares la estupidez, unida a la incapacidad, acaba por resultar inofensiva, como en una visión que [en] los malos sueños agita a un alma incapaz de rebelarse de acuerdo con sus deseos.1
Plutarco, A un gobernante falto de instrucción.

A posteriori, y, según las circunstancias, cualquier imagen o palabra, vista u oída al azar, se puede convertir en premonitoria. Infinidad de palabras, dichos e imágenes, no obstante, pasan por nuestra vida sin adquirir ninguna importancia especial. Otras, por el contrario, se cargan de significado no por ellas mismas sino por lo sucedido horas o días después de haber sido vistas u oídas. Algo así me sucedió cuando, una noche, viendo un programa en la televisión, pasaron una secuencia de alguna película, imagino. En ella, en un paisaje idílico, bajo un frondoso árbol tropical, había una cama. Tumbado sobre ella un actor de elevada estatura, Benedict Cumberbatch. Se levantaba de la cama sin apoyarse, con una sencilla flexión de su torso, y comenzaba a caminar. Sonreí ante esa facilidad de movimientos, que a mí comenzaban a faltarme. Y efectivamente, poco después comprobé que no podía levantarme del sofá donde estaba sentado. Lo logré a duras penas agarrándome de todo cuanto tuve a mano, pero al día siguiente no pude incorporarme de la cama. Fui incapaz de despegar mi espalda del colchón. La elevaba dos centímetros, o poco menos, y caía rendido y empapado en sudor. Lo intenté varias y repetidas veces sin lograr despegar mi cuerpo de las sábanas. Tampoco me obedecían piernas ni brazos. Auxiliado por mi hijo, a quien recurrí, me incorporé; luego, a los pocos minutos, vino una ambulancia. Y apenas hechos dos rutinarios exámenes, ya estaba yo, aupado por dos aguerridas enfermeras, sujeto a una silla con ruedas, camino del hospital. Acordándome de la dichosa escena idílica protagonizada por el británico actor.

Comenzaron los análisis y la medicación, y la cosa se complicó. Me ingresaron.

Optimista, y con unas enormes ganas de seguir mi vida cotidiana, pensé que iba a ser cuestión de entrar, tomar algún fármaco y salir del hospital. Algo parecido a la magia. No fue así. Comenzaron los análisis y la medicación, y la cosa se complicó. Me ingresaron. Tumbado en la cama, sin poder moverme, pude ver diversos techos de algunos pasillos del hospital, y un enorme ascensor. Comencé a angustiarme. Estaba empeorando. Hasta el punto de que esa primera noche la pasé muy mal. La juzgué como la última de mi pobre vida. Aun así tuve suerte: me llevaron a una habitación que, gracias infinitas, no compartí con nadie. No duró mucho mi alegría. Al día siguiente, vivo con gran sorpresa por mi parte, me bajaron a la planta correspondiente, y me pusieron de vecino a alguien a quien ni le vi la cara en ningún momento.

Por supuesto, yo seguía sin poder moverme. Ni levantarme, ni hacer nada que no fuera dar voces para llamar a las sufridas auxiliares cuando el pañal estaba más húmedo de lo deseado. No alcanzaba el pulsador de auxilio, ni a darme la vuelta, girarme, ponerme de este lado o del otro. Todo ello era una meta inalcanzable. Además, en la cama, me deslizaba hacia abajo sin poder evitarlo. Afortunadamente entraba alguna enfermera de vez en cuando, y me ayudaba a colocarme como es debido. Mientras, mi vecino, con movilidad, saltando de la cama al servicio, y del servicio a la cama, comenzó, como un poseso, a buscar el mando de la tele. Lo encontró al cabo de unos cuantos desesperados intentos. Y tuvimos televisión hasta hartarnos. No obstante, entre que soy un poco duro de oído, y que el volumen no estaba muy alto, pude pensar en otras cosas. Ahora bien, me molestaban muchísimo los cambios de luz en el programa de marras elegido por mi vecino. Sobre todo por la noche.

Me llamó la atención, en casa no veo sino películas y documentales, lo retorcidos que son tanto los telediarios como los programas, digamos, de humor. Cualquier hecho, transmitido ya con su carga ideológica, en boca del locutor de turno se tuerce, se retuerce, se gira, se le da mil y una vueltas, cuarenta mil explicaciones, pasando siempre las mismas imágenes, una y otra vez, sin descanso, y la noticia termina por ser un puro y vomitivo puré. Para intentar ser objetivos, les dan la palabra a todos y cada uno de los representantes de los distintos partidos políticos. Y aquí fue Troya: lo blanco se convierte en negro, en gris, en tornasolado, y en todos los colores de lo oscuro a la más profunda negritud si no hacemos caso, y votamos, a quien está en poder de la palabra. Por supuesto, todas las noticias son de tipo político: para estos periodistas, y cadenas televisivas, no existen ni los avances científicos, ni los nuevos descubrimientos en medicina, ni nada que no sea la maldita política de este desventurado país. Que no es sino un saco lleno de hipocresía, podredumbre y corrupción. Es vomitivo.

Mi vecino, dueño del mando, y sin preguntar nada, ni pedir permiso, saltaba de una cadena a otra sin hallar ninguna de su agrado. Hasta que, por fin, se terminaron los telediarios y comenzaron los pretendidos programas de humor. Y si los telediarios son malos y tendenciosos, los humoristas, sin ninguna gracia, son verdaderamente nefastos: con un pretendido toque humorístico, comentado por alguien vestido con camisas y chaquetas cuanto más estrafalarias mejor, se vuelve a las noticias anteriores, poniendo en solfa a aquellas personas que no son favorables a la voz de su amo. Gesticulando, por supuesto, y haciendo toda clase de necedades consideradas muy graciosas por sus protagonistas. En medio de mi malestar físico me pregunté, con asombro, si dichos graciosos cobraban por esas necedades, y vivían de ellas. La cuestión es que estaba ya más que harto de la televisión, pese a no oír muy bien cuanto decían locutores y humoristas.

Hastiado ya, por la noche, tras la cena, le pedí a mi vecino que, por favor, apagara la televisión. No me hizo ni caso. Y yo, incapaz de moverme, me tapé la cara con la sábana a fin de evitar los terribles cambios de iluminación, una forma de mantener despierta a la audiencia. Me ahogaba de calor, y no podía ponerme del otro lado. En eso entró una enfermera a revisar los goteros. Aproveché el momento para pedirle que apagara la tele. La buena mujer no encontraba el mando. Cuando dio con él, en la habitación se hizo la oscuridad y el silencio, y así pude conciliar el sueño ayudado por una pastilla para dormir.

Soñé, qué maravilla, que me llevaban a la sala de cuidados intensivos, y de allí, pasadas unas horas, al crematorio. Cuando dejé de soñar intenté moverme pies y manos sin conseguirlo.

Fue penoso. A la mañana siguiente, apenas despierto, asustado todavía por mi sueño, mi vecino comenzó a buscar el mando de la tele con una desesperación digna de mejores causas. Removió la cama, sacudió sábanas y almohadones, apartó sillas y butacones, exploró por entre las toallas y ropa de repuesto, buscó por el servicio, preguntó a quien pasaba por allí y, al fin, dio con él. Y otra vez el tormento de las noticias, seguidas, una vez más, del más chabacano de los humores. ¡Cuánta vida desperdiciada!, pensé, ¡Cuánto movimiento que no lleva a parte alguna! La vida es lo mejor que tenemos. Y la desperdiciamos como desechos de una comida. Respirar y moverse, levantarse para ir al servicio es un milagro; poder alargar la mano y hacerte con la botella de agua sin que se vaya por los suelos; incorporarte, moverte por tus propios medios, sentarte en una silla y leer un buen libro. Todo son bienes efímeros y caducos pero llenos de vida, de sentido. Conócete a ti mismo: lo que tienes hoy no lo tendrás mañana. Y mañana serás polvo, humo, nada. Aprovecha cada momento y no dejes que te llenen la cabeza de necedades y tonterías. La vida es breve y la salud efímera. Quebradiza como el más delicado cristal.

Vinieron a buscarlo para hacerle algunos análisis, y se fue, con gran admiración por mi parte, por su propio pie. No tuvo la deferencia, por supuesto, de apagar la tele. Imaginé que su mente debía de ser como una chatarrería donde tienen cabida los rotos despojos de algo que, en su momento, quizás fue maravilloso. Me dio verdadera pena. Y me percaté entonces, por si no lo sabía, del poderoso influjo de la televisión sobre muchas personas que desperdician su vida de una forma tan tonta como absurda. Y otra vez, una simpática enfermera acudió al rescate: apagó aquel tormento lanzándome una encantadora sonrisa a través de su doble mascarilla.

La medicación me hizo efecto: podía moverme ya con un poco más de soltura: cambiar de postura en la cama y darle la espalda a la televisión. Cosa que ya no hizo falta, pues mi vecino, tras una última conexión televisiva, se fue, y nunca una marcha me alegró tanto. Eso sí: tuvo la delicadeza de apagar la tele antes de salir de la habitación sin despedirse, por supuesto. Y dio la casualidad de que en ese momento estaban retransmitiendo una película de John Ford, Cheyenne Autumn. La he visto tantas veces que no me importó no verla de nuevo. Me conformé con unos planos de Carroll Baker, cuando Richard Widmark le escribe en la pizarra de su rústica escuela, donde trata de enseñar a los niños indios, si quiere casarse con él. Ahí cortó la emisión mi vecino. Siempre me ha parecido una escena de una gran ternura. Máxime ahora, inmovilizado, y no por estar atado con correas, sobre la cama de un hospital.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

Notas

  1. Plutarco, A un gobernante falto de instrucción, en Moralia, X. Editorial Gredos, Madrid, 2003. Traducción de Helena Rodríguez Somolinos.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio